19 de enero de 2012

La canción del águila (7)

La puerta de la casa del inventor se abrió de repente, dejando pasar a un entusiasmado muchacho de cabello oscuro.

—¡Orantos! ¡Orantos! —gritó Kaylon. Por su forma de conducirse daba la impresión de haber hallado una mina de diamantes.

—Por aquí —respondió el inventor desde la cocina. El chico fue hacia allá y encontró a su amigo comiendo, para variar, aunque al mismo tiempo mezclaba unos líquidos burbujeantes en un recipiente de vidrio. Con un poco de suerte no confundiría su experimento con el vaso de vino que tenía al lado.

El hombre levantó la mirada y puso cara de alarma al ver el estado del chico, porque éste no había tenido tiempo de cambiarse de ropa o darse un baño.

—Kay, muchacho, ¿qué te ocurrió? —exclamó Orantos, dejando la mesa para ir junto al chico—. ¿Te enredaste en una pelea callejera? ¿O acaso Fael...?

—Estoy bien, sólo me caí de Nela. ¡Pero adivina qué!

Perplejo, el hombre solamente atinó a decir:

—Eh...

—De acuerdo, te lo diré: ¡voy a participar en la carrera de la feria del pueblo!

—¿Qué cosa? —preguntó su interlocutor, aún más perplejo—. A ver, vayamos con calma; siéntate aquí y cuéntame todo mientras liquido mi almuerzo.

—Pues lo que dije —confirmó el muchacho, acomodándose en una silla—, que voy a participar en la carrera. Sé que Nela puede hacerlo; no hay ningún caballo que la supere. ¡Si la hubieras visto correr hoy...!

—Espera un momento —lo interrumpió Orantos—. Creí que no ibas a entrar para no tener conflictos con el hijo de Delora...

—Pero la belleza del asunto es que él no va a competir este año. Su caballo se lastimó una pata. Fue su culpa, desde luego; yo le advertí que los terrenos del lago están minados por los topos, y él no me hizo caso, y ahora estaba que echaba humo por las orejas porque se quedó sin caballo para la carrera. ¿Y bien? ¿Qué te parece?

El inventor frunció el ceño y meditó sobre lo que acababa de oír. Recién cuando terminó de vaciar su plato se aventuró a compartir su opinión.

—No lo sé, Kay. Aunque Fael no corra, igualmente le molestará que tú lo hagas, por una simple cuestión de principios. Además, eres un poco pequeño para esa clase de deportes.

—Oh, tonterías —dijo el chico—. Hay algunos jinetes más menudos que yo. Con respecto a Fael... quién sabe —añadió en son de broma—, tal vez hasta apueste por mí.

Orantos lo miró con la expresión de quien piensa que es más factible que llueva hacia arriba. Kaylon recuperó la seriedad y esbozó una sonrisa triste.

—No, no es probable, ¿verdad? —dijo, levantándose de la silla para dar vueltas por la habitación—. Rayos, quisiera saber cuál es su maldito problema.

—¿Aún no lo has adivinado? Creí que eras más listo, Kay.

El muchacho dejó de dar vueltas y miró fijamente al inventor. ¿Por qué nunca había tocado ese tema con él? Orantos podía pasar meses sin hablar con nadie, pero cuando se integraba al universo de la gente común no se le escapaba ningún detalle.

—¿Es por lo de la herencia? —sugirió el chico—. Pero eso no tiene sentido. Todos saben que yo jamás veré nada de...

Orantos movió la cabeza de un lado a otro. Su ademán era de paciencia: la actitud de un maestro que se prepara para dar una importante lección.

—Él te tiene miedo, Kay. Desde hace años.

Kaylon emitió un resoplido de incredulidad.

—No, Kay, siéntate y escucha.

El chico obedeció, más interesado que nunca en la conversación.

—Dime, muchacho, ¿recuerdas cuando eras un niño? ¿Cómo te trataba Fael entonces?

Kaylon reflexionó unos instantes y contestó:

—Bien... o algo así.

—Si mal no recuerdo, Fael te hacía ir de un lado a otro como un sirviente. "Haz esto, tráeme aquello"...

—Sí...

—¿Y qué fue lo que le dijiste un día? Tú me lo contaste; tenías unos siete años, más o menos.

El chico sonrió.

