22 de enero de 2012

La canción del águila (9B)

El chillido de Eles opacó el bullicio como una marejada que barre la playa, arrastrando todo a su paso. Los espectadores se llevaron las manos a los oídos y una bandada de palomas se desvió de su recorrido; destruida su formación, las aves rozaron a las personas, quienes gritaron al sentir las uñas en el cuero cabelludo. Muchos cayeron al suelo y fueron pisoteados por sus vecinos sin que éstos se percataran de ello.

Detrás de Kaylon, los caballos intentaron frenar su avance pero iban demasiado aprisa y en grupo. Cuatro rodaron por el suelo y los demás tropezaron con ellos o se hicieron a un lado, destrozando las barreras como si fueran de cartón. Más espectadores fueron arrollados cuando los que estaban sobre las vallas se apartaron de los desbocados animales.

El caos resultante fue tan grande que Kaylon no percibió que ya había cruzado la meta, ni se dio cuenta de que la banda blanca le rodeaba el pecho y se enredaba en las patas de Nela. El chico hizo que su yegua se detuviera lo antes posible y miró hacia atrás, desconcertado. El alazán de Fael, que había logrado escapar de la confusión, cruzó la línea de llegada resoplando y echando espuma por la boca, con su jinete colgando de la silla igual que un muñeco de trapo. El caballo hizo un alto y Fael se desplomó sobre la arena, donde al fin pudo enderezarse mientras se frotaba una pierna.

Kaylon oyó un inconfundible sonido de puñetazos, hacia el que giró la cabeza tan bruscamente que le dio un tirón en el cuello. A un lado de la valla había unos hombres peleando; Orantos y Silay eran dos de ellos, y por encima de los hombres revoloteaban algunas plumas de color castaño-dorado.

—¡Eles! —gritó el muchacho.

Kaylon desmontó y se dirigió corriendo al sitio de la trifulca, pero ésta acabó antes de que él llegara. Orantos tenía al águila en brazos y los encargados de la carrera mantenían a Silay y a otro amigo de Fael lejos del inventor. El muchacho se colocó junto a Orantos, jadeando.

—¿Qué pasó?

—Esos dos trataron de quitarme a Eles —respondió el inventor—. Pienso que querían distraerte para que perdieras. Tal vez planeaban arrojarlo a la pista —agregó, y por la expresión de los dos hombres, pareció que Orantos había dado en el clavo.

Kaylon sostuvo al águila y la revisó por todos lados. Había quedado pelada en algunos sitios, pero por lo demás estaba bien. No podía decirse lo mismo de Orantos, cuyo aspecto era lamentable: le habían partido el labio inferior, tenía un ojo morado y sus ropas estaban sucias y desgarradas. El chico nunca lo había visto tan desaliñado... y furioso. Cabía decir en su defensa, no obstante, que sus robustos oponentes no habían salido mejor parados; Orantos manejaba una gran cantidad de herramientas pesadas en el transcurso de un solo día, y sus brazos flacos eran engañosamente fuertes.

Tras haberse asegurado de que la situación estaba bajo control por ese lado, el chico regresó a la pista seguido por el inventor. Encontró a Nela descansando en un rincón, con el cuerpo aún mojado por el esfuerzo. Era el único de los presentes en calma, quizá porque ya se había acostumbrado a los gritos de Eles o porque su agotamiento no le permitía reaccionar ante el pandemónium reinante. Kaylon buscó a Fael y lo vio junto a la valla, tirándose de los pelos. Tenía los ojos desorbitados y miraba hacia la pista sin poder asimilar lo que estaba ocurriendo.

Había cinco caballos desparramados en la arena: uno muerto, dos conmocionados y dos con las patas rotas. Uno de éstos gemía de tal modo que daba pena escucharlo; debía estar padeciendo un dolor tremendo. Pero eso no era lo peor. También había varias personas inconscientes y un sinnúmero de heridos, algunos de gravedad. Uno de los jinetes estaba tendido a pocos metros de su caballo. Los hombres que lo asistían se miraban entre sí de manera alarmante, y la postura del jinete era tan poco natural que el chico temió que ya no fuera a levantarse. La pista y los alrededores parecían el escenario de una estampida de bueyes.

