31 de enero de 2012

La canción del águila (18B)

Los errantes habían encendido una enorme hoguera en el centro del campamento, cuya luz intensa y oscilante opacaba por completo las estrellas y las lámparas de los carromatos. El calor del fuego resultaba acogedor aunque la noche no era fría, y proporcionaba el ambiente ideal para una comida a la intemperie. Se habían instalado mesas en el espacio delimitado por los carromatos, y como Mic estuviera en una de ellas, masticando con energía una pierna de pollo, Kaylon se dirigió hacia él y lo saludó.

—Ah, Kay, veo que sobreviviste —dijo Mic—. Siéntate y come. ¿A tu amigo con plumas le gusta el pollo asado? ¿O no tiene tendencias caníbales?

El chico agradeció la invitación y se sirvió pollo y ensalada, que compartió con Eles. Había más gente en la mesa, y aunque no le preguntaron más que el nombre, Kaylon observó cuán a menudo lo miraban fijamente. Era una situación un tanto inusual para él, habituado desde pequeño a pasar desapercibido, pero estaba demasiado cansado como para que ello lo perturbara. Satis apareció poco después, y entre él y su primo se encargaron de aligerar la tensión; debían haberse puesto de acuerdo más temprano, porque empezaron a contar una versión todavía más fantástica de la trifulca con el oso, en la que ambos eran los héroes y todos los demás terminaban hasta el cuello en arenas movedizas. Algunos comensales desistieron de acabar su cena, pues llegó el punto en que por las risas se arriesgaban a morir atragantados.

Al estar toda la tribu presente, el chico verificó sus cálculos: el número de errantes rondaba, efectivamente, los quinientos, aunque una cuarta parte de ellos eran niños menores de diez años. Por segunda vez advirtió lo bien que parecían llevarse todos, lo estrecho de sus lazos afectivos, y se sintió excluido. No porque él lo deseara, o los errantes; pero la forma de vida de aquellas personas era tan ajena a lo que Kaylon había conocido desde su infancia que le resultaba imposible integrarse a ella así de repente. Sin embargo, hasta ese entonces habían sido amables con él. Quizá con el tiempo podría llegar a ser parte de la tribu, si le daban la oportunidad. En tal caso sólo tendría que preguntarse a sí mismo si era eso lo que anhelaba... y tras un rato de serena meditación, concluyó que bien podía ser así. Había estado siempre tan solo...

La cena no duró más de dos horas. Cuando finalizó, el muchacho ayudó a los errantes a retirar los platos y guardar las mesas. De pronto se vio rodeado por un montón de desconocidos que ya no estaban pendientes de él, y la multitud comenzó a dispersarse dejando a Kaylon en medio del campamento sin saber adónde ir.

Por unos segundos estuvo a punto de cambiar de idea sobre permanecer allí. Tenía a la vista el carromato de Romus; bastaría con decirle que agradecía sus atenciones pero que lo mejor para él sería continuar su camino. Lo detuvo, no obstante, una voz procedente de algún sitio a su derecha.

—Empezaba a preguntarme cuándo Mic se olvidaría de ti.

Kaylon se volvió hacia el origen de la voz y vio a Tyanna de pie contra unos fardos de paja, con los brazos cruzados y expresión risueña.

—No tomes a mal su descuido —prosiguió la muchacha—. Mic es un buen tipo, pero su propia personalidad le ocupa la mayor parte del día, así como Satis vive pendiente de su estómago.

Kaylon no supo qué contestar. Tyanna sonrió. Era una sonrisa maternal, protectora, que lo hizo sentir como un niñito perdido en el bosque que acabara de ser encontrado por un adulto.

—Mic no te llevó con Leila, ¿verdad? —preguntó la joven.

—No —respondió Kaylon, todavía desconcertado.

—Ven conmigo, entonces.

Tyanna echó a andar con paso tranquilo y elegante, igual que una cierva. El chico fue detrás de ella cargando a Eles en un brazo. La muchacha continuó hablando.

—Romus no te lo dijo, pero Leila es la Madre de la tribu. Ella conoce a todo el mundo y resuelve los asuntos de tipo familiar. Romus se encarga más bien de la administración: quién se va, quién viene, las tareas que debe cumplir cada uno, hacia dónde iremos mañana y por cuál camino. ¿Está claro?

—Sí.

—Bien. Así sabrás a quién debes dirigirte la próxima vez que tengas una duda.

Habían llegado a un carromato bastante grande en cuyo interior reinaba el bullicio. Tyanna golpeó la puerta; después de cuatro tentativas infructuosas, fue recibida por un chiquillo de piel morena y facciones redondas.

—Hola, Bel —dijo la muchacha—. ¿Puedo hablar con tu mamá?

El niño señaló hacia adentro. Tyanna subió al carromato haciéndole señas a Kaylon de que entrara. Él obedeció, aunque temiendo que Eles asustara a los ocupantes de aquella casa rodante o que éstos alteraran a la rapaz.

Dentro del carromato había una mujer cuarentona, rodeada por una decena de infantes y con un bebé colgando del brazo. Era tan oscura como Dorcai; salvo Bel, los demás niños no se le parecían en nada, así que probablemente los estaba cuidando en ausencia de sus padres. Cuando vio a Tyanna, su rostro se iluminó con una sonrisa blanca como la luna.

—¡Hola, querida! ¡Qué gusto verte! ¿Quién es tu joven acompañante?

—Su nombre es Kaylon, y el águila se llama Eles.

—Encantada de conocerte, Kaylon. ¿A qué debemos tu visita?

A falta de una respuesta concreta, el chico recurrió a Tyanna en silencio tal que la joven habló por él; durante la primera mitad de su explicación, los ojos de la muchacha no se apartaron de los de Kaylon.

—Como dijo Mic cuando lo encontramos, es un pequeño viajero... un pequeño viajero en busca de su destino, creo yo. Y el destino lo ha traído hoy con nosotros.

Tyanna desvió su mirada hacia la mujer morena.

—Es muy probable que continúe en la caravana por lo menos hasta el final del invierno, de modo que necesitará alojamiento.

—Ya veo —dijo Leila—. Déjame pensar...

La Madre de la tribu enumeró en voz baja los candidatos para hospedar al muchacho, y uno a uno los rechazó por motivos que ni Tyanna ni Kaylon lograron descifrar entre sus murmullos. Después de un rato, Leila anunció:

—¡Vaya!, somos tantos y sólo se me ocurre una posibilidad... y ya la conoces, ¿verdad, Tyanna?

La joven suspiró y asintió con desánimo.

—Sí, lo había pensado, pero sabes cómo es él. Desde que Leno partió, se ha acostumbrado a vivir solo y no estoy segura de poder convencerlo de lo contrario.

Leila puso una mano en el hombro de la muchacha.

—Mi hijo se ha convertido en un ermitaño porque solamente hay una persona con quien querría estar. Si alguien puede convencerlo de algo, Tyanna, eres .

Tyanna volvió a asentir con la cabeza. Luego tomó la mano de Leila y la presionó un momento contra su frente.

—Agradezco tu consejo, Madre.

—No hay de qué, mi niña. En cuanto a ti, apuesto jovencito, ojalá sea tu destino hallar la felicidad en nuestra tribu.

—Gracias —replicó el muchacho, inclinándose en señal de respeto. Leila rió.

—¡Apuesto y bien educado! Bueno, váyanse ya. Es tarde y tengo que acostar a estos traviesos.

Los niños, quienes habían persistido en sus juegos durante todo ese lapso, protestaron ante la idea de irse a dormir. Tyanna y el chico se despidieron de Leila y abandonaron el carromato, dejando a la Madre a merced de las revoltosas criaturas.

La hoguera ya no era más que cenizas; los errantes se habían retirado a sus respectivas camas y una agradable quietud imperaba ahora en el campamento, inundada por los olores del bosque circundante y el arrullo de los insectos. Uno de los carromatos, no obstante, resplandecía más que los otros, aunque en su exterior brillaba una única antorcha. Kaylon se sintió atraído hacia ahí cual mariposa nocturna a la llama de una vela; uno de sus pies incluso adelantó al otro, pero Tyanna lo agarró del brazo libre.

—No es por ahí —dijo la muchacha con naturalidad, como si la reacción de Kaylon no tuviera nada de raro.

—¿Quién vive en ese carromato? —preguntó el chico. El hechizo era irresistible; sus piernas aún querían llevarlo en esa dirección.

—Amalaide —respondió Tyanna en susurro—. Tal vez llegues a verla, pero es igual que el aire: va y viene sin que nadie lo note, excepto cuando ella quiere.

—Amalaide —repitió Kaylon. El nombre sonó elusivo y misterioso en sus labios, lleno de un poder indescriptible.

La muchacha le tironeó del brazo.

—Sígueme.

Caminaron hacia otra parte del campamento, próxima al límite del anillo medio. Tyanna detuvo entonces al muchacho y lo empujó contra un carro lleno de víveres.

—Espera aquí —le indicó la joven—. Será mejor que él no te vea hasta que haya aceptado hospedarte.

Kaylon frunció el ceño pero Tyanna no le dio más explicaciones. Con paso resuelto, la muchacha se dirigió a un pequeño carromato estacionado bajo dos árboles viejos y nudosos.

