29 de enero de 2012

La canción del águila (17)

El puente del río Eb, al que Kaylon llegó dos días después, se hallaba en tan mal estado que el chico lo cruzó solo a pie antes de atreverse a hacerlo con Nela y Eles. Cuando los tres llegaron por fin al otro lado, Kaylon dio media vuelta para admirar la desvencijada y crujiente estructura, aún asombrado de que hubiera tolerado el peso de la yegua sin arrojar más que unas pocas astillas. Pero no se engañaba; el río era de cauce profundo y turbulento, y probablemente arrastraría el puente cual montón de palitos podridos durante la estación de las lluvias. Claro que a él le daba igual, porque no pensaba volver a atravesarlo por nada del mundo.

El cielo estaba nublado, así que el muchacho sacó su brújula para asegurarse de estar yendo en la dirección correcta. Sí, todo pintaba bien: el río corría de norte a sur, y si seguía el sendero perpendicular al mismo no se desviaría por el resto del día, al menos.

De acuerdo al reloj eran las doce y veinte, lo cual explicaba los gruñidos de su estómago. Sin embargo, le llamó la atención el tercer indicador del instrumento, pues según éste la presión de la atmósfera estaba decayendo con rapidez. El muchacho contempló el firmamento. Realmente no parecía que fuera a llover, pero había aprendido a hacerle caso al invento de su amigo; por lo tanto, decidió avanzar un poco más e instalarse en el primer refugio que encontrara.

Cuatro horas más tarde, el agua caía a torrentes desde el cielo y los truenos hacían vibrar las paredes de roca de la cueva donde el chico se había metido. Era el sitio perfecto para resguardarse de la lluvia: se encontraba en terreno elevado y había espacio suficiente en su interior para alojar a Nela, a quien no le gustaba quedar expuesta durante las tormentas eléctricas. La yegua se había tumbado cómodamente sobre un colchón de detritos vegetales; Eles, por otro lado, estaba de pie junto a la entrada de la cueva, como si quisiera partir apenas terminara de llover. Kaylon aprovechó para merendar con unas bayas que había recogido por el camino, y mientras tanto se dedicó a observar al ave.

Bajo el resplandor de los rayos que se filtraba a través de la cortina de agua, el chico no pudo dejar de notar lo mucho que había mejorado Eles en los últimos tiempos, a medida que se dirigían hacia el este. Las plumas nuevas del animal despedían reflejos de oro y sus ojos eran dos soles, límpidos e incandescentes. Incluso daba la impresión de haber crecido, a causa del aumento de masa muscular. No obstante, el muchacho no creyó que todo eso se debiera a la buena alimentación y el ejercicio. Era más bien como si el ave tuviera una sensación de propósito al estar yendo en una dirección concreta, y ello la reanimara con mayor eficacia que el movimiento o la comida.

Pero tales pensamientos le producían escalofríos al chico, porque lo llevaban a la conclusión de que Eles era mucho más que un águila, al ser capaz de sentir emociones humanas. Y eso no era posible... ¿o sí?

De pronto se oyó un ruido de madera al quebrarse. A Eles se le erizó el plumaje y Nela levantó la cabeza, sobresaltada. Kaylon permaneció tranquilo; se había caído un árbol muerto o, como había estado esperando desde que empezara la tormenta, el puente del río Eb había cedido ante la fuerza de la corriente. Seguramente lo reconstruirían en el otoño o la primavera siguiente, a más tardar.

El chico se arrebujó en su capa y durmió una apacible siesta, a pesar de los truenos. Despertó al sentir los picotazos del águila en sus dedos; ya no llovía, y aún tenían por delante algunas horas de luz diurna.

—Está bien, Eles, entendí el mensaje —dijo el muchacho mientras se desperezaba.

Kaylon salió de la cueva llevando a Nela por las riendas y a Eles en su espalda. Las nubes comenzaban a abrirse, mostrando aquí y allá parches de cielo azul; hacia el este, dado que el sol se encaminaba al poniente, un diáfano arco iris daba un toque de color al firmamento. El fenómeno sólo duró unos pocos minutos pero el muchacho se sintió bien al contemplarlo, como si fuera un buen augurio.

