6 de febrero de 2012

La canción del águila (23B)

Frente a la cantera se desarrollaba una verdadera batalla. Los cazadores, de a tres o cuatro, se enfrentaban a los aulontes, demostrando su habilidad con las armas y la osadía propia y de sus monturas. Los aulontes, por otro lado, no se amilanaban ante las lanzas, pero mientras atacaban a un jinete, otros hombres aprovechaban la ocasión para matarlos. El riesgo, no obstante, era igual para ambas partes, y de no haber sido porque los caballos eran rápidos y estaban cubiertos por armaduras similares a las de sus dueños, muchos de ellos habrían resultado gravemente heridos.

Entre la confusión general, el chico buscó a sus conocidos. Localizó a varios, y no pudo menos que sentirse orgulloso de su coraje y destreza. Las originales maniobras de Mic y Satis, sobre todo, llamaron su atención: ambos se movían como si cada uno captara los pensamientos del otro, y dos aulontes muy voluminosos perdieron la vida bajo sus lanzas.

Alerta por si alguien llegaba a necesitarlo, el muchacho continuó observando la escena. De pronto vio a Tyanna, que con la ayuda de dos campesinos trataba de confundir a un aulonte especialmente malhumorado, pero lo distrajo algo todavía más interesante: el líder de la manada se había alejado de sus atacantes, dando la impresión de que iba a llamar a su ejército a una prudente retirada.

Uno de los habitantes locales, de quien Kaylon opinaba que tenía un ego muy inflado, se separó de su equipo y atacó por su cuenta al aulonte antes de que éste pudiera congregar a los suyos.

—Mala idea. Mala idea —murmuró el muchacho, recogiendo su ballesta.

El campesino, en pleno galope, dirigió su lanza al cuello del aulonte manchado. De haber logrado lo que pretendía, lo habría liquidado, pero el animal adivinó sus intenciones y se plantó frente al cazador. Luego de eso, increíblemente, se desplazó hacia un lado, atrapó la lanza con los dientes y la partió en dos. El hombre salió despedido y se estrelló contra el pasto revuelto; su caballo, viéndose libre, puso pies en polvorosa.

En el otro extremo del campo visual de Kaylon, Tyanna golpeó de frente a su aulonte, clavándole la punta de su lanza en la cabeza. Dicha lanza también se partió, pero la muchacha ya se había quitado de en medio cuando el aulonte trastabilló, cayó sobre su costado y rodó por el suelo dejando un surco en la tierra reblandecida. Tyanna bajó de su caballo para rematar al aulonte, presa en ese instante de violentas convulsiones, a la vez que sus colegas se interponían entre ella y un segundo aulonte que había visto desplomarse a su congénere y se acercaba para vengarlo.

Al campesino, mientras tanto, no le iba nada bien. El aulonte líder lo había perseguido hasta un árbol, al que el hombre había trepado igual que un simio. Uno de los cuernos del aulonte casi le arrebató el pie, pero sólo le rompió la bota. De todas maneras, el sujeto gritó pidiendo ayuda. Kaylon sintió pena por él; el aulonte, en cambio, se ensañó con el árbol, haciendo saltar la corteza con sus cuernos, quebrando las ramas bajas y desprendiendo sus raíces. El pobre infeliz encaramado en la copa se sujetaba como si su vida dependiera de ello (lo cual era verdad), y chillaba y lloriqueaba en forma patética. Por fortuna, tres errantes estaban acudiendo a su llamado.

El árbol no tardaría en caer. El chico consideró las opciones y resolvió darle una mano al campesino; bastaría con dispararle al aulonte para que lo siguiera hasta los cazadores.

Hizo que Nela bajara del promontorio, pero entonces ocurrió algo inesperado: cuando Tyanna degolló a su aulonte, éste profirió un terrible mugido que llegó a oídos de su líder. El animal manchado decidió que el hombre del árbol ya no importaba; no importaba nada, salvo aquella desgraciada criatura que yacía en el piso y la hembra humana que le había causado dolor. La gran bestia dio media vuelta y se lanzó a la carga sobre la muchacha, con la cabeza baja y los ollares dilatados.

