12 de febrero de 2012

La canción del águila (29)

Del otro lado, pero desde una distancia considerable, alguien más escudriñaba el perfil de Tyanna: un hombre de unos cuarenta años, con ropas sucias y raídas, que oculto en las sombras de la noche se relamió igual que un gato al acecho. Un fugaz rayo de luna destacó por un momento la cicatriz horizontal de su mejilla; después el hombre volvió a sumergirse en la oscuridad y continuó observando a los dos jóvenes peregrinos.

El bulto dormido era el chico, ese maldito chico que nuevamente lo había metido en un lío. Sólo dos cosas impedían que se abalanzara sobre él y le aplastara la cabeza con una roca: una era la muchacha, quien, apetitosa o no, parecía en buena forma y muy alerta; la otra era el conocimiento de lo que podría pasarle si desobedecía las órdenes que le habían dado. Atacar al niño lo pondría en un aprieto mucho, pero mucho más serio que aquel en que ya se encontraba.

El ladrón de caballos, por lo tanto, se escabulló tratando de no hacer ruido. Unas horas antes, la joven errante casi lo había descubierto; tenía un oído prodigioso, y al distinguir el crujido de uno de sus pasos había sacado de su funda una reluciente espada. Afortunadamente para él, unas ardillas que se pusieron a pelear en ese instante cubrieron su retirada.

En esta ocasión retrocedió con el mayor sigilo posible y logró marcharse sin que nadie lo notara; considerando, no obstante, lo que tenía que hacer ahora, no le hubiera importado quedarse un poco más espiando a la muchacha.

Pero había cumplido su parte del trato, y ya sólo le restaba informar a sus captores de ello. Le habían prometido liberarlo cuando encontrara al chico y su águila, y pese a que no estaba muy convencido de que fueran a cumplir su promesa, no se atrevía a escapar. Oh no, escapar era lo último que debía pasarle por la mente si sabía lo que le convenía. Eso se lo habían dado a entender desde el principio, a punta de puñal sobre el borde de la carretera, junto al carro recién volcado.

Lo estaban trasladando aquel día, junto con sus secuaces, para su juicio y muy probable ejecución en la ciudad. Había pasado las lluvias en la pestilente cárcel de la posada, rumiando sobre lo que le haría al chico si por casualidad volvía a tenerlo en su poder; ya en el carro, no obstante, sus pensamientos se inclinaron hacia la imagen de la horca: la horca, que se cerraría en torno a su cuello después del juicio como esas serpientes que estrangulan a su víctima.

Entonces el vehículo fue derribado y afuera se escucharon unos gritos horripilantes. Todo había sucedido muy rápido, en realidad, y apenas empezaba a preguntarse qué rayos estaba sucediendo cuando la puerta salió disparada de sus goznes. Sus compañeros de celda, igualmente inmovilizados por cadenas, se apilaron en el extremo opuesto cual hatajo de corderos asustados.

El que había desencajado la puerta de hierro como quien rompe un huevo era un gigante con atavíos de guerrero. Sangre fresca, de alguien más, le chorreaba de la armadura. Su labios estaban torcidos en una media sonrisa de desprecio. Los ojos de aquel hombre, si así podía llamársele, examinaron el interior del carro... y se detuvieron en él, dejándolo más paralizado que una estatua.

Otro sujeto, muy parecido al primero, se colocó junto a éste.

—El de la cicatriz —le indicó el que había arrancado la puerta, y el segundo gigante lo agarró de la camisa para arrastrarlo hacia afuera con brusca facilidad. Su compañero entró al carro y otra vez se escucharon unos gritos espantosos. Aquello había durado diez minutos enteros, durante los cuales el jefe de los cuatreros pudo admirar lo que les habían hecho a los pobres infelices encargados de su custodia. El bandido de la cicatriz vomitó entre sus zapatos. Para aumentar la diversión, aparecieron tres tipos más llevando de una correa una bestia extrañísima que parecía hecha de dientes, espinas y garras.

El primer sujeto salió del carro con la expresión de quien acaba de pasárselo en grande. Ahora también le chorreaba sangre de la boca.

El ladrón de caballos no era cobarde, pero ante la vista de un puñal se puso a chillar y a pedir clemencia. El matón que lo sujetaba lo hizo ponerse de rodillas, le tiró del cabello para que expusiera la garganta y se rió como si todo aquello le resultara muy entretenido.

La punta del arma se posó sobre la nuez del cuatrero. Éste se dio por muerto, pero entonces el gigante ensangrentado le hizo una pregunta totalmente fuera de lugar:

—¿Qué sabes del chico?

—¿Chi-chico? ¿Cuál... c-cuál chico? —balbuceó el ladrón.

La punta metálica atravesó la primera capa de piel. Su interrogador casi pegó la cara contra la suya, arrojando sobre él su aliento de fiera salvaje.

—El chico que te agujereó la pierna, imbécil.

Todavía confundido, el ladrón respondió tartamudeando:

—Vi-vive en una gran-gran-ja de c-caballos.

