18 de enero de 2012

La canción del águila (6)

Dejando aparte el incidente con Fael, la rapaz suscitó mucho interés y curiosidad entre los habitantes de la región. Esto desconcertó a Kaylon en un principio, pero luego lo tomó como algo natural porque Eles era, a pesar del ala amputada, un raro y espléndido animal. Al cabo de unos días, muchas personas que normalmente no intercambiaban ni dos palabras con el muchacho se detenían a saludarlo cuando se encontraban con él, y aunque Kaylon no dominaba el trato social, igualmente le dio la bienvenida al cambio en su rutina. Fael no volvió a importunarlo con respecto al águila, pero él y sus amigos demostraron su inconformidad adoptando una actitud más desagradable que de costumbre. Kaylon reaccionó ignorando y evitando a sus agresores; la experiencia le había enseñado que ésa era la mejor forma de tratar con ellos.

Dado que su trabajo y aficiones lo mantenían lejos de la casa la mayor parte del día, el chico fabricó un arnés para llevar a Eles de un lado a otro sobre su espalda, incluso a caballo. El arnés le permitía a la rapaz abrir las alas, cosa que el ave hacía con frecuencia como si quisiera capturar al viento en la red de sus plumas.

Una madrugada, a finales de la primavera, el muchacho se levantó de la cama y fue a buscar a Eles al establo para llevarlo a dar una vuelta. A lomos de Nela llegaron a la misma pradera que el águila había sobrevolado antes de caer, y fue allí donde Kaylon hizo un alto para tomar su desayuno. El aire era tibio y la brisa jugueteaba sobre la hierba haciéndola ondear cual verde océano; el chico contempló los alrededores mientras comía, sintiéndose contento y en paz consigo mismo.

Cuando se fijó en la rapaz, su buen humor se desvaneció en un parpadeo. Eles miraba al cielo con una expresión de infinita melancolía; sus alas temblaban y el ave parecía más vieja de lo que era en realidad. Kaylon no pudo soportar ver así a su amigo y resolvió hacer algo para animarlo.

—Ven aquí, Eles, tengo una idea —dijo, y puso al ave en el arnés. Después montó a la yegua, quien en esos momentos masticaba el pasto florecido, y la dirigió hacia una zona donde el terreno era parejo y sin obstáculos importantes.

Kaylon aspiró profundamente, palmeó el cuello de Nela y la hizo arrancar al trote.

El sol aún colgaba cerca de la tierra, pero sus rayos eran intensos y parecían infiltrarse en los rincones como agua, ahuyentando las sombras. Lejos de los árboles y las colinas el viento soplaba un poco más fuerte, avivando los sentidos; la yegua, estimulada por todo el espacio que se abría ante ella, aceleró por voluntad propia. Sus cascos hacían volar los terrones sueltos en todas direcciones, y en sus saltos se elevaba a gran altura sobre el piso. Kaylon podía percibir el esfuerzo combinado y armonioso de todas las partes del animal, así como el aire que le pegaba en la cara y agitaba su cabello y vestimenta. Detrás de él, la rapaz se puso tensa dentro del arnés; no por inquietud, sino por la emoción casi olvidada de la velocidad. Dejándose llevar por un impulso instintivo, estiró las alas en toda su envergadura. El aire silbó a través de ellas mientras la yegua se deslizaba vertiginosamente por el campo, desafiando la gravedad.

El terreno se inclinó unos grados, favoreciendo el desplazamiento del equino; Nela se lanzó hacia abajo, rápida como el pensamiento, mas entonces, sin previo aviso, Eles dio un grito tan potente que se expandió hacia los cuatro puntos cardinales, haciendo vibrar el paisaje. Los pájaros, asustados, abandonaron sus nidos en caóticas bandadas, y los pequeños mamíferos del campo se escabulleron dentro de sus madrigueras. Nela, para quien el grito sonó justo en sus delicados oídos, se espantó de tal manera que sus patas se enredaron, y comenzó a dar unos trompicones desordenados y violentos que despegaron al chico de la silla y lo hicieron perder pie sobre los estribos. Kaylon salió disparado por encima de la yegua, en diagonal, describiendo una interesante curva antes de estrellarse sobre su pecho. Llevado por la inercia, Eles escapó del arnés y aterrizó un poco más adelante. Nela recorrió unos metros adicionales antes de regularizar su paso y detenerse; tenía las aletas de la nariz abiertas al máximo y sus costados se contraían y dilataban como fuelles. Avergonzada a la manera equina, regresó junto al muchacho.

Kaylon se sentó con cuidado, escupiendo tierra. Se había raspado la cara y las manos, pero en general estaba ileso. Nela sopló en la nuca de su amo; el muchacho le acarició la barbilla para darle a entender que no se preocupara.

Eles caminó hacia el chico. Lucía radiante: los ojos le brillaban como ámbar pulido, sus alas se sacudían con alegre energía y de su pico salían unos gorjeos y chillidos que expresaban lo bien que le había sentado el paseo.

El chico observó el comportamiento de la rapaz, aún aturdido por el golpe, y luego, sin poder evitarlo, se echó a reír agarrándose el estómago para no reventar. Por unos segundos sólo existió ese momento: ellos tres sobre la hierba y la tierra húmeda, rodeados por el murmullo seductor del viento y la luz que inundaba el mundo, plena y gratificante. Al cabo de un rato el muchacho se puso de pie, sin dejar de reír, y decidió que no podía haber nada mejor que eso en la vida.

Por el aspecto del águila, saltaba a la vista que Eles estaba de acuerdo con él.

—Creo que ya fue bastante diversión para una sola mañana —dijo Kaylon, y llevó a sus dos compañeros de vuelta a casa. A muchos les extrañó verlo llegar tan sonriente, en contraste con su ropa sucia y las numerosas magulladuras que exhibía en el rostro. El chico no les prestó atención; su felicidad era pura, simple y completa, y no le permitía fijarse en pequeñeces.

Ya en el establo se echó a descansar, recostándose en el pajar con expresión satisfecha y soñadora. Estaba a punto de quedarse dormido cuando oyó unas voces en la entrada; entre ellas destacaba la de Fael, quien sonaba furioso.

Sin hacer ruido, Kaylon se escondió detrás de unos barriles para escuchar.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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