—Menudo lío... —dijo Orantos, expresando en palabras lo que Kaylon sentía en ese instante, aunque al chico le pareció que "menudo lío" no era suficiente para describir la magnitud de los daños.

Fael volvió en sí y lo primero que hizo fue fijarse en el muchacho y su águila con rabia desmesurada.

—Tú... ¡esto es tu culpa! —le gritó a Kaylon—. ¡Le voy a retorcer el cogote a ese pajarraco!

Kaylon retrocedió abrazando a Eles, pero su espalda dio contra la barrera. Afortunadamente, el inventor y uno de los encargados sujetaron a Fael, impidiéndole ejecutar su amenaza. El hombre se debatió como una anguila.

Acto seguido, Tolga se aproximó al grupo dando voces a diestra y siniestra.

—¡Que alguien vaya a buscar al médico de Montaña Parda! ¿Qué digo? ¡Traigan también a sus ayudantes! ¡Ustedes dos, saquen a ese caballo de ahí, por todos los cielos! ¿Acaso quieren que atropelle a alguien más?

El sombrero de colores que traía el juez no lo hacía parecer ridículo ni disminuía el alcance de su autoridad, y cada uno de los aludidos se apresuró a seguir sus instrucciones.

—¿Qué está pasando aquí? —tronó el hombre cuando llegó a la altura de Kaylon y Fael. Este último se liberó de las manos que lo apresaban y señaló al chico.

—¡Lo sabía! —exclamó—. ¡Sabía que ese bastardo causaría problemas! ¡Todo es culpa de su asqueroso pajarraco!

—¡Eso no es verdad! —replicó el muchacho—. ¡Eles no habría chillado si Boren y Silay lo hubieran dejado en paz!

—¿De que estás hablando? —le preguntó el juez. Orantos le explicó lo sucedido lo más objetivamente que pudo, sin levantar la voz ni dar un tono acusador a sus palabras. Mientras tanto, los dos amigos de Fael fueron arrastrados hasta allí y varios testigos corroboraron la historia del inventor.

El juez tiró su sombrero al piso, limpió sus gafas y volvió a ponérselas. Ya no era un anciano retirado sino el honorable Casperes Tolga, representante de la Ley, e infundía un respeto sobrecogedor. Tolga encaró a Fael del mismo modo que se había dirigido a cientos de criminales durante sus años de servicio.

—Debes pensar que soy miope, muchacho, pero no en vano uso estas gafas. Aunque no estuve ahí cuando tus colegas atacaron al ave, sí vi a un tercer amigo tuyo dispararle a la yegua del chico con un tirachinas, desde un árbol.

Kaylon parpadeó, asombrado, y fue a revisar a Nela. En su cuello descubrió una zona inflamada con una pequeña herida en el centro: una pedrada, efectivamente. Con razón la yegua se había encabritado al inicio de la carrera.

—Y no sólo eso, Cas —dijo un hombre que acababa de unirse a ellos—. Cuando iban por la recta sur, Fael empujó al chico y casi lo tiró de la silla.

Kaylon reconoció a este sujeto como uno de los supervisores, los cuales habían sido apostados por el juez en lugares estratégicos de la pista.

—Esto es ridículo —resopló Fael, desviando la mirada. Se había puesto rojo hasta el nacimiento del cabello, en parte por haber sido desenmascarado y en parte a causa del remordimiento, pues no debía haber sido su intención llegar tan lejos. Aun así resultaba claro que intentaría zafarse de la culpa a como diera lugar.

—Lo ridículo es que pretendas salirte con la tuya —dijo Tolga—, sobre todo después de la advertencia que te hice ayer acerca de no cometer estupideces. ¿Acaso piensas escudarte en tu popularidad? ¿Crees que por ello haremos la vista gorda? Mírame a la cara cuando te hablo, Fael.

Con notoria dificultad, el aludido se enfrentó a los duros ojos grises del otro hombre.