Hasta ese instante, el muchacho no había imaginado lo que le esperaba; sin embargo, cuando Dorcai respondió al llamado de Tyanna, el curioso intercambio entre ella y Leila cobró sentido.

—Fabuloso —murmuró el chico. De todos los errantes que había conocido ese día, ¿tendría que permanecer justo con ése?

Desde su escondite, Kaylon lo escuchó hablar con Tyanna y el diálogo no le pareció nada prometedor. Por lo visto, el rechazo era recíproco. Tras oír la petición de la joven, Dorcai protestó diciendo:

—¿Quedarse aquí? ¿Y por qué no lo mandas con los hijos de Yennara? Seguro que ellos tienen lugar para uno más.

—Oh, vamos, Dorcai. Los hijos de Yennara se la pasan peleando toda la noche, y luego duermen hasta pasadas las doce. Si Kaylon va a trabajar con Aetel, necesitará todas las horas de sueño que pueda conseguir.

El hombre resopló. Tyanna lo miró con disimulada tristeza; empleando un tono de voz más seductor, reanudó su intento de persuadirlo.

—No seas tan hosco. Kaylon no te ha hecho nada. Tuvimos un mal comienzo, lo admito, pero a mí me parece un buen chico. Hazlo por mí, aunque sea. ¿Sí?

Dorcai no quería ceder, eso era claro como el cristal, pero... ¿cómo resistirse al encanto de aquellos ojos verdes? A pesar de su desagrado, Kaylon sintió una chispa de simpatía por el joven; él no habría durado ni medio minuto en su lugar.

—Aj, está bien —accedió al fin el errante moreno—. Puede quedarse.

Tyanna le dio un beso fraternal en la mejilla. Él hizo una mueca, aunque no precisamente de disgusto.

—Odio cuando haces esto, Tyanna, de veras. No, no pongas cara de inocente, te conozco bien. Anda, dile al chico que salga del rincón donde lo ocultaste y que venga.

—De acuerdo —dijo la muchacha, sonriendo—. Buenas noches, Dorcai.

—Sí, sí, buenas noches —replicó éste con expresión dolida, y desapareció dentro del carromato sin mirar a Tyanna, quien fue a buscar al muchacho.

—Mi parte ya está hecha —anunció la joven—. Ve con él... y buena suerte.

La joven se perdió en la oscuridad. Kaylon tomó aire y marchó hacia el carromato, cuya puerta Dorcai había dejado entornada.

—Permiso... —dijo el chico al entrar. No recibió respuesta; Dorcai se hallaba de pie junto a la ventana, con los ojos fijos en el vacío.

El interior del carromato estaba muy limpio y ordenado, sin rayar en el fanatismo por el aseo. A Kaylon le dio la sensación de una estricta disciplina, otro punto en favor del errante. Dorcai, por su parte, volvió en sí y contempló al muchacho con hostilidad.

—Aclaremos algo desde ahora: no te estoy haciendo un favor, sino a Tyanna. Eso quiere decir que yo mando aquí, y que obedecerás mis reglas. Regla número uno: nada de estar remoloneando hasta tarde. No me gustan los holgazanes. Regla número dos: detesto el desorden, así que...

Kaylon, un tanto divertido, decidió cortar por lo sano e interrumpir lo que sin duda sería una larga perorata.

—Oye, no te preocupes por mí. Voy a cuidar de los caballos, así que me levantaré al amanecer y estaré lejos la mayor parte del día. Es posible que ni siquiera vuelva algunas noches, si el tiempo se presta para dormir en el campo. Cualquier regla que impongas, la respetaré; es tu casa.

Dorcai se quedó mudo por un momento, tratando de decidir si el chico era sincero o si decía todo eso para caerle bien. Debió inclinarse por la primera opción, porque su rostro se relajó y su tono de voz sonó amable al preguntar:

—¿Cuántos años tienes?

—Cumpliré trece en el otoño.

El errante lo examinó de arriba a abajo.

—Pues pareces algo mayor.

Esta afirmación tomó a Kaylon por sorpresa. Sin embargo, Dorcai tenía razón: aunque Fael lo había llamado "enano" desde muy temprano, el chico siempre había sido alto para su edad por la vida activa que llevaba.

—Bueno —dijo el muchacho después de una pausa—, ¿y qué hago con Eles?

—¿Eles? Ah, el águila. Es verdad, no puedes dejarla afuera. Ponla donde te parezca mejor y mañana le fabricaremos una percha. En cuanto a ti, tendrás que dormir hoy en el piso; regalé la cama de mi hermano cuando se mudó a otra tribu. Te conseguiré una lo antes posible.

—Estupendo. Gracias.

—Sí... bien... iré por unas mantas.

Kaylon y Dorcai no hablaron mucho después de eso, pero cuando llegó la hora de apagar la luz, la opinión de cada uno con respecto al otro había mejorado considerablemente. El chico, por lo menos, estaba casi seguro de que el errante no le daría los mismos problemas que Fael, lo cual era un alivio.

Antes de entregarse al sueño, el último pensamiento de Kaylon fue que ese día, aunque largo y ajetreado, había sido uno de los mejores que había tenido en varios meses.

(Continuará...)

Gissel Escudero

30 de enero de 2012

La canción del águila (18A)

El campamento, al que llegaron dos horas después, era mucho más grande de lo que Kaylon había imaginado por el camino. Situado en una parte del bosque donde la arboleda era poco densa, tenía una disposición aproximada de tres anillos concéntricos: por fuera, unos carromatos enormes y recios, destinados a la carga; en el medio, carromatos de menores dimensiones que, por su apariencia menos práctica y más confortable, obviamente funcionaban como viviendas; y en el centro, un espacio donde las personas llevaban a cabo diversos quehaceres. El eje de este espacio era una zona despejada de maleza a fin de poder encender fuego sin peligro alguno, aunque en ese preciso instante sólo ardían allí unos pocos rescoldos.

Semejante asentamiento debía contener unos quinientos errantes; el inventor, no obstante, le había asegurado que algunas tribus superaban los dos mil individuos.

¿Qué más sabía el chico sobre esa gente? No demasiado, pero sí lo esencial. Los errantes eran nómadas, aunque con ciertas características particulares: tenían una ruta claramente establecida que daba vueltas sin cesar alrededor de un punto geográfico específico, de preferencia un lugar sagrado; los colgantes de metal con forma de letras indicaban a cuál tribu pertenecían, pues había más de una y en ocasiones se entrecruzaban; eran, en suma, como pueblos desarraigados en los cuales podían encontrarse todos los oficios que hacen funcionar una comunidad humana. Tenían sus propias tradiciones, sus propias historias y leyendas; es decir, esos pequeños elementos culturales que constituyen una nación. Sin embargo, no eran grupos cerrados. A veces algún errante abandonaba la tribu para vivir de manera convencional o alguien de afuera se unía a sus caravanas. Pero esto era raro, y más frecuentemente los intercambios tenían lugar entre miembros de tribus distintas.

Con todo esto en mente, Kaylon dejó que su mirada vagara por el campamento para hacerse de una primera impresión. Y le gustó lo que vio, pues allí parecía reinar la armonía; no de la clase que había conocido en la granja, donde las personas se llevaban bien por la costumbre y la necesidad de trabajar en equipo, sino aquella que nace de la amistad entre seres afines. Esto saltaba a la vista casi de inmediato: en ningún momento se encontraban dos errantes sin que mediara entre ellos una sonrisa, un saludo o un ofrecimiento de ayuda.

—Agradable, ¿no? —le dijo Mic a Kaylon, adivinando sus pensamientos—. Así es como vivimos. Ahora ven conmigo; Romus es el Padre de nuestra tribu, y todos los visitantes deben obtener su permiso para poder quedarse en el campamento, aunque sea por una noche.

Dorcai y Satis se separaron del grupo, llevándose las piezas de caza y a Nela. El chico, con Eles en el arnés, siguió al pelirrojo. Tyanna fue detrás de ellos pero en silencio y manteniendo cierta distancia, como movida por un propósito secreto. Kaylon procuró no darse vuelta para vigilarla, aunque le resultó difícil: la joven no sólo era atractiva, sino que además parecía interesada en él. El porqué de ello, Kaylon no habría podido asegurarlo. Por lo que recordaba, no había dicho o hecho nada destacable; durante la mayor parte del trayecto hasta el campamento le había permitido a Mic monopolizar la conversación, optando por permanecer callado hasta comprender mejor con qué clase de gente estaba tratando. Finalmente se le ocurrió que la muchacha podría querer saber algo más sobre Eles, dado que se trataba de un ave exótica; en él, desde luego, no había ni pizca de exótico, y sin duda la joven tendría mejores cosas que hacer que perder su tiempo con un chico por completo común y corriente, aunque viniera de otra región.

