11 de febrero de 2012

La canción del águila (28)

TERCERA PARTE:
LOS MERCENARIOS

Hacía ya dos semanas y media que viajaban juntos. Dicho así no parecía la gran cosa, pero para Kaylon nunca había significado tanto un período de tiempo. Era a causa de Tyanna, indudablemente, aunque el chico aún no comprendía bien qué tanto abarcaba su relación con ella. De algo sí estaba seguro: le encantaba tenerla para él solo. Ella era la primera persona que veía al despertar, la única con quien hablaba a lo largo del día y quizás también la única persona cuyo afecto podría dar siempre por sentado, pasara lo que pasase. A veces lo trataba como una madre sobreprotectora, pero al muchacho no le molestaba.

El chico recogió las presas que acababa de capturar, se acomodó el arnés en que llevaba al águila y partió en dirección al sitio donde Tyanna y él habían acordado reunirse antes del anochecer.

Eles estaba mucho mejor, casi tan bien como cuando habían llegado al campamento de los errantes. A veces Kaylon sentía algo de rencor hacia la rapaz. ¿Qué había necesitado Eles para recuperarse? Casi nada: que el chico abandonara un lugar en el que por fin la gente lo quería y respetaba.

Sin embargo, el muchacho tenía que admitir que a él mismo no le estaba sentando mal la aventura, y comenzaba a pensar que el funesto augurio de Amalaide era tan sólo una exageración. ¿Por qué no habría de tener su emprendimiento un final feliz? Algo así como dejar a Eles a salvo en... donde fuera, regresar con Tyanna a la caravana de los errantes y vivir el resto de su existencia en compañía de sus amigos. No era mucho pedir, ¿o sí? Él creía que no; al fin y al cabo, nunca había podido darse el lujo de exigir demasiado.

Allí estaba Tyanna, esperándolo. La joven se volvió hacia él mucho antes de que el chico llegara a su lado; no era nada fácil pillarla desprevenida.

—Espero que hayas tenido más suerte que yo —dijo ella cuando Kaylon estuvo al alcance de su voz—. Solamente encontré algo de fruta y unas pocas hierbas aromáticas.

El chico le mostró lo que había obtenido: tres pescados de buen tamaño.

—Un poco espinosos —aclaró—, pero frescos. Así descansaremos de la carne seca por un día.

Tyanna asintió, complacida.

—Con eso bastará por hoy. Sígueme; dejé a los caballos cerca de aquí, en un sitio estupendo para pasar la noche.

—Genial —opinó Kaylon—. Pero eso no te librará de cocinar la cena. Por si lo has olvidado, es tu turno.

La joven se rió y le alborotó el pelo igual que a un niño pequeño... cosa que al muchacho no le incomodó en absoluto.

No tardaron en llegar a una zona descubierta rodeada de árboles muy viejos, cuyas copas se cerraban en lo alto formando una cúpula. Nela y Nube estaban echados sobre la tierra; de cuando en cuando uno rozaba al otro con el hocico o apoyaba la cabeza sobre el lomo de su compañero. Tyanna despejó un círculo en el suelo, el cual delineó con piedras, y comenzó a juntar ramas secas para encender una fogata.

—Otro día soleado que se va —comentó Kaylon mientras veía al cielo apagarse sobre las ramas entrelazadas.

—Hemos tenido una buena racha —dijo Tyanna a la vez que golpeaba el pedernal—. Pero tarde o temprano nos caerá encima algún chaparrón.

—Me da igual. El agua no me asusta.

El chico se quitó el arnés, dejó a Eles sobre el piso y se sentó a mirar cómo Tyanna cortaba el pescado. La joven le echó una mirada furtiva a la rapaz e inquirió en tono confidencial, señalando al ave con la barbilla:

—¿Adónde crees que nos esté conduciendo?

—No lo sé. Amalaide tampoco lo sabía; dijo que no podía ver más allá de la puerta que da a su mundo.

—Una respuesta típica de ella —resopló la joven.

—No obstante, de momento yo me estoy divirtiendo, ¿y tú?

—Desde luego —contestó la muchacha, pero al igual que Kaylon sonó como si se estuviera mintiendo a sí misma. Sin agregar una palabra más, puso el pescado en el fuego y se limpió las manos.

