14 de enero de 2012

La canción del águila (1)

Mientras trabajo en otros proyectos, se me ocurrió que podría ir dejando por aquí, en entregas, la primera novela DECENTE que escribí :-P Es decir, que todavía puedo leer sin tener ganas de reescribirla o meterla en un cajón, lejos de cualquier ser vivo que sea capaz de leer (incluyendo potenciales visitantes extraterrestres). Descubrí mi vocación de escritora en 1996; escribí esta novela en 2003. Saquen la cuenta del tiempo que tuve para practicar :-D Nunca pensé en mandarla a una editorial, a pesar de que hice el registro y todo, pero si quieren pasar un buen rato, les prometo que la historia no los va a decepcionar. En parte, la novela está inspirada en un hecho real: leí un artículo sobre un águila que perdió un ala por culpa de un disparo; años más tarde, su cuidador la llevó a volar en ala delta. Bueno, no hay alas delta en esta novela pero sí un águila. Espero que deseen acompañar al ave y su dueño en sus extraordinarias aventuras...

PRIMERA PARTE:
EL AVE QUE CAYÓ DEL CIELO

El joven jinete obligó a su yegua a aumentar la velocidad como si quisiera llegar a tiempo de ver al sol surgir de las entrañas mismas del horizonte. El animal obedeció de inmediato; sus fuerzas parecían inagotables y sus ligeras pero fuertes patas brincaban sin dificultad sobre los diversos obstáculos del camino. Ante ellos se extendía una planicie cubierta de hierba, cuya monotonía rompían algunas rocas y árboles bajos, y a la izquierda circulaba un río de lento caudal. La mañana era fría y húmeda, pero la primavera estaba en su apogeo y el aire olía a flores. El muchacho aspiró una bocanada de este aire vivificante y luego se inclinó sobre el cuello de su montura para ofrecer una menor resistencia al avance.

No había cumplido aún trece años, pero no tenía miedo de salir solo a la oscuridad. La madrugada tenía su propio encanto etéreo, fugaz, y él nunca se sentía más libre que cuando corría con su yegua a campo traviesa, tan rápidamente que era casi como volar.

El cielo adquirió un resplandor anaranjado y poco después una tímida curva dorada despertó los colores del paisaje: el verde fresco del pasto, el amarillo de los dientes de león, el límpido reflejo del cielo sobre las aguas perezosas. Kaylon hizo detenerse a la yegua y después contempló, maravillado, cómo el mundo cobraba vida a su alrededor. Sería una bella mañana.

—Bueno —dijo el muchacho un cuarto de hora más tarde—, será mejor que regresemos a casa o alguien se enfadará. Vamos, Nela.

La yegua interpretó correctamente la señal de su amo, y ya estaba a punto de emprender el camino de vuelta a la granja cuando Kaylon la detuvo por segunda vez. Una sombra cruzó la bóveda celeste y un grito poderoso, extrañamente musical, generó ecos que retumbaron por toda la atmósfera. El chico levantó la cabeza y siguió el movimiento de la sombra, perplejo ante la visión de semejante criatura. Nunca se había topado con algo así.

De pronto tuvo la necesidad de perseguir al animal para saber adónde iba. Había algo fascinante y misterioso en su vuelo, como si en lugar de un ave fuera una aparición onírica o un personaje de leyenda. Así pues, golpeó con los talones los costados de Nela y la yegua partió al galope, llevando a su dueño en pos del ser alado.

Se trataba de una carroñera o un ave rapaz. Surcaba los aires con elegancia y fluidez, y cada tanto las alas se agitaban vigorosamente, una, dos veces, haciendo que el ave se elevara todavía más en el cielo. Parecía enorme a pesar de la distancia.

Nela comenzó a zigzaguear. Sólo entonces se dio cuenta el muchacho de que estaban llegando al cinturón de árboles que rodeaba la ciénaga, donde por fuerza terminaba la carrera. Kaylon, algo desilusionado, observó cómo el ave se le escapaba sobre las densas copas.

En ese mismo instante una flecha salió de entre la espesura en dirección al magnífico animal. Su grito melodioso se convirtió en un chillido de dolor y el ave cayó en picado, tan inexorablemente como un árbol cortado por el hacha del leñador. A Kaylon le dio un vuelco el corazón y sus manos apretaron las riendas.

