29 de febrero de 2012

La canción del águila (46B)

Al muchacho se le cortó la respiración. Odiaba estar en lo correcto cuando de cosas malas se trataba, pero como había dicho Orantos, él era listo y asimilaba con rapidez sus lecciones. Y ésta era una que había aprendido muy bien.

—Suelen vivir en cuevas o bosques —le había informado el inventor—, en grupos muy numerosos. Duermen durante el día y salen de noche a buscar su alimento. Puedes saber dónde están mucho antes de verlos, porque debido a lo que comen, sus excrementos tienen un olor muy fuerte.

Luego le había mostrado un dibujo hecho por él mismo.

—Si alguna vez llegas a toparte con uno de éstos, aléjate lo más rápido que puedas, puesto que nunca están solos y pueden destrozar a un humano en pocos minutos.

Teniendo en cuenta las palabras de Orantos, Kaylon dejó a Gorgat atrás y se asomó al lugar iluminado que remataba el túnel. Y los vio.

No eran unos pocos cientos, como había esperado, sino miles de ellos. De color pardo mate, se apretujaban en los huecos de la pared, aletargados por la hora temprana y la lluvia que se colaba a través de los hoyos en la bóveda. No obstante, debido a que las nubes ocultaban el sol, algunos se desperezaban lentamente, indecisos. Aunque estaban a unos cien metros por encima de su cabeza, el muchacho calculó que debían ser más grandes que las gaviotas.

Nada de murciélagos, oh no. Ni siquiera de los que chupaban la sangre, lo cual ya hubiera sido bastante malo. Eran uxoles.

Orantos los definía como aberraciones de la naturaleza, bichos horribles de apetito hipertrofiado. En las escasas regiones donde prosperaban, todas las mañanas se encontraban los esqueletos pelados de sus víctimas. Según el dibujo del inventor, parecían felinos muy peludos, aunque más flexibles, con membranas que unían sus miembros anteriores y posteriores. Las membranas no les permitían volar pero sí planear de un lugar a otro... o dejarse caer sobre sus presas como búhos. Nada se les escapaba.

¿Sería por eso que el guardián de la montaña los dejaba permanecer ahí, sin perturbarlos? ¿Porque eran un medio eficaz para deshacerse de los invasores?

Más allá de la estancia el túnel continuaba... aparentemente. Era difícil afirmarlo en la penumbra. Pero para llegar hasta ahí tendrían que pasar bajo los uxoles, y Kaylon sabía que, de día o no y con lluvia o sin ella, al más mínimo ruido los voraces animales atacarían. Cualquier cosa, de hecho, podría llamar su atención.

Gorgat miró al chico con cara de espanto. Kaylon le palmeó el cuello y volvió a contemplar los uxoles. Eran tantos... El chico tragó saliva y apretó los puños, tratando de dilucidar qué sería mejor: ¿ir por el perímetro de la cueva, camuflándose con la piedra, o cruzar en línea recta, que era la ruta más corta? ¿Caminar despacio o correr?

Al final resolvió que irían por el borde, deprisa pero sigilosamente. Dado que no era su momento de mayor actividad, quizá los uxoles no se fijaran en ellos.

Kaylon aseguró las correas del arnés, cubrió a Eles en parte con su capa y agarró a Gorgat por una de sus espinas. El cuadrúpedo, a regañadientes, se dejó llevar.

Pisando con extremo cuidado, se internaron en el refugio de los carnívoros.

No tardaron en quedar ensopados. El agua de lluvia se deslizaba como una cortina por los muros de la cueva y luego sobre sus visitantes, estancándose finalmente en el centro de aquel recinto; como hacía ya un buen rato desde el comienzo de la tormenta, se había formado un charco bastante profundo en el que flotaba toda clase de inmundicias. Kaylon, empero, tenía la mirada puesta en los uxoles y en el suelo delante de él. Unos ojillos verdosos relucían esporádicamente en la multitud, pero como los uxoles permanecieran quietos, el muchacho supuso que él y sus compañeros, de tan sucios, se confundían bien con el suelo.

Iban por la mitad del trayecto cuando un rayo impactó en la cumbre de la montaña. Unos cuantos pedruscos se precipitaron sobre el estanque central; las paredes de la cueva vibraron, despertando a sus ocupantes, y Kaylon, a quien sobresaltó el golpe eléctrico, dio un paso en falso y se torció el tobillo. Incapaz de hallar un asidero, perdió el equilibrio y aterrizó a orillas del gran charco.

En grupos de veinte a treinta, los uxoles se precipitaron desde sus refugios. El hueco en la montaña se llenó de siluetas flotantes que, en absoluto silencio y guiándose por el oído, intentaban localizar a la ruidosa criatura que había interrumpido su descanso. El olor de la carne fresca estimulaba su agresividad.

Llevado por un acceso de terror, Gorgat partió al galope. Los uxoles lo descubrieron a él también y volaron a su encuentro.

Kaylon se levantó y corrió a su vez tras la bestia púrpura, pero antes de que alcanzaran el túnel, los uxoles se lanzaron en picado sobre ellos y empezaron a morderlos con sus largos colmillos de gato, buscando la piel expuesta. Varios se les engancharon en el pelo y permanecieron ahí, escarbando con sus garras hasta encontrar un sitio donde pudieran arrancar un sangriento bocado. Gorgat se los quitó de encima a dentelladas, pero por cada uno que mataba, tres tomaban su lugar. A Kaylon lo mordieron en los brazos y el cuero cabelludo mientras Eles giraba la cabeza de un lado a otro, dando picotazos y gritando para confundirlos. La voz del águila era demasiado potente para los delicados oídos de los uxoles, pero aun así no desistieron de su ataque. En medio de la confusión, ni Kaylon ni Gorgat disminuyeron la velocidad, intuyendo que si tropezaban, aquellos engendros no les permitirían volver a levantarse. Los cuerpos de los uxoles reducían la visibilidad a un par de metros como máximo; los fugitivos se mantuvieron, sin embargo, firmes en su rumbo hacia el túnel, Gorgat gimiendo a causa del dolor y Kaylon imaginándose de nuevo rodeado por las langostas, creyendo que de un momento a otro los mercenarios regresarían del mundo de los muertos a terminar su obra. Era una tontería, sin duda, pero desde los primeros mordiscos había dejado de pensar de manera coherente.

El muchacho y la criatura púrpura salieron al mismo tiempo de la cueva. Los uxoles que seguían en el aire planearon en pos de ambos, organizándose en una rápida columna horizontal; una vez escogida su presa, no se detenían hasta derribarla. Otro rayo estalló en la cumbre de la montaña, haciendo saltar chispas y retumbando hacia las raíces mismas de la piedra. El agua cargada de minerales transmitió su increíble energía; Kaylon y Gorgat sintieron un cosquilleo en los pies mojados, aunque en su afán por escapar de los uxoles ni siquiera lo notaron.

El túnel desembocó en un recinto mucho más extenso que el anterior. Allí el suelo no era liso sino irregular, con desniveles de hasta dos metros. Gorgat brincó por encima de ellos con la agilidad que lo caracterizaba; Kaylon trató de imitarlo, pero no se impulsó bastante en uno de los saltos y rodó aparatosamente, a veces aplastando al águila bajo su torso, hasta que una oquedad lo retuvo. Los uxoles se abalanzaron sobre él, dispuestos a devorarlo...

... pero el guardián había despertado, furioso al comprobar que los intrusos continuaban en su territorio. Fue como si cada partícula que componía la montaña expresara su enojo con un rugido, produciendo en conjunto tal estruendo que debió escucharlo hasta el primer centinela apostado allá en la neblina. Kaylon se protegió del sonido con los antebrazos, que no llegaron a amortiguarlo; los uxoles decidieron que ya no tenían hambre y treparon en caótica retirada hacia el exterior, prefiriendo el viento y la lluvia a enfrentar la ira de aquel ser que tanto los atemorizaba.

La montaña empezó a derrumbarse por tercera vez, pero ahora sin esperanzas de tregua o misericordia. Anchas y profundas grietas aparecieron en el suelo y las paredes, como negros relámpagos, dividiendo la roca en pedazos libres de moverse por su cuenta. No había forma de mantenerse en pie en medio de semejante vaivén, por lo que el muchacho se levantó y volvió a deslizarse sin posibilidad de frenar. Cayó sobre un peñasco que iba justo en ascenso y después sobre otro más grande que se bamboleaba de aquí para allá como un péndulo invertido. El chico sólo atinó a pensar que había llegado su hora, que todo estaba por acabar, pero su cuerpo no dejó de reaccionar y continuó tratando de aferrarse a la vida. Aunque Gorgat no se veía por ninguna parte, Kaylon lo oyó gruñir en algún punto cercano.

Llevado por los bamboleos de la montaña, en uno de los tumbos el chico sintió dos cosas: primera, un dolor intenso en el costado al rompérsele unas costillas, y segunda, el chillido de Eles cuando el ave se desprendió del arnés y la inercia lo apartó de él.

—¡Eles! —gritó Kaylon. Ya casi había renunciado a luchar, pero al ver al águila indefensa, su voluntad regresó a él de inmediato. Rodando sobre sí mismo para evitar que un pedrusco lo machacara como trigo en un molino, se puso primero a gatas y luego saltó para alcanzar al animal, quien se dirigía irremisiblemente hacia un precipicio recién formado. Consiguió agarrarlo por el ala en el último momento... antes de precipitarse él mismo por la grieta. Eles se le prendió a la espalda con sus garras y pico, permitiéndole sujetarse con ambas manos del borde del precipicio. La montaña no dejaba de sacudirse; los dedos del chico empezaron a fallarle. No había un punto de apoyo bajo sus pies, que se agitaban sobre la nada.

Invadido por una sensación de abandono, Kaylon se preparó para morir.

Un dolor aún más intenso que el de sus costillas lo devolvió a la realidad. Era Gorgat, cuya boca se había cerrado sobre su muñeca izquierda y tiraba de él, hundiéndole los dientes hasta el hueso. El animal estaba anclado a la piedra con sus uñas y parecía determinado a no soltarlo, aunque tuviera que dejarlo sin brazo. Kaylon se afianzó mejor con la mano derecha y pugnó por elevarse, prácticamente al límite de sus fuerzas. Un par de truenos quedaron sofocados debido al desmoronamiento: el guardián de la montaña no había cejado en su empeño por deshacerse de los invasores.

Viéndolo todo de repente con curiosa lentitud, una verdad crucial se abrió paso por sí misma en el cerebro del muchacho. Mientras la lluvia y el derrumbe hacían de las suyas, mientras Gorgat y él peleaban por vencer la fuerza de gravedad, Kaylon entendió que el guardián no pretendía destruirlos a los tres. Era él quien provocaba su rechazo; él solo, por ser humano. Eles y Gorgat no le importaban.

El cuadrúpedo asomaba cada vez más sobre el precipicio; detrás de él iba dejando las muescas producidas por las uñas de sus patas traseras, ocho hendiduras pálidas y zigzagueantes. En cuestión de segundos caerían todos al vacío.

Kaylon dejó de sostenerse con su diestra y tanteó en cambio hasta encontrar a Eles; una vez que lo tuvo bien apresado por el muñón, lo desprendió de un tirón de su espalda y se lo arrojó a la bestia púrpura, donde el ave quedó enganchada en pelo y espinas.

—Llévatelo —le dijo el chico a Gorgat con voz enronquecida—. Saca a Eles de aquí. Váyanse. Es una orden.

El animal apenas captó las palabras, pero el gesto del muchacho era claro y conciso. La sangre fluía entre los dientes de la criatura, rojo contra blanco, derramándose sobre el rostro de Kaylon; los huesos jóvenes pero frágiles no tardarían en astillarse bajo la presión, aunque antes de eso ya habrían caído los tres por el precipicio. Gorgat, sin embargo, no obedeció, sino que continuó tirando infructuosamente del muchacho al tiempo que sus uñas perdían terreno a causa del movimiento del suelo.

—¡Vete! —gritó Kaylon, y golpeó a Gorgat en el hocico. ¿Por qué el animal no lo soltaba? Casi la mitad de su cuerpo colgaba ya sobre el abismo; un poco más y no habría manera de impedir el desastre.

Entonces Gorgat volvió a tirar y en esta ocasión sí dio resultado. Centímetro a centímetro, Kaylon percibió que subían y de nuevo empleó su mano derecha para sujetarse. Finalmente consiguió elevar una pierna por encima del borde y, sin poder creerlo todavía, al instante siguiente estaba a salvo. Gorgat aflojó las mandíbulas; temblando, el chico recogió el brazo herido contra su pecho, con lágrimas en los ojos y resollando a causa del alivio, la fatiga y el polvo.

Tardó medio minuto en darse cuenta de que la montaña había dejado de sacudirse y un poco más en descubrir que lo observaban. Cuando levantó la mirada se encontró frente a frente con una cara muy peculiar, y a diferencia de lo ocurrido en las cavernas, con Orantos, no se trataba de una alucinación.

Al principio sólo vio dos círculos amarillos englobando unas pupilas ovaladas, pero luego se definieron mejor, sin perder su transparencia, los rasgos de aquella criatura. Los rasgos del guardián.

Era un ave o algo muy similar. Tenía un pico alargado, cubierto de escamas y con dientecillos de reptil, pero no se trataba de un reptil porque su cabeza estaba coronada por un copete de plumas anaranjadas y desparejas. También se distinguían plumas en el esbozo de su cuello.

