13 de febrero de 2012

La canción del águila (30)

Cinco días más tarde, cuando el sol empezó a asomar, Kaylon ensilló ambos caballos y fue a despertar a Tyanna, quien continuaba durmiendo (y roncando) como un tronco. El chico la sacudió por el hombro. Tyanna farfulló algo y se tapó la cabeza con su manta.

—Arriba, perezosa. Ya es de mañana.

La muchacha se sentó restregándose los ojos; su revuelto cabello enmarcaba una expresión hostil.

—Esta manía tuya de hacerme levantar al amanecer... —protestó la joven—. Madrugar es para los pájaros, ¿sabes?

—¿Y qué? ¿Acaso eres un lirón? Aunque con el pelo así enmarañado en verdad lo pareces...

—Ja, ja, ja —replicó la muchacha a la vez que tomaba su peine—. Te equivocaste de trabajo: debiste convertirte en bufón e irte a recorrer los poblados con cierto pelirrojo.

Kaylon se rió pero optó por callarse. Tyanna solía mostrarse irritable a esa hora; después del desayuno estaría de un humor más accesible.

En el cielo unos cúmulos esponjosos desfilaban en hileras. Si el cachivache de Orantos no mentía, el chaparrón del que había hablado Tyanna se produciría hacia el final de esa misma tarde. Tendrían tiempo de sobra, no obstante, para cazar algo y ponerse bajo techo.

Ingirieron parte de sus reservas y se pusieron en camino. A pesar de la inminente lluvia, la región que transitaban ahora lucía verde y espléndida, con los árboles en flor y las corrientes de agua clara producto del deshielo. La vida surgía de todas partes y eso alegraba al chico y sus acompañantes. Cada tanto Eles miraba hacia arriba y agitaba las alas; un par de veces dejó escuchar su grito, y aunque nadie acudió al llamado de la rapaz, a Kaylon le dio la impresión de que éste sí había llegado a oídos de alguien que comprendía su mensaje.

Los dos muchachos cabalgaron hasta llegar a una densa arboleda donde Tyanna sugirió hacer un alto. Habían visto huellas de ciervos enanos impresas en la vera de un arroyo; atrapar alguno los abastecería de carne y cuero. Ocultaron a los caballos, pues, y con ballesta y flechas en mano inspeccionaron el entorno.

—Esperemos aquí un rato —dijo Tyanna al borde de una zona con pasto. Ahí la vegetación se veía masticada en varios puntos por dientes de herbívoro. Debido a esto, y dado que tenían el viento a su favor, no se sorprendieron mucho cuando vieron aparecer una joven cierva.

El animal no era mayor que un ternero; tenía un pelaje suave y de color homogéneo, dos cuernos incipientes recubiertos de pelusa dorada y una cola blanca y plumosa. Se puso a desfoliar un arbusto sin percatarse de que dos humanos la observaban.

Kaylon ya la tenía en la mira, pero la cierva era tan hermosa que sus dedos se rehusaban a disparar la ballesta. La muchacha también parecía renuente a matarla.

Se escucharon pasos ligeros más adelante. Kaylon apuntó al piso y con su mano apartó el arma de Tyanna; justo entonces aparecieron dos cervatillos, diminutos y delicados, que se reunieron con su madre agitando las orejas.

Ambos muchachos sonrieron y se miraron. La escena era demasiado encantadora como para interrumpirla; de mutuo acuerdo se alejaron con cautela de la cierva y sus crías, pensando que ya encontrarían otra cosa.

En efecto, la suerte los favoreció más tarde, permitiéndoles abatir una liebre y una perdiz. Luego de eso resolvieron que harían bien en ponerse a cubierto, porque las nubes se estaban aglomerando en un firmamento cada vez más opaco. Sin embargo, al chico le llamó la atención la actitud del águila, quien no dejaba de sacudirse en el arnés; el animal estaba inquieto y apuntaba con el pico en dirección a una zanja poblada de maleza.

