18 de febrero de 2012

La canción del águila (35)

No fue Tyanna quien lo obligó a parar. Nube frenó por sí solo, acostumbrado desde hacía un tiempo a la presencia constante de Nela. Fue entonces cuando la muchacha se dio cuenta de lo que su corcel había notado antes que ella: estaban solos. Nada de langostas, nada de mercenarios... nada de Kaylon y su yegua, o de Eles. Ni siquiera se escuchaba el golpeteo de los cascos de Nela; sólo un completo y acusador silencio. Nube piafó y pataleó, relinchando como si le preguntara a su dueña qué debía hacer a continuación: ¿seguir adelante o volver? ¿Buscar un lugar seguro o regresar por aquellos que habían dejado atrás?

La muchacha tiró de las riendas y el caballo se quedó quieto, pero sacudiendo la cabeza a modo de protesta.

Con la respiración acelerada y el corazón latiendo a trompicones en su pecho, Tyanna miró en la dirección por la que había llegado. Solamente las huellas de Nube eran visibles y el silencio persistía, cada vez más aplastante, cada vez más desolador... pero muy pronto podría llenarse de gritos, gritos que aumentarían en intensidad y después se detendrían. Para siempre.

Una voz habló dentro de ella, mas no la propia; lo que oyó en su cabeza fueron las palabras de Amalaide pronunciadas allá en el campamento, en los confines de su nebuloso carromato, una noche que ahora parecía muy lejana.

¿Realmente quieres una segunda oportunidad?

Y luego una frase totalmente nueva, como si Amalaide estuviera allí de verdad, contemplándola desde las sombras. Su tono era severo y reprobatorio.

Lo volviste a hacer. Abandonaste al chico.

—No... —balbuceó Tyanna—. Yo... yo pensé que él venía detrás de mí.

Pero no es así. ¿Y qué estás esperando?

—No puedo regresar —musitó la joven—. Ellos...

Ellos te aterran...

—Sí...

... pero lo matarán si no intervienes.

Una exclamación de angustia brotó de los labios de la muchacha. Nube empezó a moverse sobre su sitio; el animal había decidido que no se marcharía sin Nela y aguardaba a que su dueña se mostrara de acuerdo.

Debes hacerlo, Tyanna. Tienes que ir a rescatarlo. De lo contrario, mejor hubiera sido para ti compartir la suerte de tu hermano, porque si ese chico es asesinado mientras tú te quedas aquí, escudándote en tu miedo, dará lo mismo que conserves la vida, porque por dentro estarás tan muerta como ellos dos. Tú eliges.

Los ojos de la muchacha se llenaron de lágrimas. La brisa sopló sobre su rostro y entre los árboles, cálida e indiferente, poniendo a su alcance tan sólo el aroma de los pinos y la tierra húmeda. No había gritos en la brisa todavía; no era demasiado tarde.

La joven errante espoleó a su caballo, quien resopló como si no entendiera por qué se había demorado tanto, y lo dirigió hacia el lugar donde sabía que alguien la necesitaba.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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