27 de enero de 2012

La canción del águila (15)

A pesar de su resolución, durante las tres semanas siguientes el chico comenzó a desviarse de su ruta original. En parte era por la influencia de Eles, a quien encontraba cada mañana al despertarse con la mirada perdida en el amanecer, y en parte por la atracción casi magnética que dicho punto cardinal ejercía también sobre él. No habría podido explicarlo pero ahí estaba, de camino hacia el este obedeciendo la propuesta del ave.

En fin, cosas más raras le habían ocurrido, como aquella excursión a las cavernas en compañía de Orantos. Caray, eso sí que había sido estrambótico.

El muchacho se sentó con las piernas cruzadas y siguió trabajando en su arco. Aprovechando las horas de descanso, no había tardado más de diez días en completarlo. Ya casi estaba terminado; sólo faltaba lustrarlo un poco y agregarle la cuerda.

En cierto modo era un experimento, porque ese arco era de mayor tamaño que los que había fabricado hasta entonces para su uso cotidiano. Éstos eran apropiados para la caza menor; con el arco nuevo podría abatir presas más grandes. Ya creía tener la fuerza suficiente para manejarlo, aunque no pretendía convertirlo en un arma sofisticada.

Listo, la cuerda estaba en su sitio. Ahora tenía que construir las flechas adecuadas para probarlo, a menos que...

Había guardado la saeta de plumas azules en una de las alforjas de la silla de montar. Sin detenerse a meditarlo, tomó el mencionado objeto y comprobó que se ajustaba bastante bien a las dimensiones del arco. Estirando la cuerda al máximo, apuntó hacia un árbol.

En el momento que enfocó el blanco, lo embargó un sentimiento de maldad ajeno a su naturaleza, algo así como una fiebre. De pronto ya no era un pino lo que estaba viendo sino la cabeza de Fael. Soltó la flecha con la intención de darle entre los ojos.

Llevada por su propio peso, sesgando el aire sin perturbarlo, la saeta voló certera y se incrustó con un fuerte chasquido ahí donde el muchacho la había enviado. Fragmentos de sangre y hueso saltaron con una furia explosiva... salvo que no eran tales, sino savia y corteza del árbol. Kaylon palideció, recobrado el dominio de sí mismo.

—Rayos —murmuró, pero tan bajo que ni él llegó a escucharse.

A su lado, la rapaz lo miraba con una expresión de pavor absoluto. El chico se dio cuenta de ello y enrojeció de vergüenza, sobre todo cuando el águila retrocedió un par de metros.

—Lo siento, Eles —se disculpó el muchacho—. No necesitas decirme que fue mala idea.

Sin decir más, caminó hasta el árbol. En realidad no deseaba recuperar la flecha sino comprobar sus efectos.

Quedó boquiabierto ante el resultado de su disparo. La saeta se había enterrado hasta la mitad en el pino, dejando un hueco del grosor de su puño. Pero la madera, pulverizada por la punta de metal, no estaba podrida; Kaylon verificó su dureza con los dedos.

Temblando, el chico arrancó la saeta del árbol, la cual salió con sorprendente facilidad. Era absurdo, imposible, pero al sostener el objeto tuvo la sensación de que el mismo estaba orgulloso del agujero que había abierto en la pobre e indefensa conífera.

Aún tenía el arco en la mano, y antes de poder controlarse y romper la flecha en dos llevado por el asco, volvió a tensar la cuerda con ella.

Esta vez apuntó hacia Eles. Su corazón se llenó de ansias de destruir y por unos segundos estuvo a punto de disparar. Las dilatadas pupilas del águila revelaron la pena de una traición inminente.

Arco y flecha cayeron al suelo y poco después las rodillas de Kaylon también tocaron tierra. El chico se llevó las manos a las sienes, con los párpados apretados, librando una insoportable batalla interior. Abrió los ojos cuando estuvo seguro de haber salido vencedor y entonces vio a Eles junto a él, escrutándolo como si quisiera asegurarse de que había aprendido la lección. Kaylon estrechó al águila en sus brazos, reconfortado por su vitalidad.

—Perdóname —le dijo con voz vacilante—. Nunca más, te lo prometo. Estás a salvo conmigo.

La rapaz se quedó quieta hasta que el muchacho la soltó por iniciativa propia. El águila miró la flecha con rencor; lo mismo hizo Kaylon.

—¿Es por esto que tenías tanto miedo de los forasteros allá en la ciénaga? —le preguntó el chico a su amigo.

Eles desvió la mirada y Kaylon no supo si tomar eso como un sí o como que el águila prefería no contestar, dando por sentado que el ave era capaz en efecto de responder semejante pregunta.

Estaba oscureciendo. Era hora de buscar un lugar donde pasar la noche.

Kaylon decidió instalarse junto a un lago que había divisado no muy lejos de allí, de modo que recogió sus cosas y preparó a sus dos acompañantes para la marcha. Al levantar el arco del piso, descubrió que no tenía voluntad suficiente para quebrar la flecha pero tampoco para dejarla tirada.

Quédatela. Tal vez no la quieras, pero puede llegar el día en que la necesites.

El recuerdo de las palabras de Orantos lo ayudó a decidirse. Usando un pañuelo para evitar tocarla, devolvió la saeta a la alforja y trató de no pensar más en ella.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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