3 de febrero de 2012

La canción del águila (20B)

Kaylon enfrentó el blanco, que se le presentó con tanta nitidez como si la rapaz le hubiera prestado su visión. Su diestra voló hacia las flechas, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis veces, y sólo se detuvo porque ya no encontró nada que aferrar. Las flechas dibujaron en el aire sendas parábolas y se clavaron en la tela y en la paja.

Nadie dijo una palabra, y Kaylon fue el más sorprendido entre los espectadores. Había disparado, sin proponérselo, dos tiros más que Dorcai, y con una precisión que ni en sueños hubiera creído posible. Las seis flechas brotaban juntas de la diana como un ramillete coronado de plumas en lugar de flores; los sucesivos tiros habían hundido el centro del blanco en el apretado fardo amarillento.

—Oh, rayos —dijo Mic de repente—. ¡Debí haber apostado dinero!

Esta observación sacó a los errantes de su parálisis estupefacta, haciéndolos prorrumpir en carcajadas. En algún lugar empezaron los aplausos, que se contagiaron a todo el grupo. El chico, un poco temeroso, miró a Dorcai.

En contra de lo esperado, éste pasó junto al muchacho como si no existiera y le arrojó a Mic su aljaba con tanta fuerza que casi lo tiró hacia atrás. Con voz gélida y los párpados entornados, le espetó al pelirrojo:

—La próxima vez pon un retrato tuyo, y ya verás cómo todos mis tiros van a parar justo a la punta de tu nariz.

Dicho esto se retiró a paso rápido.

Kaylon volvió junto a Mic, no muy feliz. Antes de hablar prefirió acariciar a Eles, que tenía un aire orgulloso y complacido.

—¡Vaya! —exclamó Satis—. Amigo Kay, no sabía que tuvieras eso adentro. ¡Estás desperdiciando tu talento!

—Menos mal que yo sí lo noté —dijo Mic—, aunque la próxima vez aprovecharé para ganar unas monedas.

Ambos primos estaban detrás de Kaylon, quien se volvió hacia el sitio por donde se había marchado el errante moreno.

—Sí, ya, muchas gracias, pero ahora él y yo jamás seremos amigos.

Mic levantó una ceja pero luego sonrió.

—¿Te refieres a Dorqui-loqui? ¡Al contrario, Kay! Para que Dorqui te aprecie, debes hacerle ver que eres mejor que él en algo. ¿Cómo crees que me gané su amistad?

Kaylon observó al pelirrojo, desconcertado. ¿Dorcai y Mic, amigos? No obstante, pensándolo bien, los había visto trabajar juntos y conversar apaciblemente, demostrando que la afirmación de Mic era cierta... o bastante cierta, en todo caso, porque nada cambiaría el hecho de que esos dos eran polos opuestos que vivían chocando entre sí.

El chico resopló, esbozando una mueca irónica.

—¿Y en qué eres tú mejor que Dorcai, si puede saberse?

Mic se echó hacia atrás.

—Oh, la duda me ofende.

—Pero él tiene razón —terció Satis—. ¿Qué haces mejor que Dorqui, eh? ¿Eructar o contar chistes bobos?

—Pues para que se enteren, Dorqui se ha percatado de que yo soy más inteligente que él.

Satis puso los ojos en blanco. Kaylon, por otro lado, reconoció la verdad de la sentencia, pero se rió del gesto burlón del muchacho rubio.

En ese instante Tyanna pasó cerca de ellos, muda como una sombra. Kaylon dejó de reír y suspiró.

—Ahora me gustaría saber qué le pasa a ella.

Satis contempló a la muchacha hasta que se perdió de vista. Luego dijo:

—No te lo tomes como algo personal. Tyanna es así. Es buena con todo el mundo, pero parece incapaz de involucrarse a fondo con otros seres humanos. Es como si sólo estuviera de paso y no quisiera aumentar el dolor de la separación.

Extrañamente, al chico le dio un escalofrío. Mic debió sentir lo mismo, porque le propinó un codazo a su primo.

—Oye, no seas tétrico. Kay, muchacho, no le hagas caso a este tonto. Espera un poco y verás cómo Tyanna se hace amiga tuya también. De lo contrario, puedes dejarla de lado cual caso perdido.

