21 de enero de 2012

La canción del águila (9A)

Durante los tres días que mediaron entre su inscripción y la competencia, Kaylon se mantuvo muy alerta y no dejó sola a Nela ni por un segundo. Fael solía tratar bien a los animales a pesar de su mal carácter, pero dadas las circunstancias el muchacho tenía razones para temer un sabotaje. Sin embargo, Fael se mantuvo sospechosamente tranquilo durante ese lapso. A Kaylon le dio mala espina, y además de cuidar a Nela llevó a Eles al hogar del inventor. Estaba seguro de que Fael odiaba al águila tanto como a él, y atacar a la rapaz sería una buena forma de perjudicarlo.

El día de la feria amaneció excelente. Hacía calor pero no demasiado; era el tiempo ideal para las actividades que habrían de realizarse hasta el anochecer. Kaylon y Orantos acudieron desde temprano. Mientras el chico se preparaba mentalmente para la carrera, ambos pasaron un buen rato disfrutando de la música y la algarabía general. El inventor, incluso, se dio el lujo de tomar unos cuantos tragos, y hacia la hora de la carrera estaba ya bastante achispado. A causa del alcohol se le ocurrieron un par de ideas muy originales, aunque el muchacho tuvo la certidumbre de que dicha sustancia también le haría olvidarlas muy pronto si continuaba bebiendo a ese ritmo.

Cuando el reloj de la plaza dio las cuatro menos veinte, los jinetes se presentaron en la pista. Los diecinueve caballos, Nela incluida, lucían magníficos bajo el sol y relinchaban ansiosos al anticipar lo que vendría. Era como si llevaran el deporte en la sangre.

El muchacho se aproximó a uno de los encargados para averiguar qué lugar le correspondía, pero entonces el mismísimo Casperes Tolga lo agarró del brazo y se lo llevó aparte sin inmutarse ante el águila que colgaba de su espalda.

—¿Qué...? —empezó a preguntar el chico. Tolga le indicó que guardara silencio; su expresión era tan seria que Kaylon se sintió un poco intimidado.

—Escucha, hijo —susurró el juez—, hemos decidido colocarte en la línea externa de la pista. Es... es lo más seguro para ti. Espero que no te importe.

El hombre señaló con la cabeza a uno de los competidores.

—¿Entiendes lo que quiero decir?

El muchacho no lo comprendió... hasta que el jinete se volvió y Kaylon pudo verle el rostro.

—Fael —murmuró el chico, estupefacto.

—No pude impedirle entrar. Tiene demasiados admiradores y eso repercute sobre las apuestas.

Tolga se restregó la calva en ademán de frustración y continuó hablando:

—A pesar de lo que dijo mi amigo Xantus, no me importaría perder algo de dinero... pero sí la amistad de ciertas personas. Ya estoy muy viejo para hacer enemigos, muchacho, sobre todo si voy a terminar aquí mis días.

El juez y Kaylon se miraron fijamente. Este último hizo un gesto de asentimiento y dijo:

—Me mantendré alejado de él.

—Muy bien, hijo —lo animó Tolga palmeándole el hombro—. Veo que eres un chico sensato. Vete ahora, y buena suerte; sé que Xantus apostó mucho por ti, así que no lo defraudes.

—No, señor —dijo Kaylon, sonriendo, y corrió hacia la línea de salida donde Orantos lo esperaba junto a Nela. Una vez allí hicieron un intercambio: Kaylon le pasó a Eles al inventor y éste le entregó las riendas.

—Nos vemos en la meta —le dijo Orantos al muchacho. Kaylon montó de un salto y condujo a Nela por entre la multitud hasta su lugar en la pista. El corazón le latía con fuerza en el pecho; como si no hubiera tenido suficiente con el nerviosismo por la carrera, ahora la presencia de su rival añadía un motivo más de preocupación.

Desde el otro extremo de la línea de salida, Fael contempló al chico con una expresión venenosa. Ignorándolo, Kaylon se estiró sobre la yegua y echó un vistazo a los demás jinetes. Conocía a la mayor parte, así como a sus monturas. La boca se le torció en una media sonrisa: ninguno de esos animales era rival para Nela. La montura de Fael, en cambio, no le resultó familiar. Era un hermoso alazán, de gran porte, con calzaduras en tres de sus patas. Kaylon se preguntó dónde lo habría conseguido... y a qué precio.

De no haber sido por los perros salvajes, reflexionó el muchacho, Fael habría tenido a Nela en lugar del alazán. Una vívida imagen del pasado acudió a su mente: la madre de la yegua tumbada en una zanja, cubierta de mordeduras sangrantes. A su alrededor había varios perros destrozados y junto a ella estaba su pequeña hija, nacida antes de tiempo por culpa de la persecución y el combate subsiguiente. Habían buscado a la pobre yegua toda la noche con la esperanza de salvarla, pero ya era tarde. Fael, al verla, soltó una andanada de improperios; se suponía que el producto de esa yegua moribunda iba a ser para él. Ahora madre e hija estaban condenadas. Uno de los palafreneros acabó rápidamente con el sufrimiento de la yegua, cuyo valor le había permitido resistir lo suficiente para dar a luz una potranca prematura. Fael, todavía maldiciendo, se arrodilló sobre la cría. Había compasión y tristeza en sus ojos, sin embargo; podía maltratar a Kaylon, pero adoraba los caballos.

