4 de febrero de 2012

La canción del águila (21)

Los últimos dos días de la temporada de lluvias, las nubes se adelgazaron poco a poco como grandes bolsas de agua que hubieran agotado su contenido. Llegado el día trece, el sol asomó entre los jirones grises que todavía se paseaban por el firmamento; con esto y un brindis durante el almuerzo, los errantes se despidieron de las precipitaciones veraniegas una vez más. A la mañana siguiente, a primera hora, la tribu levantó el campamento. Y ya era tiempo, pensó Kaylon, porque los caballos se habían puesto insoportables por culpa del encierro, sobre todo los de tiro.

Había empezado a tomar clases de esgrima con Tyanna, y aunque la cosa iba bien, dicha técnica de combate no acababa de agradarle y probablemente nunca lo haría. En todo caso, no le encontraba mucha aplicación: una espada no era muy práctica en la cacería, y si acaso se veía involucrado en una pelea, su idea era evitar la lucha cuerpo a cuerpo. No es que fuera cobarde; simplemente no se sentía capaz de clavar una espada en otro ser humano, ni siquiera en defensa propia.

No obstante, quería mejorar su relación con la muchacha, y de momento sólo así podía acercarse a ella. Aún no tenía claro por qué le parecía tan importante trabar amistad con la chica, dado que ya había muchos errantes con quienes se llevaba de maravilla, pero algo en su interior le decía que así tenía que ser.

Mientras tanto, estaba feliz con su nueva ocupación. Ir de caza y pesca era mucho más entretenido que cuidar caballos, y compartir una actividad había disipado los escollos remanentes entre él y Dorcai. A decir verdad, ahora pasaba la mayor parte de su tiempo con dicho errante; ambos tenían más en común de lo que habían creído al principio, y a su manera existía entre ellos la misma complicidad que unía a Mic con su primo. Para el chico era casi como tener un hermano mayor.

La caravana continuó su avance hacia el sur y poco a poco las hojas de los árboles empezaron a cambiar de color. Había llegado el otoño. El chico le comunicó a Romus su intención de pasar el invierno con la tribu, a lo cual éste respondió que le parecía estupendo y que todos estaban muy conformes con su trabajo.

—¿Has decidido ya qué harás cuando la nieve se derrita? —le preguntó el hombre a Kaylon al final de su entrevista. El muchacho se detuvo en el umbral de la puerta, lo pensó un momento y se encogió de hombros.

—No estoy seguro —contestó, y una imagen de Eles acudió a su mente. Todos los días el animal miraba al este con nostalgia, tanto así que uno casi esperaba verlo suspirar. Pero ¿dónde iban a estar ellos mejor que ahí, con los errantes? Al este no había nada, nada en absoluto.

—Pues deberías considerar seriamente convertirte en un errante —dijo Romus, devolviéndolo a la realidad—. Creo yo que está en tu sangre, y ninguno de nosotros se opondría. Más bien al contrario.

El chico asintió con la cabeza, pero sólo para dar a entender que había recibido el mensaje. Sin decir palabra, bajó del carromato del líder de la tribu; tardaría un poco en asimilar que por fin tenía a su alcance lo que hacía un tiempo venía deseando con toda el alma.

Tyanna lo esperaba afuera. Sostenía algo en sus manos, un objeto bastante grande envuelto en un paño.

—Feliz cumpleaños —dijo la muchacha con una sonrisa, y extendió el objeto hacia él.

—¿Cómo lo supiste? —preguntó Kaylon a la vez que recibía su obsequio—. ¿Te lo dijo Dorcai?

—Más o menos. Él, Mic y Satis están preparando algo para ti, pero te lo darán más adelante. Sin embargo, yo quería que tuvieras esto en la fecha correcta.

El muchacho dejó de darle vueltas a su regalo y miró a Tyanna, confundido e intrigado.

—¿Qué sucede? —inquirió ella.

—¿Qué quieres decir con eso de "la fecha correcta"? Yo jamás mencioné una fecha. A decir verdad —añadió en voz baja, desviando la mirada—, no sé en qué fecha nací, porque nadie me lo dijo. Sólo que fue en otoño.

Con cierto esfuerzo volvió a fijar la vista en la muchacha. Ella lo contempló con una expresión de piedad y luego le rozó la frente con la mano, apartándole el cabello de los ojos.

—Se lo pregunté a Amalaide —explicó la joven—. No hay nada que ella ignore. Así que alégrate, porque desde hoy festejarás tu aniversario cuando corresponde.

El chico acabó por sonreír. Era imposible evitarlo: cuando Tyanna estaba de buen humor, el mundo entero parecía iluminarse.

—Pero bueno, Kay, ¿vas a desenvolver el regalo o qué?

Riendo, el muchacho desató las cintas que mantenían el paño en su lugar.