¿De dónde había surgido aquel ser primitivo que existía en fusión con la montaña? ¿Desde el inicio quizá de alguna era remota? Imposible saberlo. Su mirada era vacua, como la de las palomas o las lagartijas, pero había en ella un pequeño brillo que denotaba cierta capacidad de pensamiento.

El guardián había visto al humano intentar sacrificarse por sus compañeros, y ese acto de generosidad lo había conmovido hasta donde se lo permitía su estrecha mentalidad. Ahora contemplaba al trío de visitantes sin tener idea de qué hacer con ellos; en unos minutos probablemente olvidaría el motivo por el que había cesado su ataque y entraría en cólera una vez más. Por el momento, sin embargo, permanecía quieto, y el agua circulaba con suavidad por la piedra silenciosa.

El muchacho se estremeció. La imagen de la cabeza del guardián, de ese ser que había sobrevivido a su época como los fósiles marinos en la planicie desértica, no tenía nada de agradable o tranquilizadora. Aunque fuera pariente de Eles, la distancia entre ellos era demasiado grande; no había elementos en común ni señales de reconocimiento.

Los ojos amarillos parpadearon y el pico escamoso se abrió y volvió a cerrar mostrando una lengua que terminaba en punta.

Kaylon decidió que no podían demorarse más; junto a Gorgat y Eles, marchó en busca de la salida.

Poco a poco la lluvia dejó de arreciar, y luego de soltar una última llovizna, las nubes se disiparon. Al despejarse el cielo, los rayos oblicuos del sol mostraron a los peregrinos el camino hacia el este y el final del túnel.

Trastabillando, se dirigieron hacia allá.

(Continuará...)

Gissel Escudero

La canción del águila (46A)

A medida que progresaba la noche, las nubes empezaron a juntarse en el cielo tal que, hacia el amanecer, la cantidad de luz que penetraba en el interior de la montaña no varió demasiado. Kaylon, sin embargo, se despertó mucho antes a causa de los picotazos de Eles y los empujones de Gorgat. El águila se detuvo cuando el chico abrió los ojos, pero la criatura púrpura continuó clavándole el hocico en la espalda con la intención de obligarlo a incorporarse. Kaylon se sentó restregándose la cara. Había dormido muy poco, pero no recriminó a los dos animales por interrumpir su descanso; en vez de eso, dio a cada uno un poco de carne y agua y puso al ave en el arnés.

Eles y Gorgat tenían razón: cuanto antes salieran de las entrañas de aquel monstruo de piedra, mejor.

El viento seguía ululando a lo largo de los numerosos túneles que, como trayectos de lombriz de tierra, se unían y separaban y volvían a unirse de la manera más desordenada posible. Olía a roca alcalina, a metal y ligeramente a ozono. Esto último y un trueno lejano le anunciaron al muchacho que se estaba preparando una buena tormenta.

Rum... Rum... Rum...

El segundo guardián roncaba suavemente. Kaylon abrigó la esperanza de burlarlo, pero muy en el fondo, considerando que toda su vida no había sido más que una serie de reveses, estaba convencido de que no escaparía de este nuevo contratiempo.

Al rato, no obstante, su mente empezó a divagar. Las circunstancias no eran tan similares, pero mientras caminaba por aquel pasaje que discurría hacia el este, el muchacho no pudo menos que recordar su paseo a las cavernas.

—Ven —le había dicho Orantos ese día, unos tres años atrás—, hoy aprenderemos un poco sobre lo que me gusta denominar "ciencia del subsuelo".

—¿Ciencia del qué? —había preguntado él.

El inventor le hizo un guiño a modo de respuesta, pero luego explicó que acababa de encontrar una mina abandonada y que pensaba explorarla, para lo cual necesitaría algo de ayuda. A Kaylon no le había hecho mucha gracia la idea, aunque una vez dentro de la mina, la novedad del asunto captó su interés.

Orantos y él avanzaron siguiendo las vías dejadas por los mineros, haciendo conjeturas sobre las razones por las que ya nadie trabajaba ahí y por qué habían dejado tantas herramientas para que se oxidaran. Algo malo debía haber ocurrido: picos y palas yacían descuidadamente en el suelo o contra las paredes, y las excavaciones eran demasiado superficiales como para decretar que en la mina no había nada de valor. Más aún, en algunos carros destellaban unas esquirlas que parecían de platino.

Un par de horas más tarde, descubrieron la abertura que conducía a las cavernas y se quedaron mudos de asombro ante su belleza: pálidas estalactitas y estalagmitas que se extendían unas hacia otras como queriendo tocarse; pequeños estanques de agua mineral sobre los que caían gotas de condensación; columnas fosforescentes esculpidas en formas caprichosas, cubiertas en parte por una sustancia mohosa con aspecto de escarcha.

No había mucha evidencia, salvo en los primeros metros, de que otros humanos hubieran visitado semejante maravilla. Esto no le importó al inventor, quien con un gritito de entusiasmo se adentró en las cavernas; llevado por su espíritu de estudioso, no hubo estructura sobre la cual no efectuara un comentario o dos acerca de su apariencia, composición u origen. Kaylon apenas lo escuchó. A él le bastaba con observar la variedad de formas y colores a su alrededor, fascinado por su exquisita complejidad.

Entonces ambos empezaron a sentirse mareados... y a ver cosas peculiares: pilares moviéndose, gotas flotando hacia arriba desde los estanques, siluetas fantasmagóricas desfilando ante sus ojos...

¡Vaya que los había invadido el pánico! Cinco minutos después estaban fuera de la mina, mirándose espantados entre sí y al lugar de donde habían salido, comprendiendo el motivo de su abandono.

Kaylon le había dicho a Orantos que no quería volver a hablar de eso, pero el inventor, incapaz de dejar un cabo suelto, le propuso al cabo de una semana que compararan sus impresiones.

Los detalles no coincidían. Al hombre se le iluminó el rostro y esa misma tarde regresó a las cavernas; a la noche ya tenía la respuesta, bien guardada en un frasco de vidrio con tapa hermética. El contenido de dicho frasco era la sustancia mohosa que crecía sobre las húmedas y resbaladizas columnas.

—Debí imaginarlo —dijo Orantos con tono de satisfacción—. Estoy seguro de que este hongo despide un alucinógeno. Es por eso que tú y yo no vimos exactamente lo mismo.

—Ah. ¿Y qué vas a hacer con el hongo? —le preguntó el chico.

—Estudiarlo, por supuesto. Quizás pueda encontrarle alguna utilidad a sus propiedades...

Sintiendo un ramalazo de nostalgia ante estos recuerdos, el muchacho reflexionó que Orantos jamás le había comunicado el resultado de sus experimentos. Se quedaría, pues, sin saber si aquel estúpido hongo servía o no para algo.

El bueno de Orantos... Había sido casi como un padre para él, y lamentaba no habérselo dicho antes de partir.

Por centésima vez, los tres viajeros llegaron a una encrucijada. En esta ocasión, no obstante, tardaron mucho en escoger una alternativa, aunque a primera vista la elección fuera obvia. El camino a la derecha era amplio y llano, estaba bien ventilado y presentaba una suave inclinación hacia arriba; el camino a la izquierda, por el contrario, era como la boca de una madriguera: descendía hacia una espesa oscuridad y el aire que salía de ahí tenía un dejo amoniacal sospechoso. Aun así, Kaylon se aproximó a la entrada de este segundo pasaje y lo examinó con cuidado, porque le dio la impresión de que no estaba tan bien vigilado como el resto de la montaña. Tal vez su guardián inmaterial hubiera olvidado, simplemente, la existencia del mismo.

El camino a la izquierda, entonces, era menos cómodo pero más seguro, y el chico se hubiera decidido por él de inmediato... de no haber sido por el olor que salía de sus profundidades. Ese olor no le gustaba en absoluto, porque tenía una vaga idea de lo que podía representar.

El muchacho miró a Gorgat, quien lo esperaba a su derecha. Sus ojos violeta mostraban una expresión de "no vas a entrar ahí, ¿verdad?", por lo que Kaylon avanzó hacia él y le habló en voz baja.

—Tranquilo, estoy de acuerdo contigo. Será mejor que vayamos por aquí, a no ser que...

Pero no terminó el pensamiento, sino que llamó al animal y juntos tomaron el sendero menos escabroso.

Mientras tanto, las nubes continuaron espesándose y el ronquido del guardián se convirtió en un susurro especulativo.

¿Arruuuummm...? ¿Araaaaaaa...? ¿Adeeeeeee...?

El chico desconocía el idioma de aquella presencia, pero posiblemente estaba diciendo: "¿Quién anda ahí? ¿Quién eres?"

Y por debajo de eso había otro sonido, como el siseo de una víbora cuando un extraño entra en su morada; en cierta manera, una respuesta a las preguntas anteriores.

Aaaaaahssssaaahhh... Eeeesssshhhh...

Kaylon empezó a sentirse muy inquieto. El guardián lo había descubierto, sabía que su amenaza no había dado resultado y que el chico se encontraba ahora en el corazón de sus dominios. Y se estaba refiriendo a él como...

Intruso... Intruso... Intruso...

Gorgat también estaba al tanto de lo que ocurría: caminaba con la cabeza baja y el corto rabo aplastado entre las ancas. Eles no dejaba de removerse en el arnés.

El muchacho trató de guiarse por las paredes del túnel, pero tuvo que desistir porque no soportaba el tacto de la piedra. Una poderosa corriente de vida fluía a través del material inerte, una esencia antigua y terrible. Era algo muy distinto al primer guardián, tal vez lo opuesto, y aunque carecía de maldad, su poca inteligencia lo hacía mucho más peligroso. Kaylon percibía que esa cosa estaba pendiente de él, que su concentración aumentaba por momentos y que muy pronto intentaría aniquilarlo sin comprender (o sin que le importara) la inocuidad de sus intenciones.

La montaña ya no dormía, y poco a poco iba reuniendo todas sus fuerzas para desencadenarlas sobre el muchacho y sus acompañantes.

Al mismo tiempo que la lluvia comenzó a precipitarse desde los negros nubarrones, en cada sección de la inmensa piedra se inició un temblor. Las ondas de movimiento se propagaron como los impulsos de un corazón y convergieron, exacerbándose mutuamente, en un único punto: su objetivo. Gorgat se aferró con sus uñas; el muchacho, en cambio, resbaló a causa del agua que escurría por el túnel y se deslizó unos metros pendiente abajo antes de poder sujetarse. Eles chilló cuando se desprendieron fragmentos del techo, que los golpearon y cubrieron cual tierra de sepultura. Kaylon tomó al águila en sus brazos, se arrastró hacia Gorgat y cerró los ojos en espera del fin. Los truenos acompañaron el desmoronamiento y los relámpagos brillaron, a través de las grietas, sobre el polvo y las gotas que se mezclaban en barro al entrechocar. Luego todo volvió a quedar en calma.

Kaylon se enderezó, magullado y confundido. ¿Por qué el guardián no los había matado? Entonces miró hacia adelante y entendió: el camino estaba bloqueado. Las sacudidas de la montaña habían anulado el túnel, perdonándolos por muy poco.

Alrededor de ellos, omnipresente, el guardián esperaba.

Fue mi última advertencia. La próxima vez...

El chico interpretó este mensaje inarticulado en el rumor del agua que aún bajaba por las paredes, los ecos del viento en los túneles y bajo sus propios pies. Su rostro se puso muy serio. Irguiéndose resueltamente, Kaylon gritó:

—¡Está bien, tú ganas! ¡Ya nos vamos! ¿Estás conforme?

La montaña quedó en silencio salvo por el ruido de la lluvia. Kaylon lo tomó como un gesto de asentimiento y, procurando evidenciar al máximo su retirada, levantó a Eles y ayudó a Gorgat a liberar sus patas del montón de rocas que lo aprisionaban. Con aire malhumorado, desanduvo sus pasos dejando que el cuadrúpedo lo precediera, al tiempo que la montaña, creyendo haber disuadido a sus visitantes indeseados, se dormía nuevamente.

Rum... Rum... Rum... Rum...

Kaylon aminoró la marcha, presa de la ansiedad. Habían vuelto a la bifurcación.

—¡Pst! ¡Gorgat, ven acá!

El animal, que había seguido de largo, se volteó, y Kaylon le hizo señas de que se acercara; estaba sobre el túnel rechazado, el de la izquierda.

—Vamos.

Gorgat reculó, gruñendo.

—Lo sé, pero no nos queda otra. Andando.

Demostrando su renuencia, Gorgat se colocó junto al chico y se sumergió con él y la rapaz en la negrura total. El túnel se inclinaba hacia abajo, efectivamente, y como la lluvia siguiera cayendo con molesta persistencia, al poco rato estaban chapoteando en un palmo de líquido fétido.

El olor a amoníaco no hacía más que empeorar; una capa orgánica blanda y putrefacta tapizaba las superficies y la atmósfera del túnel estaba saturada de humedad. Resumiendo, era un ambiente muy poco saludable, pero a Kaylon le preocupaba menos eso que la posibilidad de confirmar sus temores. Gorgat también debía tener una noción de lo que podía haber allí, porque iba pegado al muchacho como un perrito temeroso.

El nivel del agua continuaba aumentando así como la pestilencia; tosiendo, Kaylon se ató un pañuelo sobre la congestionada nariz. Lo bueno era que la montaña parecía haberse desentendido de ellos. ¿Conseguirían engañar al guardián lo suficiente para llegar al otro lado? Ya se vería... Por si acaso, el muchacho cruzó los dedos de ambas manos.