Al atardecer, el cielo estaba despejado y las primeras estrellas se hacían guiños unas a otras. La temporada de lluvias tardaría un poco más en llegar, por suerte; lo de ese día había sido tan sólo un preludio. El muchacho acampó al aire libre, dejando de lado por el momento toda preocupación climatológica.

El día siguiente amaneció sin una sola nube de aspecto sospechoso, y aunque los caminos estaban poblados de charcos más o menos profundos, ello no le impidió a Nela cubrir una larga distancia antes del mediodía. A esa hora, Kaylon resolvió hacer un alto. Había unos espléndidos árboles frutales a la vera del sendero, y no estaba bien desperdiciar una oportunidad para abastecerse. Así pues, ató bien a Nela para que no se empachara con fruta madura, dejó a Eles sobre la silla de montar y marchó con una bolsa a recolectar los dulces regalos de la naturaleza.

Estaba tan concentrado en la tarea que se alejó bastante de la yegua. Se le ocurrió entonces al muchacho que podría ocultarse en algún sitio y esperar; los frutos seguramente atraerían a los pequeños animales del campo, y la dieta de Eles consistía más que nada en carne fresca. Pensando en darle el gusto, buscó un lugar apropiado para el acecho, pero lo distrajeron unas voces que provenían del otro lado de una barrera de arbustos. Dominado por la curiosidad, Kaylon se aproximó a dichas plantas y espió por entre sus ramas.

Del otro lado había un claro que precedía un bosquecillo, y ahí, sentados sobre un tronco caído, dos jóvenes de unos diecisiete o dieciocho años estaban ocupados con unas piezas de caza. Uno era un muchacho pelirrojo, de tez muy pálida y flaco como un espantapájaros; el otro era una muchacha de semblante adusto, cabello castaño y figura atlética. De sus cuellos pendían unos colgantes de metal que parecían letras entrelazadas en múltiples revueltas; Kaylon no tenía idea de qué representaban aquellos símbolos en particular, pero gracias a Orantos sí conocía su origen.

—Errantes —murmuró el chico. ¿Debía presentarse ante ellos o marcharse?

Incapaz de elegir entre una cosa o la otra, se quedó donde estaba y prestó atención a la conversación de aquellos jóvenes... si es que podía llamársele conversación, dado que el pelirrojo tenía la palabra la mayor parte del tiempo. La muchacha no hacía mucho más que resoplar y observar a su compañero con expresión de fastidio.

—... y cuando yo le dije: "Eso te pasa por no hacerme caso", él gruñó, amagó un puntapié en mi dirección ¡y luego me mandó a despellejar ratones! ¿Qué te parece? Bueno, cuando menos ya no tendré que devanarme los sesos pensando qué cocinar la próxima vez que me toque ayudar con la cena. Les serviré a todos un plato de ratones fritos, sazonados con...

Aquí la muchacha interrumpió el monólogo.

—¿Estás seguro de que éste es el punto de reunión?

—Por supuesto que estoy seguro. ¿Acaso crees que sólo hay aire en los confines de mi duro cráneo?

La muchacha le dirigió una mirada de confirmación, parpadeando varias veces.

—Está bien —continuó el pelirrojo—, lo plantearé de otra manera: ¿cuántos troncos caídos y musgosos en un claro cerca del límite del bosque, a unos pasos de donde crecen los árboles frutales, puede haber por los alrededores, eh? Ya sabes que nuestro amigo Dorcai no es muy elocuente, pero cuando le da por describir algo salta a la vista su vena poética.

La joven alzó ambas manos, dando por terminado el asunto.

—Aunque a mí también me extraña que él y Satis se estén demorando tanto —dijo su interlocutor—. Por más que mi primo haya decidido detenerse a comer, como siempre, Dorcai es muy puntual. Y ya sabemos que no tendría ningún inconveniente en levantar a mi gordo primo del suelo y traerlo a cuestas para llegar a tiempo. Sin remordimientos de conciencia, además. Dime, ¿cómo puede ser tan serio y tan musculoso a la vez si él y yo vivimos bajo las mismas condiciones ambientales? Mírame a mí: delgado, chistoso y...

