7 de febrero de 2012

La canción del águila (24)

Media hora más tarde, el territorio que dominaba la cantera se había convertido en una zona de faena. Desde todas partes llegaban personas para colaborar en la sucia tarea de desollar y carnear a los aulontes, tal que el paisaje mostraba ahora un aspecto definitivamente macabro. Sin embargo, la gente se veía feliz. Nadie había muerto, el botín era abundante y los aulontes tardarían unos años en volver a ser una plaga para los cultivos.

A Kaylon lo habían hecho sentarse a descansar. Estaba ensangrentado de pies a cabeza (casi todos lo estaban), y lo que más le apetecía era darse un buen baño caliente. Dado que ello no era posible, se conformó con quitarse la armadura, desde las placas de las piernas hasta su casco de cuero acolchado. A pesar de los golpes y magulladuras, reconocía que había tenido mucha suerte. Lo mismo le dijo Dorcai mientras le servía algo de beber.

Al cabo de un rato empezó a fijarse en los demás, y descubrió que aquellos que lo habían visto matar al aulonte lo observaban de lejos en forma extraña. Al chico le hizo gracia; era como si esperaran que se prendiera fuego o algo así de inverosímil. De hecho, a él mismo no le entraba aún en la cabeza la magnitud de su acción. Tenía que haber sido obra de alguien más, no suya.

Tyanna se sentó a su lado. Traía en sus manos un recipiente lleno de agua que entregó al muchacho; éste, agradecido, se lavó la cara y los brazos.

—Lo que hiciste fue muy audaz —empezó la joven—. Y muy estúpido, también.

—De acuerdo, no se repetirá —bromeó Kaylon—. Dorcai ya me echó una reprimenda; a ver qué dice Romus cuando se entere.

La muchacha resopló.

—Hablo en serio —dijo—. Salvaste mi vida, ¿lo sabías?

Kaylon bajó la cabeza, sin contestar. No se le ocurría ninguna respuesta.

—Pero si te hubiera pasado algo, jamás me lo habría perdonado —continuó ella.

—¿Y qué iba a hacer? —replicó el chico, enfrentando la mirada de la joven—. ¿Quedarme en mi lugar mientras el aulonte te aplastaba?

—No quise decir eso. Lo que quise decir es... que yo...

—¿Qué? —preguntó Kaylon. Estaba exhausto y esa conversación no era de mucha ayuda. Entonces Tyanna se inclinó sobre él y le dio un beso en la mejilla.

—Gracias. Te debo una —dijo la muchacha, y se retiró antes de que Kaylon pudiera recuperar el habla; de repente el beso de Tyanna se había convertido en el acontecimiento más inusitado del día.

—¡Caramba! —exclamó Satis al tiempo que ocupaba el lugar de la joven—. Como diría mi primo, eso sí que fue intenso.

—Lo que tú digas —murmuró Kaylon, ausente, mientras se frotaba la mejilla con el dorso de los dedos. Satis chasqueó los suyos frente a la cara del chico.

—Despierta, soñador.

—¿Qué pasa?

—Tu hazaña de hoy fue espectacular, de veras. Más tarde te pondremos en un pedestal o algo así. Entre tanto, si te sientes en condiciones, ¿podrías darnos una mano con los caballos? Hay algunos heridos.

Kaylon tardó un minuto más en espabilarse. A falta de una mejor alternativa, y como en realidad necesitaba ocupar su mente en algo, accedió a la petición del joven rubio.

Por el camino se cruzaron con dos errantes que llevaban a otro en una camilla: era Mic.

—¡Déjenme bajar! —gritaba éste—. ¡Ya les dije que mi brazo no está roto!

Como para afirmar lo contrario, el pelirrojo lanzó un gemido cuando uno de los portadores tropezó, provocando una sacudida.

—¡Ten más cuidado, imbécil! —gritó Mic—. ¿No ves que tengo un brazo roto?

—No te preocupes por él —le dijo Satis a Kaylon—. Amalaide lo dejará como nuevo. Vamos.

