8 de febrero de 2012

La canción del águila (25)

Las nevadas comenzaron en la cuarta semana del invierno. La tribu se había instalado cerca de una pequeña ciudad, y aunque en la misma la vida era bastante agitada, bajo las blancas y heladas coníferas que la delimitaban reinaba una calma en extremo agradable. Los días cortos hacían que las tareas diarias consumieran menos tiempo, y en las horas de oscuridad los errantes se dedicaban a charlar en los caldeados carromatos o a la elaboración de ropa y artesanías. Hacía frío pero no era muy intenso; raras veces había tormentas y la capa de nieve nunca superaba el tobillo. En suma, el tiempo era excelente considerando la estación.

Kaylon iba de un lado a otro, contento con sus quehaceres. Puesto que las jornadas de cacería no tenían mucho sentido con los animales ausentes o hibernando, había vuelto a ocuparse de los caballos; de vez en cuando, no obstante, montaba guardia con Dorcai por las noches, encaramado a una plataforma de madera sobre la copa de un árbol.

Las guardias eran una novedad para él: se hacían en turnos de tres horas, supuestamente para proteger el campamento de los lobos o los saqueadores. Hasta el momento no había ocurrido nada, pero el muchacho concordaba con los errantes en que más valía prevenir que lamentar. Como fuera, le gustaba estar despierto cuando el resto del campamento dormía, conversando con sus compañeros en voz baja acerca de cualquier cosa, bien envuelto en su capa de piel de aulonte y con una bebida caliente en las manos. A veces llevaba a Eles, a veces no. En ocasiones era Dorcai quien cuidaba del águila la mayor parte del día.

—Me parece que Eles no está bien —le dijo el hombre a Kaylon una madrugada, al principio de su vigilia.

—¿A qué te refieres? Yo no le veo nada raro —replicó el muchacho, quien por alguna razón no quería hablar de ese asunto.

—No estoy seguro de qué es lo que tiene —siguió Dorcai, pensativo—. Come con apetito, su plumaje está sano... pero aun así me da la sensación de que se está desvaneciendo como la luna menguante. Mi madre diría que tiene una enfermedad del espíritu.

—¿Y eso?

Dorcai se arrebujó en su abrigo antes de continuar. Solía ser un poco lento cuando se trataba de expresar conceptos profundos; había que darle unos minutos para escoger las palabras adecuadas.

—Dime, Kay, ¿alguna vez has visto a alguien dejarse morir? ¿Alguien que ha perdido a un ser amado, o que simplemente ya no tiene motivos para aferrarse a la vida?

El chico asintió.

—Bueno, pues eso es lo que me viene a la cabeza en presencia de tu águila.

Kaylon hizo un gesto de desdén con la mano, pero evitó mirar a su amigo cuando dijo:

—Eles está triste por el invierno. O más bien letárgico. Los animales no se deprimen como las personas.

Dorcai suspiró y permaneció callado, ya fuera porque se había dejado convencer o porque entendía que el chico no deseaba creerle.

—Hola, muchachos —dijo Tyanna al asomar en la plataforma. Ambos varones se sobresaltaron, pues no la habían escuchado subir por la escalera—. Caray, qué caras tan sombrías. Espero que esto les levante el ánimo.

—¿Qué es eso? —preguntó Dorcai, señalando el paquete que la joven acababa de depositar sobre las tablas.

—Tu madre preparó unos bocadillos. Buen provecho —les deseó la joven antes de iniciar el descenso.

—Mi madre te aprecia mucho —dijo Dorcai, pero la muchacha ya había saltado de la escalera y no se dio por enterada. El errante suspiró nuevamente.

—La quieres, ¿no es cierto? —preguntó Kaylon de pronto, sintiendo un chispazo de algo que podían ser celos o envidia.

Dorcai se mesó el cortísimo cabello, que se había dejado crecer para que no le picara su gorra de lana.

—Sí, la quiero. La he querido desde el día en que la vi. Tarde o temprano le pediré que se case conmigo.

El chico resolvió cambiar de tema, pero Dorcai lo sorprendió al decir, aunque más para sí mismo:

—Sin embargo, no creo que acepte.

—¿Y eso por qué?

—Porque... porque ella no permite que nadie se le acerque desde que murió su familia. O desde que murió su hermano, para ser exactos.

—¿Qué sucedió con todos ellos?

El hombre moreno escrutó a Kaylon antes de proseguir.

—No te lo ha contado.

—No.

—Bueno, te diré lo que sé, pero promete que no lo divulgarás.

—Lo prometo —dijo Kaylon. La oscuridad y el silencio se arrimaron a ellos para escuchar el secreto.

—De lo principal me enteré por boca de otros. Hace siete años, la tribu de Tyanna fue atacada por una banda de mercenarios. En alguna parte del camino la caravana había encontrado un yacimiento de ópalos. Ya sabes qué poco nos importan esas cosas, pero sirven para intercambiarlas con los estáticos, así que la tribu se llevó las gemas. Pues bien, cuando la noticia de su existencia se esparció, alguien contrató a los mercenarios y éstos atacaron la caravana. Se llevaron todos los objetos de valor, no sólo las piedras preciosas, y no conformes con eso, quemaron el resto. Mataron a más de la mitad de la tribu sólo por el placer de causar daño.

El errante hizo una pausa en su relato.

—Los padres de Tyanna sobrevivieron, pero no su hermano. Aquellos que pudieron escapar se unieron a esta tribu. Es por eso que, desde ese día, el centro de nuestra ruta es el lugar donde ardieron sus carromatos.

—Aún no comprendo...

—Lo sé. Déjame terminar. Los padres de Tyanna fueron víctimas de la gripe al año siguiente. Recién entonces ella empezó a hablar de nuevo. Yo era sólo un muchacho, pero me pareció que les había estado ocultando algo a ellos. Mucho después conseguí sonsacarle parte de la verdad.

Esta vez el errante se demoró tanto que Kaylon temió que hubiera decidido no compartir la información. Pero Dorcai siguió hablando.

—El día del ataque, un mercenario los persiguió a ella y a su hermano. Él se quedó atrás; ella no regresó para ayudarlo y lo mataron. Tyanna jamás pudo superar eso. Yo creo... creo que tiene miedo de fallarle a alguien más. Por eso le cuesta tanto amar a las personas que se preocupan por su bienestar. Y supongo que por lo mismo te eligió a ti.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que su corazón ha estado contigo desde que te encontramos en el bosque. Quién sabe, tal vez ustedes dos terminen juntos. Cuando ella se dé cuenta de que no eres su hermano y a ti te crezca la barba, por supuesto.

—Estás loco —replicó Kaylon. La afirmación de Dorcai se le antojaba ridícula, aunque después de escuchar su historia, entendía mejor por qué Tyanna era como era.

—Ojalá estuviera chiflado —musitó su interlocutor con aire melancólico—. Así podría albergar alguna esperanza.

—Oye... eh... Creo que lo que preparó tu madre huele bien. ¿Qué tal si lo probamos?

Dorcai intentó sonreír y casi lo logró.

—Sí, buena idea —dijo, y los dos comieron los bocadillos en su puesto sobre la plataforma.

No fue sino hasta mediados del invierno que Kaylon volvió a pensar en el mal que aquejaba a Eles.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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