Dejando de lado estas reflexiones, el muchacho contempló con agrado la belleza artesanal de los carromatos, pintados de colores festivos y decorados con objetos de hueso y madera. También observó que, pese a que la mitad de los errantes iban vestidos como Mic y sus compañeros, otros llevaban unos atuendos muy elaborados, con cintas y cuentas de vidrio, collares y pulseras. Los niños, en particular, lucían encantadores: sus trajes eran sencillos pero estampados con figuras de plantas y animales, y usaban unos sombreritos de paja con espigas o flores, según se tratara de varones o niñas. Los pequeños errantes interrumpieron sus juegos para señalar a Kaylon y Eles; cualquier cosa que rompiera la monotonía era, al parecer, digna de su atención.

Mic condujo al chico hasta un carromato que no se distinguía mucho de los demás. Una vez allí, el pelirrojo encaró al muchacho con moderada seriedad.

—Antes de entrar, Kay, te daré un par de consejos: en primer lugar, mira a Romus a los ojos a lo largo de toda la entrevista y no le cuentes ninguna mentira, aunque puedes ejercer tu derecho de no contestar si alguna pregunta te incomoda; en segundo lugar, no te dejes amedrentar. Verás, Romus es un poco como Dorcai: aunque le agrades, no lo demostrará durante un tiempo... diez años, más o menos... y, mientras tanto, se comportará contigo como si fuera a devorarte al menor agravio.

Kaylon asintió.

—¿Algo más? —le preguntó a Mic.

—Sí: no te rasques el trasero, no te hurgues la nariz y evita eructar en presencia de nuestro solemne líder. Se enfada mucho cuando yo lo hago, y eso que soy de la familia.

El chico contuvo una risita.

—Bueno, aquí vamos —dijo Mic—. Sujétate de tus calzones.

El pelirrojo golpeó tres veces la puerta del carromato.

—¡Adelante! —tronó una voz desde el interior.

Mic fue el primero en cruzar el umbral; Kaylon lo siguió de cerca, haciéndole espacio a Tyanna para que ella también pasara. La muchacha dejó la puerta abierta a propósito, situándose a un lado de la misma. A Kaylon se le antojaron dos razones para ello: lo hacía en consideración a sus nervios, así no se sentiría encerrado, o con el fin de proporcionarle una vía de escape en caso de que Romus decidiera, en efecto, devorarlo.

Desde un rincón de la habitación apareció un hombre que en ese instante se estaba secando las manos con una toalla. Era tan alto y rubio como Orantos y más o menos de la misma edad, pero ahí se acababan las similitudes, pues el hombre parecía una copia más delgada y madura de Satis.

—¿Qué ocurre? ¿Quién es él? —preguntó el líder de los errantes. Su voz sonaba amedrentadora... pero la amenaza no iba dirigida a Kaylon sino al pelirrojo, como si fuera habitual que éste le comunicara malas noticias.

—Se llama Kaylon —informó Mic—. Lo encontramos en el bosque, viajando solo, y pensamos que podría cenar con nosotros.

Romus se fijó en las botas embarradas de ambos muchachos y frunció el ceño, suponiendo quizás que la verdad era más complicada; pero pasó por alto ese detalle y se dirigió a Kaylon con menor rudeza que a su acompañante. El chico pensó de inmediato en el juez Tolga: el Padre de la tribu irradiaba la misma sensación de autoridad y firmeza de carácter.

—Viajando solo, ¿eh? ¿Hacia dónde?

—Me dirigía al este, hacia...

El chico dejó la frase en suspenso porque en realidad no sabía adónde iba. Hasta ese entonces no había hecho más que dejarse guiar por su intuición... y la de Eles. Su voluntad, adormecida durante largas semanas, acabó por despertar e imponerse, y Kaylon terminó la oración de esta manera:

—... hacia ningún sitio en particular, supongo.

Eles se agitó dentro del arnés; el muchacho lo ignoró.

—Te fuiste de casa —dijo Romus. No era una pregunta.

Kaylon resumió la cadena de sucesos que lo habían conducido hasta ahí. Ninguno de los presentes se aventuró a opinar, mas el chico percibió en ellos cierta empatía; después de todo, los errantes también eran diferentes al resto del mundo.

—Y eso es todo, creo —concluyó el muchacho. Había omitido solamente algunos hechos referentes a Eles, como la historia de su hallazgo, el asunto de la flecha y aquellas actitudes del ave para las que no tenía una explicación lógica.

Romus se frotó la barbilla. Su expresión era mucho más amigable que al principio y Kaylon pensó que había superado la prueba.

—Ajá —exclamó el hombre después de unos minutos—. Bueno, hijo, no diría que te has metido en problemas, pero tu situación tampoco es muy favorable. Y como los errantes nunca negamos asilo a quien lo necesita, puedes quedarte con nosotros hasta que acaben las lluvias. Si terminas por encontrarte a gusto, tal vez quieras acompañarnos al sur para pasar el invierno, y después de eso... bien, supongo que mucho antes ya habrás resuelto qué hacer con tu vida.

Kaylon le dio las gracias al líder de la tribu. Romus le correspondió con un gesto y luego se dirigió a Mic:

—Llévalo con Aetel y dile que le busque un trabajo. Al fin y al cabo, siempre se está quejando de que le falta gente para cuidar de los caballos. Ve también con Leila y pregúntale dónde puede dormir el chico.

—Sí, tío —respondió Mic con expresión obediente.

—Y dile a Satis que venga cuanto antes. Según su madre, hoy le toca lavar la ropa.

—Con mucho gusto —replicó el pelirrojo. Un brillo travieso bailaba en sus pupilas; sin duda tramaba algo. Romus le echó una mirada disuasiva pero Mic se hizo el distraído, súbitamente ocupado en dar lustre a la hebilla de su cinturón.

—Ya, desaparece —le ordenó el hombre a su sobrino, y fue a colgar la toalla húmeda en una de las ventanas.

Kaylon y Mic salieron del carromato. Tyanna no estaba por ningún lado.

—Segunda parada: los corrales —anunció el pelirrojo—. Amigo Kay, espero que te gusten mucho los caballos, porque lo que te aguarda no es trabajo para damiselas.

Dejando atrás el campamento, caminaron por un sendero poco definido entre los árboles, el cual terminaba en un llano donde se extendía un lago de color turquesa. No muy lejos de dicho lago los errantes habían construido unos corrales de troncos; allí, masticando heno bajo la sombra del monte, descansaban por lo menos unos cuatrocientos caballos de tiro pesado. Eran unas bestias magníficas, casi todas de pelaje bayo, colas cortas y patas gruesas y peludas.

—Son preciosos —dijo Kaylon.

—Oh, eso no lo discuto —replicó Mic—, pero también son las criaturas más tozudas que he conocido. Ni muerto me pondría en tus zapatos. Ah, mira, ahí está Satis con tu yegua.

Mic bajó trotando la pendiente; el chico lo imitó y juntos llegaron a la zona de los corrales. Mientras le daba de beber a Nela, Satis narraba de forma creativa su último encuentro con Beorb a un público de siete hombres.

—... entonces el oso y yo nos enlazamos en una lucha cuerpo a cuerpo, y así fue como salvé la vida de Dorcai, quien yacía atontado en...

El pelirrojo aplaudió.

—Felicidades, primo. Ahora dime: ¿eso ocurrió antes o después de hundirte como una piedra en el barro?

Los siete hombres rieron; Satis hizo un gesto de "no le hagan caso a este bobo".

—¿Dónde está Aetel? —le preguntó Mic a su primo.

—Por allá, cerca de aquellas rocas. Ahora vete, estás estropeando mi momento de gloria.

—Sí, claro. Vamos, Kay.

Cuando los dos muchachos estuvieron a una veintena de metros del grupo de errantes, Mic se dio vuelta y exclamó con todas sus fuerzas.

—¡A propósito, primito: dice tu mami que hoy te toca lavar la ropa!

Los siete hombres, más algunos otros que andaban por los alrededores, soltaron sendas carcajadas; Satis se puso rojo como el pelo de su primo y Kaylon leyó en sus labios algo así como "lo voy a matar".

—Ah, dulce venganza —dijo Mic—. Esto le enseñará a no contarle a la bella Imaura sobre la vez que me senté en un hormiguero. Ven, Kay, ahora sí te llevaré con Aetel.

Visto de espaldas, Aetel era un tipo bajo, fortachón, de pelo negro y corto... pero cuando se dio vuelta, resultó ser una mujer.

—Dijiste que esto no era trabajo para damiselas —murmuró Kaylon.

—¿Y eso te parece una damisela? —contestó el pelirrojo.

—Ya te oí, Mic —dijo Aetel. Su voz sonó ronca pero no malhumorada; debía estar acostumbrada a las bromas.

—Él es Kaylon. Va a permanecer una temporada con nosotros, de modo que...

—Sí, entiendo. Dime, pequeño, ¿qué sabes sobre caballos?

—De donde vengo los criábamos —respondió el chico.

—Excelente. Nos serás de gran ayuda. ¿Puedes empezar ahora?

Kaylon asintió.

—Déjalo conmigo, Mic —le indicó Aetel al pelirrojo—. Te lo devolveré cuando hayamos terminado.

—Está bien. Te espero en el campamento, Kay.

Aprovechando que Aetel no lo veía por estar desenredando unas bridas, Mic le hizo un guiño al chico, señaló a la mujer y puso cara de susto.

