31 de enero de 2012

La canción del águila (18B)

Los errantes habían encendido una enorme hoguera en el centro del campamento, cuya luz intensa y oscilante opacaba por completo las estrellas y las lámparas de los carromatos. El calor del fuego resultaba acogedor aunque la noche no era fría, y proporcionaba el ambiente ideal para una comida a la intemperie. Se habían instalado mesas en el espacio delimitado por los carromatos, y como Mic estuviera en una de ellas, masticando con energía una pierna de pollo, Kaylon se dirigió hacia él y lo saludó.

—Ah, Kay, veo que sobreviviste —dijo Mic—. Siéntate y come. ¿A tu amigo con plumas le gusta el pollo asado? ¿O no tiene tendencias caníbales?

El chico agradeció la invitación y se sirvió pollo y ensalada, que compartió con Eles. Había más gente en la mesa, y aunque no le preguntaron más que el nombre, Kaylon observó cuán a menudo lo miraban fijamente. Era una situación un tanto inusual para él, habituado desde pequeño a pasar desapercibido, pero estaba demasiado cansado como para que ello lo perturbara. Satis apareció poco después, y entre él y su primo se encargaron de aligerar la tensión; debían haberse puesto de acuerdo más temprano, porque empezaron a contar una versión todavía más fantástica de la trifulca con el oso, en la que ambos eran los héroes y todos los demás terminaban hasta el cuello en arenas movedizas. Algunos comensales desistieron de acabar su cena, pues llegó el punto en que por las risas se arriesgaban a morir atragantados.

Al estar toda la tribu presente, el chico verificó sus cálculos: el número de errantes rondaba, efectivamente, los quinientos, aunque una cuarta parte de ellos eran niños menores de diez años. Por segunda vez advirtió lo bien que parecían llevarse todos, lo estrecho de sus lazos afectivos, y se sintió excluido. No porque él lo deseara, o los errantes; pero la forma de vida de aquellas personas era tan ajena a lo que Kaylon había conocido desde su infancia que le resultaba imposible integrarse a ella así de repente. Sin embargo, hasta ese entonces habían sido amables con él. Quizá con el tiempo podría llegar a ser parte de la tribu, si le daban la oportunidad. En tal caso sólo tendría que preguntarse a sí mismo si era eso lo que anhelaba... y tras un rato de serena meditación, concluyó que bien podía ser así. Había estado siempre tan solo...

La cena no duró más de dos horas. Cuando finalizó, el muchacho ayudó a los errantes a retirar los platos y guardar las mesas. De pronto se vio rodeado por un montón de desconocidos que ya no estaban pendientes de él, y la multitud comenzó a dispersarse dejando a Kaylon en medio del campamento sin saber adónde ir.

Por unos segundos estuvo a punto de cambiar de idea sobre permanecer allí. Tenía a la vista el carromato de Romus; bastaría con decirle que agradecía sus atenciones pero que lo mejor para él sería continuar su camino. Lo detuvo, no obstante, una voz procedente de algún sitio a su derecha.

—Empezaba a preguntarme cuándo Mic se olvidaría de ti.

Kaylon se volvió hacia el origen de la voz y vio a Tyanna de pie contra unos fardos de paja, con los brazos cruzados y expresión risueña.

—No tomes a mal su descuido —prosiguió la muchacha—. Mic es un buen tipo, pero su propia personalidad le ocupa la mayor parte del día, así como Satis vive pendiente de su estómago.

Kaylon no supo qué contestar. Tyanna sonrió. Era una sonrisa maternal, protectora, que lo hizo sentir como un niñito perdido en el bosque que acabara de ser encontrado por un adulto.

—Mic no te llevó con Leila, ¿verdad? —preguntó la joven.

—No —respondió Kaylon, todavía desconcertado.

—Ven conmigo, entonces.

Tyanna echó a andar con paso tranquilo y elegante, igual que una cierva. El chico fue detrás de ella cargando a Eles en un brazo. La muchacha continuó hablando.

—Romus no te lo dijo, pero Leila es la Madre de la tribu. Ella conoce a todo el mundo y resuelve los asuntos de tipo familiar. Romus se encarga más bien de la administración: quién se va, quién viene, las tareas que debe cumplir cada uno, hacia dónde iremos mañana y por cuál camino. ¿Está claro?

—Sí.

—Bien. Así sabrás a quién debes dirigirte la próxima vez que tengas una duda.

Habían llegado a un carromato bastante grande en cuyo interior reinaba el bullicio. Tyanna golpeó la puerta; después de cuatro tentativas infructuosas, fue recibida por un chiquillo de piel morena y facciones redondas.

—Hola, Bel —dijo la muchacha—. ¿Puedo hablar con tu mamá?

El niño señaló hacia adentro. Tyanna subió al carromato haciéndole señas a Kaylon de que entrara. Él obedeció, aunque temiendo que Eles asustara a los ocupantes de aquella casa rodante o que éstos alteraran a la rapaz.