La oscuridad era a estas alturas tan completa que las pupilas de Gorgat ya no resplandecían. El cuadrúpedo, sin embargo, se conducía sin mayores inconvenientes, y Kaylon agradeció para sus adentros el roce reconfortante del flanco del animal contra su pierna; le daba mayor confianza que la pared del túnel, aunque fuera ésta más sólida y constante.

El agua le llegaba ahora a las pantorrillas. Sin poder evitarlo, su mente se llenó de imágenes de pantanos, algas verdosas y... sanguijuelas. Pero era imposible que las hubiera ahí, ¿verdad?

El tufo amoniacal le recordó que existían cosas peores.

Un poco alarmado, se preguntó si en algún momento tendría que nadar a ciegas, pero entonces la pendiente invirtió su dirección. El chico y la bestia púrpura comenzaron a ascender contra la corriente, tanteando muy bien antes de apoyar los pies. La tormenta proseguía, implacable, derramando su contenido sobre la montaña con el aparente propósito de inundar su interior.

Poco a poco se hizo visible una luz al final del estrecho pasaje. Desde allí provenía una brisa un poco más fresca... y un sonido de cuerpos en movimiento claramente perceptible a pesar de la lluvia y los truenos.

Ay, no...

(Continuará...)

Gissel Escudero

28 de febrero de 2012

La canción del águila (45)

Con el resplandor lunar por único guía, descubrieron al fin un agujero en la montaña; un agujero que era, más bien, la entrada de un túnel que se ramificaba a poca distancia antes de esfumarse en la oscuridad.

—¿Será un callejón sin salida? —le preguntó Kaylon a Gorgat. La bestia olfateó la boca del túnel... y se echó hacia atrás gimiendo. Eles le picoteó la oreja al muchacho dándole a entender que tampoco quería entrar ahí.

El chico dejó a la rapaz sobre el piso, junto a Gorgat, y le habló con severidad.

—¿Y qué sugieres tú que hagamos? Yo no puedo volar, tú no puedes volar, y Gorgat definitivamente no podría volar ni aunque tuviera alas, porque pesa más que un cerdo. Diría que no tenemos muchas alternativas, ¿no crees? ¿Eles? ¿Gorgat?

El águila bajó la mirada; Gorgat arañó el suelo. Parecían dos niños pequeños que se hubieran portado mal y aceptaran de buen grado la reprimenda.

—Aquí afuera tampoco estamos a salvo. Algo... alguien... quien sea, nos ha ubicado ya; la montaña podría desplomarse sobre nosotros incluso si descendemos. Y no sé ustedes, pero yo me niego a volver. Antes preferiría morir.

Tanto Gorgat como Eles lo contemplaron con sendas expresiones de resignación.

—Bien. Me alegra haber dejado las cosas claras.

Poco después estaban dentro del túnel, iluminados por una antorcha que Kaylon había fabricado con grasa de roedor, una tira de su camisa y una rama verde procedente de unas matas cercanas a la entrada. El invento funcionó durante más de una hora, pese a que despedía una luz espectral y un tufo asqueroso.

Durante los primeros doscientos metros caminaron despacio y sin detenerse hasta que, tras unas pocas bifurcaciones, el chico resolvió poner marcas a fin de no extraviarse en caso de que necesitaran dar la vuelta. Empezó, pues, a rasguñar las paredes con su navaja, pero al cabo de un rato, cuando comprendió de qué iba el asunto, Gorgat propuso una mejor solución: señalizar con su propia orina igual que los animales en el bosque. Kaylon premió la iniciativa de la bestia púrpura con una sonrisa, unas palmadas y un trozo de carne seca.

La antorcha se apagó poco a poco. Kaylon no intentó avivarla; sus ojos se habían acostumbrado a la penumbra, en parte porque había hoyos en el techo por los que se colaba la claridad exterior y en parte porque las pupilas de Gorgat eran focos anaranjados que lo orientaban como luciérnagas cada vez que el animal tomaba la delantera.

Por encima y por debajo de ellos, la montaña respiraba igual que una fiera en su cubil.

Rum... Rum... Rum...

¿O era acaso el murmullo del aire (eso esperaba él) que circulaba de un lado a otro de la masa rocosa a través de aquella maraña de túneles?

El muchacho ordenó hacer un alto. Pese a su estado de alerta, los párpados se le cerraban solos y no tenía forma de saber cuánto tiempo más les llevaría la expedición. Mejor reposar ahora... mientras la montaña también dormía.

Kaylon se desembarazó del arnés, dejó a Eles a lomos de Gorgat y se recostó. El sueño se apoderó de él al instante, pero alcanzó a notar, a la vez que su conciencia se desconectaba de la realidad, que los dos animales permanecían despiertos, montando guardia.

(Continuará...)

Gissel Escudero

27 de febrero de 2012

La canción del águila (44)

Kaylon y sus dos compañeros se prepararon unos días antes de emprender la escalada, sobre todo porque necesitaban descansar y reponer fuerzas. Al pie de la montaña, donde la presencia del agua favorecía la vida, encontraron lo que les hacía falta, pues no sólo había plantas comestibles sino que también habitaban unos roedores similares a marmotas que les proporcionaron alimento. La carne de estos animales era un tanto almizclada pero tierna, y con sus pellejos el muchacho fabricó unas bolsas que podría atar a las espinas de Gorgat.

Mientras tanto, el chico inspeccionó la ladera de la montaña palmo a palmo en busca de la mejor ruta para subir. Después de mucho mirar, decidió intentar primero un camino que llevaba a una cornisa, la cual ascendía en pendiente hasta arriba. Claro que no tenía forma de saber si al llegar a la cumbre podría seguir avanzando, pero no había muchas opciones dado que ya no tenía los dos tramos de cuerda con los que había salido de la granja (y menos un equipo completo de alpinismo, como el que Orantos le había mostrado una vez).

Finalmente empezaron a trepar, el chico empleando las salientes y ramas que surgían de las grietas y la bestia púrpura sus garras. En algunos tramos resultaba posible caminar, pero en otros la pendiente era casi vertical y varias veces estuvieron a punto de despeñarse.

Sin embargo, en general estaban haciendo un buen tiempo; en una tarde cubrieron la parte más difícil, y a la noche, cuando se acomodaron para dormir, ya tenían a la vista la cornisa. La misma ofrecía un mejor aspecto desde allí que vista de abajo: era amplia y de superficie bastante regular. Si se mantenía así todo el trayecto, Kaylon estaba seguro de que al mediodía siguiente, a más tardar, habrían llegado a la cima.

Recostado sobre su espalda, con un brazo a modo de almohada por detrás de la cabeza, el muchacho se dedicó a observar el cielo. No reconocía ninguna de las constelaciones pero la luna creciente estaba ahí, tan normal como de costumbre.

—¿Dónde estamos, Eles? —inquirió, pero el águila no contestó su pregunta.

Poco antes del amanecer, el chico tuvo un sueño de lo más inquietante. Al comienzo pensó que se había despertado, pero entonces vio que la luna estaba llena y que su color era el mismo que el pico de Eles. Le dio la impresión de que el satélite lo vigilaba, de que todo el paisaje, en realidad, se cernía sobre él. De repente se sintió en peligro y miró a su alrededor intentando localizar el origen de la amenaza. Eles y Gorgat continuaban durmiendo, demasiado profundamente, quizás.

En la roca aparecieron círculos amarillos por todas partes, idénticos a la luna: ojos que se abrían en la piedra misma como si la montaña fuera un ser viviente. Ojos que le daban a entender que no era bienvenido. La montaña se sacudió, generando un sonido de trueno, y empezó a desmoronarse con la intención de sepultar a los tres invasores...

El muchacho se incorporó con un grito que apenas pudo suprimir. Se frotó los párpados; le costaba creer que no hubiera sido más que un sueño. Pero ya era de día, y Gorgat y Eles lo esperaban. Kaylon, no obstante, permaneció quieto unos minutos, pues le parecía escuchar, en el viento que acariciaba la ladera de la montaña, una voz que le hablaba.

Cuuuuiiiii... aaateeeee... eeguuunnnnn... ooogaaaa... aaarrrdiiiiaaannn...

Este murmullo se repitió cual estribillo de una canción, grave y sinuoso. Un mensaje enviado por alguien. ¿Amalaide? ¿El centinela del báculo? ¿O su propia percepción, tal vez, agudizada por el aislamiento que había soportado últimamente?

Uniendo las sílabas de la supuesta frase, el muchacho consiguió descifrar su contenido.

Cuídate del segundo guardián... Cuídate del segundo guardián...

—¿Tyanna? ¿Eres tú?

Pero el murmullo se había apagado y sólo persistía el roce del aire sobre la piedra, arrebatando a su paso diminutas partículas en una milenaria labor de desgaste.

—Debo estar volviéndome loco —masculló el chico, y preparó un frugal desayuno para él y los dos animales. Luego se desplazaron hacia la cornisa, Kaylon por delante, con Eles en el arnés, y Gorgat por detrás. El cuadrúpedo trepaba con la ligereza de una cabra, pero por la forma en que evitaba mirar hacia abajo, el muchacho adivinó que sufría de vértigo.

El chico acabó por admitir que, excepto por la monótona llanura al oeste, la vista era estupenda. Además, el aire olía a limpio y no pasaba de una brisa; una preocupación menos. En otras circunstancias habría disfrutado incluso del ejercicio... pero tenía un mal presagio.

Unos granitos de polvo le cayeron en la nariz. Miró hacia lo alto: nada.

Kaylon retrocedió un paso; se le habían erizado los pelillos de los antebrazos y la nuca.

—Atrás, Gorgat, atrás... —susurró. Como la bestia no se moviera al principio, la empujó con los talones.

El derrumbe comenzó sin previo aviso: enormes pedruscos que rodaron por la pared de la montaña y se estrellaron contra la cornisa, rompiéndola o rebotando sobre ella. Kaylon y Gorgat se acurrucaron bajo un saliente para no ser aplastados; el chico se cubrió la boca y la nariz con la manga de su camisa y la bestia escondió la cabeza tras las piernas del joven humano. La montaña vibraba con un ruido ensordecedor y los desprendimientos se sucedían en cascada, crujiendo, quebrando y pulverizando todo a su paso. Los desafortunados árboles que se encontraban al final de la caída quedaron reducidos a astillas.

Todo esto no duró más de medio minuto, pero a Kaylon se le antojó una eternidad. No se atrevió a salir del refugio hasta que la montaña volvió a quedar inmóvil y silenciosa, y entonces vio, consternado, que gran parte de la cornisa había desaparecido, dejando un hueco insalvable entre ambos segmentos.

El chico notó que Eles temblaba y que con sus garras le pellizcaba la espalda. El desmoronamiento debía haberlo tomado por sorpresa, lo cual era perfectamente comprensible; ¿acaso montes y montañas no habían sido para él, hasta antes de perder su ala, simples bultos en el suelo que podía sobrevolar sin esfuerzo? El muchacho así lo dedujo. O tal vez, pensó, ahora el ave sentía lo mismo que él: había algo en la montaña que no quería dejarlos pasar.

Cuídate del segundo guardián...

Desanimados y tosiendo, los tres viajeros regresaron al sitio donde habían pasado la noche. Estaban cubiertos de polvo y guijarros; Gorgat se rascó por todos lados, molesto por el escozor que estos elementos le producían.

—Eso fue deliberado —le dijo Kaylon al águila, refiriéndose al desmoronamiento.

El animal parecía confundido y aterrorizado, como si recién se hubiera percatado de que cruzar la montaña a pie no iba a ser tan sencillo. Era posible, entonces, que el águila ignorara la esencia de aquello a lo que se enfrentaban. Pero ¿qué podían hacer? ¿Quedarse allí, estando tan próximos a la meta? ¡De ninguna manera!

—Hallaremos otro camino —le dijo el chico a Eles en un tono que no admitía discusión.

La rapaz se encogió como si Kaylon hubiera hecho ademán de pegarle. El muchacho le acarició la frente sin sentir ni una pizca de lástima. Le molestaba un poco que el águila hubiera decidido acobardarse ahora, después de tantas dificultades.

—Bueno, chicos, andando —dijo Kaylon—. No es buena idea permanecer mucho tiempo en el mismo lugar: somos un blanco fácil.

Reanudaron juntos la exploración de la montaña, atentos a cualquier señal de otro desprendimiento. Kaylon examinó cada protuberancia, concavidad y resquebrajadura en la piedra. Tenía que haber una manera de llegar al otro lado.

Cuídate del segundo guardián...

—Ni que lo digas —susurró el muchacho, y continuó registrando la sólida pared.

En el occidente, el sol se zambulló tras la planicie desnuda.

(Continuará...)

Gissel Escudero

26 de febrero de 2012

La canción del águila (43)

Mientras caminaba, flotando casi en la niebla que muy pronto había enmudecido, los pensamientos de Kaylon volaron hacia los mercenarios. ¿Para qué habrían querido a Eles? ¿Para llegar al lugar donde él se encontraba, y a donde fuera que desembocaba el sendero? En tal caso, concluyó, se habrían llevado una desilusión, pues aunque hubieran obtenido al águila, aquel ser del báculo de oro no les habría permitido continuar. El chico estaba seguro de que sus ojos humanos podían leer las intenciones mejor que un libro abierto, y sin duda las intenciones de los mercenarios habían sido cualquier cosa menos buenas.

En fin, bien muertos que estaban. Ni valía la pena rememorarlos.