—Lo de delgado lo acepto —explotó la muchacha—, pero lo de chistoso es discutible. ¿Por qué no te callas de una vez? Me conformo con cinco minutos... lo suficiente para evitar que te asesine, en todo caso.

El pelirrojo se llevó las manos al pecho, gimiendo como si le hubieran dado un golpe de muerte.

—Oh, ¿cómo puedes ser tan cruel? Cruel, cruel, cruel. Mira: me he puesto blanco como la cera.

La muchacha hizo rodar los ojos. En su escondite, Kaylon sonrió... hasta que algo se movió detrás de él y una voz masculina le advirtió:

—Un paso en falso y será el último que des. Voltéate.

El chico obedeció, y por si acaso lo hizo muy lentamente, mostrando que estaba desarmado. Lo primero que vio fue una ballesta apuntándole al pecho; al otro extremo de la misma había un hombre de unos veintidós años, de piel muy oscura y cabeza rapada. Otro errante, sin duda, y con un cuerpo tan escultural que debía tratarse del tal Dorcai.

—Camina hacia el claro —le ordenó el errante. Kaylon se abrió paso a través de los arbustos, esperando el momento adecuado para anunciar que era inofensivo. Los dos jóvenes del claro se pusieron de pie al ver al chico.

—¿Qué significa esto? —inquirió la muchacha.

—Eso —la secundó el pelirrojo—. Dorcai, colega, se suponía que íbamos a cazar animales, a-ni-ma-les, no...

—¡Cállate, Mic! —exclamaron Dorcai y la joven. Sonó como si fuera la milésima vez que decían juntos esa frase.

Kaylon sintió la punta de la flecha en su espalda. Dorcai explicó:

—Encontré a esta sabandija detrás de esas matas, espiándolos.

—¡Espiándonos! —dijo Mic con tono escandalizado, y luego se dirigió a la muchacha—. Menos mal que no estábamos haciendo nada indebido, amorcito.

La aludida le dio un codazo al pelirrojo y se adelantó para preguntarle a Kaylon:

—¿Qué te proponías? ¡Habla!

Como para recalcar la importancia de la pregunta, Dorcai presionó un poco más la ballesta contra la espalda del chico, quien no pudo evitar dar un respingo. La expresión de la joven se suavizó un poco.

—No seas tan brusco, Dorcai, es sólo un niño.

La ballesta se retiró... apenas.

—No pretendía hacer nada malo, de veras —se defendió el chico—. Pasaba por aquí, los escuché hablar, y quería averiguar si eran amigables antes de anunciar mi presencia, es todo.

El pelirrojo se rió entre dientes.

—Pues con semejante presentación ya no querrás saber nada de nosotros, ¿verdad? Anda, Dorqui-loqui, déjalo. Es un pequeño viajero, no una bestia salvaje.

La ballesta, olvidada, pasó a apuntar al suelo, y Dorcai avanzó hacia Mic con un puño en alto.

—Ya te he dicho que no me llames...

El hombre no llegó a completar la frase porque alguien pasó como una tromba junto a ellos, gritando a todo pulmón:

—¡¡Cooooorraaaaannn!!

Quienquiera que fuese siguió de largo, dejando a todos estupefactos. El único que atinó a decir algo fue el pelirrojo:

—¿Qué...?

Pero tampoco pudo terminar la frase, pues un espantoso rugido sonó entre los árboles... y se estaba acercando con rapidez. Un poco más y verían a la criatura que lo había producido, la cual se desplazaba rompiendo ramas y pisando con una fuerza que revelaba su gran tamaño.

—Hasta luego —dijo Mic, y partió en la misma dirección que el primer sujeto.

Un nuevo rugido y los otros dos errantes también decidieron que no les vendría mal un cambio de panorama. El único que permaneció en el claro fue Kaylon, hasta que la muchacha retrocedió para buscarlo y lo agarró del brazo, sacándolo de su aturdimiento.

—¡Corre, tonto, es Beorb!

