17 de enero de 2012

La canción del águila (5)

Durante toda la semana siguiente, Kaylon pasó gran parte de su tiempo en casa del inventor atendiendo al águila. El muñón de su ala tenía un aspecto horrible pero estaba sanando bien. Con mucho cuidado, Kaylon le cambiaba los vendajes dos o tres veces al día para impedir que se infectara.

Mientras tanto, paró muy bien las orejas a fin de que no se le escapara ninguna noticia sobre los extranjeros. Tras unos días de no saber nada de ellos concluyó que, efectivamente, se habían marchado. Esto le produjo un gran alivio.

Al final de la semana, el chico decidió que podía llevar a Eles a la granja. La casa de Orantos era un buen refugio pero quedaba un poco lejos, y aunque el inventor sabía cómo cuidarlo, existía el peligro de que una de sus ideas le hiciera olvidar por completo al animal. No; lo mejor era sacarlo de allí y hacerse responsable de él, tal como le correspondía por haberlo salvado.

Al chico le gustaba el ave: era muy inteligente y tenía un aire de sabiduría casi humano. A veces Kaylon se sentaba junto a su nuevo amigo o lo sacaba afuera en brazos, y entonces le hablaba acerca de su vida, anhelos e inquietudes. Eles lo escuchaba durante horas sin cansarse, y parecía entender lo que le decía.

El inventor era un buen oyente; solía tener, sin embargo, demasiadas cosas en la cabeza, y le costaba no distraerse. Kaylon no podía enfadarse con él porque lo idolatraba, pero muy a menudo se veía excluido del mundo de Orantos, siempre lleno de conceptos demasiado complejos y distantes. Con el águila, en cambio, su relación era muy diferente. La rapaz le dedicaba toda su atención, cosa que nadie había hecho antes por él, y si Nela era su compañera de juegos, su velocidad en tierra, Eles era su contacto con el cielo y la reflexión. Eles, por otro lado, había llegado a sentirse cómodo con el chico; poco a poco estaba dejando de lado su reserva inicial, y ya daba muestras de alegría cuando Kaylon iba a visitarlo.

El último día que el águila pasó en casa de Orantos, el muchacho creyó adivinar cierta impaciencia en sus ojos, como si hubiera presentido lo que se avecinaba. Kaylon emitió un chasquido con la lengua y la rapaz saltó a su brazo derecho; el chico se había confeccionado, recientemente, un par de guantes más largos para proteger sus antebrazos de las afiladas garras de Eles.

Al cargarla así, en una sola mano, se percibía mejor la económica solidez del ave y la potencia de sus músculos, por lo que daba lástima pensar que ya no habría de remontarse en alas de su perfecta estructura. Orantos le había dicho, sin embargo, que no era muy joven. El muchacho no lo había puesto en duda, aunque se notaba que el águila todavía estaba en su plenitud. ¿Qué dirían los de la granja cuando la vieran?

Kaylon se despidió del inventor y enfiló hacia la casa de piedra, nervioso por la expectativa. Como había imaginado, muchas miradas se volvieron hacia él mientras recorría el camino principal; algunos lo contemplaron con mudo asombro, otros lo señalaron y comentaron con quienes tenían al lado.

Todo iba bien hasta que llegó a destino: no había terminado de preparar un alojamiento para Eles en las caballerizas cuando tuvo la desgracia de cruzarse con Fael.

El hombre, quien rondaba la treintena, no superaba a Kaylon por más de una cabeza, pero era de torso ancho y miembros gruesos, sin una pizca de grasa. Chocar con él era como golpear una pared. Solía llevar el pelo, oscuro y cobrizo, atado en la nuca, y cuando se dejaba la barba tenía una apariencia bastante feroz. Con sus amigos se mostraba simpático y la gente en general opinaba que era un gran tipo, pero el chico estaba más familiarizado con su lado oscuro. La rivalidad entre ambos había empezado cuando Kaylon tenía unos siete años, y con el tiempo no había hecho más que aumentar.

—¿Qué rayos es eso? —fue lo primero que dijo al ver a Kaylon y Eles, en su típico tono de aquí-mando-yo.

—Un águila —respondió el muchacho con voz casual, sin mirarlo—. La encontré en el campo norte, junto a la cascada.

Fael escrutó a la rapaz de arriba a abajo, no sin cierta admiración, hasta que notó que le faltaba la mitad del ala; entonces emitió un gruñido de desprecio.

—Una inutilidad como tú, ya veo.

Kaylon no dijo nada. No tenía deseos de provocarlo, aunque tampoco se dejó intimidar. Terminó de acomodar a Eles y, aún sin mirar a Fael, procedió a desensillar a Nela.

—Pues no puedes dejarla aquí —continuó el hombre—. Va a espantar a los caballos.

—En caso de que los moleste, la llevaré a otra parte —dijo el chico tratando de controlarse; si le soltaba una réplica impertinente, Fael inventaría alguna otra razón para hacerle sacar al ave del establo. Decidió, por lo tanto, que lo más conveniente era una retirada prudencial. Sin agregar un sonido, tomó un balde y marchó hacia la puerta, dando a entender que tenía que ir a buscar agua.

Fael lo retuvo a medio camino, agarrándolo del cuello de la camisa.

—No me dejes con la palabra en la boca, bastardo.

Mientras se daba vuelta, desasiéndose, Kaylon percibió que había dos trabajadores volteando la paja con sendas horquillas, muy pendientes de la escena.

—Entonces termina de hablar —dijo el muchacho enfrentándose a su adversario, cuyos ojos castaños parecían chispear. La expresión de Kaylon era casi risueña, con un toque de desafío muy medido. A Fael le importaba mucho la opinión ajena, por lo que no solía golpear a nadie más pequeño que él enfrente de testigos. El hombre, entonces, optó por una última amenaza verbal.

—Más te vale que ese pájaro se mantenga callado y en su sitio, de lo contrario lo asaré y tiraré a los perros.

El muchacho asintió con la cabeza, pero sin bajar la mirada ni demostrar sumisión. El hombre se retiró apartando a Kaylon de un empujón.

Decepcionados por la falta de acción, los peones continuaron volteando la paja. El chico, por otro lado, se apoyó un momento contra una de las vigas y no se movió hasta que su corazón volvió a latir a ritmo normal.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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