16 de febrero de 2012

La canción del águila (33)

El paisaje había ido cambiando a medida que progresaban hacia el este. Lejos de la civilización, de las carreteras y los campos cultivados, la naturaleza exponía ante ellos su faz imponente y orgullosa. Había mucha belleza en la vegetación salvaje y los numerosos accidentes geográficos, pero las plantas tenían espinas y no existían puentes o escalinatas que suavizaran las irregularidades del terreno.

A los mercenarios, no obstante, todo esto les traía sin cuidado.

Por segunda vez en lo que iba de la mañana, la bestia llamada Gorgat se inclinó para olisquear la tierra. Varias langostas dejaron de masticar el pasto y saltaron fuera de su alcance, aunque el animal no estaba interesado en ellas sino en el débil rastro que procuraba. Su olfato no era mejor que el de un perro, ni siquiera tan bueno como el de un gato, pero el olor de los muchachos seguía ahí y pudo detectarlo con claridad. Emitió un ronquido para atraer a sus amos, indicándoles el lugar preciso con una pata, y luego se hizo a un lado sin esperar recompensa alguna.

Luak observó las marcas dejadas en el suelo por los caballos de los chicos: tenían por lo menos día y medio de antigüedad. El mercenario frunció el entrecejo.

—¿Y bien? —preguntó uno de sus compañeros.

—Parece que están tratando de perdernos... pero no van tan rápido como podrían, y eso no me agrada. Algo traman.

Otro de los mercenarios chasqueó la lengua.

—Son sólo unos niños.

—Cierto —concedió su líder—. Sin embargo, no olvides que ella es una errante. Y los errantes son pacíficos pero saben defenderse; recuerda con qué fuerza se nos opusieron la última vez. Siendo ella una errante, además, me asombra que hallamos encontrado estas huellas. Los de su tribu son hábiles para escabullirse sin dejar pistas.

—Aun así daremos con ellos...

—Siempre y cuando no encuentren al guardián y pasen al otro mundo —lo interrumpió Luak—. Todavía estamos lejos, pero ya sabes que el portal puede aparecer en cualquier sitio. Vamos; tenemos que acercarnos a ellos lo más posible... y no descuidarnos ni por un segundo. Hasta un mísero ratón puede darse vuelta para morder, si se siente acorralado.

—¿Y cuándo nos apoderaremos del águila? —preguntó el que había hablado primero. Luak le dirigió una mirada de exasperación.

—Cuando yo lo crea conveniente. El ave nos es más útil viva que muerta, y más aún si es a otro al que guía a su morada. ¿Qué tanto piensas que colaboraría con nosotros si la capturásemos ahora?

El aludido no se atrevió a contestar. Luak continuó mirándolo sin pestañear, desafiante, y recién cuando estuvo seguro de haber puesto fin a las dudas sobre su capacidad de decisión, montó su caballo e hizo un gesto de que lo siguieran.

Mucho después, cabalgando al trote, llegaron a una zona donde se elevaban unas masas de roca entre las cuales crecían unos árboles muy tupidos. Había pocas sendas lo suficientemente amplias como para transitar a caballo, de modo que los mercenarios eligieron el mismo camino por el que más temprano habían pasado Kaylon y Tyanna.

—Avancen con cuidado —advirtió Luak, quien iba a la cabeza un poco por detrás de Gorgat—. Pueden habernos tendido alguna trampa, o quizás pretendan emboscarnos.

—Me gustaría que lo intentaran —murmuró Tzaro.

A ambos lados de aquel sendero, miles de langostas hacían estragos en las ramas más jóvenes, podando los brotes tiernos. Los forajidos admiraron la labor de las voraces criaturas como si se sintieran identificados con ellas.

Gorgat se detuvo, gruñendo; Luak bajó de su caballo e inspeccionó los alrededores. El jefe de los mercenarios se metió entre unas rocas y apareció más adelante, tras rodear un conjunto de árboles.

—Retrocedan —dijo a sus secuaces, quienes obedecieron de inmediato. Acto seguido, Luak arrojó sobre el sendero una piedra enorme, que se hundió en el suelo produciendo un chasquido. Entonces todo comenzó a moverse, y desde lo alto, agitando las frondosas copas, se abalanzó sobre Luak un tronco colgado en forma horizontal. El forajido dio un paso hacia atrás y las ramas laterales del tronco, cuyas puntas habían sido cortadas y afiladas, llegaron a menos de un palmo de su pecho antes de que el columpio invirtiera la dirección de su balanceo.

Cuando la trampa quedó totalmente inmóvil, los forajidos la desarmaron para poder continuar.

—Impresionante —dijo uno de ellos—. Pero no volverán a repetir la hazaña: deben haberse quedado sin materiales.

—No por ello dejarán de intentar sorprendernos —opinó Luak—. Conviene que prestemos mucha atención si es que...

La frase quedó sin terminar por lo que sucedió a continuación. Uno de los mercenarios, que se había desplazado más allá de la piedra hundida, apartó una rama que bloqueaba su visión. A consecuencia de esta maniobra, algo se sacudió en la espesura y unas formas alargadas surcaron el aire con sendos silbidos. Los forajidos se echaron al piso por puro instinto; sus monturas no tuvieron tanta suerte y resultaron heridas cuando las puntiagudas estacas rozaron sus cuerpos. Los caballos relincharon y huyeron, manchando la hierba con su sangre.

—¡Rayos y centellas! —gritó Luak, incorporándose—. ¡Eso no lo vi venir! ¿Están todos bien?

Tres de los mercenarios se levantaron haciendo ademanes de asentimiento; el cuarto, quien había activado la segunda trampa, permaneció donde estaba, boca abajo. Luak se agachó junto a él y lo volteó.

La estaca le había atravesado el cuello. Aún vivía, pero no por mucho: de su garganta salía una espuma roja acompañada de débiles gorgoteos. Los ojos de aquel sujeto, desorbitados, se posaron en Luak con una expresión de desconcierto.

—Lo lamento —le dijo su líder—. Debiste ser más precavido.

El forajido murió con los ojos abiertos.

—Maldición —musitó Luak. Por un instante se reflejó en su rostro una emoción que podría haberse interpretado como pena, mas fue de corta duración. De todas maneras, la pena simplemente no combinaba con aquella cara.

El mercenario soltó el cadáver y se dirigió a los sobrevivientes:

—¿Qué esperan, idiotas? ¡Vayan a buscar a los caballos!

Luak se enderezó, restregándose el polvo de las rodillas mientras sus camaradas corrían tras los equinos espantados. Gorgat, ileso, se aproximó al difunto para lamer la sangre que lo cubría. De pronto le molestó a su amo que la bestia no hubiera sufrido ni un rasguño, y tras desatar su látigo del cinturón, le propinó unos cuantos azotes.

Los gemidos del animal reverberaron en las sólidas rocas.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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