—Le dije que si quería un esclavo tendría que conseguirse un perro, de lo contrario más le valdría pagarme.

Orantos se rió, asintiendo con la cabeza.

—Eso fue mucho para alguien de tu edad, Kay. Incluso ahora, cada vez que Fael dice "¡salta!", todos pegan un brinco. Tú nunca te has sometido a su autoridad; nunca le has dado la satisfacción de considerarlo un ser superior, como el resto de las personas de la granja y el pueblo. Y luego está el asunto de Nela. La yegua iba a ser de su propiedad, pero gracias a tu perseverancia y esfuerzo acabó en tus manos. Por si fuera poco, él trató de quitártela... y nadie olvidará ese acontecimiento memorable, ¿no crees?

Esta vez le tocó al chico reírse entre dientes. Se reía cada vez que pensaba en lo ocurrido entre Fael y Nela, y no era el único, pues la escena había tenido lugar frente a una multitud.

Al final de la risa, el muchacho recobró la compostura.

—Aún no comprendo adónde quieres llegar, Orantos.

El inventor hizo rodar sus ojos.

Piénsalo, Kay. Caramba, hijo, eres inteligente, pero te queda mucho por aprender sobre la naturaleza humana.

—Yo...

—Aguarda, te daré algunas pistas. Tienes sólo doce años y pico y mira lo que has logrado hasta el día de hoy: cuentas con tu propio caballo, eres capaz de hacer el trabajo de dos hombres, nadie entiende a los animales mejor que tú, no cedes ante la popularidad de Fael, y a pesar de que no te gusta leer, aprendes cosas nuevas con extraordinaria facilidad. Y eso no es todo. Ayer bajé al pueblo, ¿y sabes qué?, escuché a muchos hablar sobre ti.

Kaylon abrió la boca, sorprendido hasta la médula.

—No pongas cara de pez —continuó el inventor—. Te diré lo que oí: que vas por ahí con esa águila tuya, un animal notable, desde luego, y que parece como si te hubieran salido alas.

—Pero a Eles le falta la mitad de...

—¡Oh, eso no es relevante! El punto es que estás causando una gran impresión. En poco tiempo la gente empezará a inventar historias acerca de ti, como que sabes hablar con los animales o que eres capaz de volar cuando nadie te está mirando.

—Eso es ridículo —afirmó Kaylon... aunque la idea no carecía de atractivo.

—No es para nada ridículo. Ahora piensa: si has logrado todo esto a tu edad, ¿dónde te parece que estarás en cinco años... en tres años, quizá? ¿Qué puesto crees que podrías llegar a ocupar?

Por fin un haz de luz se abrió paso en el cerebro del chico.

—El puesto de Fael —dijo en voz baja. Era la primera vez que algo así le pasaba por la mente; en realidad jamás se había puesto a considerar lo que haría o adónde iría cuando fuera mayor. Kaylon vivía el presente.

—Y hay más —siguió el hombre—. Hace un rato mencionaste lo de la herencia. Imagina que un día decides ir a la ciudad a reclamar lo que por derecho te pertenece. —El chico se dispuso a hacer una observación—. Espera, ya sé que eso no te interesa, pero... imagina tan sólo que decides hacerlo. Eres un muchacho tenaz, lo que hiciste con Nela es una prueba de ello. Si realmente lo desearas, creo que podrías lograrlo. Ahora imagina que después de eso regresas aquí con un puesto superior al de Fael: amo y señor de estas tierras.

—¡Eso sí que le pondría los pelos de punta!

—¡Ya lo creo! Bueno, es evidente que no habías imaginado esa situación, pero estoy seguro de que Fael sí... y de que él no es el único. ¿Comprendes ahora por qué te tiene miedo?

—Sí...

—¿De verdad lo comprendes? —volvió a preguntar el inventor, tomando la mano de Kaylon a través de la mesa.

—Sí, lo comprendo.

Kaylon se levantó y caminó hacia la ventana. Cerró los ojos; se sentía exhausto, como si esa charla le hubiera robado todas sus energías.

