14 de enero de 2012

La canción del águila (2)

La casa del inventor estaba ubicada en la cima de una colina, lo bastante cerca del pueblo como para ir y venir a pie pero no tanto como para restarle privacidad. Esa localización, además, era óptima para el estudio de la astronomía, puesto que nada bloqueaba el camino entre un telescopio y las estrellas; de hecho, sí había un estupendo observatorio en lo más alto de la casa, justo por debajo de una rarísima veleta y un pararrayos torcido.

Una yegua negra, de crines y cola blancas, se detuvo en la entrada de dicha vivienda. El muchacho que venía sobre ella desmontó de un salto y después bajó de la silla, con extrema delicadeza, al ave que lo acompañaba. Abrazando su preciosa carga, se dirigió hacia la casa.

No se molestó en tocar la campana, pues Orantos raras veces se acordaba de atrancar la puerta; además, Kaylon era siempre bien recibido en el hogar del inventor. Por todo esto, el chico se limitó a abrirse paso con el hombro y esperó unos segundos en el umbral a que sus ojos se acostumbraran al cambio de luz.

Para quien nunca había entrado a aquella casa, la primera impresión era de estar contemplando las consecuencias de un huracán, un terremoto o cualquier otra catástrofe natural. Todas las habitaciones estaban repletas de cosas, apiladas aquí y allá en ángulos inverosímiles: herramientas, libros, cachivaches, máquinas a medio construir, platos con restos de comida de la semana anterior, planos y dibujos esquemáticos o realistas, frascos con cadáveres disecados, y muchos objetos a los que ni el más ingenioso de los mortales se habría atrevido a poner nombre, dada su falta de semejanza con cualquier elemento conocido. Orantos afirmaba tercamente que aquel desorden era "la muestra más perfecta de caos organizado", sentencia que nadie en su sano juicio contradecía en presencia del inventor; sin embargo, viéndolo trajinar de un lado a otro con plena seguridad de sus acciones, un observador podía llegar a creerle... tal vez.

Los habitantes del pueblo se referían a Orantos como "ese inventor chiflado de la colina", aunque ninguno se quejaba cuando él reparaba algo o les presentaba algún artefacto nuevo diseñado para facilitar la vida cotidiana. Pero Kaylon, que lo conocía bastante mejor, sabía que el hombre era mucho más que eso: un genio. No había nada de lo que Orantos no supiera un montón, y con respecto a las ciencias, sus conocimientos eran ilimitados. Al chico le daba un poco de lástima; no era raro que el hombre pasara cuatro días seguidos trabajando en algo, casi sin comer ni dormir, y por lo que Kaylon recordaba, hacía por lo menos año y medio que no se lo veía con ninguna mujer. Los del pueblo lo apreciaban, sí, dado que era un tipo muy útil, pero no por ello dejaba de ser un bicho raro y más de uno lo miraba con recelo. Kaylon se sentía plenamente identificado con él en este sentido, puesto que él también era un bicho raro; quizás por ello eran los mejores amigos.

La casa estaba un poco oscura, pero un traqueteo le indicó al muchacho dónde se hallaba el inventor. Después de atravesar la sala y el pasillo, que más bien simulaban un confuso laberinto, llegó a la estancia que Orantos denominaba "espacio de trabajo". No es que hubiera mucho espacio allí, cuando menos en sentido literal, mas el término resultaba apropiado porque era en ese sitio donde el genio daba rienda suelta a sus arrebatos de creatividad.

En ese preciso momento dominaba la habitación una gigantesca máquina de hierro y madera, bajo la cual asomaban los pies del inventor.

—Ah, hola, Kay —dijo una voz que casi se enredó en el mecanismo de aquel armatoste—. ¿Qué te trae por aquí?

El chico sonrió. Sin importar cuán enfrascado estuviera Orantos en su trabajo, jamás lo confundía con otra persona.

—Necesito tu ayuda —respondió Kaylon con la sencillez que otorgaban muchos años de amistad.