Kaylon corrió, pero tuvo tiempo de echar una ojeada al peligro que se cernía sobre ellos: era un oso pardo, el más grande que hubiera visto en su vida; tenía la altura de un hombre aun sobre sus cuatro patas, enormes fauces llenas de dientes gastados pero poderosos, y garras como grises navajas letales.

El chico y los tres errantes alcanzaron a quien los había puesto al tanto de la amenaza. Se trataba de otro joven de la tribu, un tipo bajo y regordete, de tez colorada; sus piernas cortas no rivalizaban con las de los otros, y cuando todos se colocaron junto a él, la muchacha le preguntó entre jadeos:

—¿Qué... le hiciste... a Beorb esta... vez?

—Na... nada... ¡Lo ju... juro!

—¿Cómo que... nada, cabeza... hueca? —dijo Mic, igualmente falto de aliento—. Tienes... miel, ¿no... es cierto?

—¡No! —contestó el tipo regordete con aires de culpabilidad—. De... de veras.

Resultaba imposible creerle, no obstante, porque no sólo estaba embadurnado de dicha sustancia sino que además tenía un par de abejas enredadas en su pelo rubio, y oprimía contra su pecho una vasija de metal como si fuera un preciado tesoro.

Detrás de ellos, el oso comenzaba a pisarles los talones, todavía rugiendo. Aunque corpulento, era rápido como un caballo.

—¡Suelta esa vasija... antes de que nos atrape! —gritó Dorcai.

—¡Ni... lo... sueñes! —replicó el aludido.

—¡Dame eso! —bramó la muchacha, y con un ágil movimiento le arrebató la vasija a su portador y la arrojó por encima de su hombro.

El oso se detuvo y olfateó el recipiente. Los cinco humanos dejaron de correr; expectantes, se volvieron hacia el animal. Éste engulló la miel en cuatro ávidos lengüetazos... pero luego levantó su parda cabeza, oliendo la brisa, y nuevamente se abalanzó sobre los jóvenes, reanudando la persecución.

No pudieron continuar así mucho rato, porque antes de darse cuenta se habían internado en un lodazal. Dorcai, por ser el más voluminoso, fue el primero en estancarse; se había hundido hasta los tobillos en el barro. Los otros no tardaron en tener el mismo problema, y se dieron vuelta para ver si el oso continuaba detrás de ellos.

El animal se había parado a orillas del lodazal y el barro no le cubría más que las zarpas. Su apariencia era terrorífica, desde el morro lleno de cicatrices hasta sus ancas rollizas y potentes. Seguía olfateando la brisa. Era obvio que quería algo más de los humanos, y llevado por la impaciencia y la gula se irguió sobre las patas traseras y profirió un rugido más estruendoso que los anteriores. Le chorreaba espuma de la boca; sumando a eso la apelmazada suciedad del pelaje de su vientre, la bestia semejaba un perfecto monstruo de fábula.

Los tres errantes que Kaylon había visto primero clavaron la mirada en su amigo y lo interpelaron de igual manera.

—Satis...

—¡Eso era todo, de veras!

—¡Satis! —gritaron los tres errantes.

—¡Nos está tragando el lodo, pedazo de estómago ambulante! —agregó Mic—. ¡Sé que tienes más miel escondida, dásela o bailaré sobre tu barriga mientras te hundes!

—¡Oh, de acuerdo!

Dicho esto, Satis abrió su chaleco y dejó al descubierto una segunda vasija metálica.

—Aquí se va mi postre —suspiró el joven, y lanzó la vasija en dirección al oso. Le dio justo en la frente, pero la criatura, en lugar de enfurecerse, emitió un gruñido de satisfacción, sacó el recipiente del barro con sus dientes y procedió a saciarse con la golosina sobre el pasto limpio que había más allá. Cuando no quedó de la miel más que su recuerdo, el animal se retiró balanceando alegremente los cuartos traseros (igual que un cerdo, pensó Kaylon).

Los humanos salieron con cierto esfuerzo del lodazal.

—Siempre la misma historia —farfulló Mic—. ¿Por qué debe ser el apetito la única motivación de tu existencia? Podrías hacer lo que el resto de nosotros: pasar el día entero fanfarroneando con tal de impresionar a las chicas. Realmente, primo, eres un caso perdido.