—Sé lo que hiciste, Mic... —dijo Aetel sin apartar la mirada de las bridas.

—Ten cuidado, Kay, se las sabe todas —le advirtió el pelirrojo a Kaylon en tono confidencial, y luego se retiró silbando.

Hasta la hora de la cena, el chico estuvo ocupado con los caballos de los errantes, haciendo prácticamente lo mismo que en la granja. Mic había tenido razón acerca de esos animales: sí eran testarudos, y propensos además a las patadas, pisotones y mordiscos. Sin embargo, no era la primera vez que el muchacho trataba con equinos de temperamento irritable, de modo que se las arregló bastante bien; tan bien, de hecho, que Aetel y el resto de los encargados tuvieron que reconocer su destreza. En cuanto a la mujer, en realidad era muy simpática a pesar de su masculinidad. A eso de las siete despidió a Kaylon con tiempo para asearse, y lo invitó a desayunar junto al lago a la mañana siguiente. Por todo esto, el muchacho regresó al campamento sintiéndose de maravilla.

(Continuará...)

Gissel Escudero

29 de enero de 2012

La canción del águila (17)

El puente del río Eb, al que Kaylon llegó dos días después, se hallaba en tan mal estado que el chico lo cruzó solo a pie antes de atreverse a hacerlo con Nela y Eles. Cuando los tres llegaron por fin al otro lado, Kaylon dio media vuelta para admirar la desvencijada y crujiente estructura, aún asombrado de que hubiera tolerado el peso de la yegua sin arrojar más que unas pocas astillas. Pero no se engañaba; el río era de cauce profundo y turbulento, y probablemente arrastraría el puente cual montón de palitos podridos durante la estación de las lluvias. Claro que a él le daba igual, porque no pensaba volver a atravesarlo por nada del mundo.

El cielo estaba nublado, así que el muchacho sacó su brújula para asegurarse de estar yendo en la dirección correcta. Sí, todo pintaba bien: el río corría de norte a sur, y si seguía el sendero perpendicular al mismo no se desviaría por el resto del día, al menos.

De acuerdo al reloj eran las doce y veinte, lo cual explicaba los gruñidos de su estómago. Sin embargo, le llamó la atención el tercer indicador del instrumento, pues según éste la presión de la atmósfera estaba decayendo con rapidez. El muchacho contempló el firmamento. Realmente no parecía que fuera a llover, pero había aprendido a hacerle caso al invento de su amigo; por lo tanto, decidió avanzar un poco más e instalarse en el primer refugio que encontrara.

Cuatro horas más tarde, el agua caía a torrentes desde el cielo y los truenos hacían vibrar las paredes de roca de la cueva donde el chico se había metido. Era el sitio perfecto para resguardarse de la lluvia: se encontraba en terreno elevado y había espacio suficiente en su interior para alojar a Nela, a quien no le gustaba quedar expuesta durante las tormentas eléctricas. La yegua se había tumbado cómodamente sobre un colchón de detritos vegetales; Eles, por otro lado, estaba de pie junto a la entrada de la cueva, como si quisiera partir apenas terminara de llover. Kaylon aprovechó para merendar con unas bayas que había recogido por el camino, y mientras tanto se dedicó a observar al ave.

Bajo el resplandor de los rayos que se filtraba a través de la cortina de agua, el chico no pudo dejar de notar lo mucho que había mejorado Eles en los últimos tiempos, a medida que se dirigían hacia el este. Las plumas nuevas del animal despedían reflejos de oro y sus ojos eran dos soles, límpidos e incandescentes. Incluso daba la impresión de haber crecido, a causa del aumento de masa muscular. No obstante, el muchacho no creyó que todo eso se debiera a la buena alimentación y el ejercicio. Era más bien como si el ave tuviera una sensación de propósito al estar yendo en una dirección concreta, y ello la reanimara con mayor eficacia que el movimiento o la comida.

Pero tales pensamientos le producían escalofríos al chico, porque lo llevaban a la conclusión de que Eles era mucho más que un águila, al ser capaz de sentir emociones humanas. Y eso no era posible... ¿o sí?

De pronto se oyó un ruido de madera al quebrarse. A Eles se le erizó el plumaje y Nela levantó la cabeza, sobresaltada. Kaylon permaneció tranquilo; se había caído un árbol muerto o, como había estado esperando desde que empezara la tormenta, el puente del río Eb había cedido ante la fuerza de la corriente. Seguramente lo reconstruirían en el otoño o la primavera siguiente, a más tardar.

El chico se arrebujó en su capa y durmió una apacible siesta, a pesar de los truenos. Despertó al sentir los picotazos del águila en sus dedos; ya no llovía, y aún tenían por delante algunas horas de luz diurna.

—Está bien, Eles, entendí el mensaje —dijo el muchacho mientras se desperezaba.

Kaylon salió de la cueva llevando a Nela por las riendas y a Eles en su espalda. Las nubes comenzaban a abrirse, mostrando aquí y allá parches de cielo azul; hacia el este, dado que el sol se encaminaba al poniente, un diáfano arco iris daba un toque de color al firmamento. El fenómeno sólo duró unos pocos minutos pero el muchacho se sintió bien al contemplarlo, como si fuera un buen augurio.

Al atardecer, el cielo estaba despejado y las primeras estrellas se hacían guiños unas a otras. La temporada de lluvias tardaría un poco más en llegar, por suerte; lo de ese día había sido tan sólo un preludio. El muchacho acampó al aire libre, dejando de lado por el momento toda preocupación climatológica.

El día siguiente amaneció sin una sola nube de aspecto sospechoso, y aunque los caminos estaban poblados de charcos más o menos profundos, ello no le impidió a Nela cubrir una larga distancia antes del mediodía. A esa hora, Kaylon resolvió hacer un alto. Había unos espléndidos árboles frutales a la vera del sendero, y no estaba bien desperdiciar una oportunidad para abastecerse. Así pues, ató bien a Nela para que no se empachara con fruta madura, dejó a Eles sobre la silla de montar y marchó con una bolsa a recolectar los dulces regalos de la naturaleza.

Estaba tan concentrado en la tarea que se alejó bastante de la yegua. Se le ocurrió entonces al muchacho que podría ocultarse en algún sitio y esperar; los frutos seguramente atraerían a los pequeños animales del campo, y la dieta de Eles consistía más que nada en carne fresca. Pensando en darle el gusto, buscó un lugar apropiado para el acecho, pero lo distrajeron unas voces que provenían del otro lado de una barrera de arbustos. Dominado por la curiosidad, Kaylon se aproximó a dichas plantas y espió por entre sus ramas.

Del otro lado había un claro que precedía un bosquecillo, y ahí, sentados sobre un tronco caído, dos jóvenes de unos diecisiete o dieciocho años estaban ocupados con unas piezas de caza. Uno era un muchacho pelirrojo, de tez muy pálida y flaco como un espantapájaros; el otro era una muchacha de semblante adusto, cabello castaño y figura atlética. De sus cuellos pendían unos colgantes de metal que parecían letras entrelazadas en múltiples revueltas; Kaylon no tenía idea de qué representaban aquellos símbolos en particular, pero gracias a Orantos sí conocía su origen.

—Errantes —murmuró el chico. ¿Debía presentarse ante ellos o marcharse?

Incapaz de elegir entre una cosa o la otra, se quedó donde estaba y prestó atención a la conversación de aquellos jóvenes... si es que podía llamársele conversación, dado que el pelirrojo tenía la palabra la mayor parte del tiempo. La muchacha no hacía mucho más que resoplar y observar a su compañero con expresión de fastidio.

—... y cuando yo le dije: "Eso te pasa por no hacerme caso", él gruñó, amagó un puntapié en mi dirección ¡y luego me mandó a despellejar ratones! ¿Qué te parece? Bueno, cuando menos ya no tendré que devanarme los sesos pensando qué cocinar la próxima vez que me toque ayudar con la cena. Les serviré a todos un plato de ratones fritos, sazonados con...

Aquí la muchacha interrumpió el monólogo.

—¿Estás seguro de que éste es el punto de reunión?

—Por supuesto que estoy seguro. ¿Acaso crees que sólo hay aire en los confines de mi duro cráneo?

La muchacha le dirigió una mirada de confirmación, parpadeando varias veces.

—Está bien —continuó el pelirrojo—, lo plantearé de otra manera: ¿cuántos troncos caídos y musgosos en un claro cerca del límite del bosque, a unos pasos de donde crecen los árboles frutales, puede haber por los alrededores, eh? Ya sabes que nuestro amigo Dorcai no es muy elocuente, pero cuando le da por describir algo salta a la vista su vena poética.

La joven alzó ambas manos, dando por terminado el asunto.

—Aunque a mí también me extraña que él y Satis se estén demorando tanto —dijo su interlocutor—. Por más que mi primo haya decidido detenerse a comer, como siempre, Dorcai es muy puntual. Y ya sabemos que no tendría ningún inconveniente en levantar a mi gordo primo del suelo y traerlo a cuestas para llegar a tiempo. Sin remordimientos de conciencia, además. Dime, ¿cómo puede ser tan serio y tan musculoso a la vez si él y yo vivimos bajo las mismas condiciones ambientales? Mírame a mí: delgado, chistoso y...

