14 de febrero de 2012

La canción del águila (31)

El instinto de la joven errante no le había fallado: cinco individuos los perseguían, junto a ellos o un poco por delante dependiendo de quién llevara la ventaja en determinado momento. Daba lo mismo; los forajidos conocían, al menos en parte, el sendero que habrían de recorrer: hacia el este, siempre hacia el este, hasta que estuvieran a punto de ser detenidos por el primer guardián, el eterno centinela cuya aprobación era necesaria para continuar avanzando. Entonces capturarían al águila, pues la rapaz era la llave que les permitiría ingresar a su mundo. En cuanto a los muchachos... bueno, una vez que tuvieran al ave podrían deshacerse de ellos, aunque en esta ocasión se tomarían su tiempo para disfrutarlo. Habían liquidado rápidamente al ladrón de caballos en un arrebato inusual de compasión, pero la compasión no era parte del carácter de aquellos sujetos y muy pronto se habían arrepentido de su muestra de flaqueza. No volverían a cometer la misma estupidez.

El líder de los forajidos rió para sí y se dedicó a pulir y afilar sus numerosos accesorios de combate. Junto a él, su mascota despedazaba un animal cuya forma original era a estas alturas imposible de discernir. Por una cuestión de hábito, Luak le arrojó una piedra al hocico, apartando a la bestia de su presa.

—Vete, Gorgat. Estoy harto de oírte mascar.

La criatura gruñó y se inclinó para recoger los restos, pero una segunda pedrada lo convenció de desistir. Rechinando los dientes por lo bajo, se retiró de mala gana; su amo, por otro lado, arrancó una pata del cadáver y comenzó a devorarla.

Uno de sus cómplices se aproximó desde otra dirección. Parecía enfadado.

—Luak, tenemos un problema.

El aludido enarcó las cejas.

—¿Algo que justifique interrumpirme? —preguntó, agitando la mano en la que sostenía el hueso medio pelado.

—Puede ser. Será mejor que juzgues por ti mismo.

Luak acompañó a su subordinado hasta el lugar donde los muchachos habían acampado la noche anterior. Aún seguían allí, aparentemente... pero cuando puso un pie dentro del claro, el forajido se percató del engaño. Unas mantas descartadas cubrían un par de bultos hechos con ramas y pasto; habían dejado el fuego encendido a propósito, y colocado a su alrededor algunos útiles de cocina para hacerles creer que realmente había dos personas durmiendo ahí, prestas a avivar la fogata y prepararse el desayuno apenas despertaran.

—Saben de nosotros —dijo Luak sin inmutarse, como si ya hubiera previsto esa situación.

—Así es. ¿Y ahora qué?

El líder puso una mano sobre el hombro de su interlocutor.

—Tranquilo, Tzaro. Esto no cambia nada. Aunque sospecharan quiénes somos, lo cual es factible, siguen siendo dos chicos. No arruinarán nuestros planes. Ve a buscar a los demás; tendremos que cubrir una larga distancia antes del crepúsculo.

Tzaro se retiró a cumplir la orden de su jefe; éste permaneció junto a los falsos durmientes.

Con un movimiento veloz, un relampagueo de acero templado entrevisto al final de su brazo, Luak clavó su espada en uno de los bultos, que se convulsionó de igual manera que un cuerpo humano. No estaba furioso, sin embargo; esto añadía un toque de emoción a la caza. Más aún: empezaba a admirar a esos chicos. Tal vez representaran un desafío interesante después de todo...

Luak fue a reunirse con los suyos. Era una pena que fueran sólo cinco; en épocas remotas, su cuadrilla había estado compuesta por más de veinte integrantes, todo un ejército. Sin embargo, habían subestimado a los hombres del norte: los duros habitantes de las sierras, con sus cabras y sus perros, dispuestos a pagar un alto precio en vidas por el privilegio de frustrar a sus atacantes. Luak no albergaba ninguna clase de odio contra aquellos valientes hombres. Una derrota era una derrota... y en última instancia, menos secuaces significaba más botín para cada uno.

Puestos en ello, el odio no solía ser una de sus motivaciones. Podía utilizarlo (funcionaba con tontos ladrones de caballos, por ejemplo), pero ni siquiera lo entendía muy bien. El odio era para los débiles, pensaba, pues podía enceguecerlo a uno; los seres superiores, como él, debían regirse más bien por una cruel indiferencia y el reconfortante placer de convertir el orden en caos.

La codicia, en cambio... ah, eso sí le apasionaba. La codicia gobernaba sus actos en primer lugar: el deseo de obtener... cualquier cosa que le viniera en gana. Poder, satisfacción, riqueza...

... y el águila le proporcionaría todo eso y mucho más.

Sus compañeros caminaron a su encuentro tironeando de los caballos, quienes, aunque no tenían más remedio que obedecer, rehuían en lo posible el contacto con los forajidos. Mientras tanto, Luak rebuscó en un bolsillo de su abrigo. Tras encontrar lo que buscaba, extendió hacia el oriente el puño cerrado y abrió los dedos: en su palma enguantada dos pequeñas langostas agitaron sus alas, preparándose para despegar.

—No los pierdan de vista —murmuró a los insectos el forajido.

Las langostas emprendieron el vuelo rumbo al horizonte.

(Continuará...)

Gissel Escudero

No hay comentarios.:

Publicar un comentario