23 de enero de 2012

La canción del águila (10)

Kaylon permaneció dos días en casa del inventor, tiempo que aprovechó para reflexionar. El segundo día, Orantos bajó al pueblo con el fin de hacer algunas preguntas; cuando regresó, el chico lo estaba esperando en la puerta, sentado junto a Eles en uno de los escalones.

—¿Y bien? —preguntó el muchacho.

El inventor resopló como si no supiera por dónde empezar. La golpiza del día de la carrera había tenido tiempo de establecerse en su cara, y la misma lucía ahora una compleja gama de matices rojizos, violáceos y amarillentos. El chico lo miró expectante.

—Bueno —respondió Orantos—, para que te tranquilices te diré que no falleció nadie, aunque el jinete que viste en el suelo todavía no está fuera de peligro. El pobre se dio un buen golpe en la cabeza y encima se fracturó una pierna en dos sitios. No fue el único hueso roto en el pueblo, por cierto.

—¿Qué hay de Fael?

—Está como loco, naturalmente. Después de que tú y yo nos fuimos, siguió pataleando hasta que Tolga no tuvo más remedio que pedir que lo encerraran. Creo que todavía está tras las rejas, donde permanecerá en caso de que el jinete muera. Como sea, la sentencia de Tolga continúa vigente, y como Fael no tiene derecho a reclamar el segundo premio, deberá pagar todo de su bolsillo... si es que le queda algo. Al parecer gastó una gran parte de su dinero para conseguir el caballo, y luego apostó el resto por sí mismo.

Orantos sonrió y dijo:

—Debería aprovechar la ocasión. Con lo desesperado que ha de estar, podría comprarle ese bello alazán a un precio muy conveniente.

A Kaylon no le hizo gracia el comentario y Orantos se arrepintió de haber bromeado al respecto. Recobrando la seriedad, se sentó junto al chico y le preguntó:

—¿Qué piensas hacer, Kay?

Era la misma interrogante que el muchacho se había estado planteando desde la mañana. Pero no había muchas alternativas, ¿verdad?

—¿Dices que Fael continúa encerrado?

El inventor asintió.

—Entonces será mejor que siga la recomendación de Xantus y me mantenga alejado de la granja por una semana o dos —resolvió el chico—. Hasta que la cosa se enfríe, por lo menos. Aprovecharé la ausencia de Fael para ir a buscar mis cosas.

Orantos se mostró de acuerdo.

—Trae todo y ponte cómodo —le dijo al chico—. Sabes que puedes quedarte aquí cuanto quieras. Creo que lograré hacerte espacio en el observatorio... debajo del telescopio, quizá.

Ambos rieron un poco. No les resultó fácil, pero valió la pena.

—Seguramente me aplastará en sueños alguno de tus inventos —sentenció el muchacho, y entró a la casa a buscar algo antes de sacar a Nela del corral.

No planeaba llevar a Eles hasta la granja, pero cuando éste lo vio con la yegua, se acercó al muchacho con una expresión muy rara en los ojos, como si tuviera un mal presentimiento.

—Es mejor que te quedes aquí, amigo —le dijo Kaylon—. Yo volveré enseguida.

El ave, sin embargo, emitió un chillido apremiante y estiró las alas, cortándole el paso. El chico frunció el entrecejo.

—¿Qué te pasa, Eles? —preguntó al tiempo que se inclinaba para acariciar al águila.

A manera de respuesta, Eles le picoteó el pantalón y apoyó una garra sobre su bota. No quería dejarlo marchar, o en caso contrario deseaba acompañarlo.

—Está bien, te dejaré venir conmigo —dijo Kaylon finalmente. Eles pareció al punto aliviado. El chico, sin embargo, se sintió más preocupado que antes, pero aun así puso al ave en el arnés.

Llegaron a la granja al atardecer. Se cruzaron con muy pocas personas; los trabajadores debían estar en el pueblo, ayudando a atender a los heridos, o tal vez en el campo, cosechando fruta madura o forraje para los animales estabulados. De cualquier forma, a Kaylon le pareció excelente. No tenía ganas de charlar con nadie y mucho menos de dar explicaciones. Además, aunque la culpa fuera de Fael y sus amigos, había sido el chillido del águila lo que asustara a los caballos en la carrera, y no todos debían conocer la versión correcta de los hechos.

La granja se hallaba tan despoblada que nadie vio al chico aproximarse por el camino hacia el establo... excepto la persona que lo había estado esperando desde que saliera de la cárcel al mediodía. Dicha persona arrojó a un lado la botella vacía que sostenía en la mano y se deslizó hacia la puerta por donde había entrado el muchacho. Pensaba atraparlo cuando saliera, pero entonces notó que el chico llevaba al águila consigo.

El águila...

Cuando Kaylon se dirigió solo desde el establo a la cocina, Fael titubeó en su escondite y luego decidió que primero iría en pos del ave que había causado su ruina.

Ignorante de la amenaza que se cernía sobre él y su amigo emplumado, el muchacho se internó en la casa y reunió sus escasos objetos personales en una bolsa de viaje. No le importaban demasiado, pero entre ellos se contaban los guantes que usaba para cargar a Eles y la brújula que le había regalado Orantos.

Kaylon se echó la bolsa al hombro y suspiró, un tanto deprimido. Aún le quedaba algo por hacer. Lo había decidido allá en lo de Orantos.

