19 de febrero de 2012

La canción del águila (36)

Los mercenarios dejaron de dar vueltas en torno a él, pero aun así Kaylon se vio encerrado en un círculo de metal apuntando hacia su persona. Dentro de su aparente normalidad, los rostros de aquellos sujetos eran horribles, sobre todo el de su líder, quien desmontó y se aproximó al muchacho luciendo una odiosa expresión de triunfo. Blandía su espada ante Kaylon en un ademán especulativo. Los otros mercenarios, incluso el que tenía la cara destrozada por el flechazo, se relamieron como depredadores.

—Tienes dos opciones, muchacho —dijo Luak—: entréganos al águila y muere lentamente, o te mataremos muy lentamente para apoderarnos del ave.

—¿Qué clase de opciones son ésas? —preguntó Kaylon, asustado y molesto a la vez.

El mercenario se encogió de hombros.

—Lo siento, niño, así es la vida.

El chico cargó a Eles en un solo brazo y desenfundó su cuchillo.

—Estoy harto de que todos me digan eso —fue su réplica.

Luak enseñó los dientes en una macabra sonrisa, pasando un dedo por los símbolos de su espada.

—Estupendo. No nos gustan los conformistas.

Los forajidos rieron. Kaylon se irguió muy digno ante ellos; su miedo se había disipado, reemplazado por una peculiar y bienvenida frialdad. Iba a morir, de acuerdo, pero no de la forma en que ellos pretendían. Y tampoco les entregaría a Eles. Fuera lo que fuese que ansiaban obtener del águila, se quedarían sin ello. El ave ya había sufrido bastante por su causa.

Kaylon alzó su cuchillo; Eles estiró el cuello, mostrando lo agudo de su pico. Ambos irradiaban, sin saberlo, la misma mezcla de valor y determinación.

—Prepárate —le susurró Kaylon a la rapaz, quien atenazó el brazo del chico con sus garras. Luak avanzó un paso más hacia ellos.

Con un poderoso batir de alas que obligó al muchacho a entrecerrar los ojos y estirar el brazo, el águila hizo lo imposible: se elevó en el aire, profiriendo un grito que taladró como agujas los oídos de todos los presentes, un chillido largo y potente similar al clamor de guerra de un general que insta a la batalla. Ante la mirada perpleja del muchacho, Eles se rodeó de un aura de luz dorada y parte de esa luz se concentró para dar forma a la extremidad mutilada, completándola; el águila estaba volando, volando de verdad, suspendida a varios metros del suelo por sus propios medios y por la luz dorada que la hacía brillar como el sol. Los mercenarios soltaron sus armas para taparse los oídos, exhibiendo muecas de dolor, pero fue una mala idea, porque cuando sus caballos corcovearon ninguno de los jinetes alcanzó a sujetarse y todos cayeron con gran estrépito. Luak fue el único cuyos dedos continuaron aferrando la espada; sin embargo, el viento generado por Eles lo derribó. La bestia espinosa se encogió sobre sí misma, acobardada, mas no desertó de su puesto como los caballos de los forajidos.

Demasiado aturdido como para reaccionar, Kaylon permaneció de pie, contemplando a Eles, hasta que una enorme silueta blanca apareció desde su derecha, abalanzándose sobre los enemigos. El acero de la espada de Tyanna dibujó un arco sibilante; la cabeza de uno de los mercenarios salió disparada de su cuello y rodó por el suelo dando tumbos.

Eles bajó al suelo, todavía gritando y rodeado por aquel fantástico resplandor aunque el miembro cortado se veía incompleto nuevamente. Su aleteo continuaba produciendo un viento feroz, que arremolinó el pasto y los detritos en locas espirales.

Luak empezó a levantarse mientras que Tyanna, detrás de él, se enfrentaba a sus dos restantes secuaces. El líder de los mercenarios señaló a Kaylon.

—¡Gorgat! ¡Acábalo!

