21 de febrero de 2012

La canción del águila (38)

CUARTA PARTE:
LOS GUARDIANES DE LA MONTAÑA

Mientras veía consumirse su pequeña fogata, Kaylon no podía dejar de pensar que estaba solo otra vez. Era una idea recurrente que no le hacía ningún bien, pero su mente continuaba estancándose en ella con insidiosa facilidad.

El precio por tus actos puede ser muy elevado. El precio por tus actos puede ser muy elevado. El precio por tus actos puede ser...

Estas palabras hacían eco en la noche, o quizás dentro de su propia cabeza, mezclándose con su nuevo concepto de la soledad y otras amargas reflexiones.

Ya no sabía qué era peor: tener la convicción de haber estado solo toda su vida o estar solo después de haber conocido, por un breve tiempo, lo que era estar acompañado. Pero la cosa no terminaba ahí. Había algo más, un hecho que lo atemorizaba por sus implicaciones: sin importar cómo acabara su aventura con Eles, jamás podría volver con los errantes. No así. No sin Tyanna. Con su muerte, el chico no solamente había perdido una amiga; también había perdido el deseo de formar parte de la humanidad.

¿Y en qué situación lo dejaba eso?

Miró a Eles, que dormitaba, y lo recorrió una sensación de vacío. Otra amistad truncada. Ahora el águila representaba para él únicamente una obligación: la responsabilidad que había adquirido al momento de salvarle la vida, una carga que se le antojaba más pesada conforme pasaban los días.

Y hablando de días, hacía ya cuatro que había incinerado el cuerpo de Tyanna. La imagen de la pira encendida aún lo torturaba en sueños: el humo gris y espeso, asfixiante, las llamas que destruían lo que horas antes había sido tan preciado para él...

El precio por tus actos...

Kaylon maldijo a Amalaide en silencio, acallando por fin el recuerdo de su voz. Pero ella se lo había advertido, ¿verdad?, de modo que no podía reprocharle nada; hasta Tyanna le había hecho un comentario al respecto.

Siempre hay que sacrificar algo, en especial por aquellos que uno ama.

¿Ése era el precio para él, entonces?

Viendo a Eles dormir apaciblemente con las plumas esponjadas, vivo, mientras que Tyanna ya no existía y a él no le quedaban ganas de seguir con su absurdo emprendimiento, se le ocurrió que había pagado en exceso por el capricho de un águila vieja y mutilada.

En ocasiones, incluso, el sacrificio puede ser tan grande que pone a prueba el mismo amor que nos lleva a realizar dicho sacrificio.

El muchacho suspiró. En el fondo, a pesar de todo, aún quería a Eles. Ojalá no fuera en vano lo que estaba haciendo por él...

Kaylon apagó el fuego y se durmió. Sin sueños, por suerte.

Tras un largo y reparador descanso, que mucha falta le hacía, despertó a primera hora de la mañana... y no porque los rayos solares le dieran en los ojos, sino porque un animal enorme y purpúreo estaba junto a él, gruñendo y resoplando sobre su cara con intenciones claramente homicidas.

El chico reaccionó de manera automática ante la amenaza: rodó sobre sí mismo lejos de la bestia mientras ésta, rugiendo, trataba de rebanarlo a zarpazos. En su última vuelta las garras lo alcanzaron en la espalda dejándole cuatro líneas de sangre en la piel, pero el muchacho consiguió levantarse y, asiendo uno de los troncos a medio quemar de su fogata nocturna, se enfrentó al animal tratando de ocultar su miedo.

Estaba prácticamente indefenso: la bestia se encontraba entre él y su ballesta, y el cuchillo, que sí le habría servido, sobresalía del cuerpo de la criatura.

Gorgat lanzó una dentellada en dirección al muchacho; éste trató de golpearlo con el tronco, pero falló. Ambos oponentes comenzaron a desplazarse en círculos, frente a frente, haciendo fintas y buscando la oportunidad de atacar. Kaylon observó que la bestia cojeaba a causa de su herida y que además tenía la mandíbula hinchada; sin embargo, él tampoco estaba de maravilla. Una gota de sudor resbaló hacia su ojo, obligándolo a parpadear. La bestia le gruñó desde lo más profundo de su caja torácica.

—Oh, esto es ridículo —dijo el chico de repente—. Mi amiga murió, tu amo murió. Estamos a mano, ¿no crees?

A juzgar por su actitud, al animal le importaba más la venganza que la justicia, dado que mantuvo su posición e incluso se aproximó al muchacho. Su instinto le decía que el humano era más débil y que ya no tenía con qué lastimarlo. En cualquier momento saltaría sobre él y lo haría pedazos.

Eles apareció desde detrás de Kaylon y se interpuso entre éste y Gorgat. Estirándose para parecer más grande, agitó las alas y chilló.

No hubo luz dorada en esta oportunidad y el ave no se despegó del suelo más de dos centímetros; aun así, Gorgat se retiró unos pasos, indeciso y confundido. Al volver el cuadrúpedo a la carga, Eles le dio un picotazo que casi lo dejó sin nariz. Gorgat enseñó los colmillos, aunque sin moverse de su sitio, y cuando el águila hizo chasquear su pico en el aire varias veces, la bestia se echó hacia atrás. De pronto había decidido que su venganza no valía la pena o que si lo intentaba fracasaría; en todo caso, se sentó sobre sus cuartos traseros, jadeando.

Tenía muy mal aspecto, en opinión de Kaylon. Del tajo que bordeaba el cuchillo rezumaba pus; su pelaje estaba sucio y apelmazado, y en los cuatro días pasados había enflaquecido bastante. Por la hinchazón de su mandíbula, el chico dedujo que debía habérsela fracturado él mismo al patearlo (conclusión que no le produjo ningún remordimiento de conciencia). Además, las cicatrices de azotes y las espinas rotas de su lomo hacían que su apariencia fuera aún más deplorable.

—No te trataban muy bien, ¿cierto? —le preguntó Kaylon al animal mientras dejaba el tronco en el suelo para sugerir una tregua. Gorgat fijó en él sus ojos de color amatista ribeteados de negro. Los ojos de la bestia sí eran bonitos, a pesar de su expresión nada amistosa.

Eles contempló al chico y al cuadrúpedo, y al comprender que ya no habría combate, plegó las alas. No obstante, continuó vigilando a Gorgat, por si acaso.

—Sigue tu camino y yo seguiré el mío —dijo Kaylon—. No tenemos cuentas que saldar.

El chico no esperaba que la bestia entendiera sus palabras, pero cuando Gorgat cerró la boca y bajó la cabeza se hizo evidente que por lo menos había captado su significado. Kaylon subió a Eles a su brazo y fue a prepararse para partir. Nela estaba un poco nerviosa debido a la presencia de Gorgat; el chico la tranquilizó acariciándole la testuz y el cuello. Se marcharon poco después.

Gorgat titubeó, pero al cabo de un rato empezó a andar en la misma dirección que los viajeros.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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