30 de enero de 2012

La canción del águila (18A)

El campamento, al que llegaron dos horas después, era mucho más grande de lo que Kaylon había imaginado por el camino. Situado en una parte del bosque donde la arboleda era poco densa, tenía una disposición aproximada de tres anillos concéntricos: por fuera, unos carromatos enormes y recios, destinados a la carga; en el medio, carromatos de menores dimensiones que, por su apariencia menos práctica y más confortable, obviamente funcionaban como viviendas; y en el centro, un espacio donde las personas llevaban a cabo diversos quehaceres. El eje de este espacio era una zona despejada de maleza a fin de poder encender fuego sin peligro alguno, aunque en ese preciso instante sólo ardían allí unos pocos rescoldos.

Semejante asentamiento debía contener unos quinientos errantes; el inventor, no obstante, le había asegurado que algunas tribus superaban los dos mil individuos.

¿Qué más sabía el chico sobre esa gente? No demasiado, pero sí lo esencial. Los errantes eran nómadas, aunque con ciertas características particulares: tenían una ruta claramente establecida que daba vueltas sin cesar alrededor de un punto geográfico específico, de preferencia un lugar sagrado; los colgantes de metal con forma de letras indicaban a cuál tribu pertenecían, pues había más de una y en ocasiones se entrecruzaban; eran, en suma, como pueblos desarraigados en los cuales podían encontrarse todos los oficios que hacen funcionar una comunidad humana. Tenían sus propias tradiciones, sus propias historias y leyendas; es decir, esos pequeños elementos culturales que constituyen una nación. Sin embargo, no eran grupos cerrados. A veces algún errante abandonaba la tribu para vivir de manera convencional o alguien de afuera se unía a sus caravanas. Pero esto era raro, y más frecuentemente los intercambios tenían lugar entre miembros de tribus distintas.

Con todo esto en mente, Kaylon dejó que su mirada vagara por el campamento para hacerse de una primera impresión. Y le gustó lo que vio, pues allí parecía reinar la armonía; no de la clase que había conocido en la granja, donde las personas se llevaban bien por la costumbre y la necesidad de trabajar en equipo, sino aquella que nace de la amistad entre seres afines. Esto saltaba a la vista casi de inmediato: en ningún momento se encontraban dos errantes sin que mediara entre ellos una sonrisa, un saludo o un ofrecimiento de ayuda.

—Agradable, ¿no? —le dijo Mic a Kaylon, adivinando sus pensamientos—. Así es como vivimos. Ahora ven conmigo; Romus es el Padre de nuestra tribu, y todos los visitantes deben obtener su permiso para poder quedarse en el campamento, aunque sea por una noche.

Dorcai y Satis se separaron del grupo, llevándose las piezas de caza y a Nela. El chico, con Eles en el arnés, siguió al pelirrojo. Tyanna fue detrás de ellos pero en silencio y manteniendo cierta distancia, como movida por un propósito secreto. Kaylon procuró no darse vuelta para vigilarla, aunque le resultó difícil: la joven no sólo era atractiva, sino que además parecía interesada en él. El porqué de ello, Kaylon no habría podido asegurarlo. Por lo que recordaba, no había dicho o hecho nada destacable; durante la mayor parte del trayecto hasta el campamento le había permitido a Mic monopolizar la conversación, optando por permanecer callado hasta comprender mejor con qué clase de gente estaba tratando. Finalmente se le ocurrió que la muchacha podría querer saber algo más sobre Eles, dado que se trataba de un ave exótica; en él, desde luego, no había ni pizca de exótico, y sin duda la joven tendría mejores cosas que hacer que perder su tiempo con un chico por completo común y corriente, aunque viniera de otra región.

Dejando de lado estas reflexiones, el muchacho contempló con agrado la belleza artesanal de los carromatos, pintados de colores festivos y decorados con objetos de hueso y madera. También observó que, pese a que la mitad de los errantes iban vestidos como Mic y sus compañeros, otros llevaban unos atuendos muy elaborados, con cintas y cuentas de vidrio, collares y pulseras. Los niños, en particular, lucían encantadores: sus trajes eran sencillos pero estampados con figuras de plantas y animales, y usaban unos sombreritos de paja con espigas o flores, según se tratara de varones o niñas. Los pequeños errantes interrumpieron sus juegos para señalar a Kaylon y Eles; cualquier cosa que rompiera la monotonía era, al parecer, digna de su atención.

Mic condujo al chico hasta un carromato que no se distinguía mucho de los demás. Una vez allí, el pelirrojo encaró al muchacho con moderada seriedad.

