20 de enero de 2012

La canción del águila (8)

Le tomó al chico seis días completos resolver que sí entraría a la carrera. Debido a la conversación con Orantos, sabía ahora que había mucho más en juego que unas simples apuestas y la ira de Fael si ganaba. Podía no competir, cierto, pero... ¿acaso deseaba permanecer bajo una roca por el resto de su vida, encogido en las sombras igual que un insecto que teme arriesgarse a ser pisoteado? No. Algún día tendría que enfrentarse a su destino, y a él no le gustaba posponer las tareas arduas. Eso era un mal hábito, fácil de adquirir y difícil de abandonar; en suma, un recurso de cobardes.

La cuestión era, entonces, qué podía pasar en la carrera.

Si perdía, todo seguiría más o menos igual. Fael se burlaría por una semana o dos y luego encontraría algo mejor que hacer.

No obstante, si ganaba... si ganaba se le abriría una bifurcación detrás de la línea de meta. Afirmaría su rumbo hacia lo que Orantos había propuesto o, como alternativa igualmente válida, compraría su independencia. El premio de la carrera era en oro, y además él tenía algo de dinero para apostar por su cuenta. En caso de ganar, podría marcharse de la granja y empezar de nuevo en otra parte. Aún no, pues era muy joven, pero en un par de años tendría edad suficiente para salir solo al mundo. En última instancia, el dinero tampoco le vendría mal si decidía permanecer en la granja. El problema, en tal caso, sería lidiar con Fael.

Con estos pensamientos arremolinándose sin cesar en su cabeza, el muchacho fue al pueblo a anotarse para la competencia.

La feria se realizaba anualmente al principio del verano, habiendo dejado atrás el inestable clima primaveral. Había un poco de todo: venta de animales e insumos, concursos de cocina y disfraces, baile, diversión... Era una forma de celebrar por haber sobrevivido al invierno, dando a entender que todo estaba bien y que había tiempo para otras cosas que no fueran trabajo y más trabajo. Para los amantes de la emoción, sin embargo, la actividad principal de la feria era la carrera de caballos. El circuito estaba conformado por una pista de arena preparada para la ocasión, delimitada con vallas y banderas, que daba la vuelta al pueblo. Kaylon había presenciado cinco carreras en total, e imaginado en cada una que formaba parte del entretenimiento: la largada al son de una campana de plata, el golpeteo de los cascos y el resoplar de los caballos (en su fantasía los escuchaba detrás de él), y el grácil vuelo de la banda blanca al final del trayecto, arrancada por el vencedor.

Conociendo de sobra el sitio al que debía dirigirse, caminó con paso firme y resuelto, haciendo tintinear en su bolsillo el pago de la inscripción.

Quien anotaba a los participantes era nada menos que el organizador de la carrera: Casperes Tolga, un juez retirado, muy rico, que se había mudado desde la ciudad para pasar sus últimos años en el campo, dedicado solamente a sus actividades favoritas. En ese momento estaba sentado bajo un toldo, detrás de una mesa, desde donde supervisaba la construcción de un tramo de la pista al tiempo que hojeaba un libro muy grueso y amarillento.

Kaylon se aproximó a la mesa con las monedas en la mano. El juez lo miró por encima de sus gafas y preguntó:

—¿A quién quieres anotar para la carrera?

El chico depositó el dinero sobre la mesa y se irguió para parecer más alto.

—A mí —respondió.

El hombre se sacudió un poco su aire de aburrimiento y examinó al muchacho con interés. Sus ojos eran de un gris desteñido bajo los arrugados párpados, pero no tenían ni rastro de cataratas y parecían tan agudos como los de Eles. El chico sintió que esos ojos lo atravesaban de un lado a otro; no era una sensación muy agradable, aunque él no tuviera nada que ocultar.

—¿Qué edad tienes, hijo? —inquirió Tolga después de su análisis.

—Casi trece... señor.

—Ajá. Casi trece. Regresa cuando tengas casi catorce.

Luego de esta escueta réplica, la atención del juez gravitó nuevamente hacia su libro.

Kaylon vaciló, pero era un chico bastante seguro de sí mismo y se recuperó enseguida; en voz más alta, dijo:

—Hablo en serio, señor.

El juez se quitó las gafas y frotó su reluciente calva rodeada de unos pocos pelos canosos.

—¿Crees que esto es otro de esos juegos tontos de feria, muchacho, como la carrera de sacos? Pues no lo es, aunque así lo parezca. Habrá por lo menos quince caballos corriendo en esa pista, todos capaces de aplastar el cráneo de un hombre bajo sus cascos, y como yo soy el responsable de la seguridad de los jinetes, no puedo dejar que entre cualquier aficionado y cause un desastre.

El muchacho abrió la boca para decir algo en su defensa, pero alguien más se le adelantó: un sujeto de unos sesenta años que había estado allí desde el principio, bebiendo de una botella bajo la sombra del toldo.

—Tú eres el chico de la granja de caballos que anda con la rapaz, ¿verdad?

Kaylon asintió. No conocía al hombre, aunque era obvio que éste sí lo conocía a él.

—Déjalo entrar, Cas —le dijo a Tolga el hombre de la botella—. Lo he visto correr un par de veces, es muy bueno.

—Y muy pequeño —replicó el aludido, ignorando a Kaylon.

—Bah, tonterías. El hijo del carpintero no pesa lo que este chico ni siquiera con ropa de invierno. Además, te aseguro que el niño tiene posibilidades. Déjalo entrar y apostaré por él.

Tolga lanzó una carcajada franca y sonora.

—Ésa no es una buena razón para anotarlo, Xantus. En tu última apuesta perdiste hasta la camisa.

Xantus rió con su amigo, pero igualmente hizo un gesto con la mano hacia la lista de competidores.

