28 de enero de 2012

La canción del águila (16)

Debido quizás al episodio de la flecha, sus sueños no fueron nada agradables. Se despertó a la mañana más fatigado que antes de acostarse, y para colmo de males se percató de que a Nela le hacía falta un cambio de herraduras y él no había traído repuestos. De pésimo humor, Kaylon buscó una carretera empedrada y la recorrió con la esperanza de hallar una posada donde pudiera adquirir lo necesario para el trabajo.

Le tomó todo el día, pero no era muy tarde cuando por fin llegó al lugar indicado. La posada se levantaba a un lado de la carretera, y para su buena suerte era un sitio agradable, limpio y que contaba además con unas amplias caballerizas. Se parecía un poco a su antigua casa, de hecho, pero de menor tamaño.

Prefiriendo evitar en lo posible el encuentro con desconocidos, se dirigió directamente a los establos. Allí lo recibió uno de los encargados, un tipo muy simpático y gordo a quien le sorprendió que un muchacho tan joven estuviera viajando solo. Kaylon se limitó a enumerar sus requerimientos, ya que deseaba largarse de ahí cuanto antes.

—Claro, hijo, aguarda un segundo —respondió el hombre gordo—. ¿Dónde puse esas condenadas herraduras? Ah, sí.

El encargado, quien ya le había echado un vistazo a los cascos de Nela, rebuscó en unos cajones de madera que estaban amontonados en un rincón.

—Escucha —dijo el hombre—, si me das dos minutos para ir a buscar las herramientas, le cambiaré ahora mismo los zapatos a tu yegua.

—No hace falta —aseguró el muchacho—. Lo haré yo mañana, por el camino.

—Ah. Está bien.

El hombre le entregó a Kaylon las herraduras y un paquete de clavos. Mientras el chico le pagaba, el encargado se fijó en Eles con cierto interés.

—Qué ave tan particular. ¿Qué es y de dónde viene?

Kaylon se habría rehusado a contestar, pero el encargado de los establos lo había tratado bien y no era cuestión de mostrarse descortés. Sin embargo, le respondió en un tono que daba a entender que no siguiera indagando.

—Es un águila. Viene de mis tierras.

El hombre gordo comprendió la indirecta y solamente asintió con la cabeza. El chico le dio las gracias y se retiró.

—¡Espera! —lo llamó el otro.

Kaylon, ya a la altura de la puerta, se dio vuelta sin ocultar su impaciencia. Dado que no iba a permanecer allí, quería estar lejos de la posada antes de que la luna se ocultara.

—¿Vas hacia el este? —inquirió el hombre.

El muchacho frunció el ceño. Su interlocutor alzó ambas manos y aclaró:

—No trato de inmiscuirme en tus asuntos, de veras. Pero si vas hacia el este debo advertirte que uno de los puentes del río Eb se derrumbó hace una semana. Ve a preguntarle al tabernero si es el puente norte o el del sur. La distancia entre ellos es grande, y si te equivocas tendrás que desandar un buen trecho.

Kaylon, más tranquilo, hizo un gesto afirmativo, le agradeció otra vez al encargado y le arrojó una moneda de plata a modo de propina. El hombre atrapó al vuelo la moneda y se despidió del muchacho con una sonrisa y una señal de buena suerte.

El chico titubeó bastante antes de dirigirse a la taberna, pero al final decidió que no podía permitirse una demora en su camino hacia... donde fuera. Bueno, por lo menos ahorraría energías, lo cual nunca estaba de sobra. Pensando que no era conveniente que más gente viera a Eles, y como tampoco quería dejarlo solo afuera, colgó el arnés sobre uno de sus costados y cubrió al águila con su capa. Después ató a Nela a un poste.

El local, al que Kaylon entró a través de una labrada puerta de vaivén, estaba sumido en una semioscuridad cargada de humo y olor de bebidas alcohólicas, pero su aspecto no era sórdido sino confortable. El chico caminó discretamente hacia la barra y habló con el tabernero, preguntándole en voz baja acerca del puente derrumbado.

Antes de que el hombre pudiera contestar, unas risas desagradables llenaron el recinto opacando los demás ruidos. Tanto Kaylon como el tabernero se volvieron hacia su punto de origen, el segundo con un ademán de advertencia para los tres sujetos responsables del escándalo.

El muchacho sólo necesitó unos segundos para saber que aquellos hombres eran representantes de la clase más rastrera que él conocía: los ladrones de caballos. Estaba bien familiarizado con los de su calaña; en varias ocasiones él y otros empleados de la granja se habían enfrentado a ellos y...

... y, de hecho, Kaylon identificó a uno de los criminales por la cicatriz que le cruzaba la mejilla, porque él mismo se la había producido con una flecha el año anterior. El chico ocultó su rostro volviéndose hacia el tabernero. Éste no parecía nada contento de tener al trío de bandidos en su local, y seguramente estaba esperando a que le dieran una excusa para ponerlos de patitas en la calle; sin embargo, en lugar de decirles que se callaran o se fueran, contestó la pregunta de Kaylon.

—Fue el puente sur el que se vino abajo, aunque creo que el otro lo imitará muy pronto. Ahora esfúmate, chico, éste no es lugar para ti.