Sobreponiéndose a los efectos del chillido de Eles, el robusto animal dio tres zancadas y se arrojó sobre el chico, rugiendo. Luak se enfrentó al águila, la cual dirigió hacia el mercenario todo el poder que de su ser emanaba. Pensando en defender a Eles, Kaylon trató de esquivar a la bestia purpúrea, pero Gorgat cayó sobre él y lo aplastó contra el piso. El cuchillo saltó de la mano del muchacho, quien de pronto tuvo que emplear todas sus fuerzas para impedir que las fauces del animal se cerraran sobre su garganta; las garras de la bestia le arañaron el pecho y las piernas, y varias gotas de saliva viscosa se estrellaron contra su piel. El muchacho pudo observar claramente el interior de aquella amplia boca, repleta de dientes aserrados. Uno de los colmillos se le clavó en la palma, mas no lo sintió en ese momento.

En alguna parte, Eles dio un nuevo grito más penetrante que el anterior. Gorgat se debilitó por unos segundos, sacudiendo la cabeza para aliviar sus tímpanos heridos, tal que el muchacho pudo recuperar su cuchillo. Trató de clavarlo en el cuello de la bestia, igual que con el aulonte, pero Gorgat se movió y la hoja fue a parar a su escápula, donde quedó bien anclada. El animal rugió y volvió a atacar. Kaylon lo golpeó con una roca, sacándoselo de encima, y una vez de pie le dio una patada en la mandíbula que lo dejó fuera de combate. Entonces miró hacia donde la pelea seguía entre Tyanna y los mercenarios y entre el líder de éstos y la rapaz. La muchacha, sobre Nube, entrechocaba su espada contra la de un solo forajido; el otro se encontraba bajo las patas del equino, del cual manaba abundante sangre que teñía de bermellón su albo pelaje. Por otro lado, Eles estaba prendido por sus uñas al líder de los forajidos y le picoteaba el rostro sin interrumpir su grito. Con perceptible esfuerzo, Luak lo arrancó de su armadura para tirarlo frente a él; luego recogió su arma, disponiéndose a descargarla sobre la rapaz.

—¡Antes de matarte te cortaré tu otra ala! —bramó el forajido. Tenía la cara hecha jirones.

Sin perder un instante, el chico levantó la roca con la que le había pegado a Gorgat y se la arrojó al mercenario. Su puntería resultó excelente, como de costumbre: el impacto fue en plena nariz, acompañado por el crujido de hueso que se astilla. Luak oprimió la maltrecha protuberancia y después se fijó en el muchacho con expresión serena. Al chico le dio un vuelco el estómago.

—Aún sigues con vida —dijo el mercenario—. Qué interesante. Me ocuparé de ti antes de darle una lección al pajarraco.

Kaylon retrocedió. De repente tenía la lengua reseca, sus piernas casi no le respondían y su corazón parecía a punto de estallar. Era como si aquel gigante lo llenara de pavor por el simple hecho de mirarlo, igual que una botella bajo un chorro de agua turbia y ponzoñosa. El mercenario caminó hacia él impidiéndole ver cualquier otra cosa; era inmenso, colosal. Había... ¿había crecido durante la pelea?

Algo grande se desplomó más allá del forajido, haciendo retumbar el suelo, pero Luak y Kaylon no se dieron cuenta. Estaban muy concentrados uno en el otro.

El chico tropezó y cayó sobre su espalda mientras el mercenario continuaba reduciendo distancias, pasándose la espada de derecha a izquierda y de izquierda a derecha con ágil destreza. Incapaz de pensar, Kaylon desvió la vista hacia sus pies.

Entre sus botas se hallaba una de sus alforjas. Seguramente la había desprendido de la silla de montar al resbalar de Nela. Y allí, intacto, estaba su arco de caza mayor, el que había fabricado antes de unirse a los errantes. Faltaban las flechas, por desgracia, excepto...

Kaylon se arrodilló, tomó el arco y lo tensó con la flecha de plumas azules. Ésta se sentía caliente, como si recién la hubieran extirpado de Eles y llevase en sus fibras la energía del ave; pero era otro tipo de energía, una energía maligna y enfermiza. Aun así, los dedos del muchacho sostuvieron la saeta con firmeza. El otro extremo apuntaba a la cabeza del mercenario.

Pero Kaylon no lograba disparar; algo dentro de él se negaba a hacerlo. Luak soltó una carcajada.