—Según tú, querido primo, ¿hay alguien que no sea un caso perdido?

Mic recorrió el lugar con la mirada, rascándose la barbilla. Por último pasó el brazo por los hombros de Kaylon y anunció:

—Nuestro buen amigo Kay, él no es un caso perdido... todavía.

Los errantes comenzaron a dispersarse, pues ninguno se atrevía a continuar el juego después de la proeza del chico. Éste se quedó solo en el recinto. Pensando en lo que Satis y Mic acababan de decirle, murmuró:

—Pero ya éramos amigos. Desde el principio. Sólo que algo lo estropeó. ¿Qué sería?

Ni la lluvia ni Eles contestaron su pregunta, y el muchacho volvió con Aetel y sus camaradas. Aunque a su llegada escuchó muestras de admiración (las novedades se esparcían rápido cuando no había otra cosa que hacer más que parlotear), el chico permaneció callado un buen rato, considerando sus opciones.

Hacia el final de la tarde resolvió averiguar cuál era el problema de Tyanna.

Tras pasar media hora buscándola, encontró a la muchacha sola en un rincón apartado, casi en la periferia del campamento. Estaba afilando su espada, lo cual le pareció raro al chico; por lo que había visto de la vida de los errantes, no creía que se vieran obligados a emplear ese tipo de armas muy a menudo.

Como fuera, carraspeó un poco para delatar su presencia. Aunque ya se había percatado de que alguien acababa de llegar, Tyanna levantó la cabeza y miró a Kaylon antes de volver a lo suyo. El muchacho vislumbró apenas un destello cristalino de sus ojos, como un par de esmeraldas asomando entre la arena, bajo las olas.

—Lo siento —dijo él, apegándose a la excusa que había inventado por el camino—. Estaba paseando a Eles y vine a parar aquí. Si te molesto, me iré enseguida.

La muchacha volvió a mirarlo de soslayo, abrió la boca, la cerró, y la abrió de nuevo al cabo de dos minutos para decir:

—No me molestas. Puedes quedarte.

Kaylon se sentó en el suelo y dejó al águila frente a él. La rapaz se puso a contemplar la lluvia, que acariciaba la vegetación. No hacía frío, pero el calor del verano se había apagado mucho después de tantos días nublados. El chico ya casi no recordaba cómo se veía el sol.

Ahora que estaba a su lado, Kaylon no supo qué decir. Había pensado una forma directa de atacar el tema y otra que daba un largo rodeo, pero en presencia de Tyanna ninguna de las dos se le antojaba apropiada. Eles, por otra parte, no era de mucha ayuda: el ave esponjó las plumas y se echó a dormir.

A falta de una mejor idea, el muchacho decidió improvisar.

—Interesante espada —dijo, procurando sonar como si en verdad le importara. Tyanna no se dejó engañar pero le siguió la corriente.

—Fue hecha según mis instrucciones. Sosténla y verás.

El chico tomó la espada y la examinó. Era delgada, de aspecto casi frágil, y por ello su peso y fortaleza lo sorprendieron. La empuñadura era muy pequeña; a él le iba bien, pero un hombre adulto no habría podido esgrimirla con comodidad. Con un rápido vistazo comprobó que se ajustaba perfectamente a las manos de Tyanna. Era cierto, pues, que se la habían hecho a la medida.

Pese a todo, a Kaylon no le gustó. Nunca le habían gustado las espadas. Podía imaginar las flechas, los cuchillos y aun las lanzas como armas de caza y de defensa, pero las espadas lo hacían pensar más bien en... bueno, en objetos creados por los humanos para destruirse mutuamente. Llegado este punto se le ocurrió que no había visto muchas espadas entre los errantes. ¿Por qué sería esta joven una excepción?

Kaylon le devolvió el arma a su propietaria, quien lo sobresaltó un poco al decir:

—Tal vez deberías tener una tú también. Ya sabes, por si vuelves a encontrarte con esos ladrones de caballos.

Tyanna había puesto el dedo en la llaga. El chico se apresuró a responder:

—Pero todo eso no fue más que una historia. Basada en hechos verídicos, quizás, pero las partes espeluznantes las agregué yo.

—Ah —replicó Tyanna, aparentemente no muy convencida.