—Antes de entrar, Kay, te daré un par de consejos: en primer lugar, mira a Romus a los ojos a lo largo de toda la entrevista y no le cuentes ninguna mentira, aunque puedes ejercer tu derecho de no contestar si alguna pregunta te incomoda; en segundo lugar, no te dejes amedrentar. Verás, Romus es un poco como Dorcai: aunque le agrades, no lo demostrará durante un tiempo... diez años, más o menos... y, mientras tanto, se comportará contigo como si fuera a devorarte al menor agravio.

Kaylon asintió.

—¿Algo más? —le preguntó a Mic.

—Sí: no te rasques el trasero, no te hurgues la nariz y evita eructar en presencia de nuestro solemne líder. Se enfada mucho cuando yo lo hago, y eso que soy de la familia.

El chico contuvo una risita.

—Bueno, aquí vamos —dijo Mic—. Sujétate de tus calzones.

El pelirrojo golpeó tres veces la puerta del carromato.

—¡Adelante! —tronó una voz desde el interior.

Mic fue el primero en cruzar el umbral; Kaylon lo siguió de cerca, haciéndole espacio a Tyanna para que ella también pasara. La muchacha dejó la puerta abierta a propósito, situándose a un lado de la misma. A Kaylon se le antojaron dos razones para ello: lo hacía en consideración a sus nervios, así no se sentiría encerrado, o con el fin de proporcionarle una vía de escape en caso de que Romus decidiera, en efecto, devorarlo.

Desde un rincón de la habitación apareció un hombre que en ese instante se estaba secando las manos con una toalla. Era tan alto y rubio como Orantos y más o menos de la misma edad, pero ahí se acababan las similitudes, pues el hombre parecía una copia más delgada y madura de Satis.

—¿Qué ocurre? ¿Quién es él? —preguntó el líder de los errantes. Su voz sonaba amedrentadora... pero la amenaza no iba dirigida a Kaylon sino al pelirrojo, como si fuera habitual que éste le comunicara malas noticias.

—Se llama Kaylon —informó Mic—. Lo encontramos en el bosque, viajando solo, y pensamos que podría cenar con nosotros.

Romus se fijó en las botas embarradas de ambos muchachos y frunció el ceño, suponiendo quizás que la verdad era más complicada; pero pasó por alto ese detalle y se dirigió a Kaylon con menor rudeza que a su acompañante. El chico pensó de inmediato en el juez Tolga: el Padre de la tribu irradiaba la misma sensación de autoridad y firmeza de carácter.

—Viajando solo, ¿eh? ¿Hacia dónde?

—Me dirigía al este, hacia...

El chico dejó la frase en suspenso porque en realidad no sabía adónde iba. Hasta ese entonces no había hecho más que dejarse guiar por su intuición... y la de Eles. Su voluntad, adormecida durante largas semanas, acabó por despertar e imponerse, y Kaylon terminó la oración de esta manera:

—... hacia ningún sitio en particular, supongo.

Eles se agitó dentro del arnés; el muchacho lo ignoró.

—Te fuiste de casa —dijo Romus. No era una pregunta.

Kaylon resumió la cadena de sucesos que lo habían conducido hasta ahí. Ninguno de los presentes se aventuró a opinar, mas el chico percibió en ellos cierta empatía; después de todo, los errantes también eran diferentes al resto del mundo.

—Y eso es todo, creo —concluyó el muchacho. Había omitido solamente algunos hechos referentes a Eles, como la historia de su hallazgo, el asunto de la flecha y aquellas actitudes del ave para las que no tenía una explicación lógica.

Romus se frotó la barbilla. Su expresión era mucho más amigable que al principio y Kaylon pensó que había superado la prueba.

—Ajá —exclamó el hombre después de unos minutos—. Bueno, hijo, no diría que te has metido en problemas, pero tu situación tampoco es muy favorable. Y como los errantes nunca negamos asilo a quien lo necesita, puedes quedarte con nosotros hasta que acaben las lluvias. Si terminas por encontrarte a gusto, tal vez quieras acompañarnos al sur para pasar el invierno, y después de eso... bien, supongo que mucho antes ya habrás resuelto qué hacer con tu vida.

Kaylon le dio las gracias al líder de la tribu. Romus le correspondió con un gesto y luego se dirigió a Mic:

—Llévalo con Aetel y dile que le busque un trabajo. Al fin y al cabo, siempre se está quejando de que le falta gente para cuidar de los caballos. Ve también con Leila y pregúntale dónde puede dormir el chico.

—Sí, tío —respondió Mic con expresión obediente.

—Y dile a Satis que venga cuanto antes. Según su madre, hoy le toca lavar la ropa.

—Con mucho gusto —replicó el pelirrojo. Un brillo travieso bailaba en sus pupilas; sin duda tramaba algo. Romus le echó una mirada disuasiva pero Mic se hizo el distraído, súbitamente ocupado en dar lustre a la hebilla de su cinturón.