Dentro del carromato había una mujer cuarentona, rodeada por una decena de infantes y con un bebé colgando del brazo. Era tan oscura como Dorcai; salvo Bel, los demás niños no se le parecían en nada, así que probablemente los estaba cuidando en ausencia de sus padres. Cuando vio a Tyanna, su rostro se iluminó con una sonrisa blanca como la luna.

—¡Hola, querida! ¡Qué gusto verte! ¿Quién es tu joven acompañante?

—Su nombre es Kaylon, y el águila se llama Eles.

—Encantada de conocerte, Kaylon. ¿A qué debemos tu visita?

A falta de una respuesta concreta, el chico recurrió a Tyanna en silencio tal que la joven habló por él; durante la primera mitad de su explicación, los ojos de la muchacha no se apartaron de los de Kaylon.

—Como dijo Mic cuando lo encontramos, es un pequeño viajero... un pequeño viajero en busca de su destino, creo yo. Y el destino lo ha traído hoy con nosotros.

Tyanna desvió su mirada hacia la mujer morena.

—Es muy probable que continúe en la caravana por lo menos hasta el final del invierno, de modo que necesitará alojamiento.

—Ya veo —dijo Leila—. Déjame pensar...

La Madre de la tribu enumeró en voz baja los candidatos para hospedar al muchacho, y uno a uno los rechazó por motivos que ni Tyanna ni Kaylon lograron descifrar entre sus murmullos. Después de un rato, Leila anunció:

—¡Vaya!, somos tantos y sólo se me ocurre una posibilidad... y ya la conoces, ¿verdad, Tyanna?

La joven suspiró y asintió con desánimo.

—Sí, lo había pensado, pero sabes cómo es él. Desde que Leno partió, se ha acostumbrado a vivir solo y no estoy segura de poder convencerlo de lo contrario.

Leila puso una mano en el hombro de la muchacha.

—Mi hijo se ha convertido en un ermitaño porque solamente hay una persona con quien querría estar. Si alguien puede convencerlo de algo, Tyanna, eres .

Tyanna volvió a asentir con la cabeza. Luego tomó la mano de Leila y la presionó un momento contra su frente.

—Agradezco tu consejo, Madre.

—No hay de qué, mi niña. En cuanto a ti, apuesto jovencito, ojalá sea tu destino hallar la felicidad en nuestra tribu.

—Gracias —replicó el muchacho, inclinándose en señal de respeto. Leila rió.

—¡Apuesto y bien educado! Bueno, váyanse ya. Es tarde y tengo que acostar a estos traviesos.

Los niños, quienes habían persistido en sus juegos durante todo ese lapso, protestaron ante la idea de irse a dormir. Tyanna y el chico se despidieron de Leila y abandonaron el carromato, dejando a la Madre a merced de las revoltosas criaturas.

La hoguera ya no era más que cenizas; los errantes se habían retirado a sus respectivas camas y una agradable quietud imperaba ahora en el campamento, inundada por los olores del bosque circundante y el arrullo de los insectos. Uno de los carromatos, no obstante, resplandecía más que los otros, aunque en su exterior brillaba una única antorcha. Kaylon se sintió atraído hacia ahí cual mariposa nocturna a la llama de una vela; uno de sus pies incluso adelantó al otro, pero Tyanna lo agarró del brazo libre.

—No es por ahí —dijo la muchacha con naturalidad, como si la reacción de Kaylon no tuviera nada de raro.

—¿Quién vive en ese carromato? —preguntó el chico. El hechizo era irresistible; sus piernas aún querían llevarlo en esa dirección.

—Amalaide —respondió Tyanna en susurro—. Tal vez llegues a verla, pero es igual que el aire: va y viene sin que nadie lo note, excepto cuando ella quiere.

—Amalaide —repitió Kaylon. El nombre sonó elusivo y misterioso en sus labios, lleno de un poder indescriptible.

La muchacha le tironeó del brazo.

—Sígueme.

Caminaron hacia otra parte del campamento, próxima al límite del anillo medio. Tyanna detuvo entonces al muchacho y lo empujó contra un carro lleno de víveres.

—Espera aquí —le indicó la joven—. Será mejor que él no te vea hasta que haya aceptado hospedarte.

Kaylon frunció el ceño pero Tyanna no le dio más explicaciones. Con paso resuelto, la muchacha se dirigió a un pequeño carromato estacionado bajo dos árboles viejos y nudosos.

Hasta ese instante, el muchacho no había imaginado lo que le esperaba; sin embargo, cuando Dorcai respondió al llamado de Tyanna, el curioso intercambio entre ella y Leila cobró sentido.

—Fabuloso —murmuró el chico. De todos los errantes que había conocido ese día, ¿tendría que permanecer justo con ése?

