22 de febrero de 2012

La canción del águila (39)

Tras una ligera llovizna que cayó al mediodía, el chico se dedicó a buscar comida para él y la rapaz. Además de un hermoso lagarto de piel amarilla consiguió fruta y unas cuantas setas; al atardecer asó el reptil a fuego lento mientras se bañaba en una laguna rodeada de juncos, y luego dispuso todo para la cena.

Sin embargo, no tenía apetito. Entregó la mitad del lagarto a Eles y se quedó sentado de cara a la fogata, con la barbilla descansando sobre sus manos cruzadas. Le costaba creer que hubiera sido feliz alguna vez.

A cierta distancia, dos resplandecientes óvalos anaranjados oscilaban en la oscuridad. El muchacho los contempló un rato y luego dijo en voz alta:

—¿Por qué no vienes y te acomodas junto al fuego en lugar de acecharme?

Desde el sitio donde se encontraban los óvalos anaranjados surgió un bufido, y a continuación Gorgat se expuso a la mirada del chico. Eran sus pupilas las que emitían el resplandor, como los ojos de un felino. La bestia se tendió a unos metros de Kaylon, aparentemente interesada en los restos del lagarto.

Pensando que el animal no podría masticar bien con la mandíbula fracturada, Kaylon desmenuzó al reptil en bocados pequeños que arrojó uno por uno frente a Gorgat. Éste se los tragó de inmediato; debía estar muy hambriento, porque una vez liquidado el lagarto no desdeñó las setas ni la mitad de las frutas.

Eles, despierto, no se inmutó. Al notar que el ave no parecía preocupada, Kaylon se levantó y aproximó cautelosamente a la bestia purpúrea, procurando mientras tanto recordar su nombre.

—Te llamas Gorgat, ¿verdad? Gorgat.

El animal ladeó la cabeza hacia él y parpadeó.

—Si me dejas acercarme, te ayudaré —dijo el chico, señalando el mango del cuchillo atorado en el cuerpo de la bestia. Gorgat se puso tenso pero no intentó saltarle encima. Finalmente Kaylon posó sus manos sobre la criatura, acariciando su áspero pelaje.

El muchacho tocó el cuchillo. Gorgat respingó. La hoja de metal estaba fija en el hueso; alrededor de la misma, la carne del animal se veía amoratada y tumefacta, cubierta de costras malolientes.

—Esto te va a doler —le advirtió Kaylon a la bestia, y sacó el cuchillo de un tirón.

El animal dio un rugido que espantó a Eles y Nela y se lanzó hacia Kaylon arañando la tierra con sus afiladas garras. El muchacho se deshizo del cuchillo y le mostró a Gorgat las manos al tiempo que retrocedía; luego se quedó quieto, y cuando el animal estuvo a menos de dos pasos de él, Kaylon pateó el suelo. Gorgat se detuvo.

—Eso es. Quieto —ordenó el chico. Tenía que dejar claro ante el animal que no le temía; de lo contrario, jamás se libraría de la posibilidad de un ataque, por más que Eles saliera en su defensa.

Gorgat reconoció el tono autoritario en la voz del muchacho y se apaciguó. Todavía gruñendo, volvió a echarse sobre la hierba tratando de lamerse la región afectada, pero su cuello era corto y poco flexible y su lengua no llegaba hasta ahí.

—Espera, yo me ocuparé de eso —dijo Kaylon, y con la paciencia y la habilidad que había aprendido de Orantos limpió cuidadosamente la herida del animal, haciendo una pausa cada vez que éste se quejaba o hacía ademán de morder. Dicha tarea, por lo tanto, le llevó varias horas, y al terminar, aprovechando que Gorgat parecía bastante calmado, tomó el cepillo de Nela y desenmarañó la abundante pelambrera de la bestia. A Gorgat no le molestó; era probable que nunca antes lo hubieran acicalado, pero después de lo que acababa de sufrir debió resultarle agradable.

El muchacho logró deshacer la mayor parte de los nudos con el cepillo o sus propios dedos. Era una ocupación monótona, casi tediosa, pero mucho mejor que dejarse llevar por la melancolía; al final, Kaylon se apartó para admirar su obra.

—Bueno, pues no eres tan feo después de todo, ¿eh? Apuesto a que tampoco eres tan malo.

El chico trató de rascarle una oreja a Gorgat pero éste le gruñó. Kaylon se echó hacia atrás.

—De acuerdo, me equivoqué. Pero te advierto que no te ganarás muchos amigos con esa actitud.

El animal recostó la cabeza sobre sus patas delanteras y cerró los ojos.

—¿Tú que opinas, Eles? —le preguntó Kaylon en susurro al águila—. ¿Crees que trate de dañarme si me acuesto a dormir?

El ave se colocó frente a Gorgat y miró al chico como diciendo: "Descansa tranquilo; yo velaré por ti." Kaylon se encogió de hombros.

—Por mí está bien. Hasta mañana, Eles.

En esta ocasión el chico durmió a pierna suelta y despertó sin sobresaltos. Lo primero que hizo fue asegurarse de que todo estuviera en su sitio: Nela junto a un árbol, recortando el pasto, Eles cerca de él, esperando para partir, y Gorgat... en fin, le daba igual donde estuviera Gorgat, siempre y cuando no le causara problemas a nadie.

La bestia púrpura no se hallaba en el mismo lugar donde se tendiera la noche anterior sino más lejos, mirándolo atentamente. Kaylon la miró a su vez sin hacer gesto alguno, y después de un rato de mutua contemplación, el animal dio media vuelta y se perdió de vista.

—Estupendo —murmuró Kaylon—. Regresa a tu hogar, si lo tienes. Y que te vaya bien.

Eles le tiró del pantalón; el chico se puso en cuclillas y extendió el brazo para que trepara. La rapaz giró la cabeza en dirección al este.

—Tienes razón. Hora de seguir adelante.

El campamento ya estaba vacío cuando el sol superó la línea de los árboles.

(Continuará...)

Gissel Escudero

No hay comentarios.:

Publicar un comentario