—Lo de delgado lo acepto —explotó la muchacha—, pero lo de chistoso es discutible. ¿Por qué no te callas de una vez? Me conformo con cinco minutos... lo suficiente para evitar que te asesine, en todo caso.

El pelirrojo se llevó las manos al pecho, gimiendo como si le hubieran dado un golpe de muerte.

—Oh, ¿cómo puedes ser tan cruel? Cruel, cruel, cruel. Mira: me he puesto blanco como la cera.

La muchacha hizo rodar los ojos. En su escondite, Kaylon sonrió... hasta que algo se movió detrás de él y una voz masculina le advirtió:

—Un paso en falso y será el último que des. Voltéate.

El chico obedeció, y por si acaso lo hizo muy lentamente, mostrando que estaba desarmado. Lo primero que vio fue una ballesta apuntándole al pecho; al otro extremo de la misma había un hombre de unos veintidós años, de piel muy oscura y cabeza rapada. Otro errante, sin duda, y con un cuerpo tan escultural que debía tratarse del tal Dorcai.

—Camina hacia el claro —le ordenó el errante. Kaylon se abrió paso a través de los arbustos, esperando el momento adecuado para anunciar que era inofensivo. Los dos jóvenes del claro se pusieron de pie al ver al chico.

—¿Qué significa esto? —inquirió la muchacha.

—Eso —la secundó el pelirrojo—. Dorcai, colega, se suponía que íbamos a cazar animales, a-ni-ma-les, no...

—¡Cállate, Mic! —exclamaron Dorcai y la joven. Sonó como si fuera la milésima vez que decían juntos esa frase.

Kaylon sintió la punta de la flecha en su espalda. Dorcai explicó:

—Encontré a esta sabandija detrás de esas matas, espiándolos.

—¡Espiándonos! —dijo Mic con tono escandalizado, y luego se dirigió a la muchacha—. Menos mal que no estábamos haciendo nada indebido, amorcito.

La aludida le dio un codazo al pelirrojo y se adelantó para preguntarle a Kaylon:

—¿Qué te proponías? ¡Habla!

Como para recalcar la importancia de la pregunta, Dorcai presionó un poco más la ballesta contra la espalda del chico, quien no pudo evitar dar un respingo. La expresión de la joven se suavizó un poco.

—No seas tan brusco, Dorcai, es sólo un niño.

La ballesta se retiró... apenas.

—No pretendía hacer nada malo, de veras —se defendió el chico—. Pasaba por aquí, los escuché hablar, y quería averiguar si eran amigables antes de anunciar mi presencia, es todo.

El pelirrojo se rió entre dientes.

—Pues con semejante presentación ya no querrás saber nada de nosotros, ¿verdad? Anda, Dorqui-loqui, déjalo. Es un pequeño viajero, no una bestia salvaje.

La ballesta, olvidada, pasó a apuntar al suelo, y Dorcai avanzó hacia Mic con un puño en alto.

—Ya te he dicho que no me llames...

El hombre no llegó a completar la frase porque alguien pasó como una tromba junto a ellos, gritando a todo pulmón:

—¡¡Cooooorraaaaannn!!

Quienquiera que fuese siguió de largo, dejando a todos estupefactos. El único que atinó a decir algo fue el pelirrojo:

—¿Qué...?

Pero tampoco pudo terminar la frase, pues un espantoso rugido sonó entre los árboles... y se estaba acercando con rapidez. Un poco más y verían a la criatura que lo había producido, la cual se desplazaba rompiendo ramas y pisando con una fuerza que revelaba su gran tamaño.

—Hasta luego —dijo Mic, y partió en la misma dirección que el primer sujeto.

Un nuevo rugido y los otros dos errantes también decidieron que no les vendría mal un cambio de panorama. El único que permaneció en el claro fue Kaylon, hasta que la muchacha retrocedió para buscarlo y lo agarró del brazo, sacándolo de su aturdimiento.

—¡Corre, tonto, es Beorb!

Kaylon corrió, pero tuvo tiempo de echar una ojeada al peligro que se cernía sobre ellos: era un oso pardo, el más grande que hubiera visto en su vida; tenía la altura de un hombre aun sobre sus cuatro patas, enormes fauces llenas de dientes gastados pero poderosos, y garras como grises navajas letales.

El chico y los tres errantes alcanzaron a quien los había puesto al tanto de la amenaza. Se trataba de otro joven de la tribu, un tipo bajo y regordete, de tez colorada; sus piernas cortas no rivalizaban con las de los otros, y cuando todos se colocaron junto a él, la muchacha le preguntó entre jadeos:

—¿Qué... le hiciste... a Beorb esta... vez?

—Na... nada... ¡Lo ju... juro!

—¿Cómo que... nada, cabeza... hueca? —dijo Mic, igualmente falto de aliento—. Tienes... miel, ¿no... es cierto?

—¡No! —contestó el tipo regordete con aires de culpabilidad—. De... de veras.

Resultaba imposible creerle, no obstante, porque no sólo estaba embadurnado de dicha sustancia sino que además tenía un par de abejas enredadas en su pelo rubio, y oprimía contra su pecho una vasija de metal como si fuera un preciado tesoro.

Detrás de ellos, el oso comenzaba a pisarles los talones, todavía rugiendo. Aunque corpulento, era rápido como un caballo.

—¡Suelta esa vasija... antes de que nos atrape! —gritó Dorcai.

—¡Ni... lo... sueñes! —replicó el aludido.

—¡Dame eso! —bramó la muchacha, y con un ágil movimiento le arrebató la vasija a su portador y la arrojó por encima de su hombro.

El oso se detuvo y olfateó el recipiente. Los cinco humanos dejaron de correr; expectantes, se volvieron hacia el animal. Éste engulló la miel en cuatro ávidos lengüetazos... pero luego levantó su parda cabeza, oliendo la brisa, y nuevamente se abalanzó sobre los jóvenes, reanudando la persecución.

No pudieron continuar así mucho rato, porque antes de darse cuenta se habían internado en un lodazal. Dorcai, por ser el más voluminoso, fue el primero en estancarse; se había hundido hasta los tobillos en el barro. Los otros no tardaron en tener el mismo problema, y se dieron vuelta para ver si el oso continuaba detrás de ellos.

El animal se había parado a orillas del lodazal y el barro no le cubría más que las zarpas. Su apariencia era terrorífica, desde el morro lleno de cicatrices hasta sus ancas rollizas y potentes. Seguía olfateando la brisa. Era obvio que quería algo más de los humanos, y llevado por la impaciencia y la gula se irguió sobre las patas traseras y profirió un rugido más estruendoso que los anteriores. Le chorreaba espuma de la boca; sumando a eso la apelmazada suciedad del pelaje de su vientre, la bestia semejaba un perfecto monstruo de fábula.

Los tres errantes que Kaylon había visto primero clavaron la mirada en su amigo y lo interpelaron de igual manera.

—Satis...

—¡Eso era todo, de veras!

—¡Satis! —gritaron los tres errantes.

—¡Nos está tragando el lodo, pedazo de estómago ambulante! —agregó Mic—. ¡Sé que tienes más miel escondida, dásela o bailaré sobre tu barriga mientras te hundes!

—¡Oh, de acuerdo!

Dicho esto, Satis abrió su chaleco y dejó al descubierto una segunda vasija metálica.

—Aquí se va mi postre —suspiró el joven, y lanzó la vasija en dirección al oso. Le dio justo en la frente, pero la criatura, en lugar de enfurecerse, emitió un gruñido de satisfacción, sacó el recipiente del barro con sus dientes y procedió a saciarse con la golosina sobre el pasto limpio que había más allá. Cuando no quedó de la miel más que su recuerdo, el animal se retiró balanceando alegremente los cuartos traseros (igual que un cerdo, pensó Kaylon).

Los humanos salieron con cierto esfuerzo del lodazal.

—Siempre la misma historia —farfulló Mic—. ¿Por qué debe ser el apetito la única motivación de tu existencia? Podrías hacer lo que el resto de nosotros: pasar el día entero fanfarroneando con tal de impresionar a las chicas. Realmente, primo, eres un caso perdido.

—¿Yo? ¿Yo, un caso perdido? ¿Y quiénes son los que constantemente me piden que vaya a buscar miel, eh? No los veo a ustedes dejándose atacar por las abejas, no señor. Observen mis pobres brazos: ¡seis picaduras, seis! Ni que me hubiera revolcado sobre un rosal.

Satis se arrancó los aguijones articulando un "¡auch!" en cada ocasión.

—Te agradecemos que consigas la miel —dijo la muchacha en tono diplomático—, pero ya deberías haber asumido que no debes invadir el territorio de Beorb. Cada vez que pasamos por aquí ocurre lo mismo. El pobre animal es viejo pero no estúpido; al fin y al cabo, él no puede hacer humo para adormecer a las abejas, tú sí.

—¡Vaya forma de reconocer mi talento! —le dijo Satis al pelirrojo—. Poco más está insinuando que el oso es más listo que yo.