—Gracias. Buenas noches —replicó el muchacho, y salió de la taberna pasando lo más lejos posible de la mesa donde estaban los ladrones.

No percibió que, desde un rincón, dos pares de ojos lo siguieron atentamente hasta el umbral. De la espalda de uno de aquellos sujetos pendía un carcaj repleto de saetas con plumas azules.

Ya en la entrada, Kaylon se paró en seco. Nela no estaba por ninguna parte. El chico permaneció allí plantado, estupefacto, hasta que un relincho lo llamó a la vuelta de la esquina. Suspirando de alivio, Kaylon fue a buscar a su yegua.

La encontró en el estrecho callejón que formaban la taberna y las habitaciones de la posada. Pero algo no estaba bien. ¿Por qué la yegua iba a desatar las riendas y meterse en aquel sitio? No tenía sentido.

—Ven, Nela —dijo Kaylon. La yegua trató de moverse hacia su dueño pero algo la estaba reteniendo.

Había alguien escondido en las sombras del callejón. El muchacho no podía verlo; fue su instinto quien le reveló su presencia. Kaylon empezó a darse vuelta para ir a pedir ayuda, pero un brazo le rodeó el cuello y al instante sintió un filo metálico en su garganta.

—¿Creíste que no me fijaría en ti, chico? —le dijo al oído una voz rasposa—. Nunca olvido una cara, sobre todo la de alguien que deja una marca en la mía.

Era el tipo de la cicatriz. Desde detrás de Nela, sujetando las riendas, surgió uno de sus secuaces, quien se había escabullido de la taberna justo después de entrar Kaylon. Eles se agitó contra el costado del muchacho; seguramente entendía que estaban en peligro, porque se mantuvo en silencio.

—Creo que ahora debería devolverte el favor —continuó el hombre de la cicatriz—, aunque por lo que vi cuando apareciste en la taberna, creo que alguien se me adelantó.

—¿Dónde están los demás? —preguntó el bandido que aferraba a Nela.

—Adentro —contestó su jefe—, distrayendo al imbécil de la barra. Se encontrarán con nosotros fuera de aquí. En cuanto a ti —añadió, dirigiéndose a Kaylon—, intenta gritar y te cortaré el gaznate.

El chico se dio cuenta de que el otro hombre se disponía a montar a Nela. Perfecto. Con mucho cuidado, deslizó la diestra hasta su cinturón y sacó su cuchillo. Mientras tanto, le dijo al tipo de la cicatriz:

—Vas a rebanarme el cuello de todas maneras. ¿Por qué esperar?

El segundo hombre se acomodó sobre la silla de montar, dando inicio al espectáculo.

Con un súbito y vigoroso corcoveo, la yegua se libró del jinete indeseado, quien voló por los aires y se estrelló contra la pared de la taberna. El chillido de Eles despertó a los que dormían en la posada, y al mismo tiempo, dado que la sorpresa hizo bajar la guardia al líder de los ladrones, Kaylon apartó el arma de su garganta con una mano a la vez que con la otra hundía la suya en la pierna de su enemigo. Éste gritó y soltó al muchacho; Kaylon corrió hacia Nela y montó de un salto, sin perderlo de vista. El tipo que se había golpeado contra la pared estaba ahora despatarrado sobre unas cajas de repollos, muchos de los cuales había aplastado.

—Tuviste suerte —le dijo Kaylon desde arriba—. Cuando mi ex colega Fael trató de robarme a Nela, aterrizó primero en el abrevadero, luego sobre una pila de estiércol, y en su tercer y último intento voló directo al chiquero.

El muchacho no tuvo tiempo de decir nada más porque la mitad de los visitantes de la posada, llevados por la curiosidad, habían salido al exterior, y el tabernero comenzó a llamar a voces a los vigilantes para que apresaran a los bandidos.

—Vete —le dijo al chico entre exclamaciones—. Nosotros nos encargaremos de estos miserables.

Feliz de que el suceso no hubiera pasado a mayores, Kaylon atravesó el portal.

Una hora más tarde, cuando la tranquilidad volvía a reinar en la posada, alguien levantó del suelo del callejón una pluma que Eles había perdido en la escaramuza. Kaylon no habría podido reconocer a este sujeto pero sí el amigo de Fael, Silay. Aun así, sus flechas lo habrían delatado ante el muchacho.

La pluma del águila fue sometida al examen de una enorme bestia peluda, la cual habían dejado afuera de la posada para no levantar sospechas. Dicha bestia, cuya especie ni siquiera Orantos habría podido identificar, captó el olor y lo comparó con los que guardaba en su memoria. Era el mismo que se le había escapado allá en la ciénaga.

Otros cuatro sujetos, igualmente fornidos y con idéntico acento, se reunieron con el primero. Uno de ellos le preguntó al que sostenía la pluma:

—¿Deberíamos atrapar al muchacho?

El aludido hizo un gesto negativo. Había algo glacial en su sonrisa astuta, una cualidad indefinible pero ciertamente inhumana.

—El ave lo guiará, estoy seguro. Lo seguiremos hasta el final.

Los cinco sujetos y su bestia marcharon en pos de Kaylon.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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