15 de enero de 2012

La canción del águila (3)

Ya eran cerca de las diez cuando el muchacho regresó a la granja, sucio, fatigado y hambriento. Había dejado al águila en casa de Orantos recobrándose de los efectos del narcótico y el trauma de la amputación, con un tosco vendaje envolviéndole la mitad restante del ala. Su futuro aún era incierto, pero Kaylon estaba decidido a no perder la fe; el ave simplemente no se podía morir después de tanto esfuerzo dedicado a preservar su existencia.

El chico vivía en una granja de cría de caballos donde se producían los mejores ejemplares de la región. Nela, de hecho, pertenecía a una noble línea cuyo origen se remontaba a más de cien años atrás, aunque su nacimiento se había dado bajo circunstancias particulares.

En el centro de la granja había una edificación de piedra que contaba con amplios establos y unas cien habitaciones. Era una propiedad muy valiosa, así como las tierras que la rodeaban, pero estaba construida con intenciones puramente prácticas: nada de adornos innecesarios, nada de lujos; sólo los aditamentos indispensables para la comodidad de sus ocupantes.

Kaylon ató a su yegua junto a los abrevaderos y entró a la casa por la cocina, según su costumbre. Tal como esperaba, una voz femenina, ronca y furibunda, le salió al encuentro, seguida por una delgada mujer de cabello entrecano.

—¡Vaya, niño! ¿Dónde rayos te habías metido? ¡Mírate nada más, parece como si te hubieras revolcado en un maldito chiquero! ¡Qué desastre! Anda, ve a buscar algo de comer y muévete. Tienes que llevar a los potros al campo norte antes del mediodía.

La mujer despidió a Kaylon con un buen empujón en la espalda, exhortándolo a darse prisa. Al chico no le molestó semejante trato. Era lo más cerca que Delora podía estar de decir: "¡Cuánto me alegra verte! ¿Dónde estabas? Me tenías preocupada." La mujer, curtida por años de trabajo duro, no era precisamente afable, y sólo su hijo despertaba en ella un poco de cariño maternal.

Kaylon tomó un poco de fruta y un emparedado de carne, hizo un atado con una servilleta y volvió a los establos, donde consumió su breve desayuno. Luego dejó a Nela en su corral favorito y fue a buscar a Medianoche, el padre de la yegua, para ir a cumplir con sus deberes. El semental, del color de su nombre, era muy manso, pero imponía respeto entre los potros jóvenes y alocados.

Para su corta edad, al chico le asignaban algunas de las tareas más difíciles de la granja. Supuestamente era porque venía de afuera y debía ganarse el sustento, pero Kaylon había comprendido, con el tiempo, que la verdadera razón era muy distinta: le confiaban esos valiosos caballos porque tenía un don natural para el manejo de los animales. Claro que nadie habría confesado algo así en voz alta, ni siquiera en ausencia del muchacho; en aquella granja, Kaylon representaba el peldaño más bajo de la escala social y era del interés de muchos que eso no cambiara. Por desgracia para ellos, al muchacho sí le agradaba su trabajo... dato que a él tampoco habrían podido arrancarle, aun bajo amenaza de muerte. Pensándolo bien, era una situación bastante ridícula.

Cuando el chico acabó de trasladar los potros de un campo a otro era la una de la tarde y el almuerzo iba por la mitad. El cocinero le sirvió con su hosca expresión habitual y Kaylon se dirigió, por entre las mesas, al patio, dado que prefería comer solo.

Lo detuvo, no obstante, algo que escuchó por el camino.

—A propósito, hoy me topé con unos extranjeros en el mercado del pueblo. Caray, sí que me dieron escalofríos...

Kaylon giró sobre sus pies y localizó el origen de la voz. El que había hablado era uno de los compinches de Fael, hijo de Delora y capataz principal de la granja. Éste le preguntó a su amigo, con una sonrisa sarcástica:

—¿Y eso por qué, Silay? ¿Acaso tenían cuernos y colmillos? Dime, ¿te demoraste de nuevo en la taberna?

Era un viejo chiste y todos se rieron, incluso el aludido. Pero Silay se recuperó enseguida y comenzó a justificar su afirmación.

—No, no tenían nada raro, pero... no sé, no me agradaron en absoluto. Para empezar, eran enormes —todos abrieron mucho los ojos porque Silay era el más alto y pesado del grupo—, y encima iban cargados de armas. Su acento era peculiar.

—Bandoleros, quizá —opinó Fael, quien siguió comiendo sin inmutarse. Él casi no le temía a nada, y si alguien llegaba en busca de problemas, tanto mejor. Los días aburridos lo ponían de mal humor.