Finalmente, después de la cena, fue el chico quien abordó la triste verdad:

—Extraño a toda la tribu.

—Lo sé —dijo Tyanna con un suspiro—. A mí me pasa lo mismo.

—Y extraño a los muchachos.

Tyanna sonrió con aire travieso.

—¿También a Dorcai?

—Por supuesto —replicó Kaylon, pero entendía bien a qué se refería la joven—. Quién hubiera pensado que íbamos a hacernos tan buenos amigos, ¿eh?

—Supongo que ahora debo reconocer que yo tuve algo que ver en eso... —anunció la muchacha haciéndose la distraída.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que el día que lo superaste en la prueba de tiro al blanco, yo lo busqué y le dije que se ablandara un poco.

—Ah —murmuró Kaylon, desconcertado por la noticia.

Ambos permanecieron en silencio un rato, contemplando el fuego, hasta que el chico no pudo soportarlo más y dijo aquello que venía carcomiéndole el cerebro desde el pasado invierno.

—Dorcai está enamorado de ti, ¿sabes? Me confesó que un día te pedirá que te cases con él.

Tyanna se frotó la boca, pensativa. Luego se enfrentó al chico con una expresión de cansada paciencia.

—Sí, lo sé. Pero tú sabías que yo lo sé, así que ése no es el punto. ¿Qué te preocupa?

Kaylon aspiró hondo antes de preguntar:

—¿Por qué no te quedaste con él, entonces?

Tyanna avivó la fogata con un palo, haciendo que las llamas bailaran y echaran chispas anaranjadas.

—Dorcai es demasiado bueno —dijo la muchacha poco después—. Merece a alguien mejor que yo.

—¿Y debo suponer que ésa es otra razón por la que dejaste la tribu para venir conmigo?

A Kaylon se le hizo un nudo en la garganta mientras decía estas palabras. La joven soltó el palo y concentró su atención en él.

—No —respondió—. Vine contigo porque salvaste mi vida, y también porque no podía permitir que acometieras sin ayuda esta... tarea, o lo que sea. Tú te fuiste de la tribu por Eles; yo me fui de la tribu por ti. Así de simple. Es lo que hacen los amigos.

El chico dejó escapar el aire que había estado reteniendo. Ya no tenía motivos para sentirse culpable: era sólo a causa de él que Tyanna se encontraba ahí, y lo había seguido con plena conciencia de lo que podía perder; no huía de nada y no se arrepentiría ni le haría reproches en caso de que algo saliera mal. Haciendo un esfuerzo adicional, a fin de aclarar por completo la situación, explicó:

—Amalaide me dijo algo parecido. Dijo que... que lo que yo decidiera tendría consecuencias... un sacrificio de alguna clase.

—Desde luego. Siempre hay que sacrificar algo, en especial por aquellos que uno ama. En ocasiones, incluso, el sacrificio puede ser tan grande que pone a prueba el mismo amor que nos lleva a realizar dicho sacrificio.

Al muchacho se le congeló la respiración. Por unos segundos creyó ver a Amalaide en los ojos de Tyanna, y escuchar sus duras palabras salir de los labios de la joven.

Pero eso es tan sólo lo más evidente: el destino tira de los hilos en más de una forma, y el precio por tus actos puede ser muy elevado.

Con un hilo de voz, Kaylon musitó:

—Ahora suenas como ella. ¿Tienes idea de lo que significa todo eso?

Tyanna se levantó y caminó hacia su caballo, a quien regaló una de las frutas que había conseguido. Ignorando por completo la pregunta del chico, dijo:

—Es tarde. ¿Por qué no duermes? Yo haré la primera guardia.

—¿Todavía insistes con eso? No hemos visto a nadie desde hace días. ¿Quién crees que podría atacarnos?

Tyanna le echó una mirada tan sombría que Kaylon se echó hacia atrás.

—Nunca se sabe, Kay. No hay que bajar la guardia jamás.

Kaylon renunció a continuar la conversación y se recostó junto a la fogata, envuelto en mantas. Lo último que vio antes de dormirse fue el perfil vigilante de Tyanna, recortado por la cruda luz de las llamas.

(Continuará...

Gissel Escudero

No hay comentarios.:

Publicar un comentario