—Ajá —replicó el aludido—. Justamente hace un rato nuestra amiga aquí presente menoscabó mi inagotable ingenio. Perdóname por increparte hace un momento, primo; tenemos que permanecer unidos frente a quienes nos desprecian.

—Es cierto. No nos comprenden —dijo Satis.

—No nos comprenden —repitió su primo.

Los dos sacudieron la cabeza en un ademán teatral de resignación.

Mientras esta charla tenía lugar, los cinco jóvenes se sacudieron lo mejor posible el barro de las piernas y el calzado. Kaylon, por su parte, se dedicó también a observar un poco mejor a los errantes, puesto que los únicos datos que tenía sobre ellos provenían de los relatos del inventor.

Los cuatro vestían ropas de trabajo pero bastante originales en su confección: botas y pantalones de una rara piel moteada, muy bien curtida, con múltiples bolsillos; el errante moreno sólo llevaba sobre su torso el chaleco, pero los otros usaban por debajo de tal prenda unas camisas de tejido suave, adornadas con dibujos simples en tinta negra. Todos iban armados con flechas y cuchillos, y la muchacha incluso cargaba al cinto una espada.

Satis, quien no era tan colorado sino que se había puesto así por la carrera, se percató al fin de que había un extraño en el grupo.

—¿Y ése quién es? —preguntó a sus compañeros.

—Aguarda, ya te digo —contestó Mic, y luego se dirigió a Kaylon con exagerada cortesía—. ¿Quién eres, pequeño viajero?

—¡Puf! Eso pude hacerlo yo —comentó Satis.

—Pero no con tanta elegancia, primo.

—Déjenlo hablar —terció la muchacha—. A ver, niño, dinos tu nombre.

—Me llamo Kaylon.

—¿Sólo Kaylon? —intervino Dorcai.

El chico asintió, molesto. ¿Por qué todos tenían que insistir con eso del apellido?

—Pues bien —dijo Mic—, él es Dorcai, ella es Tyanna, y esta bola de rubios cabellos es mi primo Satis. Yo soy Mic.

El pelirrojo le ofreció la mano a Kaylon. Mientras éste se la estrechaba, Mic puntualizó:

—En realidad mi nombre completo tiene treinta sílabas, pero lo acorté para ahorrar tiempo.

—Puedes decirme Kay, entonces —replicó el chico con una sonrisa.

Mic miró a sus compañeros y les hizo un gesto de que se aproximaran.

—Vamos, muchachos, no sean tímidos y vengan a saludar a nuestro nuevo amigo.

Satis fue el siguiente; tenía las manos pegajosas, además de embarradas. Dorcai no se movió. Tyanna frunció el ceño, reprochándole en silencio su injustificada desconfianza, y le tendió su diestra a Kaylon.

Ahora que la joven se hallaba a dos pasos de él, el chico vio que era muy bonita. Tenía unos hermosos ojos verdes, no del color alegre de la hierba sino del matiz oscuro y profundo del mar cuando está lleno de algas; estaba un poco bronceada, pero su cutis resplandecía con juvenil frescura. Kaylon le tomó la mano agradeciendo no tener que hablarle, porque seguramente habría tartamudeado.

—Pues a mí me pareces un fugitivo —dijo Dorcai de repente—. ¿Un chico solo, de paso por la nada?

—Voy hacia el este —le informó Kaylon, sabiendo cuán absurda debía sonar su declaración—. Y sí, dejé mi hogar, pero no soy un fugitivo; no estoy huyendo de nada ni de nadie.

—Excepto de Beorb, hace diez minutos —apuntó el pelirrojo—. Pero tú no te lo buscaste, chico... ¿verdad, Satis?

—Sí, sí, culpen al gordo —se quejó éste—. Ah, qué rayos. Mira, Kaylon, o Kay, si prefieres: dado que te hice pasar un mal rato, ¿por qué no vienes a nuestro campamento y cenas con nosotros?

—¡Típico de mi primo! —exclamó Mic—. ¡Cada vez que fastidia a alguien, hace las paces con comida!

Satis enarcó las cejas y se encogió de hombros.

—¿Y por qué no? Siempre funciona.

—Me parece una buena idea —dijo Tyanna—. Vamos al claro a recoger nuestras cosas y de allí al campamento. ¿Estás de acuerdo?

Kaylon titubeó un poco antes de aceptar, pero al final lo hizo porque extrañaba muchísimo la compañía humana. No había sabido cuánto hasta ese instante.

Pasaron por el claro del tronco caído y luego los errantes acompañaron al chico a buscar a Nela. Entre tanto, Kaylon les preguntó por qué no habían usado sus armas contra el oso, más que nada para verificar su impresión acerca de aquellos jóvenes.

—¿Y qué o quién nos da el derecho de atacar al buen y viejo Beorb? —contestó Mic—. Él ha vivido en estos bosques desde antes que nosotros llegáramos. A decir verdad, no es tan feroz como aparenta; sólo se hace el loco cuando Satis le roba su preciosa miel. Por lo demás, podríamos decir que es el oso más pachorrudo del mundo.

—¿Acaso tú le habrías disparado? —le preguntó Tyanna al chico.

—No, claro que no —respondió Kaylon—. Siempre queda el recurso de trepar a un árbol.

Mic soltó una carcajada.

—¡Oye, primo!, ¿te crees capaz de subir tu rechoncho cuerpo a un árbol? Me gustaría verte intentarlo.

—Cierra el pico, Mic. Apuesto a que lo haría mejor que tú.

Nela se encontraba donde Kaylon la había amarrado, dormitando de puro aburrimiento. Eles, en cambio, estaba alerta y examinó a los desconocidos.

—Vaya... —dijo Mic al ver a la rapaz, y milagrosamente se quedó sin palabras después de eso. No era el único impresionado, por cierto.

El chico miró de soslayo a Dorcai, pues era quien más le preocupaba. Sin embargo, no supo interpretar su mirada, aunque no había en ella envidia, desdén o cualquiera de las emociones negativas que habría demostrado Fael en su lugar.

—Un águila —murmuró Satis—. Genial.

—¿Las conocen? —preguntó Kaylon, asombrado.

—Hemos visto algunas en las tierras del norte —explicó Tyanna—. No son muy abundantes. ¿La encontraste por aquí?

El chico hizo un gesto afirmativo.

—Alguien le disparó una flecha, haciéndole perder la mitad del ala, ¿ven? Se llama Eles.

—No es un águila del norte —dijo Dorcai en voz muy baja, pero todos se volvieron hacia él—. Ésas tienen el pecho blanco y no son tan grandes.

Siguió una pausa y luego Dorcai habló de nuevo.

—¿Y bien? ¿Qué estamos esperando? Es un largo trecho hasta el campamento y ya nos hemos demorado bastante con tonterías.

Mic extendió ambas manos hacia el joven moreno.

—¡Te presento a nuestro querido Dorqui, el Eterno Aguafiestas y Maestro de la Antipatía! Otro caso perdido. En fin... —suspiró—. Vamos, Kay, apuesto a que nunca has estado en un campamento de errantes.

Kaylon marchó junto a sus nuevos amigos al encuentro de su tribu. Empezaba a sentirse a gusto.

(Continuará...)

Gissel Escudero

28 de enero de 2012

La canción del águila (16)

Debido quizás al episodio de la flecha, sus sueños no fueron nada agradables. Se despertó a la mañana más fatigado que antes de acostarse, y para colmo de males se percató de que a Nela le hacía falta un cambio de herraduras y él no había traído repuestos. De pésimo humor, Kaylon buscó una carretera empedrada y la recorrió con la esperanza de hallar una posada donde pudiera adquirir lo necesario para el trabajo.

Le tomó todo el día, pero no era muy tarde cuando por fin llegó al lugar indicado. La posada se levantaba a un lado de la carretera, y para su buena suerte era un sitio agradable, limpio y que contaba además con unas amplias caballerizas. Se parecía un poco a su antigua casa, de hecho, pero de menor tamaño.

Prefiriendo evitar en lo posible el encuentro con desconocidos, se dirigió directamente a los establos. Allí lo recibió uno de los encargados, un tipo muy simpático y gordo a quien le sorprendió que un muchacho tan joven estuviera viajando solo. Kaylon se limitó a enumerar sus requerimientos, ya que deseaba largarse de ahí cuanto antes.

—Claro, hijo, aguarda un segundo —respondió el hombre gordo—. ¿Dónde puse esas condenadas herraduras? Ah, sí.

El encargado, quien ya le había echado un vistazo a los cascos de Nela, rebuscó en unos cajones de madera que estaban amontonados en un rincón.

—Escucha —dijo el hombre—, si me das dos minutos para ir a buscar las herramientas, le cambiaré ahora mismo los zapatos a tu yegua.

—No hace falta —aseguró el muchacho—. Lo haré yo mañana, por el camino.

—Ah. Está bien.

El hombre le entregó a Kaylon las herraduras y un paquete de clavos. Mientras el chico le pagaba, el encargado se fijó en Eles con cierto interés.

—Qué ave tan particular. ¿Qué es y de dónde viene?

Kaylon se habría rehusado a contestar, pero el encargado de los establos lo había tratado bien y no era cuestión de mostrarse descortés. Sin embargo, le respondió en un tono que daba a entender que no siguiera indagando.

