6 de febrero de 2012

La canción del águila (23A)

El campamento revivió antes de la salida del sol. Había mucho que hacer: equiparse para la ocasión, alistar los caballos, recoger las armas y cabalgar hacia la manada de aulontes. La tribu entera desbordaba excitación, y los errantes se saludaban con sonrisas nerviosas y palabras de ánimo.

Kaylon despertó con la sensación de que su cuerpo se hallaba en un perfecto estado de funcionamiento, como si todas sus partes se hubieran regenerado por la noche. Una corriente de energía transitaba a lo largo de sus miembros y emanaba por los poros de su piel en forma de calor. Dorcai, quien estaba ya a medio vestir, le hizo un gesto amistoso al tiempo que se ponía las botas. Se veía tal como Kaylon se sentía por dentro: capaz de agarrar a un aulonte por la cola y arrojarlo por los aires con la ayuda de un buen revoloteo.

Una por una el chico se colocó las prendas que le habían entregado para la cacería; constituían una buena armadura, con varias piezas de metal y cuero grueso.

—Es la mayor protección que podemos darte —le había dicho Dorcai mientras le explicaba qué era cada cosa—. Sin embargo, lo principal corre por tu cuenta, o sea: no te caigas del caballo, no te interpongas entre un cazador y su objetivo, y lo más importante, manténte a distancia de los aulontes.

Kaylon no necesitó que le repitieran esto último. Estaba muy consciente de que, con armadura o sin ella, quedaría reducido a una masa de huesos triturados si alguno de los animales le pasaba por encima.

Después de un desayuno ligero, el chico siguió a Dorcai fuera del carromato, pero lo detuvo en la puerta un chillido. Kaylon volvió sobre sus pasos y acarició el pecho del águila. La expresión del ave era conmovedora, como la de un perrito abandonado.

—No puedo llevarte, Eles —dijo el muchacho—. Es demasiado peligroso. Yo estaré bien, no te preocupes.

La rapaz le picoteó los dedos a través del guante. Kaylon retiró la mano.

—Lo siento, pero tienes que quedarte. Volveré pronto. Lo prometo.

Con un ramalazo de culpa aguijoneándole el corazón, el muchacho cerró la puerta del carromato y corrió para alcanzar a Dorcai, quien ya se estaba impacientando. Los dos se reunieron con el resto del equipo, más o menos unos cincuenta errantes, y partieron a buena velocidad. Por el camino se les unieron cazadores provenientes de los alrededores, con lo cual el número de la compañía se duplicó. De allí en más siguieron a uno de los pueblerinos hasta la localización actual de la manada.

Los aulontes se habían instalado casi en el mejor lugar posible. Se suponía que había que llevarlos hasta una cantera donde las bestias no tendrían forma de escapar excepto por un estrecho corredor. Conociendo el comportamiento de los aulontes, las hembras con sus retoños serían los primeros en fugarse, mientras que los machos más grandes se quedarían en la retaguardia, defendiendo el acceso a la salida. Lo cual era, justamente, lo que convenía a los cazadores, pues eran los machos adultos quienes habrían de caer.

Pues bien, la manada estaba a orillas de una laguna, a menos de cinco minutos de la cantera. Esto facilitaba muchísimo las cosas.

Los humanos se dividieron en siete grupos: cuatro de cazadores y otros tres, menos numerosos, que actuarían como señuelo. Kaylon formaba parte de uno de estos tres grupos.

Ciñéndose al plan acordado, los cazadores se dirigieron hacia la cantera. Los demás se aproximaron lo más posible a la laguna y aguardaron en silencio, evitando ser detectados prematuramente. Tanto los caballos como sus jinetes temblaban por la expectativa; a más de uno le costaba controlar su respiración acelerada.

Viéndolos beber en perfecta calma, resultaba difícil creer que esas bestias tuvieran espíritu de combate en sus venas. Parecían más bien vacas sobrealimentadas, pero Kaylon no dudaba de los relatos de sus amigos.

—Te sorprenderá lo repentino de su cambio de conducta —habían sido las palabras de Satis—. En un momento están ahí, tumbados sobre el pasto en actitud indolente, y al momento siguiente los tienes sobre ti, echando vapor por la nariz y chispas por los ojos, y con sus cuatro cuernos apuntando a tu pecho. Creo que ésa es otra de las funciones de la cacería: recordarles a los aulontes cuál es su verdadera esencia.

Desde su refugio, el chico podía vislumbrar la mayor parte de la laguna. Los animales se turnaban para saciar su sed o bañarse, mientras que a pocos metros las hembras acicalaban a sus hijos. Éstos eran casi bonitos, con sus cabezas sin cuernos cubiertas de rizos, pero hasta el más pequeño de ellos no era menor que un ciervo maduro. Algunas de las crías retozaban juntas, y los topetazos que se daban no eran precisamente gentiles.