—En mi juventud viajé a muchos lugares —continuó el hombre—. Tú aún no habías nacido. Una vez pasé mucho tiempo en unos bosques, estudiando una jauría de lobos. Los lobos tienen una jerarquía muy estricta, ¿sabes? Hay un macho y una hembra líderes, y los otros lobos son subordinados. En la jauría que yo estudié, el líder era un macho bastante mayor, una bestia muy poderosa y astuta. Poco después se sumó a la jauría un lobo joven. Al principio todo marchó bien, pero cuando el lobo joven creció se tornó muy audaz, y comenzó a desafiar al líder para tomar su posición. Fael y tú me recuerdan a esos dos lobos.

Orantos metió los platos en el fregadero. El muchacho permaneció en la ventana, y sin darse vuelta inquirió:

—¿Qué piensas que debería hacer?

—No lo sé, Kay, y no puedo aconsejarte. Es tu camino, tu decisión. Todavía no has encontrado tu lugar en el mundo, pero sea lo que sea que elijas, ten la certeza de que tendrás que luchar para conseguirlo. La vida es así.

El inventor acabó de lavar los platos y se colocó junto al chico. Poniéndole una mano en el hombro, dijo:

—Acerca de la carrera, si te parece que no va a haber ningún problema me gustaría que participaras. Sé que ganarías, y yo apostaría por ti.

Kaylon miró al hombre con una sonrisa en los labios, agradecido por la confianza.

—Ah, antes de que me olvide, tengo que darte algo —dijo el inventor.

Orantos fue a la habitación contigua y rebuscó en unos cajones. Volvió a la cocina con dos cosas en la mano: una flecha que Kaylon reconoció de inmediato y un artefacto cilíndrico de metal, con una cadena. Orantos le tendió primero este último objeto.

—Planeaba darte esto el día de tu cumpleaños, pero será mejor que lo tengas desde ya.

Kaylon tomó el obsequio y lo examinó. Era una brújula, pero tenía además una esfera de reloj y un indicador con una escala numérica.

—Para ayudarte a encontrar tu camino —dijo el inventor—. Este aparatito me sacó de líos en varias ocasiones. Asumo que has reconocido el reloj y la brújula. Lo otro mide la presión de la atmósfera; cuando está baja significa mal tiempo, cuanto está alta, buen tiempo. Ya aprenderás a interpretarlo. Créeme, es muy útil saber de antemano qué tiempo hará.

El muchacho abrazó a su amigo, no sólo por el regalo.

—No hay de qué —dijo Orantos cuando se separaron—. Con respecto a la flecha, por más que investigué no pude descubrir su origen. Ni siquiera sé de qué metal está hecha la punta. No he visto nada igual en toda mi existencia.

Kaylon guardó la brújula en su bolsillo y tomó la flecha, haciéndola girar en sus manos. Era la que habían quitado de Eles. El muchacho tampoco había visto una flecha como ésa con anterioridad, y eso que conocía bastante de armas. Las flechas, incluso, eran su especialidad; él fabricaba las suyas de acuerdo a sus necesidades.

La que había herido al águila era más grande y pesada de lo normal, realmente formidable. Debía hacer falta un arco enorme y un brazo muy fuerte para dispararla. La punta era de un metal denso, casi blanco. El otro extremo estaba coronado por unas plumas rígidas de color azul, bien insertas en la madera oscura y sólida que formaba el cuerpo de la saeta. Kaylon sintió un escalofrío al pensar en el daño que esa flecha le había causado a Eles. ¿Qué podría hacer semejante arma al clavarse en una persona?

—Toma —dijo el chico, devolviéndole la flecha a Orantos—, ponla en el cajón o deshazte de ella. En lo personal, preferiría no volver a verla. Es espantosa.

El inventor, sin embargo, no la aceptó.

—Quédatela —le dijo al chico—. Tal vez no la quieras, pero puede llegar el día en que la necesites. Sobre todo si piensas conservar a Eles.

No muy convencido, el muchacho colocó el objeto en su cinturón.

—Será mejor que me vaya —anunció Kaylon—. Tengo trabajo y...

—Y cosas en qué pensar. Lo entiendo.

El inventor acompañó a su amigo a la puerta. Antes de marcharse, Kaylon se volvió hacia Orantos y le preguntó:

—A propósito... ¿qué pasó con los lobos?

El hombre suspiró.

—El líder mató al retador —dijo finalmente.

Ninguno de los dos agregó una palabra después de eso. El inventor cerró la puerta y Kaylon regresó a casa, con la mirada perdida y la mente llena de dudas.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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