2 de febrero de 2012

La canción del águila (20A)

Dos días después, los errantes levantaron su campamento. Para ese entonces Kaylon ya se había enterado de que pasaban las lluvias en un lugar específico, el cual ofrecía una buena protección contra los millones de litros de agua que caían del cielo todos los años por esas fechas.

En la marcha, Kaylon quedó asombrado ante la eficiencia con que la tribu se desplazaba; sus integrantes estaban al tanto de la labor que le correspondía a cada uno, tal que no necesitaban comunicarse entre ellos para actuar con perfecta coordinación. Incluso los caballos se comportaban de acuerdo al sistema: una vez enganchados a los carromatos ponían todo su empeño en tirar de ellos, arrastrando sin quejas sus pesadas cargas (probablemente se hacían los neuróticos sólo cuando estaban desocupados; el chico conocía gente así: Orantos, por ejemplo).

La caravana avanzó sin tropiezos durante casi una semana, parando solamente al mediodía y a la noche. Por el camino los errantes se turnaban para cantar en grupos de veinte o más; sus voces eran agradables, y con sus tonadas acompañaban bien el ritmo de los equinos y los pasos de los humanos. Quienes no iban sobre los carromatos o a pie junto a la caravana montaban los caballos de silla. El chico se percató enseguida de que estos últimos ocupaban posiciones estratégicas de defensa y de que sus jinetes portaban armas listas para ser esgrimidas. Dorcai era uno de ellos, sobre un esbelto caballo zaino, y Tyanna era otra; la montura de la joven llamó la atención de Kaylon, porque era un ejemplar albino que parecía una estatua de mármol viviente.

Tanto Dorcai como Tyanna se habían mostrado distantes con el muchacho desde que contara su historia de terror. La joven lo evitaba en forma discreta pero invariable, mientras que Dorcai, ya fuera por alguna razón personal o porque se había puesto del lado de Tyanna, lo trataba con una frialdad rayana en la insolencia. Lo único que parecía evitar que le declarara la guerra abierta era Eles. El joven moreno había establecido cierta afinidad con el águila: de vez en cuando le acariciaba el pecho o la sostenía en sus fuertes brazos. La rapaz no se oponía a sus atenciones, más bien al contrario, y Kaylon fomentaba la relación dejándola en ocasiones al cuidado del errante, con la esperanza de cerrar por medio del ave la brecha que los separaba. Hasta el momento, sin embargo, dicha maniobra no había funcionado: cuanto mejor se llevaba Dorcai con Eles, peor era su trato hacia Kaylon, lo cual entristecía al chico porque el errante le simpatizaba. Él no era como Fael; aunque reservado y poco propenso a las demostraciones afectivas, concedía a los demás el respeto que merecían y profesaba una impecable lealtad hacia quienes consideraba sus amigos.

Con respecto a Tyanna, el chico ya no sabía qué pensar de ella. La joven se mantenía apartada de él, pero a veces lo miraba de lejos como si quisiera acercarse y algo se lo impidiera. ¿Acaso le tenía miedo? Y si así era, ¿por qué? Él no le había dado motivos para temerle... de los que él estuviera consciente, al menos.

Afortunadamente, Satis y Mic le hacían la vida más llevadera, éste por medio de su inquebrantable buen humor (aunque a menudo se pasaba de la raya y entonces no había quien lo aguantara), y aquél por medio de su carácter tranquilo y sociable.

El viaje culminó en la ladera de un volcán apagado, o más bien lo que restaba del mismo. Durante milenios los elementos habían ido gastando las paredes del cono, y sólo una medialuna de roca basáltica, tapizada de vegetación, era claramente reconocible. Dicha formación tenía una altura aproximada de cien metros y dos kilómetros de longitud; el terreno adyacente, al estar constituido por sedimentos, era tan fértil que sostenía una pequeña selva.

Al principio Kaylon sólo pudo apreciar la cara convexa de la medialuna, pero cuando llegaron al otro lado comprendió por qué habían acudido a ese lugar. En aquella ladera los errantes habían edificado unos refugios de piedra con capacidad suficiente para albergar a toda la caravana, caballos y carromatos incluidos. Semejaba una ciudad fantasma, aunque las construcciones no tenían apariencia de casas. Unos canales discurrían pendiente abajo a fin de proporcionar un buen drenaje; adicionalmente, la medialuna estaba orientada de tal manera que bloqueaba los vientos predominantes en la zona.

