10 de febrero de 2012

La canción del águila (27)

El primer día bueno de primavera, antes del amanecer, Kaylon empacó sus posesiones y se fugó del campamento, ocultando bajo su almohada una nota en la que pedía que no salieran a buscarlo puesto que regresaría lo antes posible. No sabía si en verdad volvería alguna vez con los errantes, pero no quería involucrar a nadie más en lo que consideraba su empresa personal, su deber... y su sacrificio.

Al principio caminó junto a Nela, quien transportaba a Eles sobre la silla de montar. Cuando se sintió lo bastante cansado puso al águila en el arnés y calzó un pie en el estribo, pero no llegó a subir a lomos de la yegua porque alguien lo alcanzó y le dijo:

—Hubiera preferido que escaparas por la noche. Detesto levantarme temprano.

Era Tyanna, que venía cabalgando en su corcel albino.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Kaylon, alarmado al ver que la muchacha iba equipada para viajar.

—Seguirte, tonto, ¿qué más?

—Pues no puedes venir conmigo —replicó el chico con voz dura mientras montaba.

—Sí que puedo —dijo Tyanna, avanzando hasta el muchacho—. No sé bien adónde vas, pero no te dejaré ir solo.

—Tyanna... maldición, no necesito que me cuides. Por si no te has enterado, yo no soy tu hermano.

—Por supuesto que no eres mi hermano —le espetó ella—. ¿Crees que te considero un sustituto? Y también entiendo que puedes valerte por ti mismo, pero aun así tendrás que aguantar mi presencia. Ya te lo dije el día de la cacería: te debo una.

—No seas idiota, no me debes nada. Adiós.

Kaylon hizo a Nela alejarse al trote de la muchacha. Tyanna espoleó a su caballo, obligándolo a plantarse frente a la yegua; Nela frenó de golpe con un relincho de protesta.

—Te debo la vida —dijo Tyanna muy resuelta, recalcando cada palabra—. No me apartarás de mi deuda.

Kaylon estuvo a punto de gritar de desesperación. ¿Por qué ella, entre todos sus conocidos? Como si no fuera doloroso abandonar la tribu, encima tenía que poner en riesgo a la joven a causa de su misión.

Trató de inventar un argumento lo suficientemente creíble o razonable para disuadirla, cualquier cosa, pero le falló la inspiración. De todas formas, la expresión en el rostro de la muchacha le daba a entender que nada de lo que él dijera la haría dar marcha atrás.

Con un agotado suspiro de resignación, el chico le indicó a Tyanna que se pusiera a su lado.

—Démonos prisa —dijo—. Quiero estar lejos del campamento para cuando Dorcai encuentre mi nota.

Los dos muchachos emprendieron así el camino puesto ante ellos por las fuerzas inescrutables de la vida.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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