—¡No! —exclamó el chico, y condujo a Nela hacia los árboles sin meditarlo siquiera. Cuando los troncos acabaron por bloquearle el paso a la yegua, se vio obligado a continuar a pie. Kaylon no era bajo pero sí delgado, y conocía una docena de angostos senderos entre la vegetación apretada que crecía a ras del suelo. Escogió el que más se aproximaba a la trayectoria del ave y continuó caminando, mientras apartaba con las manos las ramas que le salían al encuentro. Tras unos minutos de infructuosa búsqueda, se detuvo y prestó atención a sus oídos.

En las cercanías borboteaba el río, cuyas aguas iban a morir al cenagal. El viento susurraba en las oquedades de la madera, y cada tanto se dejaba escuchar algún pájaro cantor. La voz secreta de la naturaleza hablaba en la penumbra. Pero ¿dónde se encontraba el ave que habían arrancado del firmamento? No podía haber caído muy lejos de ahí, estaba seguro de eso.

Finalmente unos sonidos agudos alcanzaron al muchacho, más el arrastre inútil de un animal herido. Kaylon sintió una opresión en el pecho anticipando lo que iba a encontrar. Esquivó con cuidado unos arbustos espinosos y llegó a un pequeño claro tapizado de hojas secas. En el centro de dicho claro se hallaba el objeto de su interés.

Fueron sus ojos ambarinos lo que primero llamó la atención del muchacho. Unos ojos grandes, inteligentes, que en esos momentos expresaban nada más que angustia y confusión. Tales ojos contrastaban con el plumaje castaño-dorado del ave, así como su pico y patas de color amarillo intenso. Era similar a los halcones que Kaylon había visto en manos de los cazadores del sur, pero de mayor tamaño. Debía tratarse de otra especie.

El animal estaba echado de lado sobre una de sus alas mientras que con la otra trataba, sin éxito, de enderezarse. Esta ala, la izquierda, extendida a modo de contrapeso, revelaba la gran envergadura de la rapaz. Kaylon observó en silencio los esfuerzos del ave por incorporarse hasta que algo la alertó sobre su presencia. Asustada por la nueva amenaza, redobló sus aleteos y por fin consiguió plantarse sobre las garras, lista para la huida o el combate. El chico no pudo menos que admirar su postura digna y la manera en que lo desafió mostrando su pico afilado... hasta que el ave volvió a caer, esta vez hacia el frente. Kaylon notó entonces, en el ala derecha del animal, la flecha incrustada a la altura de la articulación, tal que la mitad del miembro colgaba sólo de la piel y los tendones.

Viviera o no, jamás volvería a volar.

La más profunda compasión se apoderó del muchacho, quien, aunque no dudaba en matar un animal para comérselo, no soportaba ver sufrir a ningún ser viviente. En menos de un segundo había tomado una decisión, y avanzó hacia el ave pensando cuál sería la mejor forma de apresarla sin dañarla más de lo que ya estaba. El animal lo vio acercarse, y aunque se hallaba en una posición desfavorable, de todas formas le dio a entender que no se rendiría sin pelear. Semejante muestra de valor acrecentó el respeto que el chico ya sentía por la rapaz; a fuerza de haber tenido que nadar contra la corriente toda su vida, estaba predispuesto a reconocer y aceptar un espíritu afín.

Kaylon se puso sus guantes de cuero y rodeó al ave con la intención de aferrarla por detrás, de modo que su pico y garras representaran el menor peligro posible. La rapaz, aun malherida y golpeada, giró sobre sí misma; era lo bastante astuta como para no darle la espalda a un enemigo potencial. La sangre que escurría por la punta de la flecha trazó un círculo de gotitas escarlata sobre el suelo.

—Sólo quiero ayudarte —dijo Kaylon, procurando que su voz sonara tranquila y amistosa.

El ave irguió su hermosa cabeza, renuente a dejarse convencer. Pero estaba cansada. Había perdido mucha sangre, además de unas cuantas plumas al atravesar las ramas de los árboles, y sus movimientos eran cada vez más torpes y pesados. El muchacho logró colocarse detrás del animal, aferró el ala sana con una mano, plegándola suave pero firmemente, y pasó el brazo libre por el pecho del ave, quien trató de zafarse a picotazos. Por fortuna los guantes eran gruesos, aunque no por ello el ataque resultó indoloro. El chico se puso de pie con el ave en brazos, asombrado ante lo liviana que era en relación a su tamaño.

—Ahora te llevaré a casa —le dijo en tono apaciguador—. Mientras tanto, te agradecería que dejaras de pellizcarme los dedos.

