5 de febrero de 2012

La canción del águila (22)

La ceremonia previa a la cacería se efectuó en un claro rodeado de árboles enrojecidos, tres días después del primer avistamiento de los aulontes. Un grupo de errantes ejecutó una bella melodía guerrera con instrumentos de viento y percusión, al son de la cual una docena de bailarines, hombres y mujeres con lanzas y máscaras, llevaron a cabo una danza ritual. Y no era que pensaran que la ceremonia podía traerles suerte (los errantes no confiaban sus asuntos importantes a un concepto tan caprichoso), sino que, tal como el Padre de la tribu le explicó a Kaylon, servía para que los cazadores se pusieran en paz consigo mismos y ante la idea de su posible extinción. Llegado este punto el chico preguntó, con cierta inquietud, si las bajas eran frecuentes durante la caza de aulontes.

—Suele haber unos cuantos heridos —contestó Romus—, pero las muertes son raras. Sí han ocurrido, no obstante; lo consideramos un mal inevitable. Los aulontes son seres nobles y valientes, y nosotros demostramos nuestro respeto poniéndonos a su altura. Cazarlos con trampas no estaría bien; debe ser una pelea justa. Cuando alguien fallece nos causa tristeza, pero asumimos que esa persona deja este mundo de una forma digna.

Kaylon se limitó a hacer un ademán de asentimiento y volcó de nuevo su atención en la danza, simple pero cautivadora.

Después del baile siguió una cena muy nutritiva. Los cazadores, que incluían a los cuatro primeros amigos del muchacho, se sentaron en una mesa aparte donde se sirvieron los mejores víveres, dado que podía tratarse de su última comida. Pese a esto reinaba una atmósfera alegre y deportiva, llena de risas y anécdotas de cacerías anteriores.

Cerca del final de la cena se hizo de pronto un gran silencio y todas las cabezas giraron en la misma dirección. De la nada surgió una brisa, en la que flotaba un aroma delicado de hojas agonizantes y el mismo perfume que Kaylon había olido en su segunda noche en el campamento. El muchacho se volvió igualmente hacia lo que era el centro de las miradas: una esbelta figura envuelta en gasas de colores, cuyo rostro, así como los de los bailarines, estaba cubierto por una máscara de madera pintada de gris con mechones de pelo claro en los bordes. Las facciones del objeto combinaban rasgos humanos y de aulonte. Sin embargo, esta máscara en particular carecía de aberturas para los ojos; en su lugar había dos piedras negras, de forma redondeada, que reflejaban las llamas de las antorchas.

La figura se movió sin titubear, como si pudiera ver a través de las piedras. Llevaba en sus manos enguantadas una vasija de la que salía vapor, y con ella se dirigió a la mesa de los cazadores, quienes bebieron un sorbo de su contenido. Tal vez fuera la imaginación de Kaylon, pero creyó notar que la figura se detenía más de la cuenta al pasar junto a Tyanna, y que la contemplaba fijamente a pesar de la máscara.

Luego la mujer (pues aunque embozada tenía un aire femenino) caminó hacia la segunda mesa: la de Kaylon, donde estaban sentados aquellos que respaldarían a los cazadores. Éstos también bebieron.

Cuando la mujer llegó a la altura de Kaylon, el chico se quedó paralizado viendo cómo las gasas se agitaban frente a él en la brisa. Sentía las dos piedras negras clavadas en su persona, aguardando. La figura le tendió la vasija, dentro de la cual se arremolinaba una sustancia verdosa, pero el chico no se inclinó para beber hasta que alguien le susurró desde el otro lado del universo:

—Adelante. Este brebaje te ayudará a conciliar el sueño y a reunir fuerzas para lo que nos espera mañana.

Kaylon tomó la vasija y se la llevó a los labios. El líquido estaba tibio; pasó por su garganta dejando tras de sí un bienestar jamás experimentado. No tenía sabor, o más bien no tenía un sabor que su lengua fuera capaz de interpretar, como si intentara percibir un color con los oídos.

