26 de febrero de 2012

La canción del águila (43)

Mientras caminaba, flotando casi en la niebla que muy pronto había enmudecido, los pensamientos de Kaylon volaron hacia los mercenarios. ¿Para qué habrían querido a Eles? ¿Para llegar al lugar donde él se encontraba, y a donde fuera que desembocaba el sendero? En tal caso, concluyó, se habrían llevado una desilusión, pues aunque hubieran obtenido al águila, aquel ser del báculo de oro no les habría permitido continuar. El chico estaba seguro de que sus ojos humanos podían leer las intenciones mejor que un libro abierto, y sin duda las intenciones de los mercenarios habían sido cualquier cosa menos buenas.

En fin, bien muertos que estaban. Ni valía la pena rememorarlos.

El camino terminó en un puente colgante todo pintado de blanco, tal que se fundía con la neblina y uno sólo podía adivinar que estaba ahí. Los tres viajeros empezaron a cruzarlo, despacio al principio y luego con mayor confianza porque, a pesar de que se balanceaba en forma notoria, era fuerte y ancho como una carretera. Su longitud era también considerable: tardaron varias horas en llegar al final, donde continuaba el sendero rocoso. La niebla se estaba aligerando; hacia los lados podía verse que el suelo de piedra se extendía, y que había unas masas del mismo material y manchas verdes que podían ser musgo.

El sendero los condujo a un arroyo. El chico, aliviado, se inclinó para beber, imitado por Gorgat y Eles. El agua era transparente, impoluta; en suma, una delicia.

Kaylon se lavó la cara y los brazos, y al volver a mirar en derredor, el asombro lo dejó boquiabierto: hacia el oeste no se apreciaba más que una llanura vacía, pero hacia el frente y a los lados había ahora un montón de elementos que no figuraban en el mapa. A su izquierda y derecha crecían árboles y plantas, y delante de él se alzaba una montaña. En algunas zonas había escalones poblados de vegetación, pero en otros lugares la roca se veía lisa, como cortada con herramientas gigantescas. No era muy alta, y aunque algunos cúmulos se arremolinaban en los picos más prominentes, en sus cumbres no había ni rastro de nieve.

—¡Caramba! —exclamó el chico.

Gorgat seguía bebiendo, o más bien atacando el arroyo a lengüetazos, pero Eles tenía los ojos puestos en la montaña, lleno de deleite.

—Esto sí que no lo esperaba. Esto... ¿qué es esto? ¿Es tu hogar? —le preguntó Kaylon a Eles.

El águila lo miró de tal modo que el chico casi oyó las palabras en su mente: "Todavía no." Luego señaló hacia arriba.

—¿Del otro lado?

Esta vez el águila soltó un chillido que sonó como una afirmación. Kaylon volvió a fijarse en la montaña: las escarpadas paredes, los escasos asideros... la ausencia de escaleras...

—¡Puf! —resopló, y luego encaró a Gorgat—. Ojalá tú sepas escalar mejor que yo. De donde vengo, el terreno es casi plano.

El aludido lo miró con expresión de "por mí no hay problema", y luego sumergió su cabezota en el agua para refrescarse.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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