—¿Yo? ¿Yo, un caso perdido? ¿Y quiénes son los que constantemente me piden que vaya a buscar miel, eh? No los veo a ustedes dejándose atacar por las abejas, no señor. Observen mis pobres brazos: ¡seis picaduras, seis! Ni que me hubiera revolcado sobre un rosal.

Satis se arrancó los aguijones articulando un "¡auch!" en cada ocasión.

—Te agradecemos que consigas la miel —dijo la muchacha en tono diplomático—, pero ya deberías haber asumido que no debes invadir el territorio de Beorb. Cada vez que pasamos por aquí ocurre lo mismo. El pobre animal es viejo pero no estúpido; al fin y al cabo, él no puede hacer humo para adormecer a las abejas, tú sí.

—¡Vaya forma de reconocer mi talento! —le dijo Satis al pelirrojo—. Poco más está insinuando que el oso es más listo que yo.

—Ajá —replicó el aludido—. Justamente hace un rato nuestra amiga aquí presente menoscabó mi inagotable ingenio. Perdóname por increparte hace un momento, primo; tenemos que permanecer unidos frente a quienes nos desprecian.

—Es cierto. No nos comprenden —dijo Satis.

—No nos comprenden —repitió su primo.

Los dos sacudieron la cabeza en un ademán teatral de resignación.

Mientras esta charla tenía lugar, los cinco jóvenes se sacudieron lo mejor posible el barro de las piernas y el calzado. Kaylon, por su parte, se dedicó también a observar un poco mejor a los errantes, puesto que los únicos datos que tenía sobre ellos provenían de los relatos del inventor.

Los cuatro vestían ropas de trabajo pero bastante originales en su confección: botas y pantalones de una rara piel moteada, muy bien curtida, con múltiples bolsillos; el errante moreno sólo llevaba sobre su torso el chaleco, pero los otros usaban por debajo de tal prenda unas camisas de tejido suave, adornadas con dibujos simples en tinta negra. Todos iban armados con flechas y cuchillos, y la muchacha incluso cargaba al cinto una espada.

Satis, quien no era tan colorado sino que se había puesto así por la carrera, se percató al fin de que había un extraño en el grupo.

—¿Y ése quién es? —preguntó a sus compañeros.

—Aguarda, ya te digo —contestó Mic, y luego se dirigió a Kaylon con exagerada cortesía—. ¿Quién eres, pequeño viajero?

—¡Puf! Eso pude hacerlo yo —comentó Satis.

—Pero no con tanta elegancia, primo.

—Déjenlo hablar —terció la muchacha—. A ver, niño, dinos tu nombre.

—Me llamo Kaylon.

—¿Sólo Kaylon? —intervino Dorcai.

El chico asintió, molesto. ¿Por qué todos tenían que insistir con eso del apellido?

—Pues bien —dijo Mic—, él es Dorcai, ella es Tyanna, y esta bola de rubios cabellos es mi primo Satis. Yo soy Mic.

El pelirrojo le ofreció la mano a Kaylon. Mientras éste se la estrechaba, Mic puntualizó:

—En realidad mi nombre completo tiene treinta sílabas, pero lo acorté para ahorrar tiempo.

—Puedes decirme Kay, entonces —replicó el chico con una sonrisa.

Mic miró a sus compañeros y les hizo un gesto de que se aproximaran.

—Vamos, muchachos, no sean tímidos y vengan a saludar a nuestro nuevo amigo.

Satis fue el siguiente; tenía las manos pegajosas, además de embarradas. Dorcai no se movió. Tyanna frunció el ceño, reprochándole en silencio su injustificada desconfianza, y le tendió su diestra a Kaylon.

Ahora que la joven se hallaba a dos pasos de él, el chico vio que era muy bonita. Tenía unos hermosos ojos verdes, no del color alegre de la hierba sino del matiz oscuro y profundo del mar cuando está lleno de algas; estaba un poco bronceada, pero su cutis resplandecía con juvenil frescura. Kaylon le tomó la mano agradeciendo no tener que hablarle, porque seguramente habría tartamudeado.