Desde su escondite, Kaylon lo escuchó hablar con Tyanna y el diálogo no le pareció nada prometedor. Por lo visto, el rechazo era recíproco. Tras oír la petición de la joven, Dorcai protestó diciendo:

—¿Quedarse aquí? ¿Y por qué no lo mandas con los hijos de Yennara? Seguro que ellos tienen lugar para uno más.

—Oh, vamos, Dorcai. Los hijos de Yennara se la pasan peleando toda la noche, y luego duermen hasta pasadas las doce. Si Kaylon va a trabajar con Aetel, necesitará todas las horas de sueño que pueda conseguir.

El hombre resopló. Tyanna lo miró con disimulada tristeza; empleando un tono de voz más seductor, reanudó su intento de persuadirlo.

—No seas tan hosco. Kaylon no te ha hecho nada. Tuvimos un mal comienzo, lo admito, pero a mí me parece un buen chico. Hazlo por mí, aunque sea. ¿Sí?

Dorcai no quería ceder, eso era claro como el cristal, pero... ¿cómo resistirse al encanto de aquellos ojos verdes? A pesar de su desagrado, Kaylon sintió una chispa de simpatía por el joven; él no habría durado ni medio minuto en su lugar.

—Aj, está bien —accedió al fin el errante moreno—. Puede quedarse.

Tyanna le dio un beso fraternal en la mejilla. Él hizo una mueca, aunque no precisamente de disgusto.

—Odio cuando haces esto, Tyanna, de veras. No, no pongas cara de inocente, te conozco bien. Anda, dile al chico que salga del rincón donde lo ocultaste y que venga.

—De acuerdo —dijo la muchacha, sonriendo—. Buenas noches, Dorcai.

—Sí, sí, buenas noches —replicó éste con expresión dolida, y desapareció dentro del carromato sin mirar a Tyanna, quien fue a buscar al muchacho.

—Mi parte ya está hecha —anunció la joven—. Ve con él... y buena suerte.

La joven se perdió en la oscuridad. Kaylon tomó aire y marchó hacia el carromato, cuya puerta Dorcai había dejado entornada.

—Permiso... —dijo el chico al entrar. No recibió respuesta; Dorcai se hallaba de pie junto a la ventana, con los ojos fijos en el vacío.

El interior del carromato estaba muy limpio y ordenado, sin rayar en el fanatismo por el aseo. A Kaylon le dio la sensación de una estricta disciplina, otro punto en favor del errante. Dorcai, por su parte, volvió en sí y contempló al muchacho con hostilidad.

—Aclaremos algo desde ahora: no te estoy haciendo un favor, sino a Tyanna. Eso quiere decir que yo mando aquí, y que obedecerás mis reglas. Regla número uno: nada de estar remoloneando hasta tarde. No me gustan los holgazanes. Regla número dos: detesto el desorden, así que...

Kaylon, un tanto divertido, decidió cortar por lo sano e interrumpir lo que sin duda sería una larga perorata.

—Oye, no te preocupes por mí. Voy a cuidar de los caballos, así que me levantaré al amanecer y estaré lejos la mayor parte del día. Es posible que ni siquiera vuelva algunas noches, si el tiempo se presta para dormir en el campo. Cualquier regla que impongas, la respetaré; es tu casa.

Dorcai se quedó mudo por un momento, tratando de decidir si el chico era sincero o si decía todo eso para caerle bien. Debió inclinarse por la primera opción, porque su rostro se relajó y su tono de voz sonó amable al preguntar:

—¿Cuántos años tienes?

—Cumpliré trece en el otoño.

El errante lo examinó de arriba a abajo.

—Pues pareces algo mayor.

Esta afirmación tomó a Kaylon por sorpresa. Sin embargo, Dorcai tenía razón: aunque Fael lo había llamado "enano" desde muy temprano, el chico siempre había sido alto para su edad por la vida activa que llevaba.

—Bueno —dijo el muchacho después de una pausa—, ¿y qué hago con Eles?

—¿Eles? Ah, el águila. Es verdad, no puedes dejarla afuera. Ponla donde te parezca mejor y mañana le fabricaremos una percha. En cuanto a ti, tendrás que dormir hoy en el piso; regalé la cama de mi hermano cuando se mudó a otra tribu. Te conseguiré una lo antes posible.

—Estupendo. Gracias.

—Sí... bien... iré por unas mantas.

Kaylon y Dorcai no hablaron mucho después de eso, pero cuando llegó la hora de apagar la luz, la opinión de cada uno con respecto al otro había mejorado considerablemente. El chico, por lo menos, estaba casi seguro de que el errante no le daría los mismos problemas que Fael, lo cual era un alivio.

Antes de entregarse al sueño, el último pensamiento de Kaylon fue que ese día, aunque largo y ajetreado, había sido uno de los mejores que había tenido en varios meses.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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