El camino terminó en un puente colgante todo pintado de blanco, tal que se fundía con la neblina y uno sólo podía adivinar que estaba ahí. Los tres viajeros empezaron a cruzarlo, despacio al principio y luego con mayor confianza porque, a pesar de que se balanceaba en forma notoria, era fuerte y ancho como una carretera. Su longitud era también considerable: tardaron varias horas en llegar al final, donde continuaba el sendero rocoso. La niebla se estaba aligerando; hacia los lados podía verse que el suelo de piedra se extendía, y que había unas masas del mismo material y manchas verdes que podían ser musgo.

El sendero los condujo a un arroyo. El chico, aliviado, se inclinó para beber, imitado por Gorgat y Eles. El agua era transparente, impoluta; en suma, una delicia.

Kaylon se lavó la cara y los brazos, y al volver a mirar en derredor, el asombro lo dejó boquiabierto: hacia el oeste no se apreciaba más que una llanura vacía, pero hacia el frente y a los lados había ahora un montón de elementos que no figuraban en el mapa. A su izquierda y derecha crecían árboles y plantas, y delante de él se alzaba una montaña. En algunas zonas había escalones poblados de vegetación, pero en otros lugares la roca se veía lisa, como cortada con herramientas gigantescas. No era muy alta, y aunque algunos cúmulos se arremolinaban en los picos más prominentes, en sus cumbres no había ni rastro de nieve.

—¡Caramba! —exclamó el chico.

Gorgat seguía bebiendo, o más bien atacando el arroyo a lengüetazos, pero Eles tenía los ojos puestos en la montaña, lleno de deleite.

—Esto sí que no lo esperaba. Esto... ¿qué es esto? ¿Es tu hogar? —le preguntó Kaylon a Eles.

El águila lo miró de tal modo que el chico casi oyó las palabras en su mente: "Todavía no." Luego señaló hacia arriba.

—¿Del otro lado?

Esta vez el águila soltó un chillido que sonó como una afirmación. Kaylon volvió a fijarse en la montaña: las escarpadas paredes, los escasos asideros... la ausencia de escaleras...

—¡Puf! —resopló, y luego encaró a Gorgat—. Ojalá tú sepas escalar mejor que yo. De donde vengo, el terreno es casi plano.

El aludido lo miró con expresión de "por mí no hay problema", y luego sumergió su cabezota en el agua para refrescarse.

(Continuará...)

Gissel Escudero

25 de febrero de 2012

La canción del águila (42)

Durante una semana completa, el chico no vio más que sal y piedra hacia abajo y cielo despejado hacia arriba. Pero no le costaba orientarse, a pesar de que el paisaje era exactamente igual en todas direcciones; tanto Eles como la brújula de Orantos y su propia intuición evitaban que se extraviara.

Poco a poco, no obstante, sus reservas empezaban a agotarse. Varias veces se sintió tentado de decirle a Gorgat que se fuera, en parte para que el agua le durara más y en parte por el bien de la criatura, mas no se atrevió. Considerando la manera en que se había unido a ellos, era obvio que para la bestia purpúrea tampoco había camino de retorno. Además, el muchacho le había tomado cierto cariño. Era un ser bastante hosco, pero no se podía negar que tenía sentimientos.

Al séptimo día de viaje por aquel territorio, el chico le ofreció a Eles las últimas gotas que quedaban en su cantimplora, cuatro o cinco, como máximo. El águila bebió con delicadeza, sin desperdiciar nada.

—Es todo —dijo Kaylon con entonación sombría—. Se acabó.

El ave, sin embargo, no pareció desanimarse; más bien se veía expectante, como si algo grande estuviera a punto de ocurrir.

Desconociendo en absoluto lo que aguardaba la rapaz, el chico tendió su manta en el suelo y trató de dormir un rato. Estaba sediento y cansado. Gorgat sobrellevaba mejor la adversidad, pero su pelaje evidenciaba la falta de nutrientes: había comenzado a desprendérsele mechón por mechón. Kaylon pasó una mano por su robusta nuca; el animal se recostó junto a él y dejó que el muchacho apoyara la espalda contra su barriga.

Cuando Kaylon despertó de su sueño, descubrió que estaba rodeado por una densa neblina en la que Eles relumbraba igual que un faro. A su lado Gorgat gemía, asustado, pero el muchacho se hallaba aún demasiado perplejo como para tener miedo. La neblina era una cortina de gasa, blanca e inmaculada, y se condensaba sobre las piedras revelando sus colores. Bajo la luz que irradiaba el águila, las gotitas semejaban perlas de cristal dorado. Kaylon dedujo que la niebla debía provenir de la costa, pero no olía a mar en absoluto. Qué curioso...

El águila desplegó las alas en toda su envergadura y lanzó un grito que se convirtió en una nota de increíble pureza al ser devuelto por el eco. El clamor del ave pasó a sonar como un coro... y entonces sí se transformó en un coro, porque desde el este le respondieron mil voces distintas, que llevadas por el aire húmedo se entremezclaron en algo muy similar a una pieza de música. Eles dio un salto de alegría y dirigió a Kaylon una serie de chillidos cortos, instándolo a apresurarse. El muchacho guardó su manta, levantó a la rapaz y caminó hacia el sitio donde se originaban aquellas fantásticas voces, con el corazón bombeando a lo loco en su pecho y Gorgat siguiéndolo muy de cerca, tan azorado como él.

A medida que avanzaban, la neblina se separó formando una especie de corredor; allí las piedras desaparecieron y dejaron paso a un sendero de roca viva. Hacia adelante brillaba un pequeño sol, asomando en la blancura como dicho astro a través de una capa de nubes finas.

Había alguien ahí.

Poco a poco la figura se hizo visible: era un hombre vestido con una larga túnica celeste. Tenía la capucha puesta, tal que no era posible discernir aún sus facciones. En la mano derecha, enguantada, aferraba un báculo de oro en cuya punta se encontraba el sol que Kaylon había vislumbrado en la niebla. Alrededor de ese sol volaban siluetas de águilas: la misma imagen que Amalaide le enseñara en su carromato.

El chico siguió caminando hasta que llegó a la altura del hombre encapuchado; con un ademán solemne, éste se descubrió ante Kaylon.

Su cabeza era idéntica a la de Eles: plumas de color castaño, pico amarillo... pero sus ojos, aunque ambarinos, tenían forma humana, lo que al muchacho le produjo un escalofrío.

En el brazo de Kaylon, Eles extendió sus alas; el centinela, a su vez, extendió las suyas: dos pares, como las libélulas. Luego el centinela posó su mirada en el muchacho, examinándolo desde su rostro, ajado por la sed y envejecido por la pena, hasta sus botas, gastadas y a punto de romperse. El guardián consideró la navaja que pendía del cinturón del chico y decidió que no tenía importancia. Recogiendo su túnica con la mano libre, se hizo a un lado plegando las alas, indicando con ello al muchacho que podía continuar. Kaylon pasó junto al centinela (lo más lejos que pudo, no obstante), y después de caminar unos metros le dio por fin la espalda.

Se detuvo al escuchar un golpe de metal sobre roca. Al darse media vuelta vio que el centinela se había plantado frente a Gorgat, amenazándolo con su báculo e impidiendo que siguiera al muchacho. La bestia miró a Kaylon por debajo de las alas del guardián, implorándole en silencio. El chico desanduvo unos pasos.

—¿No puede venir conmigo? —preguntó tímidamente—. Está a mi cargo. No tiene a nadie más.

El guardián no se volteó, pero sí giró un poco la cabeza hacia él.

—Por favor —dijo Kaylon. Comprendía ahora que no quería abandonar a Gorgat. Ya había renunciado a más de la cuenta.

El ser con cabeza de águila volvió a hacerse a un lado y Gorgat se reunió a toda prisa con el chico, temiendo acaso que el centinela cambiara de opinión. Por esto mismo, Kaylon mandó a la bestia por delante y no se demoró más.

Aun así, en cierto momento miró hacia atrás: el guardián lo vigilaba. Kaylon levantó la mano a modo de saludo. El otro emuló su ademán y justo después la neblina se cerró sobre él, haciéndolo desaparecer.

Al notar que el corredor se colapsaba, Kaylon reanudó la marcha.

(Continuará...)

Gissel Escudero

24 de febrero de 2012

La canción del águila (41)

Ya no faltaba mucho para que la primavera diera paso al verano. Las flores empezaban a convertirse en pequeños frutos y los rayos del sol pegaban con mayor fuerza en el paisaje. El muchacho llegó entonces, fatigado en cuerpo y espíritu, a lo que él pensaba que sería el último tramo de su viaje, y lo que vio en ese instante confirmó tan sólo lo que había esperado hallar desde el comienzo de su peregrinaje con Eles: la nada.

No había muchos otros apelativos para esa región. Ante el muchacho y sus compañeros se desplegaba un territorio lleno de cantos rodados y carente de hierba. Orantos le había hablado de aquel lugar. Según sus libros, había estado bajo el mar hasta que un día, a causa de un terremoto, el suelo se elevó dejando en seco lo que antes había dependido del agua. No quedaba mucha evidencia de esto, pero todavía era posible encontrar, en la roca o el fango solidificado, impresiones de conchillas o peces esculpidas en el duro material. La mayor parte, empero, se había desgastado con el paso de los años; debido al aire, principalmente, porque ahí no solía llover más que una o dos veces por década. El mar, que se encontraba mucho más allá tal que ni se veía o escuchaba, era tan frío que impedía la formación de nubes.

Y ahora Kaylon debía internarse en dicho desierto sin saber por qué. Ningún animal podía sobrevivir ahí, en el suelo salado y estéril, y aunque llegara a orillas del océano, los barcos no atracaban en aquellas costas.

El chico puso a Eles en su brazo y lo contempló fijamente.

—¿Estás seguro de que es por aquí?

El águila, implacable, apuntó con el pico hacia el oriente. Las esperanzas de Kaylon se derrumbaron cual castillo de naipes. Incluso Gorgat parecía desconcertado; volteó un par de piedras con su negra nariz para indicar que debajo no había ni un mísero gusano y luego profirió un gemido de interrogación.

El chico observó a Eles, cuyo peso le resultaba ahora difícil de sostener. El ave contenía toda la belleza y perfección de su raza, con sus impresionantes garras, alas de lustroso plumaje y postura dominante. Su cuello en alto y la mirada de sus ojos color ámbar reflejaban su inmutable propósito: seguir hacia el este, desafiando toda lógica y sensatez.

—Está bien, Eles. Como tú quieras. Pero si me permites expresar mi opinión, creo que nos estás llevando a nuestra muerte.

Kaylon dejó al águila en el piso y se deshizo de casi todo el equipaje. De ahí en más no tenía sentido continuar cargando ciertas cosas, ni siquiera a espaldas de Gorgat.

Entre sus pocas pertenencias, hubo dos objetos que mantuvo por varios minutos sobre la palma de su mano: una moneda de oro y el colgante con forma de aulonte, regalo de Tyanna. La moneda era la última que conservaba del premio de la carrera, y en ambas caras mostraba la misma figura: un caballo en pleno galope.

Ambos objetos, atesorados en su momento, le recordaron a Kaylon sus mayores triunfos. Por un lado, una vida de trabajo duro pero no carente de satisfacciones; por el otro, una existencia en la que había conocido la amistad verdadera. ¿Qué hubiera sido de él al final de cada una de esas alternativas? Pero ya no era posible dar marcha atrás: aquellas puertas se habían cerrado para siempre. Fuera o no hacia su muerte, el camino al oriente era el único que podía transitar ahora.

Así pues, dejó la moneda y el colgante entre las piedras, una cosa junto a la otra, y dio el primer paso hacia aquella tierra fosilizada que mediaba entre él y el mar.

(Continuará...)

Gissel Escudero

23 de febrero de 2012

La canción del águila (40)

A partir del día en que hiciera las paces con Gorgat, el tiempo se volvió cada vez más seco y el terreno más árido y pedregoso. Los árboles dejaron paso a compactos matorrales entre los que crecían algunas otras plantas, pero por lo demás la tierra empezaba a asomar entre mechones dispersos de pasto. El chico no se sorprendió ante esto. Orantos le había enseñado un poco de geografía, y por lo tanto sabía lo que le esperaba. Aun así estaban en primavera, y había flores aquí y allá, mariposas y pequeños animales que desfilaban a veces con sus crías en las horas de menos calor.

El terreno pedregoso, no obstante, era un problema; no para Kaylon ni Eles pero sí para la yegua, quien de vez en cuando se golpeaba los cascos o tropezaba a causa de las grietas en la tierra endurecida. El equino no demostraba su incomodidad, pero a Kaylon lo apenaba tener que llevar a su querida yegua por aquellos lugares, habiendo vivido el animal desde su nacimiento en las blandas y fértiles praderas de la granja. Además, poca comida había para ella ahora; la hierba era corta y fibrosa y muchos matorrales tenían espinas.

Por todo esto, el muchacho desmontó una tarde, guardó en una bolsa lo indispensable y, con lágrimas en los ojos, le quitó a Nela las bridas, silla de montar y las herraduras. La acarició durante largo rato, tratando de prolongar el momento; luego le ató a las crines los dos símbolos de la tribu de errantes, el suyo y el de Tyanna, y le susurró al oído como tantas otras veces en el pasado:

—Ve a casa.

Kaylon palmeó a la yegua en las ancas y ésta se echó a trotar, pero por unos instantes dobló el cuello para mirar a su amo como si no entendiera por qué quería que lo dejara ahí, tan lejos de su hogar. El animal, sin embargo, sabía que una orden era una orden, de manera que obedeció y se marchó siguiendo sus propias huellas en reversa.

El chico vio cómo la yegua desaparecía en el horizonte, una mancha de ébano y marfil en el paisaje ocre, y se puso a llorar sin darse cuenta. Aquel animal representaba mucho más para él de lo que había imaginado, quizás porque nunca antes había tenido que separarse de Nela desde que la adoptara.