Un ruido de pasos que se aproximaban llamó a una tregua entre Kaylon y el ave. Esta última se debatió, y al no poder soltarse miró al muchacho con expresión suplicante. Los pasos sonaban cada vez más cerca, y a ellos se sumó un potente olfateo. No hacía falta ser adivino para entender qué estaba ocurriendo; el chico abandonó el claro en dirección opuesta al sonido de las pisadas, tratando de no dejar huellas.

Quienquiera que fuese, estaba entre ellos y Nela y tenía algún animal rastreador. No había escapatoria, a menos que...

—La ciénaga; el río —murmuró Kaylon. Si conseguía llegar al agua le sería más fácil despistar a sus perseguidores.

El muchacho se dirigió al cenagal. Era un territorio que también conocía al dedillo, porque había muchos insectos interesantes y cierta variedad de piezas de caza. Allí los árboles terrestres dejaban paso a otros de raíces aéreas y lianas retorcidas, que se habían adaptado bien a la vida acuática. Kaylon se sumergió hasta la cintura en aquella ciénaga que olía a putrefacción vegetal y se deslizó entre los conjuntos de raíces que ofrecían numerosos escondites. Cuando el nivel del agua le llegó a la base del pecho, se detuvo. No podía nadar con el ave en brazos ni sumergir su ala herida en aquel pozo turbio. La sangre podría atraer ciertas alimañas que más valía no mencionar.

Los pasos sonaban tan fuerte a estas alturas que Kaylon pudo distinguir al menos cuatro pares de pies y unas voces graves, con acento foráneo. El chico aguzó el oído pero no pudo captar el sentido de la conversación. Algo en aquellas voces, no obstante, hizo que se le erizaran los pelos de la nuca y que el corazón empezara a latirle como el de un conejo acorralado. Bajo su mano percibió la misma agitación en el corazón de la rapaz.

¿Qué tan fornidos serían aquellos intrusos? Porque más que caminar sobre los islotes cubiertos de maleza, parecían triturarlos bajo sus botas. La vegetación rechinaba y se rompía para permitirles circular. No se movían con sigilo, sin embargo; la presencia del chico les había pasado inadvertida, y simplemente iban en busca del animal que habían abatido. Con un poco de suerte pensarían que se les había adelantado algún depredador, o que su víctima se había hundido en la ciénaga. Kaylon se apretó un poco más contra las raíces musgosas que lo ocultaban; no se atrevía a echar una ojeada, ni siquiera a respirar. El ave debía sentir lo mismo, porque hasta el último de sus músculos estaba tenso, paralizado por el miedo.

Tras lo que pareció una eternidad, las pisadas se alejaron en otra dirección. Kaylon se permitió relajarse un poco y llenar sus pulmones; una vez que su visión, nublada a causa del pánico y la falta de oxígeno, se aclaró lo suficiente, tomó conciencia de dos cosas: primero, que sus pies estaban medio enterrados en el limo del fondo, y segundo, que los mosquitos de la ciénaga, grandes como abejorros, se estaban dando un festín sobre las partes descubiertas de su piel. El ave, por su parte, bajó la cabeza en señal de alivio.

Los pájaros que habitaban el cenagal reanudaron sus actividades interrumpidas. A ellos tampoco les habían gustado los intrusos; su silencio era una clara muestra de desconfianza. Kaylon, quien siempre se fiaba del instinto de los animales, decidió que si ellos consideraban que la amenaza había pasado, entonces podía moverse. Se desplazó con cautela, de todas maneras, enfilando hacia la orilla y río arriba al mismo tiempo. La rapaz se mantuvo quieta en manos del chico; había comprendido en buena hora que el mismo estaba de su parte.

Los árboles acuáticos fueron quedando atrás y Kaylon llegó a las aguas más limpias que precedían la ciénaga. Una vez allí se aseguró de que no lo habían seguido y llamó a Nela con un sonido que sólo él sabía emitir, una mezcla de silbido y gorjeo. La yegua se presentó al galope medio minuto después; los rayos solares se reflejaban en matices azules y violáceos sobre su pelaje negro, mientras que sus crines y cola, de un blanco cremoso, ondeaban al viento como hilos de seda.

Kaylon depositó a la rapaz sobre la silla y luego montó con cuidado de no aplastarla. Nela volvió la cabeza y lo miró con disgusto; su joven amo no sólo estaba mojado, sino que además apestaba.

—No pongas esa cara —la amonestó el chico—. Ya me bañaré. Adelante, Nela, por el río.

El muchacho condujo a la yegua por la rivera arenosa, libre de piedras. Cuando el sol llegó al cenit ya no quedaba rastro alguno, visible o invisible, de su pasada.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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