La potranca, aún sin nombre, era una cosa diminuta y frágil sobre el pasto húmedo de rocío. No tenía salvación, pero algo en su mirada hizo que Kaylon, de unos nueve años y medio por aquel entonces, se rebelara contra el hecho inevitable de su muerte. Tímidamente preguntó si podía quedarse con ella.

—Olvídalo, niño —dijo el palafrenero que había sacrificado a la madre—. Aunque sobreviva jamás servirá para nada. Déjala ir.

—Quiero hacer el intento.

El palafrenero chasqueó la lengua, molesto. Fael, en cambio, intervino en su favor.

—De acuerdo, quédatela. Pero después no llores cuando se enferme y muera.

El hombre habló como si fuera eso lo que esperaba, y Kaylon, quien no planeaba darle el gusto, replicó:

—Y tú no vengas a reclamarla si vive.

Fael se rió, escéptico.

—No te preocupes, no la reclamaré. Será una yegua pequeña y de patas débiles... justo lo que mereces.

Así pues, Kaylon conservó a la yegua y la crió con esmero. Orantos lo ayudó a darle de comer con un biberón las primeras semanas y a mantenerla limpia para evitarle infecciones. Más adelante le consiguieron una nodriza. También le pusieron unas herraduras especiales para corregir sus aplomos defectuosos, y con el tiempo la potranca se fortaleció y prosperó hasta convertirse en el magnífico animal que era en la actualidad.

Kaylon volvió a la realidad y acarició el cuello de Nela, quien apenas podía contener sus ganas de salir disparada por aquella pista que ya había transitado en el simulacro. Fael la miró con envidia, a pesar de su alazán. Al final sí había roto su promesa de no reclamarla... y pagado muy caro por ello. Ahora Kaylon le demostraría, así como al resto del mundo, que la yegua no sólo le pertenecía a él por completo, sino que no había un caballo mejor que Nela en toda la región.

El reloj dio las cuatro. Los espectadores contuvieron la respiración. Cuando la aguja marcó el primer minuto después de la hora, Tolga hizo sonar la campana de plata, cuyo tañido se escuchó claramente en el tibio aire vespertino. Era la señal esperada por la concurrencia.

Dieciocho caballos echaron a correr como uno, levantando nubes de arena bajo sus patas. Nela, no obstante, se encabritó. Kaylon luchó para controlarla, sin entender cuál era su problema, hasta que logró imponerse sobre ella y hacerla arrancar. La yegua cubrió con rapidez la distancia que la separaba de los otros caballos, recobrando en pocos segundos el terreno perdido. Pronto empezó a adelantar al resto de los competidores. En la primera curva, dado que Nela iba por fuera, todos quedaron emparejados.

Los cascos de los equinos, golpeando al unísono, retumbaron sobre la pista sacudiendo la arena y haciendo temblar los banderines que colgaban del vallado. Las personas a ambos lados del mismo, observadores y apostadores por igual, vitoreaban y alentaban a sus jinetes favoritos al verlos pasar. Por encima del ruido, Kaylon creyó escuchar su nombre más de una vez.

Hacia el lado sur del pueblo, la pista se enderezaba en una larga recta y dos caballos sobresalieron del montón: uno era Nela, el otro el alazán. Éste se arrimó a la yegua, espoleado por su jinete, y cuando la separación entre ellos se lo permitió, Fael empujó a Kaylon por el hombro. El chico se inclinó hacia un lado y su brazo chocó contra la barrera exterior, aumentando el desequilibrio. Los espectadores se echaron hacia atrás; unos cuantos habían visto la deshonesta maniobra y abuchearon. Intuyendo que algo andaba mal, Nela aminoró la marcha hasta que su dueño recuperó el balance. Los otros caballos se colocaron a la par de la hembra y en la siguiente curva la superaron. Kaylon se afirmó sobre la silla de montar y obligó a la yegua a acelerar. Nela no se hizo repetir la orden.

La multitud ya no gritaba, rugía, y más aún cuando Nela comenzó a dar unos trancos en verdad prodigiosos, casi sin tocar el suelo. Por tercera vez rebasó a los otros caballos, y la distancia entre ellos fue aumentando de manera consistente con cada impulso de la yegua. Kaylon y Nela pasaron como una exhalación junto a Fael y su alazán, y se alejaron de ambos antes de que el hombre tuviera una nueva oportunidad de hacer trampa.

La línea de meta estaba cada vez más cerca. Nela iba a la cabeza por más de tres cuerpos, y aunque el alazán prácticamente flotaba sobre la pista, era obvio que la yegua sería la primera en llegar al final del recorrido.

(He tenido que cortar en dos el capítulo porque es un poco largo. Continuará...)

Gissel Escudero

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