Al terminar de descubrir su obsequio, profirió un largo silbido de admiración: se trataba de una flamante ballesta, tan buena como la de cualquier errante. Liviana, compacta, de largo alcance y con un mecanismo que permitía recargarla con mucha facilidad; el complemento perfecto para su equipo de cacería.

—Vaya... es estupenda... gracias —balbuceó el muchacho. Estaba demasiado contento como para expresarse con mayor elocuencia, aunque por fortuna no era necesario.

—Me alegra que te guste —dijo Tyanna—. Se me ocurrió que la preferirías a una espada. Por cierto, tal vez quieras estrenarla en una ocasión especial.

Kaylon interrumpió su examen de la ballesta.

—¿Cuál ocasión especial?

—Te enterarás cuando lleguemos allá. Anda, ve a buscar a Nela y reúnete conmigo junto al arroyo.

Dominado por la curiosidad, el muchacho se apresuró a alcanzar a Tyanna, a quien encontró a lomos de Nube, su caballo albino. La joven hizo una señal y ambos partieron al galope hacia el suroeste, por el camino polvoriento que la caravana recorrería muy pronto. Según Mic, a pocos días de marcha había varios pueblos y grandes extensiones de tierra de labranza. Por allí el suelo era negro y profundo, dando lugar a las mejores cosechas de la región. La idea era repostar en uno de los pueblos y cargar los carromatos antes de seguir rumbo al sur; a cambio de qué, el pelirrojo no se lo había aclarado, y ahora que pensaba en ello, a Kaylon se le antojó que la omisión había sido intencional. ¿Tendría que ver con lo que Tyanna quería mostrarle?

La cabalgata duró más de dos horas, hasta que llegaron a un punto donde el camino se desdibujaba por completo: una senda amplia e irregular lo cruzaba perpendicularmente, convirtiendo el terreno más o menos apisonado en un caos de pozos y canales.

Algo había pasado por ahí bajo la lluvia, y dada la magnitud del pisoteo debía tratarse de una manada de animales muy grandes y pesados. Kaylon se detuvo a observar las huellas. Las depresiones eran nítidas, pero aun así no correspondían a ninguna criatura que él hubiera visto en persona. Entonces recordó un libro que Orantos le había mostrado y se dirigió a Tyanna, quien lo vigilaba expectante.

—¿Aulontes? —preguntó el chico.

—Efectivamente. ¿Ya los conocías?

—Sólo por ilustraciones.

Tyanna rió.

—No creo que una ilustración sea suficiente tratándose de los aulontes —afirmó la muchacha—. Sígueme y comprenderás por qué.

Se salieron del camino en pos de la manada, cuyo rastro era tan visible como el cauce de un río. El chico apenas podía imaginar lo que debía haber sido aquello en el momento del paso de los animales; prácticamente no quedaba una sola planta en pie, pues lo que no había sido devorado por las inmensas bestias lucía aplastado y cubierto por barro seco.

Al cabo de un rato encontraron media docena de caballos atados a los árboles, descansando; Kaylon no necesitó más que una ojeada para reconocerlos. Él y Tyanna desmontaron y se dirigieron a pie hasta la cima de una colina, donde los dueños de los seis equinos, equipados con sendos catalejos, hablaban en voz baja y señalaban con el dedo hacia el otro lado. Mic y Dorcai eran dos de ellos; apenas estuvieron a su lado, la muchacha interpeló a este último.

—¿Están ahí?

—Vaya si lo están. Mira.

Dorcai le pasó a Tyanna su catalejo. La joven se echó sobre la hierba, espió por encima de unas rocas y luego le indicó a Kaylon que hiciera lo mismo. El muchacho tomó el catalejo y miró a través de él.

En la pradera que había más allá de la colina, unos doscientos o trescientos aulontes pastaban bajo el tibio sol del mediodía. Eran como los dibujos en el libro de Orantos, pero Tyanna había tenido razón al decir que eso no bastaba para describirlos. En primer lugar, su tamaño era fabuloso: los caballos de tiro de los errantes parecían perros en comparación. Las pieles grisáceas de las bestias, lanudas en el lomo y con pelo corto y oscuro en los costados y patas, dejaban entrever voluminosas masas musculares. Tenían colas cortas, con pelo en la punta, y sus pezuñas eran anchas y hendidas. Sin embargo, sus cabezas no mostraban semejanza alguna con las de cualquier otro rumiante debido a sus ollares de caballo, largas barbas pálidas, orejas redondas y pequeñas y dos pares de cuernos en forma de lira. Además, cada individuo lucía sobre la nariz una protuberancia conoide. El muchacho no recordó para qué servían estos órganos huecos hasta que uno de los aulontes bramó; el sonido, de una resonancia increíble, se difundió por la pradera, y los demás aulontes respondieron generando entre todos un alboroto considerable.

—Y luego dices que yo soy ruidoso —le reprochó Mic a Dorcai, tapándose los oídos.

