16 de enero de 2012

La canción del águila (4)

En su sueño el águila surcaba el firmamento y Kaylon la seguía porque sabía que estaban a punto de derribarla. Pero no pudo advertirle; no consiguió evitarlo, y el ave cayó en picado nuevamente cuando la flecha se clavó en su ala. La vio descender con onírica lentitud, incluso distinguió la sangre que iba vertiendo en el aire.

Recreando casi a la perfección lo que había sucedido en la realidad, Kaylon encontró al ave y se internó en la ciénaga con ella, escapando de los forasteros que le pisaban los talones. En esta ocasión, no obstante, el animal que ellos traían con ellos captó su olor, y los pasos se encaminaron directamente hacia él. Un terror oscuro se apoderó de sus sentidos y tuvo la certeza de que iba a morir...

El chico se despertó de golpe, incorporándose a la vez que reprimía un grito. Cuando se percató de que había sufrido una pesadilla, nada más, hundió el rostro en las manos y trató de controlar su respiración jadeante.

—Maldición —murmuró.

Faltaban unas tres o cuatro horas para el amanecer, pero el muchacho supo que no podría volver a dormirse. Se vistió, por lo tanto, y fue a buscar a su yegua. Al animal le desconcertó ver a su dueño tan temprano, aunque en general los horarios de Kaylon eran erráticos. El chico ensilló a Nela y partió hacia los terrenos silvestres de la granja. No tardó en llegar a una zona agreste que sólo se empleaba cuando había escasez de forraje.

Kaylon desmontó y se escabulló hacia un sitio donde ya había estado antes. Allí se escondió detrás de unas matas y esperó; su paciencia se vio recompensada cuando una liebre, muy gorda y lustrosa, se puso a su alcance y comenzó a masticar el pasto tierno que crecía junto al arroyo.

El muchacho tensó su arco y medio segundo después la liebre cayó muerta. El chico recobró la pieza y montó de nuevo, en dirección a la casa del inventor. A su llegada las luces estaban encendidas; él no era el único con horarios erráticos.

Orantos lo saludó con total indiferencia. Por la manera en que sonaba su voz desde el otro lado de la vivienda, debía estar bien metido bajo su máquina, terminando de ajustar lo que fuera que le había quedado pendiente la última vez. Kaylon respondió al saludo mecánicamente y se dirigió hacia donde habían dejado al águila después de la operación.

La rapaz lo escuchó aproximarse y levantó la cabeza. Sus ojos habían recuperado la lucidez, e incluso dio muestras de reconocer al muchacho. Éste le acercó la mano desnuda. El águila no se apartó ni hizo ademán de atacar, y cuando los dedos extendidos la tocaron cerró los párpados, complacida.

El animal estaba echado sobre el ala intacta, en lo alto de un mueble cubierto con paja limpia. Así fue como el chico descubrió que, en su pata derecha, tenía algo incrustado entre las garras. Kaylon le abrió los dedos para ver de qué se trataba.

A primera vista parecía sangre, pero no lo era. La cosa que el águila tenía en su pata, hundida en la carne, era una piedra ovalada de color rojo cuya superficie relucía como una joya bajo la luz de la lámpara. La piel alrededor se veía por completo normal; la piedra se había integrado al miembro como si fuera parte del mismo. Kaylon pasó su índice sobre el objeto. La textura era cálida y suave, sin rastro de arañazos, aunque daba la sensación de que algo vibraba justo por debajo. ¿O era más bien como una corriente de electricidad estática?

El ave dio por terminada la inspección al levantarse. Había fuerza en sus movimientos, y lo único que al parecer la incomodaba era el vendaje del ala. El chico consideró que estaba mucho mejor y depositó la liebre muerta encima del mueble. La rapaz miró el cadáver con cierto recelo.

—Te guste o no, dependes de mí desde hoy en adelante —le informó el muchacho—. Si vamos a seguir con esto, tendrás que acostumbrarte a que yo te dé de comer, entre otras cosas.

El águila observó a Kaylon con los ojos entrecerrados. Era como si todo tuviera que decidirse en ese instante: vida o muerte, confianza o suspicacia, amistad o enemistad.

Por fin el ave dio un paso solemne hacia la liebre que se le ofrecía y empezó a desgarrarla con el pico. El chico dejó que su rostro exhibiera una amplia sonrisa de triunfo.

—Creo que hay posibilidades —dijo una voz a sus espaldas. Había un tono de triunfo allí también.

Kaylon se volvió y le preguntó al inventor:

—¿Has visto lo que tiene en la pata?

—Ajá —respondió Orantos—. Muy inusitado, ¿no crees?

—Sí...

—Bueno, me voy a dormir. Si quieres quedarte aquí y preparar el desayuno de ambos, me parece bien. A decir verdad, no recuerdo la última vez que me senté a disfrutar de una buena comida, ya sabes, con cubiertos y todo eso.

Kaylon se rió e hizo un gesto afirmativo. Por la constitución magra de su amigo, probablemente hacía más de una semana que sólo se limitaba a picotear el alimento.

El inventor dio media vuelta para retirarse, pero Kaylon lo sujetó del brazo.

—Gracias por ayudarme —le dijo.

El hombre revolvió los negros cabellos del chico y le dio una palmada en el hombro.

—Oye, no hay de qué. Para eso están los amigos.

Orantos dejó al chico solo con la rapaz.

—Escuchaste eso, ¿no?

El ave le dirigió una mirada inescrutable.

—Pues tú y yo somos amigos ahora —continuó Kaylon—. Eso significa que debo darte un nombre. Te llamaré Eles. Ojalá te guste.

El muchacho alisó las plumas rebeldes de la pechera del ave, pero ésta alzó una garra, la de la piedra, y le aferró los dedos. Kaylon supuso que la había molestado, pero el águila no lo soltó. El chico contempló ensimismado sus dedos, enlazados por los del animal, y sintió que se quedaba sin aliento.

Parecía un apretón de manos.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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