Kaylon apenas tuvo tiempo de ponderar la nueva situación. Tyanna estaba de espaldas y no vería al aulonte hasta que fuera demasiado tarde. Los cazadores se hallaban más cerca del árbol que de ella. Él era el único que podía intervenir.

El chico espoleó a Nela varias veces, exigiéndole que corriera como nunca antes había corrido. El aire, que tenía un horrible sabor metálico, le despejó la frente y le hizo entrecerrar los ojos. Nela y el aulonte se precipitaron hacia el mismo punto como atraídos por una fuerza magnética, aunque la bestia gris no había visto aún al muchacho y su yegua, por estar pendiente de Tyanna.

Nela estaba a punto de cruzarse en el camino del aulonte. Kaylon sabía que si fallaba, Tyanna moriría, así que se concentró en el tiro que habría de efectuar. Usando ambas manos, levantó la ballesta y apuntó. La yegua dio un largo salto, pasando por delante del líder de los aulontes. Kaylon disparó.

La flecha recorrió apenas unos metros en lo que dura el aleteo de un pájaro, pero al chico le pareció un lapso inacabable. Le bastó para soltar la ballesta, volver a aferrar las riendas y afianzarse sobre la silla para no caer cuando Nela terminara su salto; en ningún momento dejó de mirar sobre su hombro, hacia el aulonte y la saeta que había disparado.

La punta de la flecha rozó la protuberancia en la nariz del aulonte, rasgando la piel, y fue a insertarse en su ojo derecho. El aulonte, bramando, se desvió hacia el lado herido, pasando a menos de un palmo de Tyanna, quien ya se estaba arrojando en la dirección contraria. El animal perdió el equilibrio y derrapó sobre el charco de sangre que había fluido del animal degollado... pero se levantó de inmediato, y aunque sólo le quedaba un ojo, su mirada alcanzó al muchacho y lo marcó como su nuevo objetivo.

Kaylon dirigió a Nela hacia los cazadores, pero una cría extraviada se interpuso y alteró sus planes. De pronto era un árbol lo que tenía enfrente, el mismo árbol del que pendía el atolondrado campesino. Al trazar la yegua una curva, había permitido al aulonte acortar distancias, tal que sus cuernos rozaban las patas traseras del equino. El chico comprendió que Nela no podría con todo: su peso y el de ambas armaduras, el terreno desparejo y el cansancio por el esfuerzo que la había obligado a realizar. Tenía que dejarla ir.

El muchacho se paró con las piernas flexionadas sobre la silla de montar. Nuevamente tuvo sólo unas décimas de segundo para actuar: al llegar a la sombra del árbol, se impulsó hacia arriba y cerró sus dedos sobre la rama más próxima, permitiéndole a Nela seguir adelante con su carga aligerada.

Con un seco "¡crac!", la rama se partió. El chico se balanceó en el aire, desesperado, pensando que si llegaba al piso lo siguiente que sentiría serían las patas del aulonte sobre su cuerpo.

Pero se equivocaba. Lo recibió un lecho de lana apelmazada. Se agarró a ella por puro instinto, y si aún no se había dado cuenta de que se encontraba sobre el cuello del aulonte, un bramido del animal bastó para ponerlo al tanto de su posición.

Olvidada la yegua, el aulonte pasó bajo el árbol y se puso a corcovear, tratando de librarse del muchacho que apenas podía mantenerse en su sitio. Uno de los mechones de lana se desprendió dejando al chico colgando de una mano. Otro salto del aulonte hizo que casi saliera volando; Kaylon, no obstante, tenía bien agarrado el otro mechón, y al contactar de nuevo con la mole del aulonte, se asió por segunda vez con la mano libre y pasó una de sus piernas por los cuernos del animal. Su rostro estaba medio hundido en la lana de la criatura, de modo que podía percibir su olor: una mezcla de polvo, grasa y almizcle. Doblando la rodilla para anclarse mejor, Kaylon buscó con su diestra el cuchillo que pendía de su cinturón. El aulonte, mientras tanto, continuaba dando unos brincos enloquecidos; si llegaba a caer de costado o de espaldas, aplastaría al muchacho bajo sus carnes.

