9 de febrero de 2012

La canción del águila (26)

Quince días más tarde, un anciano de la tribu falleció mientras dormía. Dado que los errantes eran nómadas, no tenían cementerios ni acostumbraban sepultar a sus muertos, prefiriendo la cremación como forma de disponer de ellos.

El rito se llevó a cabo por la tarde. La tribu entera contempló cómo ardía la pira funeraria, y cuando las cenizas se enfriaron, Romus y Leila las trasladaron hacia una loma donde las esparcieron en la brisa. Kaylon, situado en primera fila, los oyó recitar:

—Libre de los lazos de la tierra. Te dejamos marchar; que el viento te lleve a tu destino final más allá de los confines de este mundo. Parte de nuestro corazón se va contigo, para que te acompañe en tu viaje. Que así sea.

Los errantes volvieron al campamento y se dispersaron sin efectuar comentario alguno. Aquel hombre había sido muy querido por los suyos y todos sentían su muerte en mayor o menor grado. Kaylon entró a su carromato y se sentó en la cama con la intención de dormir un poco para estar en forma durante la guardia.

Eles, en su percha, semejaba un animal disecado. No se movía, y sus ojos, clavados en algún punto del vacío, eran como óvalos de vidrio ambarino. A primera vista había tan poca vida en él que al chico se le revolvió el estómago, y se aproximó al animal para acariciarlo. Eles cambió de posición bajo su contacto, pero nada más.

Kaylon apartó su mano del ave como si se hubiera quemado, aunque en realidad las plumas estaban a la misma temperatura que el carromato... lo cual era anormal, porque no se trataba de un objeto.

El animal cerró los ojos y apretó las alas, dando la impresión de disminuir su tamaño. Su respiración era casi imperceptible.

El muchacho no pudo soportarlo más. Tomó su capa, volvió a ponérsela y salió a dar un paseo. Sus pies lo llevaron fuera del campamento, a la vez que sus pensamientos lo torturaban con el conocimiento que durante semanas había ignorado a propósito.

Porque él lo sabía, lo había sabido desde el comienzo. Eles estaba enfermo porque ya no se dirigían hacia el este, y el día que la caravana siguiera adelante, alejándose todavía más, el águila dejaría de existir. Probablemente la encontraría en el suelo una mañana, de la misma manera que aquel anciano había aparecido muerto en su lecho. Ya no podía seguir negándolo: tan feliz se hallaba entre los errantes que había descuidado a la rapaz.

Sin embargo, ¿qué podía hacer él? ¿Dejarlo todo y volver a encaminarse hacia el este, hacia la nada? Eso no tenía sentido. Eles no era un animal cualquiera, cierto, pero sin duda pretendía un absurdo. Además, le faltaba la mitad de un ala; si lo llevaba al este, tendría que quedarse con él hasta que pereciera o abandonarlo a su suerte. ¿Y qué más le daba si moría aquí o allá?

Kaylon se sentó sobre la nieve, abrazándose las rodillas. Había salvado a Eles aquel día en la ciénaga y ahora era responsable de él... pero también había rescatado a Tyanna. ¿Cómo conciliar ambas cosas? ¿A quién debía su lealtad?

Espesas nubes grises se congregaron en el cielo y comenzaron a soltar delicados copos sobre los árboles. El chico regresó al campamento, todavía indeciso. Se detuvo un instante para sacudirse la nieve del cabello antes de subirse la capucha y prosiguió sin mirar adónde iba.

Una voz femenina llegó hasta él, aunque Kaylon tardó en percatarse de que era real y no un producto de su imaginación. Se dio media vuelta hacia Tyanna, quien caminaba a su encuentro sin apresurarse.

—Te saludé varias veces y no me respondiste —dijo la muchacha—. ¿Ocurre algo?

Kaylon reflexionó antes de contestar.

—Es Eles. Tiene un problema y no sé cómo resolverlo.

—¿Está enfermo?

—No... Sí... En fin, es difícil de explicar.

Tyanna jugueteó unos segundos con su bufanda. Finalmente sugirió:

—¿Por qué no lo llevas con Amalaide? Quizás pueda aconsejarte.

—Dijiste que me cuidara de ella.

La chica frunció el entrecejo.

—Es verdad. Pero a veces no hay más remedio que consultarla. Es probable, incluso, que no te guste lo que ella diga; sin embargo, si algo malo te está dificultando el avance, Amalaide te ayudará a sortearlo.

—¿Por qué será que no me estás haciendo sentir mejor?

Tyanna le puso una mano en el hombro.

—Porque así es la vida. Las cosas no salen como uno quisiera. Ve a hablar con Amalaide. Esta noche, cuando las antorchas de su carromato estén encendidas.