Esperaba que al menos pudiera encontrar el camino a la granja. Con un poco de suerte alguien se toparía con ella, vería los colgantes y la conduciría a la tribu, y sus conocidos la llevarían con Orantos. Los errantes comprenderían, también, el significado de los dos símbolos: uno intacto y el otro chamuscado.

Se le ocurrió al muchacho que acababa de enviar a su yegua cual mensaje de un náufrago arrojado al mar en una botella, y a pesar de las lágrimas, este pensamiento lo hizo reír. Sin embargo, el chico cruzó los dedos; el destino de Nela no debía ser tan incierto como el de una botella flotando en la inmensidad del océano.

Una brisa polvorienta secó las lágrimas de su rostro, luego el chico volvió en sí y empezó a caminar. Eles le rozó la oreja con el pico diciéndole a su modo que se animara un poco, y al cabo de un rato de andar por aquella vasta región semidesértica, el muchacho casi lo logró.

De todas formas, tenía una preocupación inmediata: sobrevivir. La comida y el agua escaseaban por esos lados, y no había muchos lugares donde refugiarse a la noche del frío y el viento.

Eles, no obstante, parecía estar a sus anchas en aquel ambiente. Cada vez exigía menos alimento, pero lo poco que ingería aumentaba sus fuerzas día a día. De no ser por la falta de su ala habría podido decirse que su estado de salud era más que excelente, y cuando Kaylon se sentía triste o fatigado, le bastaba contemplar a Eles para recuperar el aliento y seguir rumbo al este.

Los gritos del águila se daban ahora con mayor frecuencia. Eles llamaba y se quedaba en silencio para escuchar, pero si oía algo, Kaylon no sabía qué era, porque él sólo percibía el rumor de los arbustos y el canto de algún pájaro extraviado.

Una mañana, en lugar de amanecer de cara al oriente, el águila miró hacia atrás.

—¿Qué pasa, Eles? —le preguntó el muchacho, temiendo que Nela hubiera vuelto por él.

Eles continuó mirando al oeste; minutos después se hizo visible una silueta que se deslizaba de un matorral a otro. Era baja y purpúrea, y Kaylon no necesitó más que eso para comprender que se trataba de Gorgat.

—¡Vaya! ¿Quién lo hubiera dicho? —exclamó el chico, divertido.

La bestia de los mercenarios estaba más flaca que la última vez, pero en cambio su pelaje se veía lustroso, sus heridas habían cicatrizado y ya no tenía la mandíbula inflamada.

—Hola, Gorgat —lo saludó Kaylon cuando el animal estuvo lo bastante cerca.

La criatura se detuvo. Parecía como si le diera vergüenza estar ahí pero al mismo tiempo le alegrara haber encontrado al chico.

—No tienes adónde ir, ¿verdad? Tú también te has quedado solo.

Gorgat desvió la mirada. Probablemente el orgullo le impedía suplicar.

—De acuerdo, ven con nosotros —dijo el muchacho, disponiéndose a reemprender la caminata.

Agitando disimuladamente su corto rabo, Gorgat lo siguió.

Esa tarde fue la bestia púrpura quien decidió el menú para la cena; mientras Kaylon buscaba, sin éxito, en la tierra y entre las piedras la entrada de alguna madriguera, Gorgat apareció con un cuerpo peludo y sangrante que depositó a los pies del muchacho. Era una liebre, o mejor dicho, la mitad posterior de una liebre. Gorgat había devorado el resto. El chico contempló los despojos, no sabiendo si reír o fruncir el ceño. Finalmente optó por lo primero, mientras decía:

—¿Pensaste acaso que no te daría tu parte? ¡Qué bajo concepto tienes de mí!

Gorgat reculó, pero al no recibir ningún castigo (Luak le habría dado una buena paliza por semejante faena), se aproximó a Kaylon y dejó que éste lo premiara con una palmada, sólo una, en el lomo.

Durante los días que siguieron, Gorgat no sólo cazó para Kaylon y el águila; también desenterró raíces comestibles y ayudó al muchacho a localizar fuentes de agua, que cada vez eran más difíciles de hallar.

Una vez el chico se llevó un susto terrible. Iban caminando y de pronto Gorgat, quien marchaba en la retaguardia, tomó la delantera y le gruñó. A Kaylon le pareció que la bestia planeaba atacarlo... hasta que vio la serpiente venenosa enroscada en una concavidad del suelo. El mimetismo era impecable; no hubiera visto al reptil hasta estar justo sobre él y al alcance de su fatal mordedura.

Por la noche, mientras asaba la serpiente y veía a Gorgat consumir su mitad, reflexionó sobre el extraño comportamiento del animal. ¿Era ésa la misma criatura con la que había peleado y que había estado a punto de abrirle la garganta con sus dientes? Era obvio que estaba haciendo por él lo mismo que por los mercenarios, pero Kaylon ignoraba si se trataba de una respuesta condicionada o simple agradecimiento. ¿Comprendía el animal la diferencia entre un amo y otro, entre la violencia y el trato amable? Quizás. En todo caso, daba la impresión de estar contento.

Era gracioso, pensó el muchacho, cómo la vida podía dar unos giros de lo más inesperados...

(Continuará...)

Gissel Escudero

22 de febrero de 2012

La canción del águila (39)

Tras una ligera llovizna que cayó al mediodía, el chico se dedicó a buscar comida para él y la rapaz. Además de un hermoso lagarto de piel amarilla consiguió fruta y unas cuantas setas; al atardecer asó el reptil a fuego lento mientras se bañaba en una laguna rodeada de juncos, y luego dispuso todo para la cena.

Sin embargo, no tenía apetito. Entregó la mitad del lagarto a Eles y se quedó sentado de cara a la fogata, con la barbilla descansando sobre sus manos cruzadas. Le costaba creer que hubiera sido feliz alguna vez.

A cierta distancia, dos resplandecientes óvalos anaranjados oscilaban en la oscuridad. El muchacho los contempló un rato y luego dijo en voz alta:

—¿Por qué no vienes y te acomodas junto al fuego en lugar de acecharme?

Desde el sitio donde se encontraban los óvalos anaranjados surgió un bufido, y a continuación Gorgat se expuso a la mirada del chico. Eran sus pupilas las que emitían el resplandor, como los ojos de un felino. La bestia se tendió a unos metros de Kaylon, aparentemente interesada en los restos del lagarto.

Pensando que el animal no podría masticar bien con la mandíbula fracturada, Kaylon desmenuzó al reptil en bocados pequeños que arrojó uno por uno frente a Gorgat. Éste se los tragó de inmediato; debía estar muy hambriento, porque una vez liquidado el lagarto no desdeñó las setas ni la mitad de las frutas.

Eles, despierto, no se inmutó. Al notar que el ave no parecía preocupada, Kaylon se levantó y aproximó cautelosamente a la bestia purpúrea, procurando mientras tanto recordar su nombre.

—Te llamas Gorgat, ¿verdad? Gorgat.

El animal ladeó la cabeza hacia él y parpadeó.

—Si me dejas acercarme, te ayudaré —dijo el chico, señalando el mango del cuchillo atorado en el cuerpo de la bestia. Gorgat se puso tenso pero no intentó saltarle encima. Finalmente Kaylon posó sus manos sobre la criatura, acariciando su áspero pelaje.

El muchacho tocó el cuchillo. Gorgat respingó. La hoja de metal estaba fija en el hueso; alrededor de la misma, la carne del animal se veía amoratada y tumefacta, cubierta de costras malolientes.

—Esto te va a doler —le advirtió Kaylon a la bestia, y sacó el cuchillo de un tirón.

El animal dio un rugido que espantó a Eles y Nela y se lanzó hacia Kaylon arañando la tierra con sus afiladas garras. El muchacho se deshizo del cuchillo y le mostró a Gorgat las manos al tiempo que retrocedía; luego se quedó quieto, y cuando el animal estuvo a menos de dos pasos de él, Kaylon pateó el suelo. Gorgat se detuvo.

—Eso es. Quieto —ordenó el chico. Tenía que dejar claro ante el animal que no le temía; de lo contrario, jamás se libraría de la posibilidad de un ataque, por más que Eles saliera en su defensa.

Gorgat reconoció el tono autoritario en la voz del muchacho y se apaciguó. Todavía gruñendo, volvió a echarse sobre la hierba tratando de lamerse la región afectada, pero su cuello era corto y poco flexible y su lengua no llegaba hasta ahí.

—Espera, yo me ocuparé de eso —dijo Kaylon, y con la paciencia y la habilidad que había aprendido de Orantos limpió cuidadosamente la herida del animal, haciendo una pausa cada vez que éste se quejaba o hacía ademán de morder. Dicha tarea, por lo tanto, le llevó varias horas, y al terminar, aprovechando que Gorgat parecía bastante calmado, tomó el cepillo de Nela y desenmarañó la abundante pelambrera de la bestia. A Gorgat no le molestó; era probable que nunca antes lo hubieran acicalado, pero después de lo que acababa de sufrir debió resultarle agradable.

El muchacho logró deshacer la mayor parte de los nudos con el cepillo o sus propios dedos. Era una ocupación monótona, casi tediosa, pero mucho mejor que dejarse llevar por la melancolía; al final, Kaylon se apartó para admirar su obra.

—Bueno, pues no eres tan feo después de todo, ¿eh? Apuesto a que tampoco eres tan malo.

El chico trató de rascarle una oreja a Gorgat pero éste le gruñó. Kaylon se echó hacia atrás.

—De acuerdo, me equivoqué. Pero te advierto que no te ganarás muchos amigos con esa actitud.

El animal recostó la cabeza sobre sus patas delanteras y cerró los ojos.

—¿Tú que opinas, Eles? —le preguntó Kaylon en susurro al águila—. ¿Crees que trate de dañarme si me acuesto a dormir?

El ave se colocó frente a Gorgat y miró al chico como diciendo: "Descansa tranquilo; yo velaré por ti." Kaylon se encogió de hombros.

—Por mí está bien. Hasta mañana, Eles.

En esta ocasión el chico durmió a pierna suelta y despertó sin sobresaltos. Lo primero que hizo fue asegurarse de que todo estuviera en su sitio: Nela junto a un árbol, recortando el pasto, Eles cerca de él, esperando para partir, y Gorgat... en fin, le daba igual donde estuviera Gorgat, siempre y cuando no le causara problemas a nadie.

La bestia púrpura no se hallaba en el mismo lugar donde se tendiera la noche anterior sino más lejos, mirándolo atentamente. Kaylon la miró a su vez sin hacer gesto alguno, y después de un rato de mutua contemplación, el animal dio media vuelta y se perdió de vista.

—Estupendo —murmuró Kaylon—. Regresa a tu hogar, si lo tienes. Y que te vaya bien.

Eles le tiró del pantalón; el chico se puso en cuclillas y extendió el brazo para que trepara. La rapaz giró la cabeza en dirección al este.

—Tienes razón. Hora de seguir adelante.

El campamento ya estaba vacío cuando el sol superó la línea de los árboles.

(Continuará...)

Gissel Escudero

21 de febrero de 2012

La canción del águila (38)

CUARTA PARTE:
LOS GUARDIANES DE LA MONTAÑA

Mientras veía consumirse su pequeña fogata, Kaylon no podía dejar de pensar que estaba solo otra vez. Era una idea recurrente que no le hacía ningún bien, pero su mente continuaba estancándose en ella con insidiosa facilidad.

El precio por tus actos puede ser muy elevado. El precio por tus actos puede ser muy elevado. El precio por tus actos puede ser...

Estas palabras hacían eco en la noche, o quizás dentro de su propia cabeza, mezclándose con su nuevo concepto de la soledad y otras amargas reflexiones.

Ya no sabía qué era peor: tener la convicción de haber estado solo toda su vida o estar solo después de haber conocido, por un breve tiempo, lo que era estar acompañado. Pero la cosa no terminaba ahí. Había algo más, un hecho que lo atemorizaba por sus implicaciones: sin importar cómo acabara su aventura con Eles, jamás podría volver con los errantes. No así. No sin Tyanna. Con su muerte, el chico no solamente había perdido una amiga; también había perdido el deseo de formar parte de la humanidad.

¿Y en qué situación lo dejaba eso?

Miró a Eles, que dormitaba, y lo recorrió una sensación de vacío. Otra amistad truncada. Ahora el águila representaba para él únicamente una obligación: la responsabilidad que había adquirido al momento de salvarle la vida, una carga que se le antojaba más pesada conforme pasaban los días.

Y hablando de días, hacía ya cuatro que había incinerado el cuerpo de Tyanna. La imagen de la pira encendida aún lo torturaba en sueños: el humo gris y espeso, asfixiante, las llamas que destruían lo que horas antes había sido tan preciado para él...

El precio por tus actos...

Kaylon maldijo a Amalaide en silencio, acallando por fin el recuerdo de su voz. Pero ella se lo había advertido, ¿verdad?, de modo que no podía reprocharle nada; hasta Tyanna le había hecho un comentario al respecto.

Siempre hay que sacrificar algo, en especial por aquellos que uno ama.

¿Ése era el precio para él, entonces?

Viendo a Eles dormir apaciblemente con las plumas esponjadas, vivo, mientras que Tyanna ya no existía y a él no le quedaban ganas de seguir con su absurdo emprendimiento, se le ocurrió que había pagado en exceso por el capricho de un águila vieja y mutilada.

En ocasiones, incluso, el sacrificio puede ser tan grande que pone a prueba el mismo amor que nos lleva a realizar dicho sacrificio.

