24 de enero de 2012

La canción del águila (11)

Eran cerca de las doce cuando el chico despertó. El establo se hallaba en completo silencio; todos los animales dormían. Los peones de la granja no habían pasado por ahí, o tal vez ninguno había descubierto al muchacho. Éste abrió los ojos sin recordar al principio dónde estaba ni qué le había sucedido. Lo único que sabía por el momento era que le dolía todo, incluso partes de su anatomía que en general pasaban desapercibidas. La cabeza le palpitaba rítmicamente, enviando insoportables ondas de presión a su frente y sienes. Kaylon gimió. ¿Cómo podía sentirse tan mal y aún continuar con vida?

Su memoria empezó a enviarle imágenes sueltas, todas ellas desagradables: la cara de Fael enseñándole los dientes, el puño del hombre precipitándose hacia su rostro, Eles en el suelo, indefenso...

—Eles...

Pensar en el ave le dio fuerzas para moverse, aunque cada contracción de sus músculos era una tortura. Consiguió ponerse de rodillas, no obstante, y luego escudriñó el establo en busca de la rapaz.

El águila no aparecía por ningún lado. Kaylon temió lo peor.

—¡Eles! ¡Eles! —gritó el chico con voz estrangulada. Al no obtener respuesta, se levantó. Una oleada de mareo lo recorrió por entero, obligándolo a concentrarse a fin de no caer. En su lucha por permanecer consciente, se inclinó para vomitar. El mareo pasó.

Su visión se aclaró un poco... tal que pudo ver la sangre que regaba el piso. Parte de la misma se había secado en grandes salpicaduras de contorno irregular.

—No...

Kaylon cerró los ojos. De pronto lo único que quería era irse de allí y tenderse en un lugar tranquilo y seguro, por lo menos hasta que el dolor pasara. Quizás entonces lograría reunir el valor suficiente como para volver al establo y recuperar el cadáver de Eles.

Algo se desplazó cerca del chico, una sombra. Era el águila. El animal se expuso a la mortecina luz de la lámpara que Fael había encendido más temprano; cojeaba bastante y mostraba en el pecho un feo rasguño, pero por lo demás parecía encontrarse en buenas condiciones. Tenía...

Tenía las garras y el pico teñidos de rojo.

El muchacho se colapsó junto a Eles y lo examinó. En respuesta a sus atenciones, el ave lo observó como si estuviera asegurándose de que él tampoco había sufrido un daño irreparable.

—Oh, Eles, ¿qué pasó? —murmuró el chico—. ¿Qué le hiciste a Fael?

Puesto que el animal no podía responder a eso, Kaylon lo abrazó dejando que un intenso alivio lo inundara.

—¿Kaylon? ¿Kaylon? —lo llamó Delora desde la puerta. El chico consideró no delatar su presencia, pero la mujer se oía tan angustiada que Kaylon hizo el esfuerzo de hablar.

—Aquí estoy.

Delora corrió hacia él y se agachó a su lado. El muchacho, perplejo ante la repentina aparición de la mujer, dejó que ésta lo revisara con la precisión de un médico experimentado. Después de verificar que no requería ayuda inmediata, Delora sostuvo el maltratado rostro del chico en sus manos callosas y lo obligó a mirarla de frente.

—¿Estás muy lastimado? ¿Qué te duele?

—Eh... creo... creo que saldré adelante —logró articular el muchacho. No era tanto el dolor sino la sorpresa lo que le impedía describir su estado. ¿A qué venía todo eso? Ella nunca lo había tratado así.

Delora le rodeó la cintura y lo hizo ponerse de pie.

—Vamos a la cocina —dijo.

—No puedo dejar a Eles —protestó el chico—. Él también está herido.

Frunciendo el ceño, la mujer contempló al águila y luego hizo un gesto afirmativo.

—Tráelo —dijo al fin, aunque renuente.