—No hay problema. ¿Podrías esperar una media hora? Me costó bastante meterme aquí, y no quisiera... ¡auch!... salir sin haber terminado de ajustar... ¡ay!

Toda esta frase fue acompañada por varios chasquidos y golpes y un "¡clang!" muy fuerte antes de cada interjección. En cualquier otra ocasión Kaylon se habría sentado, divertido, a escucharlo y tratar de imaginar qué estaría haciendo, pero esta vez tenía prisa, así que contestó:

—Lo siento, pero no puedo esperar. Traigo un animal herido.

Orantos salió reptando, con evidente dificultad, del hueco donde se había escabullido, y finalmente su cara asomó desde debajo de la máquina, toda manchada de aceite y con barba de un mes. Sus ojos avellanados rebosaban curiosidad. Al ver a la rapaz se levantó a fuerza de pura energía nerviosa, y en dos largas zancadas llegó hasta el muchacho.

—Vaya, vaya, qué interesante. ¿Dónde la encontraste?

—Cerca de la ciénaga. Alguien le disparó una flecha.

—Sí, ya veo —dijo Orantos, revoloteando con su mirada ansiosa por todo el animal—. Ven, vamos al comedor. Ahí podré revisarla con más detalle.

El comedor de la casa de Orantos tenía un aspecto que rayaba la normalidad, pero la cocina, que estaba al lado, también funcionaba como laboratorio, y el olor a sustancias químicas que provenía de ahí arruinaba el apetito. El inventor despejó la mesa y le indicó a Kaylon que pusiera allí al animal. Al verse desprotegida sobre el mueble, el ave emitió una especie de quejido; el muchacho le pasó una mano por el lomo y la tranquilizó diciendo:

—No temas. Él también es tu amigo.

Orantos se ausentó unos segundos y regresó con su propio par de guantes, que a diferencia de los del chico mostraban varias quemaduras y agujeros. Tardó un poco en persuadir al ave de dejarse examinar, pero finalmente ésta le permitió palpar su ala dañada. Kaylon observó con interés el procedimiento, aprovechando para hacer unas preguntas.

—¿Qué clase de animal es? —fue la primera de ellas.

—Un águila de montaña —respondió Orantos sin dudarlo—. Pero me extraña que haya llegado hasta aquí. Según los libros, no suelen visitar estas regiones.

El chico se encogió de hombros. Él y los libros no se llevaban bien, de modo que siguió inquiriendo:

—¿Puedes decir si es macho o hembra?

El hombre contestó sin interrumpir lo que estaba haciendo, muy concentrado en su análisis.

—Diría que es macho, a juzgar por su apariencia y tamaño, pero no puedo asegurarlo sin tener una hembra al lado para comparar. No se distinguen demasiado. Sin embargo...

—¿Qué?

El inventor miró a Kaylon y de nuevo al águila, frunciendo el ceño.

—Sin embargo, este animal no es exactamente como lo describen los libros. No es que las diferencias sean grandes, pero...

Orantos dejó colgada la frase, y como no parecía que fuera a terminarla, Kaylon se atrevió a preguntar lo que más deseaba saber:

—Dime, ¿crees poder salvarla?

El inventor levantó la cabeza y se enfrentó a la mirada anhelante de su pequeño amigo. Había tanta tristeza en los ojos del hombre que Kaylon tuvo miedo de lo que iba a escuchar.

—Voy a ser sincero contigo, Kay —empezó Orantos—. El ala no está rota sino destrozada. La flecha cercenó varios ligamentos y nervios, y por si fuera poco los huesos se fracturaron en la caída. No dudo que haya algo de daño interno, además de otras contusiones menores. En conjunto, diría que el pronóstico es muy poco favorable.