El muchacho suspiró. En el fondo, a pesar de todo, aún quería a Eles. Ojalá no fuera en vano lo que estaba haciendo por él...

Kaylon apagó el fuego y se durmió. Sin sueños, por suerte.

Tras un largo y reparador descanso, que mucha falta le hacía, despertó a primera hora de la mañana... y no porque los rayos solares le dieran en los ojos, sino porque un animal enorme y purpúreo estaba junto a él, gruñendo y resoplando sobre su cara con intenciones claramente homicidas.

El chico reaccionó de manera automática ante la amenaza: rodó sobre sí mismo lejos de la bestia mientras ésta, rugiendo, trataba de rebanarlo a zarpazos. En su última vuelta las garras lo alcanzaron en la espalda dejándole cuatro líneas de sangre en la piel, pero el muchacho consiguió levantarse y, asiendo uno de los troncos a medio quemar de su fogata nocturna, se enfrentó al animal tratando de ocultar su miedo.

Estaba prácticamente indefenso: la bestia se encontraba entre él y su ballesta, y el cuchillo, que sí le habría servido, sobresalía del cuerpo de la criatura.

Gorgat lanzó una dentellada en dirección al muchacho; éste trató de golpearlo con el tronco, pero falló. Ambos oponentes comenzaron a desplazarse en círculos, frente a frente, haciendo fintas y buscando la oportunidad de atacar. Kaylon observó que la bestia cojeaba a causa de su herida y que además tenía la mandíbula hinchada; sin embargo, él tampoco estaba de maravilla. Una gota de sudor resbaló hacia su ojo, obligándolo a parpadear. La bestia le gruñó desde lo más profundo de su caja torácica.

—Oh, esto es ridículo —dijo el chico de repente—. Mi amiga murió, tu amo murió. Estamos a mano, ¿no crees?

A juzgar por su actitud, al animal le importaba más la venganza que la justicia, dado que mantuvo su posición e incluso se aproximó al muchacho. Su instinto le decía que el humano era más débil y que ya no tenía con qué lastimarlo. En cualquier momento saltaría sobre él y lo haría pedazos.

Eles apareció desde detrás de Kaylon y se interpuso entre éste y Gorgat. Estirándose para parecer más grande, agitó las alas y chilló.

No hubo luz dorada en esta oportunidad y el ave no se despegó del suelo más de dos centímetros; aun así, Gorgat se retiró unos pasos, indeciso y confundido. Al volver el cuadrúpedo a la carga, Eles le dio un picotazo que casi lo dejó sin nariz. Gorgat enseñó los colmillos, aunque sin moverse de su sitio, y cuando el águila hizo chasquear su pico en el aire varias veces, la bestia se echó hacia atrás. De pronto había decidido que su venganza no valía la pena o que si lo intentaba fracasaría; en todo caso, se sentó sobre sus cuartos traseros, jadeando.

Tenía muy mal aspecto, en opinión de Kaylon. Del tajo que bordeaba el cuchillo rezumaba pus; su pelaje estaba sucio y apelmazado, y en los cuatro días pasados había enflaquecido bastante. Por la hinchazón de su mandíbula, el chico dedujo que debía habérsela fracturado él mismo al patearlo (conclusión que no le produjo ningún remordimiento de conciencia). Además, las cicatrices de azotes y las espinas rotas de su lomo hacían que su apariencia fuera aún más deplorable.

—No te trataban muy bien, ¿cierto? —le preguntó Kaylon al animal mientras dejaba el tronco en el suelo para sugerir una tregua. Gorgat fijó en él sus ojos de color amatista ribeteados de negro. Los ojos de la bestia sí eran bonitos, a pesar de su expresión nada amistosa.

Eles contempló al chico y al cuadrúpedo, y al comprender que ya no habría combate, plegó las alas. No obstante, continuó vigilando a Gorgat, por si acaso.

—Sigue tu camino y yo seguiré el mío —dijo Kaylon—. No tenemos cuentas que saldar.

El chico no esperaba que la bestia entendiera sus palabras, pero cuando Gorgat cerró la boca y bajó la cabeza se hizo evidente que por lo menos había captado su significado. Kaylon subió a Eles a su brazo y fue a prepararse para partir. Nela estaba un poco nerviosa debido a la presencia de Gorgat; el chico la tranquilizó acariciándole la testuz y el cuello. Se marcharon poco después.

Gorgat titubeó, pero al cabo de un rato empezó a andar en la misma dirección que los viajeros.

(Continuará...)

Gissel Escudero

20 de febrero de 2012

La canción del águila (37)

Le tomó toda la noche armar la pira funeraria. Trabajó en la oscuridad, deteniéndose sólo de vez en cuando para recostarse contra un árbol y, agarrándose la cabeza, tratar de mantener a raya la angustia que a cada instante quería apoderarse de él. Al amanecer depositó el cuerpo de Tyanna en lo alto de la pira, sorprendido por su peso. Pero claro, ella siempre había sido más alta y fuerte que él, pensamiento que por algún motivo redobló su tristeza.

Durante todo el proceso, Eles se mantuvo apartado, observando las idas y venidas del muchacho en silencio. Comprendía quizás que eso era algo entre Kaylon y su difunta amiga, cosas de humanos, por así decirlo. Sin embargo, el animal también estaba triste a su modo; su plumaje erizado y opaco y la expresión de sus ojos eran buenos indicadores de ello.

El chico cruzó los brazos de Tyanna sobre su estómago y los fragmentos de su espada, cuya hoja se había roto al sacarla del pecho del mercenario. Después le limpió la cara y la peinó, rematando una trenza con el colgante que él le había regalado y que la muchacha raramente había dejado de lucir. Pero antes de iniciar la cremación le cortó un mechón de pelo. Necesitaba conservar algo de ella.

Terminados los preparativos finales, el muchacho encendió la pira y cerró los ojos hasta que el fuego hubo cubierto por completo el cadáver de la joven. La madera se consumió en una lenta explosión de humo y llamas rugientes que se elevaron en columna al cielo. Kaylon no lloró mientras Tyanna se quemaba. Estaba demasiado cansado.

De la pira sólo quedó un pequeño montón de cenizas entre las que destacaban unos pocos objetos metálicos, chamuscados y retorcidos por el calor. Uno de ellos era el símbolo de la tribu de errantes, que el muchacho guardó en su bolsillo.

Kaylon reunió metódicamente las cenizas, con la mente en blanco y el rostro ennegrecido por el hollín, y se dirigió con ellas a una zona más abierta, donde la brisa soplaba sin obstáculos y un turbulento arroyo plateado corría por un lecho de piedras. Allí el chico dejó que las cenizas volaran, esparciéndolas como pelusilla de flores, al tiempo que recitaba con voz ronca la antigua fórmula de los errantes:

—Libre de los lazos de la tierra. Te dejo marchar; que el viento te lleve a tu destino final más allá de los confines de este mundo. Mi corazón se va contigo, para que te acompañe en tu viaje. Que así sea.

Cuando el último puñado de cenizas se hizo invisible al desintegrarse, el chico se sintió un poco mejor. El día era claro, lleno de cantos de aves y perfumes vegetales.

Se le ocurrió entonces que nunca le había preguntado a Tyanna si creía en la vida después de la muerte. Supuso que sí; ¿a qué más podría referirse, si no, aquello de "tu destino final"? De todas maneras, ella había logrado lo que quería: salvar a su nuevo hermano... y probablemente a sí misma también. Era un pobre consuelo para Kaylon, no obstante, y tardaría mucho en conformarse.

Suspirando, regresó a buscar sus cosas. El sitio del combate era un auténtico desastre: había sangre coagulada y moscas por todos lados, que zumbaban y se fusionaban en movedizos parches negros. Un tufo repugnante surgía de la tierra encharcada; hacia el mediodía se volvería insoportable, sin duda. El chico vislumbró de reojo el cadáver del pobre caballo albino y desvió la mirada.

Lo siento, Nube, no puedo hacer nada por ti. Olvidé traer una pala.

El noble animal ya estaba tieso pero no había sufrido cambios importantes; los mercenarios, por otro lado...

Los mercenarios se habían momificado durante la noche.

Kaylon los observó, aunque sin gran interés. La piel se les había secado y arrugado como pergamino, retirándose de sus globos oculares y sus dientes. El resultado era desagradable: sus rostros estaban crispados en unas muecas grotescas.

Sobre la armadura del líder, cerca del bolsillo donde se habían metido, se hallaban las dos langostas, o más bien sus cáscaras vacías.

Llevado por un impulso, el muchacho escupió sobre el forajido pensando que ojalá lo devoraran las hormigas y los gusanos. No merecía nada mejor. De hecho, hasta le molestaba un poco no poder matarlo de nuevo, pero con mayor lentitud. Para saborear el momento.

Al darse vuelta se topó con Eles, quien lo miraba tranquilamente desde el suelo. Tal vez fuera por eso, o porque la muerte de Tyanna le había abierto una herida muy profunda, que Kaylon sintió de repente un odio virulento hacia la rapaz. Con todo detalle se vio a sí mismo tomando la maza del forajido y aporreando al animal hasta convertirlo en una pulpa sanguinolenta de carne, huesos y plumas.

"¡Todo esto es por tu culpa!", se escuchó gritar, golpeando una y otra vez al águila. "¡Por ti perdí todo lo que tenía!"

Pero esto sólo ocurrió en su imaginación. No podría hacer tal cosa, ni aun queriendo, porque Eles era todo lo que le quedaba. Llevar al ave a casa era la única forma de justificar ante sí mismo la muerte de Tyanna, de darle algún sentido.

Además, reflexionó, Eles jamás le había pedido ayuda.

Kaylon se agachó y levantó al animal, acomodándole el plumaje con los dedos. Ahora sólo tenía que averiguar qué había sido de Nela.

Luego de mucho buscar y llamarla, encontró a la yegua bastante lejos de donde él había caído, rodeada de langostas huecas y aplastadas. Se le habían enganchado las crines en un árbol; el muchacho tardó bastante en desenredarla, tiempo que aprovechó para asegurarse de que estaba bien. Volvió con ella y Eles al lugar en el que había dejado su alforja y las de Nube. Cargó todo en la silla de montar y se dispuso a partir, pero lo distrajo un aullido áspero y desgarrador.

La bestia de los mercenarios se lamentaba por la muerte de su amo. Aullaba e hipaba alternadamente, apoyando una pata sobre el forajido. A Kaylon le dio un poco de lástima, pese a que el animal casi había acabado con él. Aquella noche invernal en el campamento de los errantes, durante su guardia, le había mentido a Dorcai: los animales eran capaces de deprimirse, y era obvio que esta criatura estaba padeciendo un dolor equiparable al suyo.

Kaylon se fijó en las cicatrices de azotes que ostentaba el animal y le dijo:

—Yo que tú no lloraría tanto. Me da la impresión de que no era un buen amo.

La bestia no se dio por enterada. El chico hizo arrancar a Nela y se marchó, dejando a Gorgat desahogar su pena junto a aquella momia de quien nunca había recibido una caricia o una palabra de afecto.

(Continuará...)

Gissel Escudero

19 de febrero de 2012

La canción del águila (36)

Los mercenarios dejaron de dar vueltas en torno a él, pero aun así Kaylon se vio encerrado en un círculo de metal apuntando hacia su persona. Dentro de su aparente normalidad, los rostros de aquellos sujetos eran horribles, sobre todo el de su líder, quien desmontó y se aproximó al muchacho luciendo una odiosa expresión de triunfo. Blandía su espada ante Kaylon en un ademán especulativo. Los otros mercenarios, incluso el que tenía la cara destrozada por el flechazo, se relamieron como depredadores.

—Tienes dos opciones, muchacho —dijo Luak—: entréganos al águila y muere lentamente, o te mataremos muy lentamente para apoderarnos del ave.

—¿Qué clase de opciones son ésas? —preguntó Kaylon, asustado y molesto a la vez.

El mercenario se encogió de hombros.

—Lo siento, niño, así es la vida.

El chico cargó a Eles en un solo brazo y desenfundó su cuchillo.

—Estoy harto de que todos me digan eso —fue su réplica.

Luak enseñó los dientes en una macabra sonrisa, pasando un dedo por los símbolos de su espada.

—Estupendo. No nos gustan los conformistas.

Los forajidos rieron. Kaylon se irguió muy digno ante ellos; su miedo se había disipado, reemplazado por una peculiar y bienvenida frialdad. Iba a morir, de acuerdo, pero no de la forma en que ellos pretendían. Y tampoco les entregaría a Eles. Fuera lo que fuese que ansiaban obtener del águila, se quedarían sin ello. El ave ya había sufrido bastante por su causa.

Kaylon alzó su cuchillo; Eles estiró el cuello, mostrando lo agudo de su pico. Ambos irradiaban, sin saberlo, la misma mezcla de valor y determinación.

—Prepárate —le susurró Kaylon a la rapaz, quien atenazó el brazo del chico con sus garras. Luak avanzó un paso más hacia ellos.

Con un poderoso batir de alas que obligó al muchacho a entrecerrar los ojos y estirar el brazo, el águila hizo lo imposible: se elevó en el aire, profiriendo un grito que taladró como agujas los oídos de todos los presentes, un chillido largo y potente similar al clamor de guerra de un general que insta a la batalla. Ante la mirada perpleja del muchacho, Eles se rodeó de un aura de luz dorada y parte de esa luz se concentró para dar forma a la extremidad mutilada, completándola; el águila estaba volando, volando de verdad, suspendida a varios metros del suelo por sus propios medios y por la luz dorada que la hacía brillar como el sol. Los mercenarios soltaron sus armas para taparse los oídos, exhibiendo muecas de dolor, pero fue una mala idea, porque cuando sus caballos corcovearon ninguno de los jinetes alcanzó a sujetarse y todos cayeron con gran estrépito. Luak fue el único cuyos dedos continuaron aferrando la espada; sin embargo, el viento generado por Eles lo derribó. La bestia espinosa se encogió sobre sí misma, acobardada, mas no desertó de su puesto como los caballos de los forajidos.