—¿Alguna otra recomendación?

—Sólo una: no llames a su puerta, ella te recibirá cuando sea el momento.

Kaylon estuvo a punto de decir algo, tal vez que sería mejor posponer la visita, pero Tyanna no se lo permitió.

—Debo irme ahora —anunció la muchacha—. Me toca el primer turno de guardia.

Y se perdió en la nevada.

El chico se quedó allí de pie, con las manos en los bolsillos y una mirada de desolación. ¿Por que tenía que ser todo tan complicado? Maldiciendo para sí, volvió al carromato. Eles seguía tal como lo había dejado; Kaylon trató de no fijarse en él, pero igualmente lo invadió una oleada de compasión.

Sí, tenía que hacer lo posible para reanimarlo. De lo contrario, más le habría valido sacrificarlo cuando Orantos se lo propuso.

A las tres de la madrugada, antes de su guardia, el muchacho cargó con el ave y se dirigió al carromato de Amalaide. Su corazón latía con fuerza y le sudaban las manos dentro de los guantes. Eles, habiendo recobrado por el momento su anterior vitalidad, estaba tenso y apretaba sus garras sobre los brazos de Kaylon.

—Tranquilo, amigo —susurró el chico, aunque a él mismo le costaba mantenerse en pie.

Las antorchas del carromato ardían débilmente, pero a medida que Kaylon se aproximaba las llamas fueron creciendo más y más, hasta convertirse en salvajes columnas rojas que amenazaban con escapar de su soporte hacia las estrellas.

Bajo las ruedas había hierba y flores blancas. Algunos zarcillos trepaban por los gruesos radios como serpientes; el rocío que impregnaba sus hojas aterciopeladas multiplicaba por mil el brillo del fuego. Mientras el muchacho contemplaba el fenómeno, dos pimpollos desplegaron sus pétalos al gélido aire nocturno.

De pronto Kaylon se sintió muy asustado, porque dentro de ese carromato se hallaba una criatura a todas luces sobrenatural. Aún podía engañarse a sí mismo y dudar de las cualidades del águila, pero en este otro caso era demasiado obvio. Y aunque el poder de dicha criatura no fuera de carácter maligno, igualmente le infundía una especie de miedo atávico a lo desconocido.

Al chico lo embargó la certidumbre de que allí dentro lo esperaba una revelación que todavía no estaba preparado para afrontar.

Kaylon se paró a medio metro de la puerta. Todo su ser lo exhortaba a huir, por más que se sintiera atraído hacia la enigmática fuerza que contenía aquella simple estructura de madera.

Pero Kaylon no estaba ahí por interés propio, sino a causa de Eles. Era el águila quien importaba, y por el águila tendría que superar su miedo. El muchacho respiró hondo y entonces la puerta se abrió. Kaylon subió los dos escalones y traspasó el umbral con la sensación de que sus pies no tocaban el suelo. Al tiempo que sus pupilas se adaptaban a la penumbra, la puerta se cerró sin que nadie la tocara.

A primera vista el interior del carromato parecía cualquier otro lugar, puesto que una densa bruma lo llenaba. Un pequeño insecto pasó volando frente al muchacho, una polilla, quizás, o una luciérnaga, que se internó en la bruma seguido de un tintineo.

—Adelante, siéntate —dijo una voz de mujer, con un timbre tan peculiar que hizo pensar al muchacho en el eco del viento que sopla en una caverna, por pasajes laberínticos como los que él había transitado con el inventor. Kaylon obedeció y se tendió sobre el piso alfombrado. Luego depositó a Eles sobre una de sus piernas, dejando una mano sobre su lomo para reconfortarlo o que la rapaz lo reconfortara a él. Desde luego, el animal no era el más nervioso de los dos.

Amalaide apareció ante ellos como una vaharada de perfume, un revoloteo de gasas y un rumor de pies descalzos sobre la alfombra. Tal como en la ceremonia de la cacería, llevaba una máscara, en esta ocasión cubierta de plumón celeste y polvo de oro. Este objeto sí tenía aberturas para los ojos, pero a través de ellas se veían sendos puntos de luz.

La mujer se sentó delante del chico, depositando entre ambos un recipiente de cristal lleno de agua hasta el borde. Una de sus delgadas manos flotó sobre el líquido igual que una paloma; casi al instante empezó a surgir del agua un vapor blanquecino que se sumó a la bruma existente, y a través del cual el resplandor de los ojos de Amalaide se encendía y apagaba y daba vueltas en remolino.