Los errantes se felicitaron por haber llegado a tiempo y acto seguido comenzaron a instalarse en los refugios. Éstos se hallaban limpios y repletos de heno y provisiones frescas. Mic le explicó al chico, mientras uno descargaba un carro y el otro desataba a los caballos, que la tribu tenía un arreglo con los habitantes de un pueblo cercano: ellos los abastecían y los errantes les pagaban con ciertos productos que obtenían en otras partes de su ruta. El pelirrojo le aseguró a Kaylon que esta clase de tratos eran comunes y que por lo general funcionaban bien.

—A los errantes se nos recibe con los brazos abiertos —declaró Mic—; no tenemos conflictos con los estáticos... salvo en contadas ocasiones.

El joven agregó lo de las "contadas ocasiones" cuando Tyanna pasó junto a ellos, poniendo mucho cuidado en bajar la voz. Kaylon no pudo dejar de notar este hecho, pero entendió que debía tratarse de un tema delicado y postergó sus preguntas. Estaba seguro, sin embargo, de que tenía relación con la actitud reciente de la muchacha.

El atardecer de ese día fue el más desagradable de toda la semana debido al aire sofocante. A la mañana siguiente el cielo apareció completamente oscuro, cargado de nubes negras de tormenta, y unos truenos largos y profundos como rugidos provocaron deslizamientos de polvo en la medialuna de basalto. Poco después cayeron las primeras gotas, gruesas y frías; se estrellaron contra el suelo con la fuerza ancestral del agua que es capaz de alterar la superficie del mundo.

Una vez abiertas las compuertas del firmamento, no hubo marcha atrás: la lluvia brotó sin pausa de las nubes por trece días completos, lavando las tierras altas y anegando las bajas. Mientras cepillaba a Nela y escuchaba el líquido tamborileo sobre el techo, Kaylon reflexionó sobre lo bueno que era poder anticipar el fenómeno; de lo contrario, más de un campesino se habría vuelto loco tratando de salvar sus cosechas.

Los caballos habían sido colocados en una serie de construcciones de mayor tamaño que las demás, que también servían como centros de entretenimiento para los errantes (es decir, aquellos capaces de soportar el olor a estiércol). Allí donde estaba Nela había un espacio donde en ese momento varios jóvenes practicaban el tiro al blanco contra unos fardos. Los objetivos del ejercicio eran unos cuadrados de tela, pintados en verde y blanco, y para no destrozarlos demasiado pronto se usaban flechas de punta ahusada.

Era el sexto día de lluvia y Kaylon ya era presa del aburrimiento. Fue por esto que se sintió atraído de inmediato por las exclamaciones y vítores que procedían de aquel rincón de la estancia; el cepillo fue a parar inadvertidamente al suelo, y unos minutos después el chico cargó a Eles en su brazo y se dirigió hacia la fuente de la algarabía.

Unas dos docenas de errantes se apiñaban alrededor de los fardos de paja, a una prudente distancia de los competidores y sus blancos. Cada vez que uno daba en la diana los espectadores gritaban, y si el tirador fallaba le gritaban con distinta entonación. En conjunto, el juego parecía tremendamente divertido.

Dorcai, Tyanna y Mic eran tres de los participantes; Satis formaba parte de la concurrencia, pues no podía disparar y comer al mismo tiempo. En ese instante, sin embargo, era el turno de Romus, cuyos tres tiros dieron justo en el centro del objetivo. Los errantes aplaudieron con entusiasmo.

Mic divisó al muchacho y le hizo señas de que se aproximara. Kaylon se abrió paso entre los espectadores, depositó a Eles sobre un corral de troncos y se sentó junto al pelirrojo en una enorme piedra con parches musgosos (aunque todo comenzaba a ponerse musgoso debido a la humedad).

Se escuchó un fuerte "¡zing!" seguido por una ovación. Romus había dado por cuarta vez en el blanco, y después de alzar los brazos y poner cara de "¿soy bueno o qué?" (más en broma que en serio), se retiró para que otro tomara su lugar. Mic le hizo un guiño a Kaylon y desfiló hacia el sitio que acababa de dejar libre su tío. Una vez allí sacó seis flechas del montón, les alisó las plumas, contó los pasos hacia el objetivo, se echó el cabello hacia atrás, dejó el arco y las flechas en el suelo para ajustar las cintas de su bota, volvió a acomodarse el pelo (esta vez con un peine que sacó de su bolsillo), y aparentemente iba a calcular de nuevo la distancia cuando alguien le dio de lleno en la parte de atrás del cráneo con una pera a medio devorar. Los errantes estallaron en carcajadas; Mic se dio vuelta y miró acusadoramente a su primo, quien se hizo el distraído y escondió detrás de su espalda el resto de las frutas.