—¿Quién es ruidoso? —preguntó Satis al reunirse con el grupo. Los aulontes habían dejado de bramar, poniendo en evidencia la falta de sigilo con la que se movía el muchacho rubio.

—Ustedes. Ustedes son ruidosos —dijo Dorcai, exasperado—. Y tú, agáchate y quédate quieto o espantarás a los aulontes.

—Tonterías —replicó Satis—. Podría pararme entre ellos y seguirían como si nada; les tiene sin cuidado cualquier cosa que no represente una amenaza.

—Aún no lo has captado, primito: a ti no te hacen caso porque te confunden con uno de su especie.

—¿Insinúas que estoy gordo y que no hago más que comer?

—Tú lo dijiste, primo, no yo.

—Oh, ya basta —exclamaron Tyanna y Dorcai a la vez, como de costumbre.

—Sí, y agáchate para que no nos descubran —le ordenó Mic a su primo.

—¿Para qué, si según tú me confunden con uno de su especie? ¿Lo ves? Tu lógica apesta.

Dorcai agarró a Satis por el chaleco y lo obligó a ponerse en cuclillas. El muchacho perdió el equilibrio y cayó sobre sus rodillas con un quejido.

—Sí, sí, maltraten al gordo —protestó Satis, frotándose las partes golpeadas—. Como si no hubiera sido yo quien... ¿se puede saber de qué te ríes?

Kaylon, a quien iba dirigida la pregunta, contestó:

—Lo siento. Es que ustedes son tan chistosos... Y por cierto, ¿qué estamos haciendo aquí?

—Preparándonos para la caza de aulontes —respondió Tyanna.

—La caza de... —repitió el chico, pero se quedó sin habla un instante al volver su mirada hacia la pradera—. ¿Me estás tomando el pelo? ¡Esas cosas son gigantescas!

—Bueno, ahí está la gracia del asunto, ¿no crees? —intervino el pelirrojo.

—Verás —explicó Satis—, los aulontes tienen el mal hábito de venir aquí todos los años a alimentarse de los cultivos. Causan unos destrozos horribles, pero como las cosechas son buenas, en general no hay de qué preocuparse. Tarde o temprano, sin embargo, la población de aulontes crece demasiado y los animales se vuelven cómodos y perezosos. Entonces no hay cultivo que baste para satisfacer su apetito...

—Y ahí es cuando nosotros entramos en acción —finalizó Dorcai.

—¿Y eso por qué? —inquirió el chico—. ¿No pueden los campesinos hacerse cargo del problema?

—No se atreven —dijo Tyanna—. Así como los ves, en apariencia grandes y pacíficos, los aulontes son terribles cuando se enfurecen. La manada es muy unida: ataca a uno de ellos y los demás se echarán sobre ti, dispuestos a acabar contigo.

—Entiendo —musitó Kaylon.

—Así que cada tres o cuatro años nos ponemos de acuerdo con los campesinos y montamos una cacería fenomenal —dijo Mic—. Se ha convertido en una tradición emocionante.

Uno de los aulontes, que al chico le pareció el más corpulento de todos, dio un largo bramido, y poco después la manada empezó a movilizarse con lentitud. El macho que había bramado debía ser el líder, por la forma en que los demás lo seguían. Tenía en las ancas unas manchas negras que lo hacían fácil de identificar; al notar que Kaylon lo observaba, Tyanna le informó:

—Ese aulonte ha estado al mando por más de cinco años. Pronto algún macho más joven y fuerte lo derrotará, así que hemos decidido abatirlo ahora, mientras todavía está en su plenitud. Quien lo mate se llevará los mayores honores en la celebración después de la cacería.

En opinión de Kaylon, el animal en cuestión todavía estaba lejos de su decadencia, pero entonces otro aulonte, casi de su misma alzada, lo golpeó en el costado con la cabeza como si estuviera midiendo la fortaleza del otro. El líder respondió con una cornada de advertencia que no hizo daño a su oponente... porque éste se apartó de inmediato. La afirmación de Tyanna, pues, era acertada: los días de jefatura del aulonte con manchas estaban contados.

—¿Para qué me trajiste aquí? —le preguntó Kaylon a la muchacha con una sonrisa suspicaz.

—Te traje porque tal vez quieras participar. No en la cacería propiamente dicha, ya que eres muy joven, pero podrías permanecer en la periferia y dispararle a cualquier animal que trate de escapar, o ayudarnos a acorralar la manada. ¿Qué dices?

El muchacho consideró la oferta. Sería como conducir caballos de un lado a otro... caballos agresivos, con cuatro cuernos puntiagudos y de tamaño considerablemente mayor que lo normal. Se arriesgaría a morir, sin duda, pero como había dicho Mic, sonaba emocionante.

Los ojos del chico brillaron con anticipación. Él y Tyanna sonrieron al mismo tiempo; Kaylon asintió, la muchacha le palmeó el hombro, y los dos dirigieron su atención a la manada de aulontes que con andar pausado transcurrían por la pradera.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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