—Quise conocerte el día que llegaste a nosotros —dijo la mujer—. Te llamé y me escuchaste, pero mi niña huérfana no te dejó venir. No la culpo, pero ahora pienso que es una lástima que hayamos perdido esa oportunidad para hablar. Habría cambiado muchas cosas.

Kaylon abrió la boca pero no pudo articular ninguna frase coherente.

—No te preocupes —dijo ella—, sé por qué has venido: tu ave se está muriendo.

Las pequeñas plumas de la máscara se movieron derramando chispas doradas, o tal vez fuera un efecto de la bruma.

—Hasta hace un tiempo tenías muy claro cuál era tu camino, pero ahora ya no estás tan seguro, ¿verdad?

—No —musitó el chico. Amalaide tocó con un dedo la superficie del agua y una miniatura del sol ascendió por el vapor hasta colocarse a la altura de la mirada del muchacho. Por delante de la esfera ígnea se cruzaron unas sombras: siluetas de rapaces planeando en lo alto del cielo.

—Tú no lo sabías —continuó la mujer—, pero estabas llevando a Eles hacia el este, hacia el mundo donde las águilas cantan.

—Las águilas no cantan.

—No todas las cosas son idénticas en todos los mundos. Te lo explicaría con mayor detalle si mis conocimientos no se detuvieran en el portal que conduce al otro lado.

Eles observaba hipnotizado las figuras que describían espirales frente a él, queriendo sin duda unírseles.

—Hasta que llegaste aquí todo iba bien, pero entonces te atrapó el círculo de los errantes. Ahora estás dividido entre dos opciones: continuar en el círculo o salirte de él y volver al sendero que el destino había señalado en primer lugar para ti. Por desgracia, estas alternativas son excluyentes. Es una o la otra.

—¿Y qué debo hacer? —dijo Kaylon. Tenía un nudo en la garganta. Amalaide agitó el vapor con sus manos; sol y sombras se esfumaron para dar sitio a las palabras de Orantos:

—No lo sé, Kay, y no puedo aconsejarte. Es tu camino, tu decisión.

El muchacho dio un respingo.

—Tu amigo tenía razón, pese a que no necesitas el artefacto que él te dio; en tus ojos se vislumbran los caprichos del firmamento, en los astros el correr del día y en tu corazón la respuesta a tu pregunta: la dirección de tus pasos. Ya sabes cuál es, ¿cierto?

—Sí, lo sé —suspiró el chico, dejando caer sus hombros.

—Debo advertirte, sin embargo, que tu elección tiene consecuencias. Si te quedas, sacrificarás al águila; si te marchas, sacrificarás lo que has logrado aquí. Pero eso es tan sólo lo más evidente: el destino tira de los hilos en más de una forma, y el precio por tus actos puede ser muy elevado.

—¿Y no hay una recompensa? ¿O sólo he de perder?

La voz del chico sonó estrangulada. Con razón Tyanna le había dicho que se cuidara de Amalaide...

—La recompensa vendrá si te mantienes fiel a ti mismo y a los que dependen de ti. Nunca olvides el motivo de tu decisión; mantén la vista en la meta y no flaquees. Solamente así llegarás al final.

Kaylon bajó la mirada. Estaba mareado y la cabeza le daba vueltas con un sinfín de interrogantes para las que no creía que hubiera solución. Así pues, optó por no formularlas.

Habiéndose acabado el agua, dejó de fluir vapor. Las manos de la mujer colocaron junto al recipiente la máscara emplumada; llevado por la curiosidad, el muchacho contempló la faz de Amalaide.

Su rostro era bello, joven y viejo al mismo tiempo, de tez clara. Lo rodeaba una aureola de cabello plateado, fino como hebras de telaraña. Pero sus ojos carecían de iris. Eran totalmente blancos, ciegos como la luna. El chico sintió un escalofrío, pese a que la expresión de la mujer era bondadosa.

—Tus amigos te esperan —dijo ella—. No desperdicies su compañía.

Kaylon asintió y salió del carromato, tosiendo un poco. Tenía un gran vacío en el pecho y le palpitaban las sienes; apenas notó lo frío del ambiente.

Tardó unos minutos en comenzar a andar. Con el aire de un condenado, se dirigió al puesto de guardia tras dejar a Eles en su percha. Trató de disimular su pesadumbre antes de llegar a la plataforma; sin embargo, a Dorcai le llamó la atención que estuviera tan silencioso y alicaído. El chico no le dio explicaciones.

Ocupado con sus propios pensamientos, no vio cuando Tyanna salió de detrás del carromato de Amalaide después de que él lo dejara. La muchacha, húmedas sus mejillas a causa de las lágrimas, también había tomado una decisión.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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