23 de febrero de 2012

La canción del águila (40)

A partir del día en que hiciera las paces con Gorgat, el tiempo se volvió cada vez más seco y el terreno más árido y pedregoso. Los árboles dejaron paso a compactos matorrales entre los que crecían algunas otras plantas, pero por lo demás la tierra empezaba a asomar entre mechones dispersos de pasto. El chico no se sorprendió ante esto. Orantos le había enseñado un poco de geografía, y por lo tanto sabía lo que le esperaba. Aun así estaban en primavera, y había flores aquí y allá, mariposas y pequeños animales que desfilaban a veces con sus crías en las horas de menos calor.

El terreno pedregoso, no obstante, era un problema; no para Kaylon ni Eles pero sí para la yegua, quien de vez en cuando se golpeaba los cascos o tropezaba a causa de las grietas en la tierra endurecida. El equino no demostraba su incomodidad, pero a Kaylon lo apenaba tener que llevar a su querida yegua por aquellos lugares, habiendo vivido el animal desde su nacimiento en las blandas y fértiles praderas de la granja. Además, poca comida había para ella ahora; la hierba era corta y fibrosa y muchos matorrales tenían espinas.

Por todo esto, el muchacho desmontó una tarde, guardó en una bolsa lo indispensable y, con lágrimas en los ojos, le quitó a Nela las bridas, silla de montar y las herraduras. La acarició durante largo rato, tratando de prolongar el momento; luego le ató a las crines los dos símbolos de la tribu de errantes, el suyo y el de Tyanna, y le susurró al oído como tantas otras veces en el pasado:

—Ve a casa.

Kaylon palmeó a la yegua en las ancas y ésta se echó a trotar, pero por unos instantes dobló el cuello para mirar a su amo como si no entendiera por qué quería que lo dejara ahí, tan lejos de su hogar. El animal, sin embargo, sabía que una orden era una orden, de manera que obedeció y se marchó siguiendo sus propias huellas en reversa.

El chico vio cómo la yegua desaparecía en el horizonte, una mancha de ébano y marfil en el paisaje ocre, y se puso a llorar sin darse cuenta. Aquel animal representaba mucho más para él de lo que había imaginado, quizás porque nunca antes había tenido que separarse de Nela desde que la adoptara.

Esperaba que al menos pudiera encontrar el camino a la granja. Con un poco de suerte alguien se toparía con ella, vería los colgantes y la conduciría a la tribu, y sus conocidos la llevarían con Orantos. Los errantes comprenderían, también, el significado de los dos símbolos: uno intacto y el otro chamuscado.

Se le ocurrió al muchacho que acababa de enviar a su yegua cual mensaje de un náufrago arrojado al mar en una botella, y a pesar de las lágrimas, este pensamiento lo hizo reír. Sin embargo, el chico cruzó los dedos; el destino de Nela no debía ser tan incierto como el de una botella flotando en la inmensidad del océano.

Una brisa polvorienta secó las lágrimas de su rostro, luego el chico volvió en sí y empezó a caminar. Eles le rozó la oreja con el pico diciéndole a su modo que se animara un poco, y al cabo de un rato de andar por aquella vasta región semidesértica, el muchacho casi lo logró.

De todas formas, tenía una preocupación inmediata: sobrevivir. La comida y el agua escaseaban por esos lados, y no había muchos lugares donde refugiarse a la noche del frío y el viento.

Eles, no obstante, parecía estar a sus anchas en aquel ambiente. Cada vez exigía menos alimento, pero lo poco que ingería aumentaba sus fuerzas día a día. De no ser por la falta de su ala habría podido decirse que su estado de salud era más que excelente, y cuando Kaylon se sentía triste o fatigado, le bastaba contemplar a Eles para recuperar el aliento y seguir rumbo al este.

Los gritos del águila se daban ahora con mayor frecuencia. Eles llamaba y se quedaba en silencio para escuchar, pero si oía algo, Kaylon no sabía qué era, porque él sólo percibía el rumor de los arbustos y el canto de algún pájaro extraviado.

Una mañana, en lugar de amanecer de cara al oriente, el águila miró hacia atrás.

—¿Qué pasa, Eles? —le preguntó el muchacho, temiendo que Nela hubiera vuelto por él.

Eles continuó mirando al oeste; minutos después se hizo visible una silueta que se deslizaba de un matorral a otro. Era baja y purpúrea, y Kaylon no necesitó más que eso para comprender que se trataba de Gorgat.

—¡Vaya! ¿Quién lo hubiera dicho? —exclamó el chico, divertido.

La bestia de los mercenarios estaba más flaca que la última vez, pero en cambio su pelaje se veía lustroso, sus heridas habían cicatrizado y ya no tenía la mandíbula inflamada.

—Hola, Gorgat —lo saludó Kaylon cuando el animal estuvo lo bastante cerca.

La criatura se detuvo. Parecía como si le diera vergüenza estar ahí pero al mismo tiempo le alegrara haber encontrado al chico.

—No tienes adónde ir, ¿verdad? Tú también te has quedado solo.

Gorgat desvió la mirada. Probablemente el orgullo le impedía suplicar.

—De acuerdo, ven con nosotros —dijo el muchacho, disponiéndose a reemprender la caminata.

Agitando disimuladamente su corto rabo, Gorgat lo siguió.

Esa tarde fue la bestia púrpura quien decidió el menú para la cena; mientras Kaylon buscaba, sin éxito, en la tierra y entre las piedras la entrada de alguna madriguera, Gorgat apareció con un cuerpo peludo y sangrante que depositó a los pies del muchacho. Era una liebre, o mejor dicho, la mitad posterior de una liebre. Gorgat había devorado el resto. El chico contempló los despojos, no sabiendo si reír o fruncir el ceño. Finalmente optó por lo primero, mientras decía:

—¿Pensaste acaso que no te daría tu parte? ¡Qué bajo concepto tienes de mí!

Gorgat reculó, pero al no recibir ningún castigo (Luak le habría dado una buena paliza por semejante faena), se aproximó a Kaylon y dejó que éste lo premiara con una palmada, sólo una, en el lomo.

Durante los días que siguieron, Gorgat no sólo cazó para Kaylon y el águila; también desenterró raíces comestibles y ayudó al muchacho a localizar fuentes de agua, que cada vez eran más difíciles de hallar.

Una vez el chico se llevó un susto terrible. Iban caminando y de pronto Gorgat, quien marchaba en la retaguardia, tomó la delantera y le gruñó. A Kaylon le pareció que la bestia planeaba atacarlo... hasta que vio la serpiente venenosa enroscada en una concavidad del suelo. El mimetismo era impecable; no hubiera visto al reptil hasta estar justo sobre él y al alcance de su fatal mordedura.

Por la noche, mientras asaba la serpiente y veía a Gorgat consumir su mitad, reflexionó sobre el extraño comportamiento del animal. ¿Era ésa la misma criatura con la que había peleado y que había estado a punto de abrirle la garganta con sus dientes? Era obvio que estaba haciendo por él lo mismo que por los mercenarios, pero Kaylon ignoraba si se trataba de una respuesta condicionada o simple agradecimiento. ¿Comprendía el animal la diferencia entre un amo y otro, entre la violencia y el trato amable? Quizás. En todo caso, daba la impresión de estar contento.

Era gracioso, pensó el muchacho, cómo la vida podía dar unos giros de lo más inesperados...

(Continuará...)

Gissel Escudero

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