Ambos permanecieron en silencio un rato, y entonces ella volvió a sonar como la muchacha a la que Kaylon había tratado en su primer día en el campamento.

—Oye, lo hiciste muy bien en el campo de tiro. Tu puntería es soberbia.

—Vaya, muchas gracias.

Tyanna dirigió la vista hacia la lluvia y sus ojos perdieron parte de su brillo. En un tono melancólico y soñador, dijo:

—Te pareces mucho a mi hermano. Él también tenía una gran puntería, y siempre cuidaba de los animales.

—¿Ah, sí?

—Una vez él y yo estábamos solos en el bosque —prosiguió Tyanna, perdida en sus recuerdos—. Era invierno. Un invierno muy duro. Pronto llegaría la primavera, pero aún no había más que nieve por todos lados. De repente apareció un lobo muy flaco. Jamás había visto un animal que pareciera más hambriento. Retrocedimos sin darle la espalda al lobo, y como no podía ver dónde pisaba, mi pie se hundió en una madriguera. Oly y yo teníamos nueve años, pero yo era más pequeña. El lobo decidió atacarme a mí primero; casi estaba sobre mí cuando ¡zas!, Oly disparó una de sus flechas diminutas y le rebanó la oreja al animal, que gimió y se escabulló entre los árboles dejando un rastro de sangre en la nieve. Cuando logré sacar el pie de la madriguera... estaba llorando como una idiota, porque había creído que iba a morir... cuando saqué el pie le dije a mi hermano que su tiro había sido pésimo, y ¿sabes qué me contestó él?

Kaylon hizo un ademán negativo.

—Pues me dijo: "Si se hubiera acercado más a ti, le habría dado entre los ojos. Pero con esto escarmentará, y en la primavera estará demasiado ocupado correteando ardillas y conejos como para molestarnos. Era sólo un pobre lobo famélico."

Tyanna sonrió y Kaylon sonrió con ella, pero una lágrima rodó por la mejilla de la muchacha y cayó sobre el gélido metal de la espada. La joven no se dio cuenta. Por desgracia, el chico cometió la imprudencia de preguntar:

—¿Y qué le pasó a tu hermano?

El rostro de la muchacha se puso rígido. Tyanna enfundó la espada y se despidió con un seco "nos vemos luego", pero antes de desaparecer y dejar a Kaylon maldiciéndose por su estupidez, se volvió hacia él y le dijo:

—Si quieres te enseñaré a usar una espada. Aunque tu historia no fuera real, uno nunca sabe cuándo podría necesitar esa habilidad.

Kaylon asintió pero no atinó a decir nada, y Tyanna se marchó corriendo bajo la lluvia hacia el siguiente refugio.

—Espero no haber empeorado las cosas —musitó el chico más tarde, y miró a Eles en busca de su opinión. Mala suerte, el ave seguía durmiendo. El muchacho permaneció allí hasta que la oscuridad empezó a adueñarse del ambiente, y regresó con el águila al carromato que aún compartía con Dorcai. Sabía que no sería bien recibido ahí, no después de lo sucedido esa misma tarde, pero había demasiada humedad como para dormir entre los caballos.

Se equivocó, sin embargo: Dorcai se mostró bastante más amable con él que en los días pasados.

—Te conseguí una manta adicional, por si acaso —le dijo al chico después de la cena—. Últimamente las noches son algo frescas.

El errante se oía casi jovial.

—Bueno... muchas gracias... —replicó Kaylon, dubitativo, mientras tomaba la manta de los brazos del hombre.

Dorcai se acostó en su cama y apagó las luces.

—Hasta mañana —aventuró Kaylon.

—Ah, sí, hasta mañana.

Hubo una pausa y entonces Dorcai agregó:

—A propósito, dice Romus que cuando acaben las lluvias podrías formar parte de los grupos de cacería. Conmigo y los demás, si te parece. Satis y Mic no son malos, pero hacen mucho ruido, no sé si me entiendes, y es evidente que dominas el tiro con arco.

—Me parece estupendo —contestó el chico, sin pretender que el otro admitiera de una vez que lo había impresionado.

Kaylon cruzó los brazos por detrás de su cabeza, sonriente. Mic y Satis, ruidosos o no, habían tenido razón acerca de muchas cosas...

(Continuará...)

Gissel Escudero

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