—Es un águila. Viene de mis tierras.

El hombre gordo comprendió la indirecta y solamente asintió con la cabeza. El chico le dio las gracias y se retiró.

—¡Espera! —lo llamó el otro.

Kaylon, ya a la altura de la puerta, se dio vuelta sin ocultar su impaciencia. Dado que no iba a permanecer allí, quería estar lejos de la posada antes de que la luna se ocultara.

—¿Vas hacia el este? —inquirió el hombre.

El muchacho frunció el ceño. Su interlocutor alzó ambas manos y aclaró:

—No trato de inmiscuirme en tus asuntos, de veras. Pero si vas hacia el este debo advertirte que uno de los puentes del río Eb se derrumbó hace una semana. Ve a preguntarle al tabernero si es el puente norte o el del sur. La distancia entre ellos es grande, y si te equivocas tendrás que desandar un buen trecho.

Kaylon, más tranquilo, hizo un gesto afirmativo, le agradeció otra vez al encargado y le arrojó una moneda de plata a modo de propina. El hombre atrapó al vuelo la moneda y se despidió del muchacho con una sonrisa y una señal de buena suerte.

El chico titubeó bastante antes de dirigirse a la taberna, pero al final decidió que no podía permitirse una demora en su camino hacia... donde fuera. Bueno, por lo menos ahorraría energías, lo cual nunca estaba de sobra. Pensando que no era conveniente que más gente viera a Eles, y como tampoco quería dejarlo solo afuera, colgó el arnés sobre uno de sus costados y cubrió al águila con su capa. Después ató a Nela a un poste.

El local, al que Kaylon entró a través de una labrada puerta de vaivén, estaba sumido en una semioscuridad cargada de humo y olor de bebidas alcohólicas, pero su aspecto no era sórdido sino confortable. El chico caminó discretamente hacia la barra y habló con el tabernero, preguntándole en voz baja acerca del puente derrumbado.

Antes de que el hombre pudiera contestar, unas risas desagradables llenaron el recinto opacando los demás ruidos. Tanto Kaylon como el tabernero se volvieron hacia su punto de origen, el segundo con un ademán de advertencia para los tres sujetos responsables del escándalo.

El muchacho sólo necesitó unos segundos para saber que aquellos hombres eran representantes de la clase más rastrera que él conocía: los ladrones de caballos. Estaba bien familiarizado con los de su calaña; en varias ocasiones él y otros empleados de la granja se habían enfrentado a ellos y...

... y, de hecho, Kaylon identificó a uno de los criminales por la cicatriz que le cruzaba la mejilla, porque él mismo se la había producido con una flecha el año anterior. El chico ocultó su rostro volviéndose hacia el tabernero. Éste no parecía nada contento de tener al trío de bandidos en su local, y seguramente estaba esperando a que le dieran una excusa para ponerlos de patitas en la calle; sin embargo, en lugar de decirles que se callaran o se fueran, contestó la pregunta de Kaylon.

—Fue el puente sur el que se vino abajo, aunque creo que el otro lo imitará muy pronto. Ahora esfúmate, chico, éste no es lugar para ti.

—Gracias. Buenas noches —replicó el muchacho, y salió de la taberna pasando lo más lejos posible de la mesa donde estaban los ladrones.

No percibió que, desde un rincón, dos pares de ojos lo siguieron atentamente hasta el umbral. De la espalda de uno de aquellos sujetos pendía un carcaj repleto de saetas con plumas azules.

Ya en la entrada, Kaylon se paró en seco. Nela no estaba por ninguna parte. El chico permaneció allí plantado, estupefacto, hasta que un relincho lo llamó a la vuelta de la esquina. Suspirando de alivio, Kaylon fue a buscar a su yegua.

La encontró en el estrecho callejón que formaban la taberna y las habitaciones de la posada. Pero algo no estaba bien. ¿Por qué la yegua iba a desatar las riendas y meterse en aquel sitio? No tenía sentido.

—Ven, Nela —dijo Kaylon. La yegua trató de moverse hacia su dueño pero algo la estaba reteniendo.

Había alguien escondido en las sombras del callejón. El muchacho no podía verlo; fue su instinto quien le reveló su presencia. Kaylon empezó a darse vuelta para ir a pedir ayuda, pero un brazo le rodeó el cuello y al instante sintió un filo metálico en su garganta.

—¿Creíste que no me fijaría en ti, chico? —le dijo al oído una voz rasposa—. Nunca olvido una cara, sobre todo la de alguien que deja una marca en la mía.

Era el tipo de la cicatriz. Desde detrás de Nela, sujetando las riendas, surgió uno de sus secuaces, quien se había escabullido de la taberna justo después de entrar Kaylon. Eles se agitó contra el costado del muchacho; seguramente entendía que estaban en peligro, porque se mantuvo en silencio.

—Creo que ahora debería devolverte el favor —continuó el hombre de la cicatriz—, aunque por lo que vi cuando apareciste en la taberna, creo que alguien se me adelantó.

—¿Dónde están los demás? —preguntó el bandido que aferraba a Nela.

—Adentro —contestó su jefe—, distrayendo al imbécil de la barra. Se encontrarán con nosotros fuera de aquí. En cuanto a ti —añadió, dirigiéndose a Kaylon—, intenta gritar y te cortaré el gaznate.

El chico se dio cuenta de que el otro hombre se disponía a montar a Nela. Perfecto. Con mucho cuidado, deslizó la diestra hasta su cinturón y sacó su cuchillo. Mientras tanto, le dijo al tipo de la cicatriz:

—Vas a rebanarme el cuello de todas maneras. ¿Por qué esperar?

El segundo hombre se acomodó sobre la silla de montar, dando inicio al espectáculo.

Con un súbito y vigoroso corcoveo, la yegua se libró del jinete indeseado, quien voló por los aires y se estrelló contra la pared de la taberna. El chillido de Eles despertó a los que dormían en la posada, y al mismo tiempo, dado que la sorpresa hizo bajar la guardia al líder de los ladrones, Kaylon apartó el arma de su garganta con una mano a la vez que con la otra hundía la suya en la pierna de su enemigo. Éste gritó y soltó al muchacho; Kaylon corrió hacia Nela y montó de un salto, sin perderlo de vista. El tipo que se había golpeado contra la pared estaba ahora despatarrado sobre unas cajas de repollos, muchos de los cuales había aplastado.

—Tuviste suerte —le dijo Kaylon desde arriba—. Cuando mi ex colega Fael trató de robarme a Nela, aterrizó primero en el abrevadero, luego sobre una pila de estiércol, y en su tercer y último intento voló directo al chiquero.

El muchacho no tuvo tiempo de decir nada más porque la mitad de los visitantes de la posada, llevados por la curiosidad, habían salido al exterior, y el tabernero comenzó a llamar a voces a los vigilantes para que apresaran a los bandidos.

—Vete —le dijo al chico entre exclamaciones—. Nosotros nos encargaremos de estos miserables.

Feliz de que el suceso no hubiera pasado a mayores, Kaylon atravesó el portal.

Una hora más tarde, cuando la tranquilidad volvía a reinar en la posada, alguien levantó del suelo del callejón una pluma que Eles había perdido en la escaramuza. Kaylon no habría podido reconocer a este sujeto pero sí el amigo de Fael, Silay. Aun así, sus flechas lo habrían delatado ante el muchacho.

La pluma del águila fue sometida al examen de una enorme bestia peluda, la cual habían dejado afuera de la posada para no levantar sospechas. Dicha bestia, cuya especie ni siquiera Orantos habría podido identificar, captó el olor y lo comparó con los que guardaba en su memoria. Era el mismo que se le había escapado allá en la ciénaga.

Otros cuatro sujetos, igualmente fornidos y con idéntico acento, se reunieron con el primero. Uno de ellos le preguntó al que sostenía la pluma:

—¿Deberíamos atrapar al muchacho?

El aludido hizo un gesto negativo. Había algo glacial en su sonrisa astuta, una cualidad indefinible pero ciertamente inhumana.

—El ave lo guiará, estoy seguro. Lo seguiremos hasta el final.

Los cinco sujetos y su bestia marcharon en pos de Kaylon.

(Continuará...)

Gissel Escudero

27 de enero de 2012

La canción del águila (15)

A pesar de su resolución, durante las tres semanas siguientes el chico comenzó a desviarse de su ruta original. En parte era por la influencia de Eles, a quien encontraba cada mañana al despertarse con la mirada perdida en el amanecer, y en parte por la atracción casi magnética que dicho punto cardinal ejercía también sobre él. No habría podido explicarlo pero ahí estaba, de camino hacia el este obedeciendo la propuesta del ave.

En fin, cosas más raras le habían ocurrido, como aquella excursión a las cavernas en compañía de Orantos. Caray, eso sí que había sido estrambótico.

El muchacho se sentó con las piernas cruzadas y siguió trabajando en su arco. Aprovechando las horas de descanso, no había tardado más de diez días en completarlo. Ya casi estaba terminado; sólo faltaba lustrarlo un poco y agregarle la cuerda.