La mano de Kaylon llegó hasta el cuchillo y lo sacó de su funda. Si lo perdía ahora, podía darse por muerto. Utilizando la última reserva de energía que le quedaba, el muchacho se dejó resbalar por el cuello del animal; ahora sólo sus tobillos cruzados evitaban que se soltara de los cuernos del aulonte, aunque su otra mano seguía aferrada a la gruesa lana de la bestia.

El chico clavó el arma casi a ciegas. Tirando hacia él, abrió un largo y profundo tajo que seccionó la yugular y la carótida del animal, cuya sangre brotó en un chorro de más de un metro. El aulonte rugió, saltó y se sacudió, todo al mismo tiempo. Los tobillos de Kaylon se zafaron; su cuerpo se deslizó por el costado del animal hasta que sus pies apuntaron al pasto. Sin pensar en lo que hacía, desprendió el cuchillo y volvió a clavarlo en el aulonte, usándolo para sostenerse. El cuchillo cortó cuero y músculo y terminó por atorarse en algún hueso.

Ya no podía sujetarse, se había quedado sin fuerzas. Aprovechando uno de los corcoveos del animal, Kaylon apoyó los pies contra él y se propulsó con las piernas, soltando lana y cuchillo a la vez que cerraba los ojos, deseando aterrizar en cualquier parte con tal de que fuera bien lejos del aulonte.

Tocó tierra en una zona bastante limpia. El chico se dejó llevar por la inercia, pegando los brazos contra su cabeza para protegerse, y luego trató de frenar lo más suavemente posible. Recién cuando dejó de moverse levantó la cabeza y se atrevió a mirar en derredor.

El suelo tembló bajo él con un sonido de trueno. El aulonte, desangrado, se había desplomado al fin. Tambaleándose al principio, el muchacho se levantó y caminó hacia el animal para asegurarse de que ya no era una amenaza.

Echado sobre uno de sus lados, el aulonte exhaló su postrero aliento. Su ojo remanente, grande y negro, permaneció abierto, pero la brillante córnea se secó rápidamente. El chico cubrió con los párpados grises el órgano que había dejado de funcionar para siempre.

Kaylon apoyó las manos sobre sus rodillas, jadeando. Aún no podía creer que hubiera sobrevivido, ni se había dado cuenta de que la cacería había terminado. No tenía forma de saber que durante los últimos dos minutos todos los presentes habían estado contemplando su lucha contra el aulonte, muchos de ellos buscando en vano la forma de auxiliarlo. Sólo sabía dos cosas: el animal estaba muerto y él seguía con vida. Con eso tenía suficiente, al menos por el momento.

Alguien se colocó junto a él mirando al aulonte con una expresión de asombro en la cara. Entonces la voz de Dorcai dijo:

—No puedo creerlo. Sencillamente no puedo creerlo. Hiciste todo lo que te dije que no hicieras. ¡Y mira el resultado! Kay, amigo, no vuelvas a hacerme caso jamás.

—¿Eso... es una crítica... o un cumplido? —balbuceó el muchacho.

No necesitó que el errante le contestara, porque otros habían llegado hasta ellos y vitoreaban con ganas. El muchacho recordó entonces por qué se había metido con el aulonte en primer lugar y buscó a Tyanna entre los cazadores. Sí, ahí estaba ella, aplaudiendo con los demás y sonriendo ampliamente. A cierta distancia también se hallaba Nela, ilesa y mascando hierba con fastidiosa parsimonia.

Kaylon suspiró de alivio, y cuando Dorcai y otros dos hombres lo alzaron en vilo, se le ocurrió que nunca en su vida se había sentido tan bien.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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