26 de enero de 2012

La canción del águila (14)

SEGUNDA PARTE:
EL CÍRCULO DE LOS ERRANTES

Donde el arroyo se aquietaba, el agua era limpia y clara como un espejo. Kaylon se refrescó la cara y las manos y luego contempló su reflejo en la superficie.

Habían pasado seis días pero todavía tenía mal aspecto. La hinchazón de su ojo recién estaba remitiendo, y era evidente que le quedaría una cicatriz en la ceja que el anillo de Fael le había cortado. También tenía la impresión de que el tabique de su nariz no volvería a enderezarse. Su labio inferior continuaba amoratado y tenía varias marcas de golpes y rasguños en el resto de sus facciones, orejas incluidas.

Claro que eso no era nada en comparación con los dos tercios superiores de su torso. Allí las contusiones mostraban un color casi negro, y por las punzadas que le daban al respirar, Kaylon sospechó que dos o más de sus costillas estaban rotas o fisuradas. Por centésima vez se maravilló de haber sobrevivido, atribuyendo el hecho a que Fael había descargado parte de su rabia en Eles antes de ensañarse con él. Si no hubiera llevado al águila consigo...

El muchacho miró a la rapaz, quien en ese instante bebía de un charco entre los cantos rodados que delimitaban la orilla. El ave se había recuperado con pasmosa rapidez; incluso parecía haber rejuvenecido desde que abandonaran la granja.

Estaban en terreno salvaje, lejos de todo rastro de civilización. Nada de caminos, casas o personas. Si antes había pensado que su existencia era solitaria, ahora el chico se sentía completamente aislado de todo calor humano, como dentro de un enorme bloque de hielo. ¿O acaso su angustia se debía a que no tenía la más pálida idea de lo que iba a hacer a continuación? Había avanzado a buen ritmo mientras escapaba de los territorios que solía frecuentar desde niño, pero una vez fuera de éstos, se había apoderado de él una extraña apatía.

No le sobraba el tiempo para tomar una decisión, sin embargo. La temporada de lluvias estaba próxima, y en unos meses más llegaría el otoño... y luego el invierno. Tenía que establecerse antes de las primeras nieves; era fácil subsistir al aire libre durante las estaciones cálidas, pero con el frío los animales emigraban o hibernaban y las plantas no daban frutos. Tal vez podría buscar trabajo en algún pueblo o posada, o...

Kaylon alzó la vista y perdió el hilo de sus pensamientos. Del otro lado del arroyo había una congregación de animales: varios roedores, decenas de pájaros, un par de ciervos y hasta un zorro. Ninguno había ido allí para beber; todos tenían los ojos puestos en Eles, sin moverse, sumidos en un silencio reverencial. El águila estaba de pie frente a ellos, erguida en toda su estatura igual que un emperador ante sus súbditos. Las nubes fueron arrastradas por el viento, y cuando la luz solar dio de lleno sobre las plumas del ave, la misma extendió sus alas. Durante una fracción de segundo le pareció a Kaylon que las dos estaban completas y que las otras bestias demostraban humildad ante Eles, pero un movimiento de sus pies hizo crujir una ramita y el hechizo se rompió de inmediato. Eles plegó las alas y los animales en la orilla opuesta se dispersaron uno por uno.

El chico se sentó junto al águila y le acarició la cabeza.

—Caramba... —murmuró—. ¿Qué fue eso, eh?

Eles, como toda respuesta, se inclinó indiferente sobre el charco y tomó un poco más de agua, dejando al muchacho irritado y confuso a la vez.

—Eres un enigma, ¿lo sabías? Cuando pienso que no hay nada de peculiar en ti, entonces ocurre algo que me hace cambiar de opinión. A decir verdad, creo que no me sorprendería si de repente pudieras hablar y me dijeras qué rumbo debo elegir.

Esta última frase llamó la atención de Eles, quien, tras dirigir una significativa mirada a Kaylon, anduvo hasta una roca y se paró sobre ella, apuntando con su pico hacia una dirección en particular.

—¿Al este? —preguntó el muchacho—. ¿Crees que debo dirigirme al este? Pero allí no hay nada más que...

El ave empezó a acomodar sus plumas. Kaylon resopló. Por supuesto que la rapaz no había entendido sus palabras; el aparente consejo del animal era tan solo una coincidencia.

No obstante, tenía que ir a alguna parte, ¿o no? Y tanto las lluvias como el invierno no esperaban por nadie.

—Iremos hacia el noreste —declaró el chico después de un rato—. Allí hay un poblado bastante grande, donde podremos quedarnos hasta la primavera.

La rapaz le echó una ojeada y su pico volvió a apuntar al este. ¿Otra coincidencia? Kaylon se encogió de hombros. Ignorando lo que acababa de pasar, metió a Eles en el arnés y echó a andar, seguido por Nela, hacia el lugar que él mismo se había fijado como destino.

(Continuará...)

Gissel Escudero

No hay comentarios.:

Publicar un comentario