15 de febrero de 2012

La canción del águila (32)

Las estrellas aún parpadeaban en la bóveda celeste, frías y distantes como peces fosforescentes en los abismos del océano. A Kaylon lo hacían sentirse un poco insignificante, pero también le infundían una paz blanca y etérea. Por unos minutos se fijó sólo en ellas, permitiéndose fingir que el resto del mundo no existía más que en sueños; después se volvió hacia donde Tyanna dormía.

Estaba de acuerdo con ella en que alguien (más de uno, tal vez) los seguía. Durante los últimos días se habían movilizado con la mayor precaución a fin de no dejar señales de su pasaje. Ahora creían estar solos... por el momento.

Como errante, Tyanna era una experta en maniobras evasivas y le había enseñado al chico muchas de ellas. Sin embargo, desde su breve charla bajo la lluvia había surgido una desagradable tensión entre ambos: frases cortantes, miradas de reojo, falta de camaradería... Kaylon aborrecía que se llevaran así, pero entendía que él se había apartado de la muchacha.

Se incorporó sin hacer ruido y de la misma forma despertó a Eles y Nela. Al acomodar la silla de montar se abrió una de las alforjas; el chico la cerró de inmediato, pues no quería vislumbrar cierta flecha de plumas azules que ahí guardaba... sobre todo porque le hacía preguntarse si no sería su propietario uno de los perseguidores. Montó con cuidado y cabalgó, primero a paso lento y luego al trote, hasta que estuvo seguro de que Tyanna no lo encontraría. Era una forma horrible de terminar las cosas (y por tercera vez, además), pero ¿qué otra opción tenía? La muchacha iría con él hasta el fin del mundo si las circunstancias así lo requerían, y desde la velada del chaparrón Kaylon tenía varios motivos adicionales para no desear que esto ocurriera.

Recién a la tarde se detuvo para que Nela descansara. Le dolía el pecho por la dura resolución que había tomado, quizá la más dura de toda su vida, y pensó que nunca volvería a sentirse bien hasta que escuchó la voz de quien había pretendido despistar:

—Insistes en hacerme madrugar, ¿eh? No eres muy cortés que digamos...

El chico cerró los ojos un instante, experimentando una contradictoria mezcla de enojo y alivio, y luego replicó:

—Pensé que entenderías la indirecta.

—Pues debiste pensar que no te desharías de mí con tanta facilidad.

Tyanna bajó del lomo de Nube. Se había vestido apresuradamente: el cabello suelto, sin peinar, le caía sobre los hombros y la cara en desordenados mechones. Había una curiosa expresión en su semblante, como si acabara de sufrir un episodio de pánico; en su rostro temblaba la frágil alegría de una loba que se recupera tras haber hallado a su cachorro perdido.

—¿Por qué te fuiste así, Kay? No lo vuelvas a hacer.

—Lo siento. Me pareció que sería lo mejor. Tú lo dijiste: quienes nos persiguen quieren a Eles. Y Eles no es asunto tuyo, sino mío. Sólo mío.

Tyanna se echó el pelo hacia atrás. Tenía profundas ojeras.

—Es cierto. Eles no me concierne. Pero sí, y a donde vayas iré yo.

Kaylon no dijo nada. La muchacha dio un paso vacilante hacia él.

—Ya no confías en mí, ¿verdad? ¿De eso se trata?

El chico se mantuvo en silencio, pero le dirigió a Tyanna una mirada inflexible. La joven retrocedió. Era su turno de sentirse avergonzada. Si se ponía a llorar, él lo lamentaría; sin embargo, no podía negar la afirmación de Tyanna. Así era: desconfiaba de ella por lo que había dicho acerca del ave. Le había prometido a Eles que lo cuidaría, y si la muchacha se interponía entre él y su promesa, entonces sería lo más conveniente para ambos que se separaran.

Tyanna caminó nuevamente hacia él y lo tomó de las manos.

—Moriría antes que traicionarte, Kay —murmuró la joven—. Sé que Eles es muy importante para ti. No haré nada que se oponga a tus planes; sólo quiero protegerte.

