17 de febrero de 2012

La canción del águila (34)

De pie al costado de un sendero delimitado por matorrales, allí donde algún árbol al caer había dejado un hueco para que entrara la luz del sol, Kaylon le tendió a su amiga el último segmento de cuerda que les quedaba. La muchacha lo contempló unos segundos antes de tomarlo.

—Es todo —dijo el chico, respondiendo la pregunta no formulada de Tyanna—. Tendremos que dejar de poner trampas, supongo.

—Oh, aún conozco un par de trucos. Pero tienes razón: no podemos demorarnos más con esto. Hay que acelerar el paso y cruzar los dedos; de hecho, ya sería mucho pedir que los mercenarios cayeran en una de las trampas.

La muchacha usó la cuerda para crear un mecanismo disparador.

—Ya está —anunció, frotándose las manos—. ¿En qué piensas? —preguntó luego, al ver la expresión meditabunda del chico.

—¿De dónde crees que vengan ellos?

Tyanna suspiró mientras se secaba la frente con un pañuelo.

—No tengo idea —contestó—. Me parece que Amalaide tampoco lo sabía, porque cuando le planteé la cuestión, me dio tan sólo una de sus crípticas respuestas. Dijo que quizás vinieran de un lugar más allá de todo lo conocido, o que podrían haber sido hombres normales en otro tiempo, hombres que se dejaron corromper por la maldad. Tú no los viste, pero sí sentiste su presencia. Dime, ¿qué impresión te dieron?

—Pues... que no eran humanos. O no del todo humanos. No podría describirlo mejor.

—Lo hiciste bastante bien aquella noche, en el campamento. Supe que hablabas de ellos a pesar de que los cambiaste por ladrones.

—Ya. Por eso escapaste como si se te hubiera aparecido un fantasma.

—Sí... —dijo Tyanna, apartando la mirada del chico. Sus mejillas se colorearon un momento, durante el cual se aseguró de que la trampa estuviera camuflada. Luego se incorporó y rehizo su coleta, peinando hacia atrás algunos mechones rebeldes.

—¿Y ahora qué? —preguntó Kaylon a la vez que se ponía el arnés con Eles adentro.

—Ahora iremos por los caballos y nos marcharemos de aquí a toda velocidad.

—De acuerdo —dijo el chico, y empezó a caminar hacia donde habían dejado pastando a Nela y Nube. Tyanna lo siguió a pocos pasos de distancia... por lo que chocó contra él cuando el muchacho se detuvo sin previo aviso.

—¿Qué pasa, Kay?

El chico extendió un brazo ante ella en ademán protector y señaló con el otro hacia adelante.

En el suelo y la vegetación había miles y miles de langostas, ocupando todas las superficies disponibles. Estaban inmóviles; en lugar de comer tenían los ojos puestos en los dos muchachos. Su aspecto era escalofriante.

Tyanna sujetó a Kaylon por el chaleco y tiró de él, haciéndolo retroceder.

—Están aquí —murmuró la joven con voz temblorosa.

Las langostas despegaron en dirección al cielo y entonces cinco figuras, una de ellas más pequeña, avanzaron hacia los muchachos.

—Buenas tardes —dijo Luak, sonriente. En la diestra llevaba una gruesa espada con símbolos grabados y en la mano izquierda sostenía una maza. Gorgat tensó las patas, preparándose para saltar; su amo le pegó en el hocico con el talón a fin de contenerlo.

Finalmente cara a cara, el chico entendió por qué los mercenarios habían llamado la atención de Silay pero sin despertarle sospechas y por qué Tyanna no podía recordar su apariencia exacta: en realidad no diferían mucho de las personas comunes y corrientes. Facciones regulares, barba y cabellos recortados, vestimenta acorde a su profesión; éstas eran sus características principales. No obstante, a Kaylon le habría resultado imposible confundirlos con personas comunes y corrientes, sin importar cuándo y dónde los conociera. En primer lugar, su altura era extraordinaria; él apenas les llegaba al estómago. Y sus ojos... sus ojos, dos pozos oscuros rodeados de sombras, delataban lo que se escondía tras ellos: una infinita y sedienta perversidad.

La bestia de los mercenarios rugió haciendo que Kaylon se percatara de su existencia; era grande y purpúrea, con cuerpo y patas robustas, cola corta y cuatro filas de espinas similares a cuernos de cabra en el lomo. Su cabeza era una mezcla de rasgos lobunos y de oso pero con pupilas verticales igual que los felinos. Se veía impaciente por atacar.

Tyanna y el chico retrocedieron aún más, él sin darse cuenta de que era la muchacha quien lo arrastraba. Eles articuló un chillido de derrota que reflejó a la perfección lo que Kaylon sentía en ese instante. Luak levantó su espada.

—Oh, no. Ni un paso más —dijo el mercenario. Dos langostas aterrizaron sobre él y se metieron en uno de sus bolsillos. La muchacha dejó de tironear de Kaylon; los forajidos se separaron, abriéndose en semicírculo.

—¿Quién los envía esta vez? —inquirió Tyanna, procurando disimular su terror.

—¿Enviarnos? —contestó Luak—. Nadie, joven errante, absolutamente nadie. En ocasiones actuamos por cuenta propia.

—Y no es que nos moleste hacerlo bajo contrato —dijo otro mercenario.