—Ya, desaparece —le ordenó el hombre a su sobrino, y fue a colgar la toalla húmeda en una de las ventanas.

Kaylon y Mic salieron del carromato. Tyanna no estaba por ningún lado.

—Segunda parada: los corrales —anunció el pelirrojo—. Amigo Kay, espero que te gusten mucho los caballos, porque lo que te aguarda no es trabajo para damiselas.

Dejando atrás el campamento, caminaron por un sendero poco definido entre los árboles, el cual terminaba en un llano donde se extendía un lago de color turquesa. No muy lejos de dicho lago los errantes habían construido unos corrales de troncos; allí, masticando heno bajo la sombra del monte, descansaban por lo menos unos cuatrocientos caballos de tiro pesado. Eran unas bestias magníficas, casi todas de pelaje bayo, colas cortas y patas gruesas y peludas.

—Son preciosos —dijo Kaylon.

—Oh, eso no lo discuto —replicó Mic—, pero también son las criaturas más tozudas que he conocido. Ni muerto me pondría en tus zapatos. Ah, mira, ahí está Satis con tu yegua.

Mic bajó trotando la pendiente; el chico lo imitó y juntos llegaron a la zona de los corrales. Mientras le daba de beber a Nela, Satis narraba de forma creativa su último encuentro con Beorb a un público de siete hombres.

—... entonces el oso y yo nos enlazamos en una lucha cuerpo a cuerpo, y así fue como salvé la vida de Dorcai, quien yacía atontado en...

El pelirrojo aplaudió.

—Felicidades, primo. Ahora dime: ¿eso ocurrió antes o después de hundirte como una piedra en el barro?

Los siete hombres rieron; Satis hizo un gesto de "no le hagan caso a este bobo".

—¿Dónde está Aetel? —le preguntó Mic a su primo.

—Por allá, cerca de aquellas rocas. Ahora vete, estás estropeando mi momento de gloria.

—Sí, claro. Vamos, Kay.

Cuando los dos muchachos estuvieron a una veintena de metros del grupo de errantes, Mic se dio vuelta y exclamó con todas sus fuerzas.

—¡A propósito, primito: dice tu mami que hoy te toca lavar la ropa!

Los siete hombres, más algunos otros que andaban por los alrededores, soltaron sendas carcajadas; Satis se puso rojo como el pelo de su primo y Kaylon leyó en sus labios algo así como "lo voy a matar".

—Ah, dulce venganza —dijo Mic—. Esto le enseñará a no contarle a la bella Imaura sobre la vez que me senté en un hormiguero. Ven, Kay, ahora sí te llevaré con Aetel.

Visto de espaldas, Aetel era un tipo bajo, fortachón, de pelo negro y corto... pero cuando se dio vuelta, resultó ser una mujer.

—Dijiste que esto no era trabajo para damiselas —murmuró Kaylon.

—¿Y eso te parece una damisela? —contestó el pelirrojo.

—Ya te oí, Mic —dijo Aetel. Su voz sonó ronca pero no malhumorada; debía estar acostumbrada a las bromas.

—Él es Kaylon. Va a permanecer una temporada con nosotros, de modo que...

—Sí, entiendo. Dime, pequeño, ¿qué sabes sobre caballos?

—De donde vengo los criábamos —respondió el chico.

—Excelente. Nos serás de gran ayuda. ¿Puedes empezar ahora?

Kaylon asintió.

—Déjalo conmigo, Mic —le indicó Aetel al pelirrojo—. Te lo devolveré cuando hayamos terminado.

—Está bien. Te espero en el campamento, Kay.

Aprovechando que Aetel no lo veía por estar desenredando unas bridas, Mic le hizo un guiño al chico, señaló a la mujer y puso cara de susto.

—Sé lo que hiciste, Mic... —dijo Aetel sin apartar la mirada de las bridas.

—Ten cuidado, Kay, se las sabe todas —le advirtió el pelirrojo a Kaylon en tono confidencial, y luego se retiró silbando.

Hasta la hora de la cena, el chico estuvo ocupado con los caballos de los errantes, haciendo prácticamente lo mismo que en la granja. Mic había tenido razón acerca de esos animales: sí eran testarudos, y propensos además a las patadas, pisotones y mordiscos. Sin embargo, no era la primera vez que el muchacho trataba con equinos de temperamento irritable, de modo que se las arregló bastante bien; tan bien, de hecho, que Aetel y el resto de los encargados tuvieron que reconocer su destreza. En cuanto a la mujer, en realidad era muy simpática a pesar de su masculinidad. A eso de las siete despidió a Kaylon con tiempo para asearse, y lo invitó a desayunar junto al lago a la mañana siguiente. Por todo esto, el muchacho regresó al campamento sintiéndose de maravilla.

(Continuará...)

Gissel Escudero

No hay comentarios.:

Publicar un comentario