—Tú y tus amigos pagarán los daños —sentenció Casperes Tolga, empleando la entonación que había perfeccionado en incontables juicios—. Repararán además lo que haya que reparar, y se disculparán con los dueños de los caballos muertos y las familias de los heridos.

Fael hirvió de cólera ante esto y gritó:

—¡No puede obligarme!

—Te equivocas, muchacho. Tal vez ya no sea juez, pero sí soy responsable de la carrera que tú arruinaste. Y no te recomiendo que lleves este asunto al consejo del pueblo. Ellos no serán tan benevolentes... ni por asomo. Yo sólo quiero enseñarte el valor de la humildad; ellos preferirán lincharte.

Silay y Boren aceptaron su castigo en silencio y con la cabeza baja. Fael, por el contrario, miró hacia uno y otro lado buscando una escapatoria.

—Ve con Xantus —le dijo Tolga al chico—. Él tiene algo para ti.

El juez no aclaró que se trataba del premio, pero todos lo dieron por sentado. Esto último fue la gota que derramó el vaso. De repente Kaylon se sintió más agobiado que nunca; sus escaramuzas con el hijo de Delora, la tensión de la carrera, la catástrofe en que ésta se había convertido, incluso el irónico resultado: en lugar de ganar por tres o cuatro cuerpos lo había hecho por más de diez, gracias a Fael... todas estas cosas cayeron como una bolsa de ladrillos sobre el ánimo del chico. Se dio cuenta de que hasta ese día había vivido en una trinchera, y la idea se le antojó tan absurda que no pudo menos que echarse a reír. Eles cayó de sus manos y Orantos lo puso en el arnés mientras Kaylon seguía riendo, doblado sobre su estómago y con lágrimas en los ojos. Era una risa histérica, carente de humor, y aquellos que lo rodeaban la interpretaron correctamente... excepto Fael, quien pensó que el muchacho se estaba divirtiendo a su costa.

—¡Desgraciado bastardo! —chilló, y volvió a lanzarse sobre Kaylon. Esta vez hicieron falta cinco hombres para contenerlo. Orantos sujetó al muchacho por los brazos y lo alejó de la pista, deteniéndose sólo para tomar las riendas de la yegua.

Kaylon se restregó las mejillas húmedas. La risa no le había sentado nada bien; le dolía la cabeza y lo único que quería hacer era tirarse en una cama y dormir doce horas de corrido.

El chico se puso el arnés que contenía al águila. Orantos le echó una mano, meditando también acerca de los beneficios de una larga siesta. Detrás de ellos, Fael continuaba armando escándalo, y por todos lados se oían los quejidos de las personas lastimadas. El jinete que había despertado la preocupación de Kaylon estaba ahora sobre una camilla. El muchacho se percató entonces de la ausencia del amigo de Fael, el que se había inscripto el mismo día que él. ¿Se habría enterado de los planes de sabotaje y decidido no competir? ¿O lo habría asustado la reacción de Fael al saber que Kaylon participaría? Probablemente ambas cosas.

Xantus alcanzó al muchacho y le entregó una pesada bolsa repleta de monedas de oro. El amigo de Tolga debía haber ganado mucho dinero con las apuestas, pero no se veía feliz. Kaylon lo entendió a la perfección, pues él tampoco estaba satisfecho por su victoria.

El hombre se secó los labios con un pañuelo. Había envejecido quince años en quince minutos, y cada vez que miraba hacia la pista parecía a punto de llorar.

—Por las verrugas de un sapo, ¡qué barbaridad! Escucha, niño, guarda tu premio y no te acerques a ese chiflado por un buen tiempo —le dijo al chico, señalando a Fael—. ¿Tienes algún sitio donde quedarte?

—En mi casa —intervino Orantos.

—Perfecto. Váyanse ahora mismo. Rayos, y pensar que Casperes y yo tendremos que quedarnos a solucionar este embrollo...

Xantus se marchó, mascullando para sí, y Kaylon y Orantos desaparecieron en la dirección contraria.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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