A sabiendas de que era una imprudencia, Kaylon se aproximó a la mesa y le preguntó a Silay:

—¿Te dijeron a qué venían?

—¿A ti qué te importa, enano? —intervino Fael.

Kaylon lo ignoró, dando a entender que en verdad esperaba una respuesta. Para variar, Silay le dio el gusto.

—De caza, creo. Llevaban algunas pieles, y le preguntaron al talabartero cuál era la mejor zona para buscar ciervos.

—¿Sabes cuánto tiempo permanecerán aquí?

—Me pareció que iban de salida —respondió Silay, dando la impresión de que no le contrariaba que los extranjeros se esfumaran, aunque con ellos se perdiera la diversión. El hijo de Delora chasqueó la lengua, decepcionado.

Silay permaneció un momento en silencio y luego volvió a ser él mismo, con lo cual se disipó su amabilidad.

—Pero Fael tiene razón —le dijo al chico—, ¿a ti qué te importa?

Los ocupantes de la mesa se rieron por segunda vez, y Kaylon, que habría podido darles algo de información adicional, se limitó a decir:

—Tienes razón, no me importa.

—Entonces esfúmate —le espetó Fael, dándole un codazo en las costillas. El chico se apartó a tiempo y el golpe no resultó muy fuerte, pero aun así era un buen indicio de que más le valía retirarse. Se acomodó en el patio, pues, en compañía de los perros, ya que éstos no lo fastidiaban y además agradecían las sobras.

Kaylon pasó el resto de la tarde acarreando heno, cepillando caballos, atendiendo algún potrillo recién nacido y pensando en cómo estaría el águila allá en lo de Orantos. ¿Se habría despertado ya? ¿Viviría aún, por lo menos?

Al caer la noche estaba molido, y más que tenderse en su cama se desplomó sobre la misma. Reconfortado por el baño caliente que acababa de darse, cruzó los brazos por detrás de la cabeza y cerró los ojos.

Kaylon no había nacido allí sino en la ciudad. No le permitían mencionar su apellido materno, pero el mismo era conocido en toda la región ya que dicha familia poseía la mayor parte de esas tierras.

La madre de Kaylon había tenido un romance con un viajero desconocido, y él era el fruto de dicho encuentro. El padre del muchacho se había ido con el viento antes de saber que su amante estaba embarazada, aunque seguramente habría volado de todas maneras; Kaylon, al igual que el resto del mundo, ignoraba su nombre y procedencia. Su madre lo había enviado a la granja poco después de nacer, con lo cual dejó de existir para ella. Se suponía que nadie debía decirle estas verdades al niño, pero cuatro años atrás Fael le había comunicado, con gran satisfacción, que él no era huérfano sino un hijo bastardo, una desgracia para su familia, y que si estaba en la granja era porque no se les había ocurrido tirarlo desde un puente.

El secreto mejor guardado de Kaylon era que todo esto le importaba un pimiento. No tenía deseos de conocer a su madre, le daba igual quién fuera su padre, y en su opinión lo mejor que podía haberle ocurrido era que lo mandaran allí. Captaba, sin embargo, la ironía del asunto: era un simple peón en una propiedad que legalmente le correspondía por herencia.

Pues bien, podían quedarse con su apellido, sus tierras, todo. Lo único que le molestaba, a veces, era su existencia solitaria.

Aún no entendía muy bien cuál era el problema. En parte sería la ilegitimidad de su nacimiento, y en parte, acaso, su apariencia. Kaylon tenía el pelo como plumaje de cuervo y en el verano se bronceaba mucho, pero sus ojos eran del color exacto del cielo: gris en días de tormenta, celeste brillante en días luminosos, y sus pupilas se expandían hasta hacerlos parecer negros en la oscuridad. En el invierno la piel se le aclaraba y entonces quedaba blanca como la nieve. Estas variaciones lo hacían parecer más una criatura salvaje que un ser humano; otro elemento de la naturaleza, siempre cambiante, hecho para vivir en los campos, expuesto al viento y la lluvia. Desafortunadamente, él era así en realidad. La vida del chico transcurría más bien a la intemperie, y en ocasiones, en lugar de almorzar o cenar en la casa, atrapaba algún pequeño mamífero y lo asaba sobre una fogata improvisada, ensartándolo en la punta de un palo. Cuando el tiempo era cálido solía dormir bajo las estrellas.

Había, no obstante, algo más que le ganaba la antipatía de quienes lo rodeaban.

Como era muy tarde para intentar descubrirlo meditando, Kaylon bostezó dos veces, se recostó de lado y a los cinco minutos estaba profundamente dormido.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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