Cerciorándose de que no hubiera un alma por los alrededores, Kaylon entró al dormitorio vacío de Delora y dejó sobre su cama un paquete y una nota. El paquete contenía la suma completa del premio por la carrera; la nota le decía a la mujer que pagara con ese oro las cuentas de su hijo sin aclararle a éste su procedencia. A Delora le extrañaría la petición del chico, pero Kaylon tenía buenas razones para obrar así. La primera era ayudar a Fael a liquidar sus obligaciones, a fin de que todo volviera a la normalidad lo antes posible. El muchacho no había descartado aún la idea de continuar en la granja, y de esa forma estaría dando un pequeño paso en favor de la paz. En segundo lugar, no quería conservar un premio ganado a costa de tantos destrozos.

La tercera razón era un poco más complicada: se sentía en parte responsable por lo ocurrido en el pueblo. Fael se había comportado mal, pero Kaylon era lo bastante perspicaz para entender que su propio orgullo le embotaba en ocasiones el sentido común y la lógica. Él podía haber anticipado la jugada de Fael y tomado las precauciones correspondientes. También hubiera podido salirse de la carrera improvisando una excusa, aunque luego lo tildaran de gallina; ningún apodo, merecido o no, era peor que llevar en su conciencia el sufrimiento de decenas de personas y la muerte de al menos tres caballos.

No permaneció más de cinco minutos dentro de la casa, pero cuando salió de la misma el sol ya se había ocultado. Sintiéndose un poco mejor ahora que emprendía el regreso, el muchacho fue a buscar a Eles y Nela a las caballerizas.

Se quedó paralizado ante la escena que lo aguardaba. La rapaz estaba en el suelo, hecha un bulto desordenado de plumas entre los restos de paja, y Fael estaba a menos de dos pasos del animal, aferrando un palo. Se le había desatado el cabello, que se derramaba en despeinados mechones sobre su cara. Aun así, Kaylon pudo notar la furia que irradiaban sus facciones, acentuada por el hecho de que el hombre estaba ebrio. Un vaho alcohólico lo rodeaba y su olor llegó hasta el muchacho, quien no podía dejar de mirar a Fael y al águila alternadamente. El ave se agitó profiriendo un débil gemido.

—Eles —quiso gritar el chico, pero el nombre le salió más bien como un graznido. La bolsa se desprendió de sus manos sin que él se diera cuenta.

Fael se tambaleó hacia el muchacho, saboreando la expresión consternada de Kaylon al ver al águila en semejante estado. No había soltado el palo.

—Tu estúpido pajarraco está en las últimas, enano —le dijo al chico—. Te dejaré verlo morir antes de darte el castigo que te corresponde.

En su borrachera, el hombre había olvidado todo: su dignidad, el papel que había desempeñado en el desastre de la carrera y el hecho de que él tenía veintinueve años y su odiado enemigo era tan sólo un muchacho huérfano de menos de trece. Kaylon vio todo esto en su rostro pero no sintió miedo por sí mismo; estaba demasiado pendiente de Eles, quien trataba de levantarse desde su lastimera posición tal como lo había hecho allá en el claro, con la flecha clavada en el ala. Fael se dio cuenta de ello y retrocedió para darle al águila un puntapié. Por suerte para Eles, el hombre había perdido la coordinación de sus movimientos y el impacto de la bota no resultó tan fuerte como su dueño pretendía.

El ataque al ave arrancó al chico de su parálisis. Tomando impulso, corrió hacia Fael y le dio un empujón. El hombre cayó despatarrado sobre unas herraduras y el arma que blandía resbaló de sus dedos, perdiéndose de vista. Kaylon se agachó sobre Eles con la intención de tomarlo en brazos, subir a lomos de Nela y salir pitando. No logró su cometido. Fael no estaba tan borracho, y la caída sólo lo aturdió. Se puso de pie casi enseguida, y aferrando a Kaylon por el chaleco para darlo vuelta, le propinó un eficiente puñetazo en la mandíbula. El chico salió despedido y aterrizó un par de metros más allá. Un fardo de heno se derramó sobre él como una lluvia seca y polvorienta. Luchando contra la nube blanca que de repente quería apoderarse de su conciencia, el muchacho apartó el heno y se enderezó, pasándose el dorso de la mano por la boca. Al mirar su diestra a través de un enjambre de puntos brillantes, pudo apreciar que estaba manchada de sangre. Kaylon se las arregló para esbozar una sonrisa irónica.

—Orantos tenía razón —dijo—. Tarde o temprano íbamos a llegar a esto.

Nunca supo si Fael lo oyó o si acaso comprendió sus palabras, porque se lanzó contra él igual que un toro. Kaylon se hizo a un lado, rápido como era, y tomó la pala que descansaba contra una de las vigas. Fael volvió a embestir pero el chico lo detuvo pegándole con la herramienta en las costillas. El hombre, falto de aliento, no gritó, sino que se desplomó hacia un lado emitiendo un curioso bufido de sorpresa.

Fue la última maniobra exitosa de Kaylon. Ebrio o no, el hombre pesaba tres veces más que él y era mucho más fuerte. En el momento que el muchacho volvía a acercarse a Eles, Fael le dio una patada en la pierna que lo hizo trastabillar. Lo siguiente que supo el chico fue que los golpes parecían llegar a él desde todas partes, y que cada uno era un estallido de dolor en su cuerpo. Después de un lapso indeterminado, las manos de Fael aflojaron su presa y Kaylon se derrumbó como una tienda a la que de pronto le hubieran quitado el armazón.

La nube blanca se impuso sobre sus sentidos, pero Kaylon tuvo tiempo de ver, antes de desvanecerse, a Fael caminando hacia el águila que aún yacía sin poder incorporarse.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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