—¿Qué pasa, amigo? —le preguntó Kaylon. La rapaz emitió un chillido.

Tyanna enarcó las cejas.

—Trata de decirme algo —explicó el muchacho—. Señala hacia allá... Ven, vamos a ver.

A simple vista, en la zanja no había nada extraño... pero de pronto llegó hasta ellos un espantoso olor a putrefacción que les hizo arrugar la nariz. No venía de muy lejos; esgrimiendo las ballestas, por si acaso, fueron a investigar su origen.

Cubierto en parte por la maleza, con la cara medio sepultada en la tierra, había un cadáver humano. Un hombre degollado, para ser exactos, aunque algún animal grande le había arrancado la mitad del muslo derecho.

A pesar de las alteraciones, más la expresión de miedo y dolor estampada en su cara y el hecho de que la mejilla marcada no era visible, el chico reconoció enseguida al ladrón de caballos. Asqueado, se volvió hacia Tyanna. La muchacha hizo una mueca de repugnancia; en voz baja, sugirió:

—Vámonos de aquí.

Kaylon se debatió entre examinar el cuerpo para averiguar el motivo del asesinato, seguir a Tyanna y decirle que sabía de quién se trataba, o no compartir dicha información. Decidió callar a menos que fuera absolutamente necesario revelar la identidad del cadáver. Quizás se tratara de un hallazgo casual; ¿para qué complicar las cosas?

Se alejaron lo más posible de la zanja, y a falta de una mejor alternativa, ataron las ramas de unos árboles muy tupidos y fabricaron una suerte de toldo con unas pieles de aulonte. Dicho toldo no los mantendría muy abrigados durante el chaparrón pero sí relativamente secos; en compensación, hicieron una fogata más grande de lo habitual y se acomodaron junto a ella. Nela y Nube, por otro lado, tendrían que soportar la lluvia con equino estoicismo.

Tyanna no había dicho casi nada desde que encontraran el cadáver del ladrón de caballos. Pensando que su silencio se debía al infortunado incidente, el chico trató de calmarla.

—Tal vez fueran salteadores. O lo mataron sus propios cómplices; es decir, tenía aspecto de criminal.

La muchacha levantó la vista del fuego.

—Sí, es probable —murmuró, y luego volvió a escrutar el fuego con aire de preocupación.

—¿Puedes decirme qué te ocurre?

Tyanna frunció el ceño.

—Tengo la sensación de que alguien nos está persiguiendo. O de que alguien va en la misma dirección que nosotros, paralelamente, vigilando nuestros pasos.

—¿Y eso desde hace cuándo?

—Unos días.

Kaylon no supo qué contestar. Entonces miró a Eles: en lugar de dormir, el águila estaba de pie girando la cabeza de un lado a otro. El agua caía a plomo sobre el toldo; la visibilidad, más allá del cálido influjo de las llamas, era nula. No había manera de detectar una amenaza bajo tales condiciones. Sin embargo...

—¿Qué crees que deberíamos hacer? —preguntó Kaylon.

—No estoy segura. Si al menos pudiera confirmar mi sospecha...

Pasó un rato, y entonces Tyanna dijo:

—De todos modos, si alguien nos sigue es a causa de tu águila. Nos habría atacado ya si fuera ésa su intención.

Kaylon vio algo en los ojos de la muchacha que no le gustó. Un brillo ominoso, inquietante.

—Espero que no estés insinuando que debo abandonar a Eles. Porque no lo haré ni aunque mi vida dependiera de ello. Ya he llegado demasiado lejos.

—No estaba insinuando nada —replicó Tyanna... pero sin mirarlo a la cara—. Voy a dormir unas horas. Despiértame cuando te dé sueño.

Acto seguido se recostó de espaldas a él.

Kaylon también se tendió sobre sus mantas, observando a Tyanna, a Eles, la lluvia y la densa oscuridad. Y aunque estaba muy cansado, pasó toda la noche en vela.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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