Kaylon asintió. La muchacha sostuvo sus manos un poco más y luego lo soltó para restregarse la humedad de los ojos.

—Bien... Creo que podríamos comer algo antes de proseguir. A menos que no tengas hambre, claro está.

—Ya es mediodía —declaró el chico encogiéndose de hombros—. Hora del almuerzo, ¿no?

—Sí. Busquemos un lugar a la sombra.

Terminaron por instalarse junto a un riachuelo, bajo un sauce, y aunque al principio no hablaron mucho, poco a poco superaron el bache en el que había tropezado su amistad. Después de la comida debatieron acerca de si debían averiguar quiénes los asediaban o tratar de perderlos de una buena vez, pero como no llegaron a una decisión concreta, continuaron avanzando por la campiña.

Ya hacía bastante calor como para no encender una fogata por la noche a menos que necesitaran cocinar, y como para la cena sólo tenían carne seca y unas raíces, sólo el resplandor de la luna los iluminó durante su reposo.

Cuando Kaylon se despertó para el último cambio de guardia, encontró a la muchacha sentada sobre un árbol torcido, contemplando unos pimpollos que empezaban a abrirse para recibir en plena gloria al nuevo día.

—Relevo —anunció el chico.

Tyanna se incorporó sacudiéndose las partículas de musgo que se le habían adherido al pantalón. Kaylon no pudo dejar de notar lo exhausta que se veía; su huida de esa mañana debía haberla afectado mucho. Para demostrarle que agradecía su preocupación, él sonrió y le dijo:

—Hoy me siento benevolente. Te dejaré dormir hasta tarde.

La joven se rió con un timbre encantadoramente infantil. De pronto se le ocurrió a Kaylon que Tyanna no era mucho mayor que él, sólo cinco o seis años; su desgracia era haber asumido una responsabilidad demasiado grande para su edad: el peso de una culpa de adulto por algo que había ocurrido en su niñez.

La muchacha fue a acostarse, pero a medio camino se dio vuelta.

—A propósito —dijo—, anoche soñé contigo.

—¿Ah, sí?

—Ajá. Fue algo extraño. Soñé que tú...

—¿Qué?

En lugar de responder, la joven abrió mucho los ojos y palideció. Congelada en su sitio, miraba algo por encima del hombro de Kaylon. El muchacho giró sobre sus pies.

Había una docena de langostas aniquilando sin piedad las flores recién nacidas. Sus grotescas mandíbulas cortaban a toda velocidad los pétalos, haciéndolos desaparecer en cuestión de segundos. El rumor de su macabra tarea perturbaba la tranquilidad.

Sin embargo, no eran más que langostas... aunque Kaylon dudó de su normalidad cuando observó que sus alas despedían destellos escarlata y que dos de ellas, a diferencia de sus compañeras, lo escudriñaban como si supieran quién era él.

Las langostas se marcharon sin previo aviso por donde habían llegado. Sólo entonces la muchacha pudo recobrar el habla.

—Tenemos... tenemos que irnos de aquí. Ahora mismo, ¡vamos!

Tyanna no le dio tiempo al chico de reaccionar ni de hacer preguntas. Se dirigió a toda prisa al campamento, guardó en medio minuto las pertenencias de ambos y subió a Nube de un salto.

—¿Qué esperas? —le gritó la muchacha—. ¡Apresúrate!

Y arrancó sin más preámbulos.

Kaylon no trató de comprender la causa del inusitado comportamiento de Tyanna, porque la muchacha ya había desaparecido de vista y más le valía a él ponerse en movimiento. Perplejo hasta la médula, recogió a Eles, montó a Nela y enfiló en la misma dirección que su amiga.

El chico tuvo que recorrer un buen trecho antes de localizar a Tyanna, y Nela debió esforzarse mucho para colocarse a la par de Nube, pese a que en general la yegua solía ser más rápida que el pesado corcel albino. El caballo chorreaba un sudor espumoso; encima del animal, su dueña parecía fuera de sí, con la mirada fija en el camino y las manos apretando las riendas. Al muchacho le dio la impresión de que la joven continuaría así hasta caer rendida o hasta que los pulmones de Nube se colapsaran por la falta de aire.