El puñal giró sobre la nuez del hombre como una barrena.

—¡No sé nada más, lo juro! —consiguió gritar el cuatrero.

El gigante hizo una mueca de desdén y bajó su arma. Luego dijo:

—Eres patético. Casi no vales la pena. Te liquidaría ahora mismo si no fuera porque esta criatura incompetente —aquí se interrumpió para darle una buena patada en las costillas al animal de los dientes, espinas y garras—, esta inutilidad sin olfato perdió el rastro del águila debido al puente roto y la lluvia.

El cuadrúpedo gimió al ser golpeado, pero luego mostró los colmillos y arañó la tierra con sus patas delanteras. Su torturador pareció satisfecho y prosiguió con el interrogatorio.

—Dime, ¿qué tanto odias a ese niño?

El ladrón tragó saliva, indeciso, pero entonces el recuerdo de su humillación lo hizo enrojecer y olvidar el miedo por unos segundos.

—Lo odio más de lo que jamás he odiado a nadie —respondió.

—¡Aaah...! Eso es excelente. Tu odio nos servirá de brújula.

El matón que sujetaba al cuatrero rompió sus cadenas. Las rompió con sus propias manos, y fue ahí cuando el ladrón se preguntó por primera vez si no le habría convenido más morir ahorcado. El líder de los gigantes, sin embargo, lo levantó por las orejas y lo miró como a un perro tonto al que se le tiene cierto cariño fruto de la lástima.

—Haz tu trabajo y te soltaremos sin un rasguño. Traiciónanos y...

No necesitó completar la frase. Los cuerpos tirados en la carretera hablaban por sí solos. El ladrón asintió con los párpados, ya que no podía mover la cabeza y se había quedado mudo de terror.

—Me alegra no tener que perder el tiempo con fastidiosas explicaciones —dijo el gigante exhibiendo una sonrisa de tiburón. Luego masajeó las orejas adoloridas del cuatrero y le acomodó la ropa. El ladrón, viéndose rodeado, puso cara de sumisión y preguntó:

—¿Quiénes... son ustedes?

—Eso no es de tu incumbencia —fue la amable respuesta del líder—. Pero mi nombre es Luak. Tú puedes llamarme “señor”... o “amo”, que suena aún mejor. Yo estoy al mando de esta humilde pandilla... ¿no es así, compadres?

Los otros cuatro rieron por lo bajo. Al cuatrero se le erizaron los pelos de la nuca, y no se orinó encima porque ya había vaciado la vejiga más temprano.

Lo que aquellos cinco sujetos pretendían de él, concretamente, era que hallara al muchacho y su águila mutilada. El bandido creyó al principio que esto resultaría imposible, pero luego de unas semanas de convivir con sus captores descubrió algo muy interesante: cuanto más se dedicaba a pensar en lo mucho que detestaba al chico, más tenía la certeza de que sabía dónde se encontraba. A veces su percepción no era muy clara, así como los ojos no pueden ver bien si no hay una fuente apropiada de luz, pero en general tenía una idea bastante aproximada del camino que debían seguir.

Al final del invierno llegaron casi hasta el campamento de los errantes. Se vieron detenidos por la nieve, y como en la primavera Kaylon se separó de la tribu, así se desviaron el ladrón y quienes él guiaba. Ni uno entre los errantes (salvo Amalaide, quizás) se enteró de lo que había estado a punto de caerles encima.

Y allí estaba ahora el bandido, concluida por fin su labor, buscando al gran jefe para ponerlo al tanto de su éxito.

Caminó hasta el amanecer sin detenerse para descansar, y al final del trayecto se desplomó, jadeante y sudoroso, a los pies de Luak. Su espantoso animalejo, como de costumbre, le enseñó los dientes. El ladrón se hizo una pelota en el suelo; más de una vez había recibido un doloroso mordisco.

—Diste con él, ¿no es cierto? —le preguntó Luak sin esperar a que el cuatrero hablara.

—Sí... sí señor. El águila estaba con él, y también una muchacha de la tribu de los errantes.

—¡Una errante! Mmmm... ¿Será que...?

Luak reflexionó unos instantes y luego palmeó la espalda del ladrón, instándolo a ponerse de pie.

—Buen chico... buen chico —dijo el gigante en tono conciliador—. Anda, ve a nuestro refugio; te guardamos algo de comer.

El cuatrero emitió un largo suspiro de alivio (hasta ese momento había creído que Luak lo mataría, pero tal vez sí fuera fiel a su palabra), esquivó a la bestia y se arrastró en busca de su alimento.

El segundo al mando del grupo se reunió con su líder.

—¿Qué haremos con él?

Luak se rascó la barba.

—No sé... Ha demostrado ser útil. ¿Quieres quedártelo?

El otro hizo un gesto sarcástico.

—No, gracias. Sería una mascota muy estúpida.

Las risas antinaturales de aquellos dos seres espantaron a toda una bandada de pájaros.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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