El muchacho acarició la frente y pecho del águila sintiendo que los ojos se le llenaban de lágrimas. Comprendió que aquella ave era lo más maravilloso que había encontrado en sus casi trece años de vida, desde el instante en que oyera su grito al amanecer. Ya era bastante malo saber que no volaría, pero la idea de acabar con tan bella criatura le resultó imposible de tolerar; no podía ser sino un crimen contra la vida misma.

Reuniendo todo su coraje, el muchacho hizo retroceder sus lágrimas y anunció:

—Quiero intentarlo.

—¿Estás seguro? Te advierto que...

—Lo mismo me advirtieron sobre Nela, y ya ves qué pasó.

Orantos sonrió. Aunque lo mantenía en secreto, estaba orgulloso de la determinación del chico. Nunca dejaba de sorprenderlo.

—Muy bien, Kay, lo intentaremos. ¿Sabes?, presentí que dirías eso.

El muchacho sonrió a su vez y se permitió tener un poco de esperanza. Mientras tanto, Orantos comenzó a darle instrucciones en su tono de "manos a la obra".

—Lamento tener que decir esto, pero tendremos que amputar parte del ala para impedir la gangrena. No te desmayas al ver sangre, ¿verdad?

Kaylon negó con expresión algo ofendida.

—Está bien, no te enojes, tenía que preguntar. Bueno, si vas a ayudarme tendrás que lavarte bien, sobre todo las manos y los brazos. Ah, y toma esto.

Orantos le alcanzó al chico un frasco vacío. Kaylon lo miró sin entender hasta que el inventor le dio una pista.

—Estuviste chapoteando en la ciénaga, ¿no?

El chico hizo una mueca de disgusto.

—No me lo recuerdes —dijo, y se retiró a la parte de atrás de la casa, donde estaba el pozo.

A la vez que se limpiaba, el muchacho depositó en el frasco todas las sanguijuelas que se le habían adherido a las piernas, vientre y espalda. Esos bichos glotones siempre encontraban un resquicio en la ropa por donde meterse. Y por cierto, ¿para qué querría Orantos aquellas monstruosidades?

—Mejor ni saberlo —murmuró Kaylon.

Cuando el chico regresó al comedor, Orantos estaba muy ocupado en la cocina manipulando diversos instrumentos de metal y otros útiles. Suspendió dicha tarea para darle al muchacho dos cosas: una tijera y una píldora de color verdoso.

—La píldora es un narcótico —explicó el inventor—. Haz que se la trague. Luego quita todas las plumas que puedas de la zona herida; la tijera es para que cortes las grandes. Ocúpate de eso mientras yo termino de hervir algunas cosillas.

El chico pensó que tendría dificultades para lograr que el ave se tragara la píldora, pero el águila debía haberle tomado confianza puesto que no ofreció resistencia. No tardó en quedar medio dormida, aunque se volvió para darle un picotazo al chico cuando éste le arrancó una pluma que más bien debería haber cortado.

—Perdón —se disculpó el muchacho, a pesar del largo rasguño que le hiciera el ave en el antebrazo.

Orantos se aproximó poco después con una bandeja llena de piezas de acero; se había restregado bien desde las raíces de su pelo rubio hasta las puntas de los dedos, y traía puesto un delantal blanco.

En la bandeja había una sierra pequeña.

—Le va a doler, ¿no es cierto? —preguntó Kaylon, alarmado.

—No te preocupes —dijo Orantos.

Acto seguido clavó unas agujas muy finas en varias zonas del ala, tarareando en voz baja. Al ver la expresión escéptica del muchacho, tuvo la decencia de aclarar:

—Relájate. He practicado esto en pollos.

El chico consideró llevar al águila con el cirujano del pueblo, pero descartó esta alternativa en un santiamén; el cirujano, que era tan gruñón como experto, lo habría echado a palos a la calle por cometer el sacrilegio de llevarle un paciente no humano. Suspiró, por lo tanto, y se preparó para obedecer órdenes cuando Orantos aferró un cuchillo pequeño y dijo:

—De acuerdo, empecemos.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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