Kaylon espoleó a su yegua un poco más y, alargando el brazo, consiguió cerrar sus dedos sobre las riendas del caballo de Tyanna. Luego hizo que Nela disminuyera su velocidad, logrando así que el otro equino frenara en parte su enloquecido galope.

La muchacha intentó recuperar el control de su caballo, golpeando la mano de Kaylon y articulando con voz chillona:

—¿Qué haces? ¡Suelta!

El chico tiró aún más de las riendas, dando así por terminada la carrera. Tyanna, no obstante, siguió luchando para separarse de Kaylon. Él la agarró por las muñecas. La muchacha se zafó de un empujón que casi lo tiró de la silla de montar.

—¡Ya basta, Tyanna! ¿Se puede saber qué rayos te pasa? ¿Acaso te has vuelto loca?

—¿Loca? —gritó la joven, poniendo a Nube tan nervioso que el animal empezó a andar en círculos alrededor de Kaylon, agitando las crines—. ¿Loca? ¡Tú me mentiste! ¡Dijiste que era sólo una historia! ¡Me hiciste creer que no los conocías!

—¿De qué estás hablando? —preguntó Kaylon, un tanto mareado por los giros que daba la yegua al seguir la órbita de Nube.

—¡No finjas que no lo sabes! —insistió la joven, furiosa; su caballo iba cada vez más rápido, como si quisiera escapar de ella—. ¡Le dije a Dorcai que podía contártelo cuando se lo preguntaras!

—¿Qué cosa?

—¿Por qué no me dijiste que se trataba de ellos?

—¿Cuáles ellos?

—¡Ellos! ¡Los mercenarios! ¡Los que mataron a mi hermano! ¡Son ellos quienes nos buscan!

El muchacho se quedó de piedra al escuchar eso. Tyanna se cubrió la cara con las manos; Nube hizo un alto, piafando y resoplando.

—Pero... pero... —musitó el chico, incapaz de completar la frase—. ¡Pero yo no lo sabía! —dijo al fin—. Lo único que sé... es un pálpito, más bien... lo único que sé es que nos persiguen los mismos que le dispararon a Eles. ¿Y cómo puedes estar tan convencida de que son los que atacaron a tu tribu? ¿Te lo contaron las langostas?

—¡No te burles! —lo reprendió ella, descubriendo su rostro. Durante la discusión se había puesto casi morada; entonces volvió a palidecer y estuvo a punto de desmayarse. Kaylon la sujetó de los brazos.

—Estás muy mal —observó el muchacho—. Vamos a sentarnos, así me explicarás todo en detalle.

La joven asintió con dificultad. El chico la ayudó a bajar de la silla, dejó a la rapaz sobre Nela y luego condujo a Tyanna hasta las raíces de un árbol grande, donde ambos se acomodaron lado a lado.

—Las langostas... —dijo la muchacha—. Las langostas...

—¿Qué hay con ellas? —le preguntó Kaylon, despejando la frente de Tyanna para ver mejor su expresión. Ella mantuvo la cabeza baja y la mirada en su regazo.

—Las langostas fueron el primer indicio. Me refiero al día del ataque. Comenzaron a llegar en grupos de tres o cuatro, por la mañana; hacia la tarde no había rincón del campamento que no estuviera plagado de insectos. Hicimos todo lo posible por ahuyentarlos, en parte para que no se comieran nuestras reservas de grano y en parte por simple diversión. Las langostas nos distrajeron del verdadero peligro...

La muchacha aspiró hondo, con los ojos cerrados.

—Adelante —pidió el chico. Tyanna continuó su narración en un tono apagado y sin inflexiones.

—Soltaron a los caballos. Oly y yo estábamos en el borde del campamento, no muy lejos de los corrales. Pensamos que eran truenos, pero el cielo estaba despejado; entonces vimos que se trataba de una estampida, y corrimos a refugiarnos bajo uno de los carromatos. Los caballos arrasaron el campamento, pisoteando todo a su paso: animales, personas, objetos... no reparaban en nada a causa del miedo. Las langostas se echaron a volar.

