25 de enero de 2012

La canción del águila (12-13)

De nuevo estaba soñando con el águila, pero era un lugar distinto. Nela galopaba siguiendo la estela que el ave iba dejando en el aire como las barcas en un lago, llevando a Kaylon hacia una región que él jamás había visto con anterioridad. Se dirigían hacia el este; el chico lo supo porque el cielo se aclaraba hacia ese lado, diferenciándose del resto de la negra bóveda tachonada de estrellas. El amanecer era inminente. La gran bola de fuego estaba a punto de asomar por encima de... ¿qué? El paisaje no tenía contornos definidos, pero cuando miró hacia atrás, Kaylon observó que allí no había nada en absoluto. El mundo simplemente desaparecía en una niebla gris que se arremolinaba en pequeñas espirales entrelazadas.

No había otro sitio a donde ir excepto adelante, hacia lo desconocido.

El muchacho despertó sabiendo al fin lo que tenía que hacer. Se vistió en silencio, colocó a Eles sobre su hombro y se dirigió a la cocina sin hacer ruido. A nadie le importaría que se llevara algunos víveres; en la estación veraniega la comida sobraba e incluso llegaba a echarse a perder.

Unos pasos ligeros detrás de él lo sobresaltaron, pero no era Fael sino Delora. La mujer avanzó hacia Kaylon, lo abrazó y luego le dio un beso en la frente. No era exactamente una despedida y el chico sabía que Delora no lo echaría de menos; sólo le estaba dando las gracias por esfumarse antes de que su hijo se metiera en más problemas. Kaylon, no obstante, sintió por un momento el amor familiar que se le había negado en su ciudad natal, y por primera vez lamentó no haber podido acceder a esa vida.

El muchacho se apartó de Delora y vio que ella tenía algo en la mano para él. Era una bolsita de tela llena de monedas, parte del dinero que Kaylon había dejado en la cama de la mujer. Ambos se entendieron sin decir palabra; luego el chico abandonó la cocina y marchó hacia las caballerizas. Nela estaba donde la había dejado, así como la bolsa de viaje. Ató la misma a la silla de montar y puso a Eles en el arnés, tratando de mantener a raya la marea de nostalgia que pretendía ahogarlo bajo sus olas.

Salió del establo a la oscuridad que reinaba afuera y condujo a Nela al trote hacia una loma que se alzaba próxima a la casa. Una vez que llegó a la cumbre, contempló el enorme territorio que lo rodeaba. Nuevamente lo embargó una sensación de pérdida: esas tierras eran parte de su alma, y hasta le habrían pertenecido en circunstancias más afortunadas. Se había convertido en un exiliado por partida doble.

Finalmente sus ojos se posaron sobre la construcción de piedra.

El lobo joven se retira ahora, Fael, pero tarde o temprano vendrá alguien a quitarte el mando. No seré yo, sin embargo. De todas maneras, creo que tú tampoco puedes volver atrás. Entre los dos llevamos la situación más allá del límite, ¿no es cierto? Es una pena. Nuestras semejanzas nos enfrentaron, pero aun así pudimos haber sido amigos.

Después de esta corta reflexión, Kaylon se alejó de aquella propiedad que ya no era su hogar.

Faltaba media hora para la salida del sol.

*****

Orantos había recorrido a pie la larga distancia que separaba su casa de la granja de caballos, pero cerca del final incluso tuvo fuerzas para correr. Tenía la impresión de que era demasiado tarde. A Kaylon le había pasado algo malo, lo sabía; su tardanza no podía ser casual. Cada vez estaba más seguro de que se había equivocado al permitir que el chico fuera solo a la granja.

Le dolía el costado pero siguió corriendo... y se detuvo de repente al ver la silueta del muchacho aproximarse desde el extremo opuesto del sendero, montado en su yegua.

Kaylon también se detuvo. La luz del amanecer le daba de frente, de modo que Orantos pudo apreciar los resultados de la paliza que su amigo había recibido. El muchacho parecía tres o cuatro años mayor a causa de su mirada sombría y su espalda encorvada por el cansancio.

El chico alzó una mano. Detrás de él, la rapaz estiró las alas dándole a Kaylon una apariencia sobrenatural, pero como a una de ellas le faltaba una parte, la imagen también provocaba melancolía. Orantos respondió al saludo del muchacho sintiendo un nudo en la garganta. Kaylon bajó la mano e hizo andar a Nela, mas no por el camino sino desviándose hacia el norte para mantener la separación entre él y el inventor. Al poco rato, la vaga forma del chico se perdió en el dorado astro naciente. Enceguecido por la luz, Orantos cerró los ojos.

—Cuídate, Kay —murmuró el hombre—. Y a donde sea que vayas, buena suerte. Voy a extrañarte, amigo mío.

Cuando el inventor abrió los ojos, el sol ya no besaba el horizonte y tanto el chico como sus compañeros de aventura habían desaparecido.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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