Demasiado aturdido como para reaccionar, Kaylon permaneció de pie, contemplando a Eles, hasta que una enorme silueta blanca apareció desde su derecha, abalanzándose sobre los enemigos. El acero de la espada de Tyanna dibujó un arco sibilante; la cabeza de uno de los mercenarios salió disparada de su cuello y rodó por el suelo dando tumbos.

Eles bajó al suelo, todavía gritando y rodeado por aquel fantástico resplandor aunque el miembro cortado se veía incompleto nuevamente. Su aleteo continuaba produciendo un viento feroz, que arremolinó el pasto y los detritos en locas espirales.

Luak empezó a levantarse mientras que Tyanna, detrás de él, se enfrentaba a sus dos restantes secuaces. El líder de los mercenarios señaló a Kaylon.

—¡Gorgat! ¡Acábalo!

Sobreponiéndose a los efectos del chillido de Eles, el robusto animal dio tres zancadas y se arrojó sobre el chico, rugiendo. Luak se enfrentó al águila, la cual dirigió hacia el mercenario todo el poder que de su ser emanaba. Pensando en defender a Eles, Kaylon trató de esquivar a la bestia purpúrea, pero Gorgat cayó sobre él y lo aplastó contra el piso. El cuchillo saltó de la mano del muchacho, quien de pronto tuvo que emplear todas sus fuerzas para impedir que las fauces del animal se cerraran sobre su garganta; las garras de la bestia le arañaron el pecho y las piernas, y varias gotas de saliva viscosa se estrellaron contra su piel. El muchacho pudo observar claramente el interior de aquella amplia boca, repleta de dientes aserrados. Uno de los colmillos se le clavó en la palma, mas no lo sintió en ese momento.

En alguna parte, Eles dio un nuevo grito más penetrante que el anterior. Gorgat se debilitó por unos segundos, sacudiendo la cabeza para aliviar sus tímpanos heridos, tal que el muchacho pudo recuperar su cuchillo. Trató de clavarlo en el cuello de la bestia, igual que con el aulonte, pero Gorgat se movió y la hoja fue a parar a su escápula, donde quedó bien anclada. El animal rugió y volvió a atacar. Kaylon lo golpeó con una roca, sacándoselo de encima, y una vez de pie le dio una patada en la mandíbula que lo dejó fuera de combate. Entonces miró hacia donde la pelea seguía entre Tyanna y los mercenarios y entre el líder de éstos y la rapaz. La muchacha, sobre Nube, entrechocaba su espada contra la de un solo forajido; el otro se encontraba bajo las patas del equino, del cual manaba abundante sangre que teñía de bermellón su albo pelaje. Por otro lado, Eles estaba prendido por sus uñas al líder de los forajidos y le picoteaba el rostro sin interrumpir su grito. Con perceptible esfuerzo, Luak lo arrancó de su armadura para tirarlo frente a él; luego recogió su arma, disponiéndose a descargarla sobre la rapaz.

—¡Antes de matarte te cortaré tu otra ala! —bramó el forajido. Tenía la cara hecha jirones.

Sin perder un instante, el chico levantó la roca con la que le había pegado a Gorgat y se la arrojó al mercenario. Su puntería resultó excelente, como de costumbre: el impacto fue en plena nariz, acompañado por el crujido de hueso que se astilla. Luak oprimió la maltrecha protuberancia y después se fijó en el muchacho con expresión serena. Al chico le dio un vuelco el estómago.

—Aún sigues con vida —dijo el mercenario—. Qué interesante. Me ocuparé de ti antes de darle una lección al pajarraco.

Kaylon retrocedió. De repente tenía la lengua reseca, sus piernas casi no le respondían y su corazón parecía a punto de estallar. Era como si aquel gigante lo llenara de pavor por el simple hecho de mirarlo, igual que una botella bajo un chorro de agua turbia y ponzoñosa. El mercenario caminó hacia él impidiéndole ver cualquier otra cosa; era inmenso, colosal. Había... ¿había crecido durante la pelea?

Algo grande se desplomó más allá del forajido, haciendo retumbar el suelo, pero Luak y Kaylon no se dieron cuenta. Estaban muy concentrados uno en el otro.

El chico tropezó y cayó sobre su espalda mientras el mercenario continuaba reduciendo distancias, pasándose la espada de derecha a izquierda y de izquierda a derecha con ágil destreza. Incapaz de pensar, Kaylon desvió la vista hacia sus pies.

Entre sus botas se hallaba una de sus alforjas. Seguramente la había desprendido de la silla de montar al resbalar de Nela. Y allí, intacto, estaba su arco de caza mayor, el que había fabricado antes de unirse a los errantes. Faltaban las flechas, por desgracia, excepto...

Kaylon se arrodilló, tomó el arco y lo tensó con la flecha de plumas azules. Ésta se sentía caliente, como si recién la hubieran extirpado de Eles y llevase en sus fibras la energía del ave; pero era otro tipo de energía, una energía maligna y enfermiza. Aun así, los dedos del muchacho sostuvieron la saeta con firmeza. El otro extremo apuntaba a la cabeza del mercenario.

Pero Kaylon no lograba disparar; algo dentro de él se negaba a hacerlo. Luak soltó una carcajada.

—¿Pensaste que conseguirías matarme con una de mis propias flechas, niño iluso? ¿Con una flecha que yo mismo creé, y a la que incluso di un nombre? Es la que usé para abatir a tu águila, pero muchas veces antes de eso liquidé a otros con ella, alimentándola igual que a un bebé. ¿Y esperas ahora usarla en mi contra?

Las manos de Kaylon empezaron a estremecerse. La voluntad de la flecha era mayor que la suya, y el chico pudo notar cómo lo invadía por segunda vez aquel sentimiento parecido a una fiebre. La saeta no atacaría a su amo, y si no la apartaba de sí, muy pronto Kaylon ni siquiera podría resistirse cuando el forajido lo atrapara. Su visión se desenfocó; en lugar de un mercenario vio seis, terribles y oscilantes, espectros ensangrentados que le sonreían.

Entonces la memoria del chico acudió en su ayuda. Varios recuerdos desfilaron por su mente confundida, despejándola de la misma manera que un ventarrón disipa la niebla de los campos: Eles precipitándose hacia el bosque y la ciénaga, truncado su vuelo por un acto de maldad; su posterior arrastre a causa del ala rota; el coraje que el águila había demostrado al ver aparecer a Kaylon, y su propia lástima al entender el crimen que acababa de cometerse sobre aquel bello animal, hecho para surcar el firmamento y ser libre. La voluntad de la flecha cedió ante tal serie de recuerdos y todo volvió a colocarse en su sitio. Los seis mercenarios se convirtieron en uno; las manos de Kaylon, resueltas, tensaron el arco un poco más.

—Esto es por Eles —dijo el chico con una voz tan dura como la del juez Tolga, y soltó la flecha.

Luak no atinó a moverse. Estúpidamente asombrado por lo que no habría creído posible ni en un millón de años, se quedó quieto mientras su adorada saeta, haciendo rechinar el aire al rotar sobre su eje, iba al encuentro de su frente. La flecha se clavó justo ahí, traspasando su cerebro y asomando por el polo opuesto, pulverizándole la mitad del cráneo. El forajido pereció mientras se derrumbaba como un tronco podrido, con sus facciones laceradas expresando aún su sorpresa. La tierra recibió la mole de su cuerpo con un ruido grave que conmovió las raíces de los árboles y a los animales en sus madrigueras.

El muchacho se permitió recuperar el aliento. Luego se levantó despacio, aún sosteniendo su arco, y permaneció un momento junto al cadáver del mercenario, proyectando su sombra sobre él. El arco se deslizó de su mano; la cuerda, inexplicablemente, se rompió por sí sola antes de que el arma tocara el suelo.

Después de eso, Kaylon recorrió con la mirada el escenario de la pelea. Eles estaba bien plantado sobre sus garras, desaliñado pero sin heridas de consideración. El resplandor dorado de su plumaje se había desvanecido. Un poco por detrás del ave, Nube yacía sobre uno de los mercenarios, ambos sin vida. Más allá se encontraba Tyanna, arrodillada cerca del último forajido. La espada de la muchacha sobresalía del pecho de éste, cuyas piernas se sacudían espasmódicamente.

La joven parecía agotada. El pelo suelto tapaba su rostro, pero su cansancio era evidente por la forma en que sus hombros y espalda se curvaban hacia adelante, más lo brusco de su respiración. El muchacho caminó hacia ella, tambaleándose un poco, y se sentó a su lado. Reinaba ahora una perfecta tranquilidad; ni un solo ruido la perturbaba, y el aire estaba inmóvil.

—Se terminó —dijo Kaylon sin mucho ánimo—. Los vencimos.

Tyanna giró la cabeza hacia él y le sonrió débilmente. Se veía muy pálida, excepto por unas profundas ojeras violáceas.

—Oye, ¿te encuentras bien? —preguntó el muchacho. Tyanna apoyó su diestra sobre la del chico.

—Sí, Kay, estoy bien —musitó ella—. Por fin estoy bien.

No había dejado de sonreír, pero su rostro palideció aún más y el sudor brilló en su piel como rocío sobre porcelana. El cuerpo de la muchacha se relajó, desfalleciente; Kaylon la ayudó a recostarse... y fue entonces cuando se percató de que la otra mano de Tyanna presionaba su vientre, del que escurría sangre a borbotones por entre los finos dedos. Kaylon se sobresaltó. Mirando a su alrededor descubrió que, a dos pasos de ellos, el forajido traspasado por la espada aferraba, incluso después de muerto, un puñal manchado de rojo. Comprendió de inmediato lo que eso significaba pero se rehusó a creerlo, se rehusó con toda el alma. No podía aceptar semejante realidad. Cerró los párpados, rogando porque se tratara de una pesadilla, pero todo seguía igual cuando los abrió.

—Kay... —susurró la joven.

—Espera, no hables —dijo el chico, mientras se quitaba el chaleco y lo plegaba rápidamente, colocándolo a modo de compresa sobre la herida—. Aprieta con fuerza, hay que parar la...

La muchacha lo hizo mirarla a la cara.

—Déjalo, Kay. Sólo prolongarás lo inevitable.

—Tyanna...

—Déjalo —ordenó ella, impaciente. El chico se quedó quieto pero sin ocultar su ansiedad.

La muchacha se humedeció los azulados labios. En su rostro apareció una expresión de paz, y contempló a Kaylon con una ternura que él nunca le había visto dirigir a otro ser humano.

—Sabía que esto podría ocurrir —murmuró la joven—. No deseaba reconocerlo ni quería que sucediera, pero... la verdad es que ya no me importa. No es tan malo como había temido.

Volvió a sonreír, con cierta ironía esta vez. A Kaylon se le formó un nudo en la garganta.

—No sufras por mí —continuó ella—. Mi... mi vida es mi sacrificio, el precio por mi segunda oportunidad. Tu vida es... es mi recompensa. Sólo lamento... que tengas que seguir adelante sin compañía. No tendrás con quien charlar.

El chico parpadeó varias veces porque las lágrimas ya no le permitían ver bien.

—¿Y cómo se supone que voy a seguir sin ti, eh? —preguntó Kaylon—. No puedes dejarme, no...

La voz del muchacho se quebró en un gemido. Tyanna frunció el ceño y le acarició la mejilla.

—Cuídate, Kay. Te quiero.

Tyanna cerró los ojos mientras su existencia se apagaba con cada latido. Kaylon envolvió la mano de la muchacha en las suyas. Su pulso era rápido y débil; el fin se aproximaba.

—Yo también te quiero, Tyanna —balbuceó el chico. No se le ocurrió otra cosa, aunque estaba seguro de que en realidad no necesitaba decir nada más.

La muchacha abrió los ojos y le sonrió por última vez, una sonrisa tan hermosa que al chico se le partió el corazón; pero luego el rostro de Tyanna adoptó una expresión extraña, urgente, y poniendo todo su empeño, se sujetó de Kaylon para levantarse y comunicarle algo.

—Mi... mi sueño... Soñé... soñé que...

A continuación dijo algo tan carente de sentido que el chico no lo asimiló sino hasta mucho después, porque Tyanna se estaba muriendo, se iba, y en ese instante él sólo podía pensar que estaba perdiendo a la persona que más amaba en el mundo.

La muchacha resistió unos segundos más y finalmente dejó de respirar. Su cabeza se ladeó un poco, el pecho se le hundió y su brazo libre resbaló a un costado, posándose en la hierba. Y eso fue todo. Había fallecido.

Kaylon trató de gritar, de llamar a Tyanna para que volviera, pero los sonidos se atascaron en su garganta. Ni siquiera pudo sollozar; la pena era demasiado intensa, demasiado terrible. Todo su organismo estaba bloqueado. La muchacha, sin embargo, parecía dormida. Kaylon alisó su cabello sin soltar la blanca mano que aún sostenía. Luego se inclinó sobre ella para besarla, y al contacto con su boca blanda y helada, la irrevocabilidad de su muerte lo golpeó con un dolor tan grande que no se imaginó a sí mismo viviendo después de eso. Entonces sí comenzó a llorar, y sepultando su rostro en el pecho inerte de Tyanna, lloró hasta quedar inconsciente.