Aquí y allá los machos vigilaban. En ellos sí se percibía cierta tensión, y la forma en que doblaban sus nervudos cuellos revelaba su predisposición a atacar al menor indicio de peligro. El muchacho recordó a los perros de la granja: así se veían cuando había ladrones de caballos en las proximidades. Pero no era lo que cabría esperar de un herbívoro, lo cual llevó a Kaylon a preguntarse qué tan listos serían los aulontes.

El líder de la manada, el de las manchas en las ancas, apareció por la izquierda: le chorreaba agua del vientre y la barba y de su boca sobresalían unas algas de apariencia viscosa. No podía afirmarse que los aulontes fueran bellos, pero de éste en particular emanaba un poder que lo hacía sobresalir entre los suyos, como una brasa entre pedazos de carbón apagado.

El aulonte bramó una sola vez, un sonido fuerte y conciso; los animales que estaban echados se pusieron de pie, las crías regresaron con sus madres y la manada completa se preparó para la marcha.

Ya fuera o no que los cazadores hubieran llegado a sus puestos, la espera había terminado: era ahora o nunca. Los guías de los tres grupos dieron la señal para salir al descubierto. Kaylon, ballesta en mano, espoleó a su yegua, a lo cual ella respondió brincando fuera de su escondite igual que un resorte bien aceitado. De la misma manera los demás se expusieron a la mirada de los aulontes, quienes se alborotaron al instante y prorrumpieron en agudos berridos. En pocos segundos los machos rodearon a las hembras, crías y juveniles, dispuestos a defenderlos hasta la muerte; sus cuerpos formaban una barrera infranqueable. Los humanos lanzaron sus flechas a partes no vitales de los aulontes, instándolos a pelear. Kaylon hizo correr a Nela alrededor de la manada, armando la ballesta y disparando sin perder una sola oportunidad, habituado como estaba al galope firme y regular de la yegua. No eran tiros fáciles porque las armadas cabezas de los aulontes bloqueaban los objetivos, pero el chico logró darles a varios en las patas, orejas y pectorales. Decenas de flechas rebotaron en los cuernos de las bestias; algunas atravesaron el perímetro y fueron a parar a sus lomos lanudos, donde se enredaron sin causar daño.

Tal como había vaticinado Satis, la situación se dio vuelta en un parpadeo. Los aulontes cambiaron su estrategia a una defensa activa, rompiendo la formación y abalanzándose sobre los jinetes rugiendo de furia. Kaylon reaccionó justo a tiempo: un poco más y un aulonte los habría derribado a él y su yegua. El muchacho guardó su ballesta, tomó las riendas con ambas manos y ordenó a Nela que corriera a toda velocidad en dirección a la cantera, pendiente ahora de los resoplidos de los aulontes y el temblor que provocaban sus patas al golpear el suelo. Nada más lejos de la mente de Kaylon que comparar eso con la carrera de caballos; en cambio, se sintió como si escapara de un desmoronamiento de rocas. Enormes rocas rodantes, en camino de arrollarlo y acabar con su existencia.

Dos errantes se colocaron a la par del muchacho, gritando. Lo curioso era que no gritaban de miedo sino de alegría, y entonces Kaylon se percató de que él también estaba eufórico. Algunos hombres continuaban disparando contra los aulontes para que no dejaran de perseguirlos, aunque parecía poco probable que los animales cambiaran de opinión tras haberse desatado su enojo. Todavía bramaban, sonido que sus protuberancias nasales amplificaban al doble, y los machos se mantenían en la periferia de la manada. El líder manchado estaba por ahí, en alguna parte. Su voz tenía un tono característico, y cada tanto se dejaba oír por encima de la batahola.

El chico se apretó contra Nela, cuyo temple le impedía entrar en pánico por más que los aulontes vinieran pisándole los talones. ¡Sí que eran ágiles, a pesar de su tamaño! El terreno por el que pasaban quedaba irreconocible: las pezuñas de los animales, durante su breve contacto, arrancaban círculos de pasto y tierra; los obstáculos no eran nada para ellos, y cada vez que alguno saltaba sobre un arbusto o piedra, su pesada caída retumbaba cual impacto de meteorito. Por todas partes las aves, reptiles y mamíferos huían despavoridos de la estampida, perdiendo muchos sus nidos o madrigueras a consecuencia de la misma.

Estaban llegando a la cantera. La roca pardusca, poblada de salientes, emergía de la tierra como un muro natural. Más valía que los cazadores estuvieran en sus posiciones, pensó el chico, porque ya les urgía a los miembros de los tres grupos carnada que otros se ocuparan de los aulontes.

Kaylon torció a la derecha a poca distancia del corredor abierto en la cantera. Varios aulontes machos se desviaron en pos de él, dejando que las hembras y juveniles se internaran en la grieta. Cuando el muchacho levantó la vista divisó por fin a los primeros cazadores, que avanzaban a su encuentro con sus robustas lanzas en alto. Nela se escabulló entre los jinetes; el chico la condujo hasta un lugar seguro sobre un promontorio, escuchando detrás de él los primeros gemidos de los aulontes al ser abatidos.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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