20 de febrero de 2012

La canción del águila (37)

Le tomó toda la noche armar la pira funeraria. Trabajó en la oscuridad, deteniéndose sólo de vez en cuando para recostarse contra un árbol y, agarrándose la cabeza, tratar de mantener a raya la angustia que a cada instante quería apoderarse de él. Al amanecer depositó el cuerpo de Tyanna en lo alto de la pira, sorprendido por su peso. Pero claro, ella siempre había sido más alta y fuerte que él, pensamiento que por algún motivo redobló su tristeza.

Durante todo el proceso, Eles se mantuvo apartado, observando las idas y venidas del muchacho en silencio. Comprendía quizás que eso era algo entre Kaylon y su difunta amiga, cosas de humanos, por así decirlo. Sin embargo, el animal también estaba triste a su modo; su plumaje erizado y opaco y la expresión de sus ojos eran buenos indicadores de ello.

El chico cruzó los brazos de Tyanna sobre su estómago y los fragmentos de su espada, cuya hoja se había roto al sacarla del pecho del mercenario. Después le limpió la cara y la peinó, rematando una trenza con el colgante que él le había regalado y que la muchacha raramente había dejado de lucir. Pero antes de iniciar la cremación le cortó un mechón de pelo. Necesitaba conservar algo de ella.

Terminados los preparativos finales, el muchacho encendió la pira y cerró los ojos hasta que el fuego hubo cubierto por completo el cadáver de la joven. La madera se consumió en una lenta explosión de humo y llamas rugientes que se elevaron en columna al cielo. Kaylon no lloró mientras Tyanna se quemaba. Estaba demasiado cansado.

De la pira sólo quedó un pequeño montón de cenizas entre las que destacaban unos pocos objetos metálicos, chamuscados y retorcidos por el calor. Uno de ellos era el símbolo de la tribu de errantes, que el muchacho guardó en su bolsillo.

Kaylon reunió metódicamente las cenizas, con la mente en blanco y el rostro ennegrecido por el hollín, y se dirigió con ellas a una zona más abierta, donde la brisa soplaba sin obstáculos y un turbulento arroyo plateado corría por un lecho de piedras. Allí el chico dejó que las cenizas volaran, esparciéndolas como pelusilla de flores, al tiempo que recitaba con voz ronca la antigua fórmula de los errantes:

—Libre de los lazos de la tierra. Te dejo marchar; que el viento te lleve a tu destino final más allá de los confines de este mundo. Mi corazón se va contigo, para que te acompañe en tu viaje. Que así sea.

Cuando el último puñado de cenizas se hizo invisible al desintegrarse, el chico se sintió un poco mejor. El día era claro, lleno de cantos de aves y perfumes vegetales.

Se le ocurrió entonces que nunca le había preguntado a Tyanna si creía en la vida después de la muerte. Supuso que sí; ¿a qué más podría referirse, si no, aquello de "tu destino final"? De todas maneras, ella había logrado lo que quería: salvar a su nuevo hermano... y probablemente a sí misma también. Era un pobre consuelo para Kaylon, no obstante, y tardaría mucho en conformarse.

Suspirando, regresó a buscar sus cosas. El sitio del combate era un auténtico desastre: había sangre coagulada y moscas por todos lados, que zumbaban y se fusionaban en movedizos parches negros. Un tufo repugnante surgía de la tierra encharcada; hacia el mediodía se volvería insoportable, sin duda. El chico vislumbró de reojo el cadáver del pobre caballo albino y desvió la mirada.

Lo siento, Nube, no puedo hacer nada por ti. Olvidé traer una pala.

El noble animal ya estaba tieso pero no había sufrido cambios importantes; los mercenarios, por otro lado...

Los mercenarios se habían momificado durante la noche.

Kaylon los observó, aunque sin gran interés. La piel se les había secado y arrugado como pergamino, retirándose de sus globos oculares y sus dientes. El resultado era desagradable: sus rostros estaban crispados en unas muecas grotescas.

Sobre la armadura del líder, cerca del bolsillo donde se habían metido, se hallaban las dos langostas, o más bien sus cáscaras vacías.

Llevado por un impulso, el muchacho escupió sobre el forajido pensando que ojalá lo devoraran las hormigas y los gusanos. No merecía nada mejor. De hecho, hasta le molestaba un poco no poder matarlo de nuevo, pero con mayor lentitud. Para saborear el momento.

Al darse vuelta se topó con Eles, quien lo miraba tranquilamente desde el suelo. Tal vez fuera por eso, o porque la muerte de Tyanna le había abierto una herida muy profunda, que Kaylon sintió de repente un odio virulento hacia la rapaz. Con todo detalle se vio a sí mismo tomando la maza del forajido y aporreando al animal hasta convertirlo en una pulpa sanguinolenta de carne, huesos y plumas.

"¡Todo esto es por tu culpa!", se escuchó gritar, golpeando una y otra vez al águila. "¡Por ti perdí todo lo que tenía!"

Pero esto sólo ocurrió en su imaginación. No podría hacer tal cosa, ni aun queriendo, porque Eles era todo lo que le quedaba. Llevar al ave a casa era la única forma de justificar ante sí mismo la muerte de Tyanna, de darle algún sentido.

Además, reflexionó, Eles jamás le había pedido ayuda.

Kaylon se agachó y levantó al animal, acomodándole el plumaje con los dedos. Ahora sólo tenía que averiguar qué había sido de Nela.

Luego de mucho buscar y llamarla, encontró a la yegua bastante lejos de donde él había caído, rodeada de langostas huecas y aplastadas. Se le habían enganchado las crines en un árbol; el muchacho tardó bastante en desenredarla, tiempo que aprovechó para asegurarse de que estaba bien. Volvió con ella y Eles al lugar en el que había dejado su alforja y las de Nube. Cargó todo en la silla de montar y se dispuso a partir, pero lo distrajo un aullido áspero y desgarrador.

La bestia de los mercenarios se lamentaba por la muerte de su amo. Aullaba e hipaba alternadamente, apoyando una pata sobre el forajido. A Kaylon le dio un poco de lástima, pese a que el animal casi había acabado con él. Aquella noche invernal en el campamento de los errantes, durante su guardia, le había mentido a Dorcai: los animales eran capaces de deprimirse, y era obvio que esta criatura estaba padeciendo un dolor equiparable al suyo.

Kaylon se fijó en las cicatrices de azotes que ostentaba el animal y le dijo:

—Yo que tú no lloraría tanto. Me da la impresión de que no era un buen amo.

La bestia no se dio por enterada. El chico hizo arrancar a Nela y se marchó, dejando a Gorgat desahogar su pena junto a aquella momia de quien nunca había recibido una caricia o una palabra de afecto.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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