—Ya sea que lo cumplamos o no —añadió un tercero—. Todo depende del beneficio.

—Como cuando atacamos tu campamento por esos hermosos ópalos —continuó Luak—. Ah, sí, me acuerdo muy bien de ti, muchacha. Y de tu pequeño hermano.

Tyanna gimió y soltó el chaleco de Kaylon.

—Tú te me escurriste aquel día —prosiguió el mercenario, agitando su maza cual simple juguete—, pero con tu hermano pude entretenerme un buen rato. Lo descuarticé parte por parte con mis propios dientes. Su carne era dulce, como la de un corderito, pero él era fuerte y aguantó mucho dolor antes de fallecer. ¿Quieres saber lo que hice con su cabeza, eh? Pues la arranqué de su tallo, retorciéndola, y luego...

Los dos muchachos contuvieron el aliento, paralizados a causa de la espantosa revelación.

—Pero ¿para qué voy a contártelo? —preguntó Luak en tono burlón—. Puedo mostrártelo. Usaré como monigote a tu amigo aquí presente... después de que me entregue al águila, por supuesto.

Kaylon se vio de pronto desplazado por la muchacha, quien se puso delante de él dominada por una rabia tardía.

—Tú... mataste a Oly. ¡Maldito monstruo! ¡Tú lo hiciste! —gritó la joven, escupiendo casi las palabras.

Lejos de amilanarse, Luak se aproximó a ella, abrumándola con su gigantesca estatura.

—¿Y qué? —dijo con desprecio—. Hace un par de días una de tus trampas acabó con mi hermano, y no me ves haciendo un berrinche por ello. Sin embargo —agregó, trocando su sarcasmo por una actitud peligrosamente seria—, tengo por norma no dejar que nadie me insulte. Eso quiere decir que muy pronto sufrirás un castigo por tu impertinencia... pero antes le arrebataré el águila al chico y te haré presenciar cómo lo torturamos. Así que quítate de en medio, salvo que quieras empeorar aún más las cosas.

El mercenario se movió hacia Kaylon, esquivando a la muchacha.

—¡No! —exclamó ella.

En un arrebato de desesperación, Tyanna se echó hacia atrás, agarró al chico por el brazo y se arrojó al piso llevándolo consigo; después alargó la mano para activar la trampa que se encontraba justo frente a ella. La reacción en cadena liberó dos docenas de saetas muy afiladas que pasaron sobre los muchachos y se dirigieron con mortífera precisión hacia los forajidos, y aunque muchas se rompieron sobre sus armaduras, una de ellas se clavó en el rostro de uno y otra en el brazo de quien estaba a la derecha de su jefe. Esto fue distracción suficiente.

—¡Corre! —gritó Tyanna, y tanto ella como el chico se escabulleron por un costado, llamando a sus respectivos caballos. Nela y Nube acudieron al galope; los muchachos treparon a ellos y escaparon de los mercenarios, no sin antes escuchar a Luak proferir un terrible alarido de furia y ordenar a sus compañeros que se dieran prisa. Gorgat se lanzó en pos de los fugitivos con los colmillos expuestos y babeando, pero no era rival para los equinos y éstos pronto lo aventajaron.

En su frenética carrera, Kaylon y Tyanna no se fijaron por dónde iban. Sólo tenían conciencia de que corrían juntos y de que sus caballos estaban tan asustados como ellos. La arboleda no era muy densa, permitiéndoles circular sin tropiezos, pero lo que era una ventaja para los jóvenes también suponía una ventaja para sus agresores, de modo que espolearon al máximo sus cabalgaduras. El paisaje se convirtió en franjas borrosas deslizándose a los lados como un río. Hacia adelante el camino parecía despejado, mas de repente una nube pardusca se interpuso entre ellos y el horizonte, golpeándolos en la cara y los brazos con la fuerza de los duros cuerpecillos que volaban a su encuentro. Las langostas les hicieron perder todo sentido de la orientación; los muchachos manotearon en vano para sacárselas de encima, gritando, mientras los caballos se encabritaban a consecuencia de aquellos bichos que les picaban los ojos. Tyanna consiguió mantenerse a lomos de Nube y atravesar el enjambre; el chico, por el contrario, resbaló y se desplomó sobre el suelo. Eles se salió del arnés, agitando las alas inútilmente. Nela huyó despavorida sin percatarse, al igual que Tyanna, de la caída del chico. Parte del enjambre cambió la dirección de su vuelo para seguir a la muchacha y parte permaneció rondando a Kaylon, aturdiéndolo con su enloquecedor zumbido.

—¡Eles! —llamó el muchacho, tanteando el piso en busca del águila. Enceguecido por los insectos, se golpeó la cabeza contra un tronco, pero logró reunirse con el ave. Eles se aferró a él; Kaylon lo sujetó con un brazo y empezó a correr, con las langostas acosándolo igual que mosquitos de pantano.

El ruido de las langostas dejó paso a las risas de los forajidos. Al dispersarse los insectos, el chico giró sobre sí mismo y descubrió que no tenía por dónde salir: los cuatro mercenarios, a caballo, trotaban a su alrededor, así como su bestia púrpura.

—Se acabó, niño —dijo Luak—. El emplumado y tú son nuestros.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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