(Continuará...)

Gissel Escudero

18 de febrero de 2012

La canción del águila (35)

No fue Tyanna quien lo obligó a parar. Nube frenó por sí solo, acostumbrado desde hacía un tiempo a la presencia constante de Nela. Fue entonces cuando la muchacha se dio cuenta de lo que su corcel había notado antes que ella: estaban solos. Nada de langostas, nada de mercenarios... nada de Kaylon y su yegua, o de Eles. Ni siquiera se escuchaba el golpeteo de los cascos de Nela; sólo un completo y acusador silencio. Nube piafó y pataleó, relinchando como si le preguntara a su dueña qué debía hacer a continuación: ¿seguir adelante o volver? ¿Buscar un lugar seguro o regresar por aquellos que habían dejado atrás?

La muchacha tiró de las riendas y el caballo se quedó quieto, pero sacudiendo la cabeza a modo de protesta.

Con la respiración acelerada y el corazón latiendo a trompicones en su pecho, Tyanna miró en la dirección por la que había llegado. Solamente las huellas de Nube eran visibles y el silencio persistía, cada vez más aplastante, cada vez más desolador... pero muy pronto podría llenarse de gritos, gritos que aumentarían en intensidad y después se detendrían. Para siempre.

Una voz habló dentro de ella, mas no la propia; lo que oyó en su cabeza fueron las palabras de Amalaide pronunciadas allá en el campamento, en los confines de su nebuloso carromato, una noche que ahora parecía muy lejana.

¿Realmente quieres una segunda oportunidad?

Y luego una frase totalmente nueva, como si Amalaide estuviera allí de verdad, contemplándola desde las sombras. Su tono era severo y reprobatorio.

Lo volviste a hacer. Abandonaste al chico.

—No... —balbuceó Tyanna—. Yo... yo pensé que él venía detrás de mí.

Pero no es así. ¿Y qué estás esperando?

—No puedo regresar —musitó la joven—. Ellos...

Ellos te aterran...

—Sí...

... pero lo matarán si no intervienes.

Una exclamación de angustia brotó de los labios de la muchacha. Nube empezó a moverse sobre su sitio; el animal había decidido que no se marcharía sin Nela y aguardaba a que su dueña se mostrara de acuerdo.

Debes hacerlo, Tyanna. Tienes que ir a rescatarlo. De lo contrario, mejor hubiera sido para ti compartir la suerte de tu hermano, porque si ese chico es asesinado mientras tú te quedas aquí, escudándote en tu miedo, dará lo mismo que conserves la vida, porque por dentro estarás tan muerta como ellos dos. Tú eliges.

Los ojos de la muchacha se llenaron de lágrimas. La brisa sopló sobre su rostro y entre los árboles, cálida e indiferente, poniendo a su alcance tan sólo el aroma de los pinos y la tierra húmeda. No había gritos en la brisa todavía; no era demasiado tarde.

La joven errante espoleó a su caballo, quien resopló como si no entendiera por qué se había demorado tanto, y lo dirigió hacia el lugar donde sabía que alguien la necesitaba.

(Continuará...)

Gissel Escudero

17 de febrero de 2012

La canción del águila (34)

De pie al costado de un sendero delimitado por matorrales, allí donde algún árbol al caer había dejado un hueco para que entrara la luz del sol, Kaylon le tendió a su amiga el último segmento de cuerda que les quedaba. La muchacha lo contempló unos segundos antes de tomarlo.

—Es todo —dijo el chico, respondiendo la pregunta no formulada de Tyanna—. Tendremos que dejar de poner trampas, supongo.

—Oh, aún conozco un par de trucos. Pero tienes razón: no podemos demorarnos más con esto. Hay que acelerar el paso y cruzar los dedos; de hecho, ya sería mucho pedir que los mercenarios cayeran en una de las trampas.

La muchacha usó la cuerda para crear un mecanismo disparador.

—Ya está —anunció, frotándose las manos—. ¿En qué piensas? —preguntó luego, al ver la expresión meditabunda del chico.

—¿De dónde crees que vengan ellos?

Tyanna suspiró mientras se secaba la frente con un pañuelo.

—No tengo idea —contestó—. Me parece que Amalaide tampoco lo sabía, porque cuando le planteé la cuestión, me dio tan sólo una de sus crípticas respuestas. Dijo que quizás vinieran de un lugar más allá de todo lo conocido, o que podrían haber sido hombres normales en otro tiempo, hombres que se dejaron corromper por la maldad. Tú no los viste, pero sí sentiste su presencia. Dime, ¿qué impresión te dieron?

—Pues... que no eran humanos. O no del todo humanos. No podría describirlo mejor.

—Lo hiciste bastante bien aquella noche, en el campamento. Supe que hablabas de ellos a pesar de que los cambiaste por ladrones.

—Ya. Por eso escapaste como si se te hubiera aparecido un fantasma.

—Sí... —dijo Tyanna, apartando la mirada del chico. Sus mejillas se colorearon un momento, durante el cual se aseguró de que la trampa estuviera camuflada. Luego se incorporó y rehizo su coleta, peinando hacia atrás algunos mechones rebeldes.

—¿Y ahora qué? —preguntó Kaylon a la vez que se ponía el arnés con Eles adentro.

—Ahora iremos por los caballos y nos marcharemos de aquí a toda velocidad.

—De acuerdo —dijo el chico, y empezó a caminar hacia donde habían dejado pastando a Nela y Nube. Tyanna lo siguió a pocos pasos de distancia... por lo que chocó contra él cuando el muchacho se detuvo sin previo aviso.

—¿Qué pasa, Kay?

El chico extendió un brazo ante ella en ademán protector y señaló con el otro hacia adelante.

En el suelo y la vegetación había miles y miles de langostas, ocupando todas las superficies disponibles. Estaban inmóviles; en lugar de comer tenían los ojos puestos en los dos muchachos. Su aspecto era escalofriante.

Tyanna sujetó a Kaylon por el chaleco y tiró de él, haciéndolo retroceder.

—Están aquí —murmuró la joven con voz temblorosa.

Las langostas despegaron en dirección al cielo y entonces cinco figuras, una de ellas más pequeña, avanzaron hacia los muchachos.

—Buenas tardes —dijo Luak, sonriente. En la diestra llevaba una gruesa espada con símbolos grabados y en la mano izquierda sostenía una maza. Gorgat tensó las patas, preparándose para saltar; su amo le pegó en el hocico con el talón a fin de contenerlo.

Finalmente cara a cara, el chico entendió por qué los mercenarios habían llamado la atención de Silay pero sin despertarle sospechas y por qué Tyanna no podía recordar su apariencia exacta: en realidad no diferían mucho de las personas comunes y corrientes. Facciones regulares, barba y cabellos recortados, vestimenta acorde a su profesión; éstas eran sus características principales. No obstante, a Kaylon le habría resultado imposible confundirlos con personas comunes y corrientes, sin importar cuándo y dónde los conociera. En primer lugar, su altura era extraordinaria; él apenas les llegaba al estómago. Y sus ojos... sus ojos, dos pozos oscuros rodeados de sombras, delataban lo que se escondía tras ellos: una infinita y sedienta perversidad.

La bestia de los mercenarios rugió haciendo que Kaylon se percatara de su existencia; era grande y purpúrea, con cuerpo y patas robustas, cola corta y cuatro filas de espinas similares a cuernos de cabra en el lomo. Su cabeza era una mezcla de rasgos lobunos y de oso pero con pupilas verticales igual que los felinos. Se veía impaciente por atacar.

Tyanna y el chico retrocedieron aún más, él sin darse cuenta de que era la muchacha quien lo arrastraba. Eles articuló un chillido de derrota que reflejó a la perfección lo que Kaylon sentía en ese instante. Luak levantó su espada.

—Oh, no. Ni un paso más —dijo el mercenario. Dos langostas aterrizaron sobre él y se metieron en uno de sus bolsillos. La muchacha dejó de tironear de Kaylon; los forajidos se separaron, abriéndose en semicírculo.

—¿Quién los envía esta vez? —inquirió Tyanna, procurando disimular su terror.

—¿Enviarnos? —contestó Luak—. Nadie, joven errante, absolutamente nadie. En ocasiones actuamos por cuenta propia.

—Y no es que nos moleste hacerlo bajo contrato —dijo otro mercenario.

—Ya sea que lo cumplamos o no —añadió un tercero—. Todo depende del beneficio.

—Como cuando atacamos tu campamento por esos hermosos ópalos —continuó Luak—. Ah, sí, me acuerdo muy bien de ti, muchacha. Y de tu pequeño hermano.

Tyanna gimió y soltó el chaleco de Kaylon.

—Tú te me escurriste aquel día —prosiguió el mercenario, agitando su maza cual simple juguete—, pero con tu hermano pude entretenerme un buen rato. Lo descuarticé parte por parte con mis propios dientes. Su carne era dulce, como la de un corderito, pero él era fuerte y aguantó mucho dolor antes de fallecer. ¿Quieres saber lo que hice con su cabeza, eh? Pues la arranqué de su tallo, retorciéndola, y luego...

Los dos muchachos contuvieron el aliento, paralizados a causa de la espantosa revelación.

—Pero ¿para qué voy a contártelo? —preguntó Luak en tono burlón—. Puedo mostrártelo. Usaré como monigote a tu amigo aquí presente... después de que me entregue al águila, por supuesto.

Kaylon se vio de pronto desplazado por la muchacha, quien se puso delante de él dominada por una rabia tardía.

—Tú... mataste a Oly. ¡Maldito monstruo! ¡Tú lo hiciste! —gritó la joven, escupiendo casi las palabras.

Lejos de amilanarse, Luak se aproximó a ella, abrumándola con su gigantesca estatura.

—¿Y qué? —dijo con desprecio—. Hace un par de días una de tus trampas acabó con mi hermano, y no me ves haciendo un berrinche por ello. Sin embargo —agregó, trocando su sarcasmo por una actitud peligrosamente seria—, tengo por norma no dejar que nadie me insulte. Eso quiere decir que muy pronto sufrirás un castigo por tu impertinencia... pero antes le arrebataré el águila al chico y te haré presenciar cómo lo torturamos. Así que quítate de en medio, salvo que quieras empeorar aún más las cosas.

El mercenario se movió hacia Kaylon, esquivando a la muchacha.

—¡No! —exclamó ella.

En un arrebato de desesperación, Tyanna se echó hacia atrás, agarró al chico por el brazo y se arrojó al piso llevándolo consigo; después alargó la mano para activar la trampa que se encontraba justo frente a ella. La reacción en cadena liberó dos docenas de saetas muy afiladas que pasaron sobre los muchachos y se dirigieron con mortífera precisión hacia los forajidos, y aunque muchas se rompieron sobre sus armaduras, una de ellas se clavó en el rostro de uno y otra en el brazo de quien estaba a la derecha de su jefe. Esto fue distracción suficiente.

—¡Corre! —gritó Tyanna, y tanto ella como el chico se escabulleron por un costado, llamando a sus respectivos caballos. Nela y Nube acudieron al galope; los muchachos treparon a ellos y escaparon de los mercenarios, no sin antes escuchar a Luak proferir un terrible alarido de furia y ordenar a sus compañeros que se dieran prisa. Gorgat se lanzó en pos de los fugitivos con los colmillos expuestos y babeando, pero no era rival para los equinos y éstos pronto lo aventajaron.

En su frenética carrera, Kaylon y Tyanna no se fijaron por dónde iban. Sólo tenían conciencia de que corrían juntos y de que sus caballos estaban tan asustados como ellos. La arboleda no era muy densa, permitiéndoles circular sin tropiezos, pero lo que era una ventaja para los jóvenes también suponía una ventaja para sus agresores, de modo que espolearon al máximo sus cabalgaduras. El paisaje se convirtió en franjas borrosas deslizándose a los lados como un río. Hacia adelante el camino parecía despejado, mas de repente una nube pardusca se interpuso entre ellos y el horizonte, golpeándolos en la cara y los brazos con la fuerza de los duros cuerpecillos que volaban a su encuentro. Las langostas les hicieron perder todo sentido de la orientación; los muchachos manotearon en vano para sacárselas de encima, gritando, mientras los caballos se encabritaban a consecuencia de aquellos bichos que les picaban los ojos. Tyanna consiguió mantenerse a lomos de Nube y atravesar el enjambre; el chico, por el contrario, resbaló y se desplomó sobre el suelo. Eles se salió del arnés, agitando las alas inútilmente. Nela huyó despavorida sin percatarse, al igual que Tyanna, de la caída del chico. Parte del enjambre cambió la dirección de su vuelo para seguir a la muchacha y parte permaneció rondando a Kaylon, aturdiéndolo con su enloquecedor zumbido.

—¡Eles! —llamó el muchacho, tanteando el piso en busca del águila. Enceguecido por los insectos, se golpeó la cabeza contra un tronco, pero logró reunirse con el ave. Eles se aferró a él; Kaylon lo sujetó con un brazo y empezó a correr, con las langostas acosándolo igual que mosquitos de pantano.

El ruido de las langostas dejó paso a las risas de los forajidos. Al dispersarse los insectos, el chico giró sobre sí mismo y descubrió que no tenía por dónde salir: los cuatro mercenarios, a caballo, trotaban a su alrededor, así como su bestia púrpura.

—Se acabó, niño —dijo Luak—. El emplumado y tú son nuestros.

(Continuará...)

Gissel Escudero