24 de febrero de 2012

La canción del águila (41)

Ya no faltaba mucho para que la primavera diera paso al verano. Las flores empezaban a convertirse en pequeños frutos y los rayos del sol pegaban con mayor fuerza en el paisaje. El muchacho llegó entonces, fatigado en cuerpo y espíritu, a lo que él pensaba que sería el último tramo de su viaje, y lo que vio en ese instante confirmó tan sólo lo que había esperado hallar desde el comienzo de su peregrinaje con Eles: la nada.

No había muchos otros apelativos para esa región. Ante el muchacho y sus compañeros se desplegaba un territorio lleno de cantos rodados y carente de hierba. Orantos le había hablado de aquel lugar. Según sus libros, había estado bajo el mar hasta que un día, a causa de un terremoto, el suelo se elevó dejando en seco lo que antes había dependido del agua. No quedaba mucha evidencia de esto, pero todavía era posible encontrar, en la roca o el fango solidificado, impresiones de conchillas o peces esculpidas en el duro material. La mayor parte, empero, se había desgastado con el paso de los años; debido al aire, principalmente, porque ahí no solía llover más que una o dos veces por década. El mar, que se encontraba mucho más allá tal que ni se veía o escuchaba, era tan frío que impedía la formación de nubes.

Y ahora Kaylon debía internarse en dicho desierto sin saber por qué. Ningún animal podía sobrevivir ahí, en el suelo salado y estéril, y aunque llegara a orillas del océano, los barcos no atracaban en aquellas costas.

El chico puso a Eles en su brazo y lo contempló fijamente.

—¿Estás seguro de que es por aquí?

El águila, implacable, apuntó con el pico hacia el oriente. Las esperanzas de Kaylon se derrumbaron cual castillo de naipes. Incluso Gorgat parecía desconcertado; volteó un par de piedras con su negra nariz para indicar que debajo no había ni un mísero gusano y luego profirió un gemido de interrogación.

El chico observó a Eles, cuyo peso le resultaba ahora difícil de sostener. El ave contenía toda la belleza y perfección de su raza, con sus impresionantes garras, alas de lustroso plumaje y postura dominante. Su cuello en alto y la mirada de sus ojos color ámbar reflejaban su inmutable propósito: seguir hacia el este, desafiando toda lógica y sensatez.

—Está bien, Eles. Como tú quieras. Pero si me permites expresar mi opinión, creo que nos estás llevando a nuestra muerte.

Kaylon dejó al águila en el piso y se deshizo de casi todo el equipaje. De ahí en más no tenía sentido continuar cargando ciertas cosas, ni siquiera a espaldas de Gorgat.

Entre sus pocas pertenencias, hubo dos objetos que mantuvo por varios minutos sobre la palma de su mano: una moneda de oro y el colgante con forma de aulonte, regalo de Tyanna. La moneda era la última que conservaba del premio de la carrera, y en ambas caras mostraba la misma figura: un caballo en pleno galope.

Ambos objetos, atesorados en su momento, le recordaron a Kaylon sus mayores triunfos. Por un lado, una vida de trabajo duro pero no carente de satisfacciones; por el otro, una existencia en la que había conocido la amistad verdadera. ¿Qué hubiera sido de él al final de cada una de esas alternativas? Pero ya no era posible dar marcha atrás: aquellas puertas se habían cerrado para siempre. Fuera o no hacia su muerte, el camino al oriente era el único que podía transitar ahora.

Así pues, dejó la moneda y el colgante entre las piedras, una cosa junto a la otra, y dio el primer paso hacia aquella tierra fosilizada que mediaba entre él y el mar.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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