El muchacho cerró los párpados un momento. Cuando los abrió, la mujer se estaba retirando. Una larga cabellera plateada, en parte trenzada y en parte suelta, ondeaba sobre su espalda con vida propia. La brisa se detuvo en el instante que ella se perdió de vista detrás de unos árboles. Kaylon observó entonces que la mujer misteriosa había dejado huellas: parches de hierba recién nacida en los detritos secos, con la forma de sus sandalias. El chico se estremeció, pero no supo si sentir miedo, un asombro reverencial o ambas cosas a la vez.

Las conversaciones se reanudaron, aunque la reunión acabó poco después de la aparición de la mujer enmascarada. Los errantes levantaron las mesas y caminaron de regreso al campamento. Kaylon, aún perplejo, iba como sonámbulo, mirando al piso. En las huellas de hierba habían aparecido unas florcillas blancas, diminutas como estrellas distantes. Su perfume era el de la mujer que las había puesto ahí.

Una mano se posó en su hombro. Era Tyanna.

—Tendrás que acostumbrarte a esta clase de cosas —dijo la muchacha—. Así es Amalaide: incomprensible y extraordinaria.

—¿Qué es lo que hace ella en la tribu? —preguntó el chico.

Tyanna sacudió la cabeza.

—Es difícil de decir —respondió ella—. Leila es la Madre de la tribu, Romus es el Padre, y Amalaide es... su Visión, quizás. Porque ésa es su función, más que nada. Ella ve. Y sabe cosas. Cosas que...

La chica frunció el ceño.

—¿Qué cosas? —insistió Kaylon.

Tyanna se detuvo. El muchacho se asustó un poco ante la expresión de su rostro, pues delataba un miedo profundo. Finalmente la joven susurró:

—Sabe cosas que un mortal no tendría forma de saber. Cuídate de ella.

La muchacha adelantó a Kaylon y se alejó por el sendero.

Desconcertado ahora por otros motivos, el chico levantó los brazos y los dejó caer.

—Detesto cuando hace eso —masculló.

—Ya somos dos —dijo la voz de Dorcai detrás de él. El errante abrió la boca para añadir algo, pero entonces se vieron rodeados por Mic, Satis y otros tres muchachos risueños.

—¿Te gustó la ceremonia? —le preguntó a Kaylon el pelirrojo.

—Bueno...

—Claro que esto no es nada en comparación con la fiesta después de la cacería —continuó el joven sin esperar respuesta—. Eso es diversión. Claro que la cacería también tiene lo suyo, ¿no es así, Dorqui-loqui?

El hombre moreno emitió su bufido de no-me-molestes y partió en busca de Tyanna.

—¿Por qué será que este chico es incapaz de mostrar un poco de buen humor? —se quejó Mic, a lo que Satis contestó:

—Porque tú lo acaparas todo, querido primo. Si aprendieras a moderarte...

—Esa palabrota no está en mi vocabulario.

—Tendrán cuidado mañana, ¿verdad? —intervino Kaylon.

—Desde luego —dijeron ambos primos.

—Tú también ten cuidado —agregó Satis—. Recuerda: no trates de acercarte a los aulontes; deja que los cazadores se hagan cargo.

El muchacho hizo un gesto afirmativo. Planeaba seguir las cuidadosas instrucciones de Dorcai al pie de la letra; dado el tamaño de los aulontes, no le interesaba en lo más mínimo ponerse al alcance de sus cuernos.

Mientras tanto, habían llegado al campamento. Los jóvenes se despidieron, entre bostezos no disimulados, hasta el día siguiente, y luego se dirigieron a sus respectivos carromatos. Kaylon entró al suyo con la idea de interrogar a su compañero acerca de Tyanna, pero Dorcai ya estaba en su cama, durmiendo a pierna suelta. Demasiado fatigado él mismo como para pensar en lo que fuera, el chico se recostó. Eles, desde su percha, lo contempló unos segundos antes de volver a cerrar los ojos.

—Hasta mañana —murmuró Kaylon, y también se rindió al sueño.

(Continuará...)

Gissel Escudero

No hay comentarios.:

Publicar un comentario