Atender a los caballos y regresar al campamento les llevó el resto de la tarde. También requirió toda la tarde despejar el escenario de la cacería, aunque la sangre tardaría un poco más en desaparecer. Kaylon se despidió para ir a darse su tan ansiado baño y ponerse ropa limpia. Al terminar sintió ganas de dormir, pero después de alimentar a Eles, a quien la carne de aulonte le pareció un manjar, se acordó de que lo esperaban en la fiesta.

La celebración estaba en su apogeo cuando el chico hizo acto de presencia. Mic fue el primero en divisarlo, y pasándole por los hombros el brazo que no estaba envuelto en vendas, lo arrastró hacia la mesa de los cazadores.

—¡Miren, muchachos, acaba de llegar el hombre del momento! Siéntate, Kay, estábamos a punto de brindar por ti.

Los errantes levantaron al cielo sus jarras de cerveza y las entrechocaron. Kaylon, ruborizado hasta las orejas, sonrió a pesar de su reticencia. Más aún: aunque poco antes había dicho que no quería saber nada de comer aulonte, ahora que las piezas estaban en el asador el chico tuvo que admitir que despedían un aroma delicioso. Su estómago comenzó a gruñir, así que aceptó gustoso su propia jarra de cerveza. Ya estaba un poco achispado cuando Dorcai, Mic y Satis lo rodearon.

—Feliz cumpleaños, Kay —dijo el errante moreno, tomando la mano de Kaylon y depositando algo en ella.

—Sí, feliz cumpleaños —corearon ambos primos.

El chico abrió la mano. En ella relucía un colgante de metal: el símbolo de la tribu.

—Ahora eres uno de los nuestros —anunció Dorcai, en un tono que hizo que Kaylon casi se echara a llorar.

—Oigan... esto... es maravilloso... gracias.

—Tu elocuencia me deslumbra, amigo mío —dijo Mic. Él también parecía a punto de llorar, aunque más bien a causa de la cerveza.

—Oh, ya basta, ustedes dos —gruñó Dorcai—. Como se pongan sentimentales voy a vomitar hasta las tripas.

Los cuatro jóvenes rieron, momento en que empezó la música. Los miembros de la tribu se reunieron en torno a la hoguera, cantando y zapateando. Kaylon y sus amigos hicieron lo mismo.

En medio del baile, Tyanna agarró al chico por el brazo y lo alejó de la multitud.

—Veo que ya te dieron tu regalo —observó la joven, señalando el colgante metálico.

—Sí... y me alegra ser parte de la tribu —confesó el muchacho—. Hace tiempo que lo deseaba.

—Te lo mereces. Sin embargo, tengo algo más para ti.

Kaylon parpadeó. Tyanna le entregó un segundo colgante: éste era de hueso, con forma de aulonte. La cinta consistía en un mechón de pelo tejido.

—Está hecho con la barba y huesos del animal que derribaste —informó la muchacha—. Lo mandé tallar para que nadie olvide lo valiente que eres.

El muchacho recorrió con los dedos el objeto, sorprendido por la fuerza que le transmitía. Era como si la vida del animal permaneciera en aquellos elementos que habían formado parte de su organismo.

—Ordené además que te confeccionen una capa con la piel del aulonte —agregó Tyanna—. Para el invierno.

—Te lo agradezco mucho —dijo el chico, volviendo a ruborizarse—. Esto... bueno... yo también tengo algo para ti.

Esta vez fue Tyanna la sorprendida. Kaylon le dio lo que había preparado para ella: un adorno fabricado con pequeñas cuentas de madera y plumas de Eles.

—Se me ocurrió... en fin, que... que haría juego con tu cabello —tartamudeó el muchacho.

Tyanna, halagada, tomó su regalo y lo ató en la punta de una de sus trenzas.

—¡Vaya, sí que eres galante! Anda, no nos quedemos aquí plantados. Esto es una fiesta, ¿o no?

Kaylon asintió y juntos se unieron a la diversión. Para el chico resultó el cierre perfecto de un día estupendo: después de su victoria sobre el aulonte, el brindis y su ingreso definitivo a la tribu de errantes, ver por encima del fuego el rostro de Tyanna que lo contemplaba sonriendo...

(Continuará...)

Gissel Escudero

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