El muchacho levantó al ave del piso con dificultad. Al ver que era demasiada carga para él, la mujer le echó una mano; resultaba evidente, sin embargo, que desconfiaba del águila. Ya en la cocina, Delora le lavó la cara al chico y preparó una infusión calmante que Kaylon aceptó de buena gana. Aún había angustia en la expresión de la mujer, pero su trato era más profesional que afectuoso. El muchacho seguía sin comprender nada.

Una de las puertas de la cocina se abrió y Fael entró a la habitación. El chico se quedó sin aliento al verlo, no por miedo sino por su aspecto: tenía las mejillas y los brazos llenos de vendas, por debajo de las cuales asomaban profundos arañazos.

Delora se puso en guardia al instante, interponiéndose entre su hijo y el muchacho.

—Tranquila, madre —dijo Fael—. Sólo vine a buscar agua.

—Vuelve a tu dormitorio —replicó la mujer con severidad—. O vete al pueblo. Tienes mucho que hacer ahí.

Ignorando a su madre, el hombre tomó una jarra y procedió a llenarla hasta arriba. Por un momento sus ojos se cruzaron con los del chico y éste vio que Fael planeaba matarlo. No ese día, ni al siguiente; esperaría a que estuviera desprevenido y entonces caería sobre él como un gato salvaje. Probablemente ya lo habría hecho si no hubiera atacado a Eles primero, pero esta vez sería un asesinato a sangre fría y no un torpe acto de venganza impulsado por la borrachera.

Delora se llevó una mano al corazón al captar el significado de este mensaje sin palabras. Se había puesto blanca como la sal.

La mirada de Fael descendió hasta Eles, erguido sobre una silla, y el hombre se estremeció. El pánico que se reflejó en su cara duró muy poco, sin embargo; casi de inmediato fue sustituido por una extensión de la muda amenaza que le había dirigido a Kaylon.

—Desaparece —dijo la madre de Fael al borde de las lágrimas. El aludido se retiró llevándose la jarra.

Delora se volvió hacia Kaylon.

—Tú... necesitas dormir. Ve a recostarte, hablaremos por la mañana.

El chico no respondió pero siguió las indicaciones de la mujer. Llevó a Eles a su cuarto... y tras pensarlo un momento, cerró la puerta con llave. Por las dudas. No creía que Fael intentara deshacerse de él tan pronto y mucho menos en la casa, mas no le apetecía despertarse en medio de la noche con las manos del hombre alrededor de su cuello.

El muchacho se acomodó lo mejor que pudo en la cama. La infusión estaba haciendo efecto; tal vez conseguiría pegar el ojo una hora o dos. Había dejado a Eles en la ventana, desde donde se podía admirar la luna creciente. El pálido resplandor del satélite le daba un toque de plata al plumaje del ave, resaltando su brillantez de un modo fantasmal. Verlo en esa pose le recordó a Kaylon las estatuas que había visto en los libros de Orantos, aquellas que supuestamente protegían los templos y monumentos de los malos espíritus. Se le ocurrió que de algún modo el ave lo había salvado de la muerte ese día... y entonces se preguntó cómo habría sobrevivido Eles a los golpes de Fael, y de dónde habría obtenido la fortaleza para contraatacar.

La rapaz lo miró desde la ventana con misteriosa expresión. Sus pupilas parecían la entrada a un universo de secretos, pero antes de que Kaylon tuviera tiempo de interpretar lo que veía, el ave le dio la espalda. Nuevamente era tan sólo un águila con media ala de menos, y no muy joven.

Kaylon se tapó con las sábanas. Ahora entendía por qué Delora había ido a buscarlo al establo: en algún momento se había topado con su hijo y deducido por sus heridas que algo grave había pasado entre ellos dos. Debía haberse llevado un susto tremendo...

Pasó un buen rato en el que Kaylon no logró rendirse al sueño, pero finalmente su cuerpo accedió a permitirse un descanso. Aun así, el muchacho se durmió con la convicción de que sería una noche muy larga...

(Continuará...)

Gissel Escudero

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