25 de febrero de 2012

La canción del águila (42)

Durante una semana completa, el chico no vio más que sal y piedra hacia abajo y cielo despejado hacia arriba. Pero no le costaba orientarse, a pesar de que el paisaje era exactamente igual en todas direcciones; tanto Eles como la brújula de Orantos y su propia intuición evitaban que se extraviara.

Poco a poco, no obstante, sus reservas empezaban a agotarse. Varias veces se sintió tentado de decirle a Gorgat que se fuera, en parte para que el agua le durara más y en parte por el bien de la criatura, mas no se atrevió. Considerando la manera en que se había unido a ellos, era obvio que para la bestia purpúrea tampoco había camino de retorno. Además, el muchacho le había tomado cierto cariño. Era un ser bastante hosco, pero no se podía negar que tenía sentimientos.

Al séptimo día de viaje por aquel territorio, el chico le ofreció a Eles las últimas gotas que quedaban en su cantimplora, cuatro o cinco, como máximo. El águila bebió con delicadeza, sin desperdiciar nada.

—Es todo —dijo Kaylon con entonación sombría—. Se acabó.

El ave, sin embargo, no pareció desanimarse; más bien se veía expectante, como si algo grande estuviera a punto de ocurrir.

Desconociendo en absoluto lo que aguardaba la rapaz, el chico tendió su manta en el suelo y trató de dormir un rato. Estaba sediento y cansado. Gorgat sobrellevaba mejor la adversidad, pero su pelaje evidenciaba la falta de nutrientes: había comenzado a desprendérsele mechón por mechón. Kaylon pasó una mano por su robusta nuca; el animal se recostó junto a él y dejó que el muchacho apoyara la espalda contra su barriga.

Cuando Kaylon despertó de su sueño, descubrió que estaba rodeado por una densa neblina en la que Eles relumbraba igual que un faro. A su lado Gorgat gemía, asustado, pero el muchacho se hallaba aún demasiado perplejo como para tener miedo. La neblina era una cortina de gasa, blanca e inmaculada, y se condensaba sobre las piedras revelando sus colores. Bajo la luz que irradiaba el águila, las gotitas semejaban perlas de cristal dorado. Kaylon dedujo que la niebla debía provenir de la costa, pero no olía a mar en absoluto. Qué curioso...

El águila desplegó las alas en toda su envergadura y lanzó un grito que se convirtió en una nota de increíble pureza al ser devuelto por el eco. El clamor del ave pasó a sonar como un coro... y entonces sí se transformó en un coro, porque desde el este le respondieron mil voces distintas, que llevadas por el aire húmedo se entremezclaron en algo muy similar a una pieza de música. Eles dio un salto de alegría y dirigió a Kaylon una serie de chillidos cortos, instándolo a apresurarse. El muchacho guardó su manta, levantó a la rapaz y caminó hacia el sitio donde se originaban aquellas fantásticas voces, con el corazón bombeando a lo loco en su pecho y Gorgat siguiéndolo muy de cerca, tan azorado como él.

A medida que avanzaban, la neblina se separó formando una especie de corredor; allí las piedras desaparecieron y dejaron paso a un sendero de roca viva. Hacia adelante brillaba un pequeño sol, asomando en la blancura como dicho astro a través de una capa de nubes finas.

Había alguien ahí.

Poco a poco la figura se hizo visible: era un hombre vestido con una larga túnica celeste. Tenía la capucha puesta, tal que no era posible discernir aún sus facciones. En la mano derecha, enguantada, aferraba un báculo de oro en cuya punta se encontraba el sol que Kaylon había vislumbrado en la niebla. Alrededor de ese sol volaban siluetas de águilas: la misma imagen que Amalaide le enseñara en su carromato.

El chico siguió caminando hasta que llegó a la altura del hombre encapuchado; con un ademán solemne, éste se descubrió ante Kaylon.

Su cabeza era idéntica a la de Eles: plumas de color castaño, pico amarillo... pero sus ojos, aunque ambarinos, tenían forma humana, lo que al muchacho le produjo un escalofrío.

En el brazo de Kaylon, Eles extendió sus alas; el centinela, a su vez, extendió las suyas: dos pares, como las libélulas. Luego el centinela posó su mirada en el muchacho, examinándolo desde su rostro, ajado por la sed y envejecido por la pena, hasta sus botas, gastadas y a punto de romperse. El guardián consideró la navaja que pendía del cinturón del chico y decidió que no tenía importancia. Recogiendo su túnica con la mano libre, se hizo a un lado plegando las alas, indicando con ello al muchacho que podía continuar. Kaylon pasó junto al centinela (lo más lejos que pudo, no obstante), y después de caminar unos metros le dio por fin la espalda.

Se detuvo al escuchar un golpe de metal sobre roca. Al darse media vuelta vio que el centinela se había plantado frente a Gorgat, amenazándolo con su báculo e impidiendo que siguiera al muchacho. La bestia miró a Kaylon por debajo de las alas del guardián, implorándole en silencio. El chico desanduvo unos pasos.

—¿No puede venir conmigo? —preguntó tímidamente—. Está a mi cargo. No tiene a nadie más.

El guardián no se volteó, pero sí giró un poco la cabeza hacia él.

—Por favor —dijo Kaylon. Comprendía ahora que no quería abandonar a Gorgat. Ya había renunciado a más de la cuenta.

El ser con cabeza de águila volvió a hacerse a un lado y Gorgat se reunió a toda prisa con el chico, temiendo acaso que el centinela cambiara de opinión. Por esto mismo, Kaylon mandó a la bestia por delante y no se demoró más.

Aun así, en cierto momento miró hacia atrás: el guardián lo vigilaba. Kaylon levantó la mano a modo de saludo. El otro emuló su ademán y justo después la neblina se cerró sobre él, haciéndolo desaparecer.

Al notar que el corredor se colapsaba, Kaylon reanudó la marcha.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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