—Hazlo —repitió.

El juez tomó su pluma, pero no la acercó al tintero.

—¿Qué edad tiene tu caballo, hijo? —le preguntó a Kaylon.

—Tres años. Es una yegua, pero nadie le gana.

Tolga puso cara de "todos dicen lo mismo".

—¿Y sabe correr? Quiero decir, junto a otros caballos.

Kaylon asintió.

—¿En una pista?

—Nunca ha corrido en una pista —admitió el chico—, pero ya sabe arrancar al sonido de una campana. La he estado entrenando con un amigo.

El hombre golpeó la mesa con los dedos, pensativo. Miró a Xantus de reojo; éste hizo un gesto afirmativo.

—Bueno —dijo el juez—, te diré lo que haremos: anotaré tu nombre provisionalmente y esta tarde traerás a tu yegua para un simulacro. Si todo sale bien, aceptaré tus monedas y podrás competir. De lo contrario, te irás sin una queja. ¿Está claro?

El chico movió la cabeza de arriba a abajo, sonriendo un poco.

—Está bien, dime tu nombre.

—Kaylon.

Tolga enarcó una ceja, pero no pidió explicaciones acerca del apellido ausente. Junto al nombre del chico escribió el de la yegua y su edad. Acto seguido hizo algo que dejó a Kaylon mudo de asombro: le tendió la mano para cerrar el trato. Kaylon se la estrechó sin poderlo creer.

El juez se dirigió al tipo de la botella.

—Más vale que sea tan bueno como dices, porque si pierdo dinero seré yo quien te deje en cueros este año.

Xantus se llevó una mano al pecho y alzó la otra.

—Juro por mi honor que es bueno, mi viejo y muy tacaño amigo.

Tolga chasqueó la lengua, desdeñando el juramento cual causa perdida.

Kaylon recuperó sus monedas, y estaba guardándolas cuando aparecieron dos hombres jóvenes, uno de los cuales también deseaba inscribirse. El chico no se fijó en ellos hasta que escuchó una exclamación en tono indignado. Al levantar la mirada, reconoció a Fael.

—¿Qué hace el nombre de ese enano aquí? —preguntó éste, dejando de lado los buenos modales con los que se había presentado ante el juez.

Azorado ante su actitud, Tolga le respondió:

—Lo mismo que tu colega aquí presente, muchacho.

—No pueden permitirle correr. Es muy pequeño.

Fael sonó igual que un bebé enfurruñado; el semblante del juez se ensombreció al instante, y respondió a su observación con voz grave y un tanto amenazadora.

—Ese punto ya lo discutimos, y es por ello que le haremos una prueba en la pista. ¿Algo más que objetar?

Fael no supo contestar a eso, de modo que insistió:

—No pueden dejarlo correr. Quiten su nombre de la lista.

Su aspecto era amedrentador, pero Casperes Tolga se había enfrentado a sujetos mucho peores en su profesión como defensor de la justicia, y le echó a Fael su mirada más gélida y cortante.

—Si no tienes un motivo coherente para sustentar tu demanda, será mejor que te la guardes. ¿Qué te pasa, Fael? Siempre pensé que eras un tipo afable. Y tengo entendido, además, que no vas a participar este año.

Fael entrecerró los ojos, disgustado por la rapidez con que se había difundido la noticia.

El juez esperó, y al no escuchar ninguna respuesta le dijo a su interlocutor:

—Vete. Tu comportamiento está fuera de lugar.

El joven gruñó y se perdió de vista, dándole un codazo al trabajador que tuvo la mala suerte de bloquear su retirada. Su amigo fue tras él, un poco avergonzado.

El juez frunció el ceño, preocupado por lo que acababa de suceder. Después de limpiar su pluma le dijo al chico:

—Cuídate de él, hijo. Anda de muy malas pulgas.

—Como si no lo supiera —murmuró Kaylon para sí al tiempo que se alejaba de la pista.

Fael le salió al encuentro desde detrás de un árbol. Por un momento ambos permanecieron de pie cara a cara, como dos carneros a punto de darse un topetazo. No había nadie en los alrededores.

—Ni se te ocurra presentarte a la carrera —le dijo Fael al muchacho.

Kaylon sintió que lo dominaba la ira. ¿Quién se creía que era para tratarlo así? De pronto se dio cuenta de que estaba harto de Fael; harto de su arrogancia, egoísmo e incapacidad de aceptar que los demás tenían los mismos derechos que él. Y, sobre todo, estaba harto de tener que esquivarlo todo el tiempo.

—Oblígame —replicó entre dientes. Todo su enojo y desprecio hacia el otro quedaron concentrados en aquella palabra, y Fael dio un paso hacia el chico levantando el puño. Kaylon pudo ver los nudillos apretados, pálidos, y la tensión de los gruesos músculos del brazo del hombre. Sin embargo, no retrocedió.

El acompañante de Fael apareció desde detrás de un segundo árbol y se interpuso entre ambos, no muy seguro de lo que estaba haciendo. Fael lo apartó con una mirada de advertencia y le dirigió al muchacho una mueca de perro rabioso.

—No te saldrás con la tuya, cretino.

—Ya lo veremos —respondió el chico, y armándose de valor pasó muy cerca de su oponente. Éste se movió para atajarlo, pero su amigo lo retuvo.

Las últimas palabras de Fael llegaron hasta Kaylon a través de la distancia.

—¡Ganarás esta carrera sobre mi cadáver! —fue lo que gritó.

Tras perder de vista a su enemigo, el muchacho aceleró el paso. Salvo por lo ocurrido en la ciénaga, el día que encontrara a Eles, nunca se había sentido tan asustado.

Pero no iba a retirarse. Para bien o para mal, la verdadera apuesta estaba hecha.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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