El rostro de Tyanna se contrajo en una mueca de angustia.

—Y luego aparecieron ellos, ¿no? —aventuró el muchacho. Su amiga hizo un gesto afirmativo.

—Venían detrás de los caballos, pegándoles con sus látigos. Eran muchos, y llevaban antorchas encendidas que lanzaron sobre los fardos de heno. Las llamas se extendieron con rapidez. Mi hermano y yo salimos de nuestro refugio, gritando para advertir a los demás de la llegada de saqueadores. Pero la confusión dentro del campamento era demasiado grande, y nadie nos escuchó. Poco después los mercenarios estaban entre nosotros, blandiendo sus armas. Imagínate lo que siguió: caballos aterrorizados moviéndose de un lado a otro sin saber por dónde salir, enjambres de langostas crepitando al pasar sobre las llamas, el ruido del metal al atravesar los cuerpos de aquellos que conocíamos, los gritos, la sangre... Había regueros de sangre en la tierra y salpicaduras en las paredes de los carromatos. Oly y yo nos habíamos colocado entre dos de ellos para evitar ser arrollados. Nuestro padre pasó frente a nosotros en pleno combate con uno de los mercenarios. Oly disparó varias flechas que se clavaron en la armadura de aquel sujeto sin hacerle daño; yo le arrojé una piedra, dándole justo en la cara. Un caballo separó a mi padre del mercenario... y él decidió, así de repente, que mi hermano y yo le interesábamos más.

La voz de Tyanna se consumió en un graznido. Kaylon esperó a que juntara fuerzas para reanudar su historia, mientras le ponía una mano sobre la espalda a fin de animarla.

—Nunca olvidaré sus ojos —musitó la joven—. Sin embargo, no recuerdo cómo era él. No recuerdo cómo era exactamente el rostro de aquel asesino. Sólo su expresión. ¿Sabes lo que es ver tu muerte en los ojos de alguien más?

Tyanna se volvió hacia Kaylon en busca de una respuesta; el chico, recordando su último encuentro con Fael, asintió.

—Pero no fue el miedo a la muerte lo que me impresionó tanto —dijo ella, todavía de frente a Kaylon—. Fue más bien adivinar lo que podría ocurrirme antes de morir.

La muchacha desvió la mirada, ahogando un sollozo. Dos lágrimas se deslizaron por sus mejillas.

—Así que huimos. Nos escabullimos a través de la masacre y el desorden. El mercenario nos persiguió, matando a cualquiera que se le pusiera delante, con las langostas posándose sobre él como mascotas; hasta el día de hoy no sé por qué decidió arrojarse sobre nosotros habiendo tantos otros sobre quienes descargar su espada. Como sea, en nuestra huida pasamos por detrás de un carro. En ese instante algo grande, tal vez un caballo, lo golpeó por el otro lado, haciendo que su contenido se desplomara sobre nosotros. Yo salí fácilmente, pero Oly quedó atrapado bajo un montón de cajones. "¡Ayúdame!", gritó él. Por encima de los cajones caídos, y por encima de la base del carro, pude ver al mercenario que se acercaba a nosotros, todavía apartando a otros de su camino. Oly volvió a pedirme ayuda. Yo sólo tenía que ir junto a él, quitarle un par de cajones de encima y tenderle una mano... pero en lugar de eso me di vuelta y corrí. Corrí hasta perder el conocimiento en alguna parte del bosque próximo al campamento.

Tyanna se sentó sobre el piso con las piernas contra su cuerpo y los brazos alrededor de ellas. Ya no miraba al chico, pero tampoco era el paisaje lo que veía; su mente estaba perdida en aquel lugar interior donde acechaba su pasado.