—¡Adelante, no tenemos todo el día! —gritó alguien con buen humor.

Mic disparó el primer tiro, que fue a dar justo en el borde del cuadrado de tela. Los errantes abuchearon. La segunda flecha también dio lejos del centro, lo cual provocó otra andanada de abucheos. El pelirrojo le hizo un nuevo guiño a Kaylon y lanzó una mirada de desdén a sus detractores antes de disparar por tercera vez. Esta flecha tampoco dio en el centro pero las burlas duraron poco, y tras los últimos tres disparos, seguidos al principio por un expectante silencio, la multitud explotó en una exclamación colectiva de júbilo: las seis flechas formaban un perfecto triángulo equilátero. Mic parodió el gesto de Romus, el cual se cruzó de brazos y soltó un bufido... aunque a Kaylon le dio la impresión de que disimulaba una sonrisa.

—Gracias, gracias —dijo el joven errante. Satis le tiró una segunda fruta, pero su primo la atajó y le dio un mordisco antes de volver a su lugar en la piedra musgosa. Kaylon lo felicitó. Segundos después, su mirada se desvió hacia el campo de juego cuando Dorcai arrancó las flechas de la paja y se afirmó para disparar.

Lo que ocurrió a continuación fue tan rápido que el chico casi se lo perdió en un parpadeo. Dorcai había puesto cuatro flechas en su aljaba y las disparó una tras otra sin detenerse a apuntar. Ninguna de ellas dio exactamente en el centro, pero sí muy cerca para tratarse de tiros tan veloces. Fue por ello que la ovación se demoró: todos necesitaron unos segundos para tomar conciencia de la hazaña.

El errante moreno parecía satisfecho con su desempeño, pero un largo "¡buuu!" trastornó su semblante. Frunciendo el entrecejo, se volvió hacia Mic.

—¿Acaso crees poder superar eso? —le preguntó Dorcai al pelirrojo.

—No pensaba decir eso —respondió Mic, y su interlocutor empezó a darse vuelta—, pero sí diré esto: ¡caramba, Dorqui, qué vergüenza! Podría meter un puño entre esas flechas. Incluso este chico lo haría mejor.

Tanto Dorcai como Kaylon lo miraron asombrados. Los presentes contuvieron la respiración.

—¿Me estás tomando el pelo? —preguntó el errante moreno.

—Para nada, Dorqui; lo que digo lo mantengo.

—Oye... —empezó a decir Kaylon, pero Mic le dio una palmada en la espalda que lo hizo caer de la piedra.

—Adelante, Kay, muéstrale lo bueno que eres.

Dorcai dejó escapar un resoplido de incredulidad y le lanzó el arco al chico con un movimiento brusco. Kaylon lo atrapó al vuelo antes de poder rehusarse, pero sí le pasó por la mente que su chistoso amigo acababa de ganarse un puntapié en las posaderas por meterlo en semejante lío.

Se dio cuenta entonces de que todos los presentes tenían sus ojos puestos en él. La expresión de Dorcai era desafiante y la de Mic reflejaba confianza; el resto lo miraba con curiosidad, pues sólo el pelirrojo lo había visto disparar.

Al tiempo que se colgaba las flechas a la espalda y se dirigía a la posición de tiro, comprendió que ese acto tenía más implicaciones que las de un simple juego. Había muchos errantes observando, y sobre todo el Padre de la tribu. Era la oportunidad de demostrar su potencial. Sin embargo... sin embargo, Dorcai y Tyanna también estaban allí, y Kaylon no tenía forma de saber cómo se lo tomarían ellos.

Se plantó frente al objetivo. Las saetas y el arco diferían un poco de los suyos, pero era un tiro fácil. Pan comido, en realidad. Tal vez no pudiera superar al errante moreno, pero no dudaba en poder igualarlo.

Miró a su alrededor. Los presentes aguardaban. ¿Debía hacer su mejor esfuerzo o fallar un poco para que Dorcai no se ofendiera?

Su mirada llegó hasta Eles y los demás espectadores quedaron emborronados en una bruma plateada. La expresión del águila era tan clara como el agua que se derramaba sobre el techo de piedra, con un mensaje simple pero definitivo: "Sé tú mismo."

(Continuará...)

Gissel Escudero

No hay comentarios.:

Publicar un comentario