—¿Pensaste que conseguirías matarme con una de mis propias flechas, niño iluso? ¿Con una flecha que yo mismo creé, y a la que incluso di un nombre? Es la que usé para abatir a tu águila, pero muchas veces antes de eso liquidé a otros con ella, alimentándola igual que a un bebé. ¿Y esperas ahora usarla en mi contra?

Las manos de Kaylon empezaron a estremecerse. La voluntad de la flecha era mayor que la suya, y el chico pudo notar cómo lo invadía por segunda vez aquel sentimiento parecido a una fiebre. La saeta no atacaría a su amo, y si no la apartaba de sí, muy pronto Kaylon ni siquiera podría resistirse cuando el forajido lo atrapara. Su visión se desenfocó; en lugar de un mercenario vio seis, terribles y oscilantes, espectros ensangrentados que le sonreían.

Entonces la memoria del chico acudió en su ayuda. Varios recuerdos desfilaron por su mente confundida, despejándola de la misma manera que un ventarrón disipa la niebla de los campos: Eles precipitándose hacia el bosque y la ciénaga, truncado su vuelo por un acto de maldad; su posterior arrastre a causa del ala rota; el coraje que el águila había demostrado al ver aparecer a Kaylon, y su propia lástima al entender el crimen que acababa de cometerse sobre aquel bello animal, hecho para surcar el firmamento y ser libre. La voluntad de la flecha cedió ante tal serie de recuerdos y todo volvió a colocarse en su sitio. Los seis mercenarios se convirtieron en uno; las manos de Kaylon, resueltas, tensaron el arco un poco más.

—Esto es por Eles —dijo el chico con una voz tan dura como la del juez Tolga, y soltó la flecha.

Luak no atinó a moverse. Estúpidamente asombrado por lo que no habría creído posible ni en un millón de años, se quedó quieto mientras su adorada saeta, haciendo rechinar el aire al rotar sobre su eje, iba al encuentro de su frente. La flecha se clavó justo ahí, traspasando su cerebro y asomando por el polo opuesto, pulverizándole la mitad del cráneo. El forajido pereció mientras se derrumbaba como un tronco podrido, con sus facciones laceradas expresando aún su sorpresa. La tierra recibió la mole de su cuerpo con un ruido grave que conmovió las raíces de los árboles y a los animales en sus madrigueras.

El muchacho se permitió recuperar el aliento. Luego se levantó despacio, aún sosteniendo su arco, y permaneció un momento junto al cadáver del mercenario, proyectando su sombra sobre él. El arco se deslizó de su mano; la cuerda, inexplicablemente, se rompió por sí sola antes de que el arma tocara el suelo.

Después de eso, Kaylon recorrió con la mirada el escenario de la pelea. Eles estaba bien plantado sobre sus garras, desaliñado pero sin heridas de consideración. El resplandor dorado de su plumaje se había desvanecido. Un poco por detrás del ave, Nube yacía sobre uno de los mercenarios, ambos sin vida. Más allá se encontraba Tyanna, arrodillada cerca del último forajido. La espada de la muchacha sobresalía del pecho de éste, cuyas piernas se sacudían espasmódicamente.

La joven parecía agotada. El pelo suelto tapaba su rostro, pero su cansancio era evidente por la forma en que sus hombros y espalda se curvaban hacia adelante, más lo brusco de su respiración. El muchacho caminó hacia ella, tambaleándose un poco, y se sentó a su lado. Reinaba ahora una perfecta tranquilidad; ni un solo ruido la perturbaba, y el aire estaba inmóvil.

—Se terminó —dijo Kaylon sin mucho ánimo—. Los vencimos.

Tyanna giró la cabeza hacia él y le sonrió débilmente. Se veía muy pálida, excepto por unas profundas ojeras violáceas.

—Oye, ¿te encuentras bien? —preguntó el muchacho. Tyanna apoyó su diestra sobre la del chico.

—Sí, Kay, estoy bien —musitó ella—. Por fin estoy bien.