—Pude haberlo salvado —susurró—. Tiempo no me faltaba. El mercenario estaba bastante ocupado abriéndose camino para llegar hasta nosotros, y no nos hubiera seguido más allá de los límites del campamento. Pero algo se quebró dentro de mí. Lo más raro de todo es que si Oly me hubiera gritado que corriera, yo habría retrocedido para auxiliarlo, ignorando mi propia cobardía. Pero él me pidió que lo ayudara, y eso me superó.

Kaylon se apartó de la muchacha. No fue mucho, sólo un centímetro... pero se apartó. Jamás la hubiera creído capaz de algo así. De semejante traición.

Tyanna no se dio cuenta de la reacción del chico.

—Mis padres me encontraron al día siguiente. Volvimos al campamento... es decir, a lo poco que quedaba... a buscar sobrevivientes. Éramos más de doscientas personas en la tribu; sólo quedamos setenta y cinco, aunque doce murieron más tarde a causa de las heridas. Pero lo peor... lo peor de todo fue... fue encontrar las cabezas de los nuestros clavadas en lanzas por encima de los restos y las cenizas. Y los cadáveres tirados tenían... huellas de mordidas... y no eran de animales. Los cuerpos no estaban completos. Quizás se llevaron algunas partes para... para comérselas. Yo traté de no mirar, sobre todo las cabezas. No quería descubrir entre ellas la de... la de mi...

Tyanna ocultó la cara entre los brazos y prorrumpió en sollozos. Se veía muy pequeña en esa postura, como la niña que había sido durante aquella trágica época.

El rechazo que sentía Kaylon se disolvió en compasión. Sin decir palabra, se agachó junto a Tyanna y la atrajo hacia él, dejando que la muchacha apoyara la cabeza en el hueco de su hombro. Estuvieron así por largo rato.

Cuando el llanto al fin cedió, Tyanna se enjugó las lágrimas con la manga de su camisa.

—Ahora lo entenderé si me pides que me vaya —dijo.

Kaylon se sobresaltó al escuchar en boca de Tyanna sus propios pensamientos, pero luego de meditarlo replicó:

—Y yo lo entenderé si no quieres venir conmigo.

La muchacha lo contempló con el ceño fruncido, insegura.

—¿De verdad me estás pidiendo que te acompañe? ¿Podrás confiar en mí después de lo que acabo de contarte?

El chico eligió sus palabras antes de responder:

—Me parece que el asunto de la confianza ya lo aclaramos ayer. Sí, confío en ti. Siempre confiaré en ti.

La joven exhaló y relajó los músculos tensos.

—Amalaide me dijo que esto sucedería —murmuró—. Hablé varias veces con ella acerca de la muerte de mi hermano, y le expresé mi deseo de volver atrás en el tiempo para subsanar mi error, o de tener al menos una segunda oportunidad. "¿Realmente quieres una segunda oportunidad?", me preguntó. "Por supuesto", le respondí. Entonces ella me advirtió que tuviera cuidado con lo que deseaba. Cuánta razón tenía, ¿no crees?

En el rostro de Tyanna se dibujó una sonrisa irónica y triste, pero luego se irguió y dijo con voz resuelta:

—Si ésta es mi segunda oportunidad, he de tomarla, pase lo que pase. Porque eres mi amigo, y te debo mi lealtad.

El chico demostró su conformidad moviendo la cabeza de arriba a abajo.

—Pues si lo que acabas de contar es cierto —declaró—, si quienes andan tras Eles son esos mercenarios, entonces estamos en graves problemas.

—Sí, así es. Tenemos que dejarlos atrás... o enfrentarlos, en cuyo caso serán ellos o nosotros. Sabes a qué me refiero...

El chico reflexionó un instante y dijo:

—Pongamos tierra de por medio. Mientras tanto, maquinaremos algún plan para deshacernos de esos tipos.

Los muchachos cabalgaron juntos de nuevo.

Detrás de ellos, unas cien langostas revolotearon sobre las pisadas que habían dejado entre las raíces del árbol; horas después, cinco individuos muy altos descubrieron esas mismas pisadas y se sonrieron unos a otros.

(Continuará...)

Gissel Escudero

No hay comentarios.:

Publicar un comentario