—Pues a mí me pareces un fugitivo —dijo Dorcai de repente—. ¿Un chico solo, de paso por la nada?

—Voy hacia el este —le informó Kaylon, sabiendo cuán absurda debía sonar su declaración—. Y sí, dejé mi hogar, pero no soy un fugitivo; no estoy huyendo de nada ni de nadie.

—Excepto de Beorb, hace diez minutos —apuntó el pelirrojo—. Pero tú no te lo buscaste, chico... ¿verdad, Satis?

—Sí, sí, culpen al gordo —se quejó éste—. Ah, qué rayos. Mira, Kaylon, o Kay, si prefieres: dado que te hice pasar un mal rato, ¿por qué no vienes a nuestro campamento y cenas con nosotros?

—¡Típico de mi primo! —exclamó Mic—. ¡Cada vez que fastidia a alguien, hace las paces con comida!

Satis enarcó las cejas y se encogió de hombros.

—¿Y por qué no? Siempre funciona.

—Me parece una buena idea —dijo Tyanna—. Vamos al claro a recoger nuestras cosas y de allí al campamento. ¿Estás de acuerdo?

Kaylon titubeó un poco antes de aceptar, pero al final lo hizo porque extrañaba muchísimo la compañía humana. No había sabido cuánto hasta ese instante.

Pasaron por el claro del tronco caído y luego los errantes acompañaron al chico a buscar a Nela. Entre tanto, Kaylon les preguntó por qué no habían usado sus armas contra el oso, más que nada para verificar su impresión acerca de aquellos jóvenes.

—¿Y qué o quién nos da el derecho de atacar al buen y viejo Beorb? —contestó Mic—. Él ha vivido en estos bosques desde antes que nosotros llegáramos. A decir verdad, no es tan feroz como aparenta; sólo se hace el loco cuando Satis le roba su preciosa miel. Por lo demás, podríamos decir que es el oso más pachorrudo del mundo.

—¿Acaso tú le habrías disparado? —le preguntó Tyanna al chico.

—No, claro que no —respondió Kaylon—. Siempre queda el recurso de trepar a un árbol.

Mic soltó una carcajada.

—¡Oye, primo!, ¿te crees capaz de subir tu rechoncho cuerpo a un árbol? Me gustaría verte intentarlo.

—Cierra el pico, Mic. Apuesto a que lo haría mejor que tú.

Nela se encontraba donde Kaylon la había amarrado, dormitando de puro aburrimiento. Eles, en cambio, estaba alerta y examinó a los desconocidos.

—Vaya... —dijo Mic al ver a la rapaz, y milagrosamente se quedó sin palabras después de eso. No era el único impresionado, por cierto.

El chico miró de soslayo a Dorcai, pues era quien más le preocupaba. Sin embargo, no supo interpretar su mirada, aunque no había en ella envidia, desdén o cualquiera de las emociones negativas que habría demostrado Fael en su lugar.

—Un águila —murmuró Satis—. Genial.

—¿Las conocen? —preguntó Kaylon, asombrado.

—Hemos visto algunas en las tierras del norte —explicó Tyanna—. No son muy abundantes. ¿La encontraste por aquí?

El chico hizo un gesto afirmativo.

—Alguien le disparó una flecha, haciéndole perder la mitad del ala, ¿ven? Se llama Eles.

—No es un águila del norte —dijo Dorcai en voz muy baja, pero todos se volvieron hacia él—. Ésas tienen el pecho blanco y no son tan grandes.

Siguió una pausa y luego Dorcai habló de nuevo.

—¿Y bien? ¿Qué estamos esperando? Es un largo trecho hasta el campamento y ya nos hemos demorado bastante con tonterías.

Mic extendió ambas manos hacia el joven moreno.

—¡Te presento a nuestro querido Dorqui, el Eterno Aguafiestas y Maestro de la Antipatía! Otro caso perdido. En fin... —suspiró—. Vamos, Kay, apuesto a que nunca has estado en un campamento de errantes.

Kaylon marchó junto a sus nuevos amigos al encuentro de su tribu. Empezaba a sentirse a gusto.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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