No había dejado de sonreír, pero su rostro palideció aún más y el sudor brilló en su piel como rocío sobre porcelana. El cuerpo de la muchacha se relajó, desfalleciente; Kaylon la ayudó a recostarse... y fue entonces cuando se percató de que la otra mano de Tyanna presionaba su vientre, del que escurría sangre a borbotones por entre los finos dedos. Kaylon se sobresaltó. Mirando a su alrededor descubrió que, a dos pasos de ellos, el forajido traspasado por la espada aferraba, incluso después de muerto, un puñal manchado de rojo. Comprendió de inmediato lo que eso significaba pero se rehusó a creerlo, se rehusó con toda el alma. No podía aceptar semejante realidad. Cerró los párpados, rogando porque se tratara de una pesadilla, pero todo seguía igual cuando los abrió.

—Kay... —susurró la joven.

—Espera, no hables —dijo el chico, mientras se quitaba el chaleco y lo plegaba rápidamente, colocándolo a modo de compresa sobre la herida—. Aprieta con fuerza, hay que parar la...

La muchacha lo hizo mirarla a la cara.

—Déjalo, Kay. Sólo prolongarás lo inevitable.

—Tyanna...

—Déjalo —ordenó ella, impaciente. El chico se quedó quieto pero sin ocultar su ansiedad.

La muchacha se humedeció los azulados labios. En su rostro apareció una expresión de paz, y contempló a Kaylon con una ternura que él nunca le había visto dirigir a otro ser humano.

—Sabía que esto podría ocurrir —murmuró la joven—. No deseaba reconocerlo ni quería que sucediera, pero... la verdad es que ya no me importa. No es tan malo como había temido.

Volvió a sonreír, con cierta ironía esta vez. A Kaylon se le formó un nudo en la garganta.

—No sufras por mí —continuó ella—. Mi... mi vida es mi sacrificio, el precio por mi segunda oportunidad. Tu vida es... es mi recompensa. Sólo lamento... que tengas que seguir adelante sin compañía. No tendrás con quien charlar.

El chico parpadeó varias veces porque las lágrimas ya no le permitían ver bien.

—¿Y cómo se supone que voy a seguir sin ti, eh? —preguntó Kaylon—. No puedes dejarme, no...

La voz del muchacho se quebró en un gemido. Tyanna frunció el ceño y le acarició la mejilla.

—Cuídate, Kay. Te quiero.

Tyanna cerró los ojos mientras su existencia se apagaba con cada latido. Kaylon envolvió la mano de la muchacha en las suyas. Su pulso era rápido y débil; el fin se aproximaba.

—Yo también te quiero, Tyanna —balbuceó el chico. No se le ocurrió otra cosa, aunque estaba seguro de que en realidad no necesitaba decir nada más.

La muchacha abrió los ojos y le sonrió por última vez, una sonrisa tan hermosa que al chico se le partió el corazón; pero luego el rostro de Tyanna adoptó una expresión extraña, urgente, y poniendo todo su empeño, se sujetó de Kaylon para levantarse y comunicarle algo.

—Mi... mi sueño... Soñé... soñé que...

A continuación dijo algo tan carente de sentido que el chico no lo asimiló sino hasta mucho después, porque Tyanna se estaba muriendo, se iba, y en ese instante él sólo podía pensar que estaba perdiendo a la persona que más amaba en el mundo.

La muchacha resistió unos segundos más y finalmente dejó de respirar. Su cabeza se ladeó un poco, el pecho se le hundió y su brazo libre resbaló a un costado, posándose en la hierba. Y eso fue todo. Había fallecido.

Kaylon trató de gritar, de llamar a Tyanna para que volviera, pero los sonidos se atascaron en su garganta. Ni siquiera pudo sollozar; la pena era demasiado intensa, demasiado terrible. Todo su organismo estaba bloqueado. La muchacha, sin embargo, parecía dormida. Kaylon alisó su cabello sin soltar la blanca mano que aún sostenía. Luego se inclinó sobre ella para besarla, y al contacto con su boca blanda y helada, la irrevocabilidad de su muerte lo golpeó con un dolor tan grande que no se imaginó a sí mismo viviendo después de eso. Entonces sí comenzó a llorar, y sepultando su rostro en el pecho inerte de Tyanna, lloró hasta quedar inconsciente.

(Continuará...)

Gissel Escudero

No hay comentarios.:

Publicar un comentario