En cierto modo era un experimento, porque ese arco era de mayor tamaño que los que había fabricado hasta entonces para su uso cotidiano. Éstos eran apropiados para la caza menor; con el arco nuevo podría abatir presas más grandes. Ya creía tener la fuerza suficiente para manejarlo, aunque no pretendía convertirlo en un arma sofisticada.

Listo, la cuerda estaba en su sitio. Ahora tenía que construir las flechas adecuadas para probarlo, a menos que...

Había guardado la saeta de plumas azules en una de las alforjas de la silla de montar. Sin detenerse a meditarlo, tomó el mencionado objeto y comprobó que se ajustaba bastante bien a las dimensiones del arco. Estirando la cuerda al máximo, apuntó hacia un árbol.

En el momento que enfocó el blanco, lo embargó un sentimiento de maldad ajeno a su naturaleza, algo así como una fiebre. De pronto ya no era un pino lo que estaba viendo sino la cabeza de Fael. Soltó la flecha con la intención de darle entre los ojos.

Llevada por su propio peso, sesgando el aire sin perturbarlo, la saeta voló certera y se incrustó con un fuerte chasquido ahí donde el muchacho la había enviado. Fragmentos de sangre y hueso saltaron con una furia explosiva... salvo que no eran tales, sino savia y corteza del árbol. Kaylon palideció, recobrado el dominio de sí mismo.

—Rayos —murmuró, pero tan bajo que ni él llegó a escucharse.

A su lado, la rapaz lo miraba con una expresión de pavor absoluto. El chico se dio cuenta de ello y enrojeció de vergüenza, sobre todo cuando el águila retrocedió un par de metros.

—Lo siento, Eles —se disculpó el muchacho—. No necesitas decirme que fue mala idea.

Sin decir más, caminó hasta el árbol. En realidad no deseaba recuperar la flecha sino comprobar sus efectos.

Quedó boquiabierto ante el resultado de su disparo. La saeta se había enterrado hasta la mitad en el pino, dejando un hueco del grosor de su puño. Pero la madera, pulverizada por la punta de metal, no estaba podrida; Kaylon verificó su dureza con los dedos.

Temblando, el chico arrancó la saeta del árbol, la cual salió con sorprendente facilidad. Era absurdo, imposible, pero al sostener el objeto tuvo la sensación de que el mismo estaba orgulloso del agujero que había abierto en la pobre e indefensa conífera.

Aún tenía el arco en la mano, y antes de poder controlarse y romper la flecha en dos llevado por el asco, volvió a tensar la cuerda con ella.

Esta vez apuntó hacia Eles. Su corazón se llenó de ansias de destruir y por unos segundos estuvo a punto de disparar. Las dilatadas pupilas del águila revelaron la pena de una traición inminente.

Arco y flecha cayeron al suelo y poco después las rodillas de Kaylon también tocaron tierra. El chico se llevó las manos a las sienes, con los párpados apretados, librando una insoportable batalla interior. Abrió los ojos cuando estuvo seguro de haber salido vencedor y entonces vio a Eles junto a él, escrutándolo como si quisiera asegurarse de que había aprendido la lección. Kaylon estrechó al águila en sus brazos, reconfortado por su vitalidad.

—Perdóname —le dijo con voz vacilante—. Nunca más, te lo prometo. Estás a salvo conmigo.

La rapaz se quedó quieta hasta que el muchacho la soltó por iniciativa propia. El águila miró la flecha con rencor; lo mismo hizo Kaylon.

—¿Es por esto que tenías tanto miedo de los forasteros allá en la ciénaga? —le preguntó el chico a su amigo.

Eles desvió la mirada y Kaylon no supo si tomar eso como un sí o como que el águila prefería no contestar, dando por sentado que el ave era capaz en efecto de responder semejante pregunta.

Estaba oscureciendo. Era hora de buscar un lugar donde pasar la noche.

Kaylon decidió instalarse junto a un lago que había divisado no muy lejos de allí, de modo que recogió sus cosas y preparó a sus dos acompañantes para la marcha. Al levantar el arco del piso, descubrió que no tenía voluntad suficiente para quebrar la flecha pero tampoco para dejarla tirada.

Quédatela. Tal vez no la quieras, pero puede llegar el día en que la necesites.

El recuerdo de las palabras de Orantos lo ayudó a decidirse. Usando un pañuelo para evitar tocarla, devolvió la saeta a la alforja y trató de no pensar más en ella.

(Continuará...)

Gissel Escudero

26 de enero de 2012

La canción del águila (14)

SEGUNDA PARTE:
EL CÍRCULO DE LOS ERRANTES

Donde el arroyo se aquietaba, el agua era limpia y clara como un espejo. Kaylon se refrescó la cara y las manos y luego contempló su reflejo en la superficie.

Habían pasado seis días pero todavía tenía mal aspecto. La hinchazón de su ojo recién estaba remitiendo, y era evidente que le quedaría una cicatriz en la ceja que el anillo de Fael le había cortado. También tenía la impresión de que el tabique de su nariz no volvería a enderezarse. Su labio inferior continuaba amoratado y tenía varias marcas de golpes y rasguños en el resto de sus facciones, orejas incluidas.

Claro que eso no era nada en comparación con los dos tercios superiores de su torso. Allí las contusiones mostraban un color casi negro, y por las punzadas que le daban al respirar, Kaylon sospechó que dos o más de sus costillas estaban rotas o fisuradas. Por centésima vez se maravilló de haber sobrevivido, atribuyendo el hecho a que Fael había descargado parte de su rabia en Eles antes de ensañarse con él. Si no hubiera llevado al águila consigo...

El muchacho miró a la rapaz, quien en ese instante bebía de un charco entre los cantos rodados que delimitaban la orilla. El ave se había recuperado con pasmosa rapidez; incluso parecía haber rejuvenecido desde que abandonaran la granja.

Estaban en terreno salvaje, lejos de todo rastro de civilización. Nada de caminos, casas o personas. Si antes había pensado que su existencia era solitaria, ahora el chico se sentía completamente aislado de todo calor humano, como dentro de un enorme bloque de hielo. ¿O acaso su angustia se debía a que no tenía la más pálida idea de lo que iba a hacer a continuación? Había avanzado a buen ritmo mientras escapaba de los territorios que solía frecuentar desde niño, pero una vez fuera de éstos, se había apoderado de él una extraña apatía.

No le sobraba el tiempo para tomar una decisión, sin embargo. La temporada de lluvias estaba próxima, y en unos meses más llegaría el otoño... y luego el invierno. Tenía que establecerse antes de las primeras nieves; era fácil subsistir al aire libre durante las estaciones cálidas, pero con el frío los animales emigraban o hibernaban y las plantas no daban frutos. Tal vez podría buscar trabajo en algún pueblo o posada, o...

Kaylon alzó la vista y perdió el hilo de sus pensamientos. Del otro lado del arroyo había una congregación de animales: varios roedores, decenas de pájaros, un par de ciervos y hasta un zorro. Ninguno había ido allí para beber; todos tenían los ojos puestos en Eles, sin moverse, sumidos en un silencio reverencial. El águila estaba de pie frente a ellos, erguida en toda su estatura igual que un emperador ante sus súbditos. Las nubes fueron arrastradas por el viento, y cuando la luz solar dio de lleno sobre las plumas del ave, la misma extendió sus alas. Durante una fracción de segundo le pareció a Kaylon que las dos estaban completas y que las otras bestias demostraban humildad ante Eles, pero un movimiento de sus pies hizo crujir una ramita y el hechizo se rompió de inmediato. Eles plegó las alas y los animales en la orilla opuesta se dispersaron uno por uno.

El chico se sentó junto al águila y le acarició la cabeza.

—Caramba... —murmuró—. ¿Qué fue eso, eh?

Eles, como toda respuesta, se inclinó indiferente sobre el charco y tomó un poco más de agua, dejando al muchacho irritado y confuso a la vez.

—Eres un enigma, ¿lo sabías? Cuando pienso que no hay nada de peculiar en ti, entonces ocurre algo que me hace cambiar de opinión. A decir verdad, creo que no me sorprendería si de repente pudieras hablar y me dijeras qué rumbo debo elegir.

Esta última frase llamó la atención de Eles, quien, tras dirigir una significativa mirada a Kaylon, anduvo hasta una roca y se paró sobre ella, apuntando con su pico hacia una dirección en particular.

—¿Al este? —preguntó el muchacho—. ¿Crees que debo dirigirme al este? Pero allí no hay nada más que...

El ave empezó a acomodar sus plumas. Kaylon resopló. Por supuesto que la rapaz no había entendido sus palabras; el aparente consejo del animal era tan solo una coincidencia.

No obstante, tenía que ir a alguna parte, ¿o no? Y tanto las lluvias como el invierno no esperaban por nadie.

—Iremos hacia el noreste —declaró el chico después de un rato—. Allí hay un poblado bastante grande, donde podremos quedarnos hasta la primavera.

La rapaz le echó una ojeada y su pico volvió a apuntar al este. ¿Otra coincidencia? Kaylon se encogió de hombros. Ignorando lo que acababa de pasar, metió a Eles en el arnés y echó a andar, seguido por Nela, hacia el lugar que él mismo se había fijado como destino.

(Continuará...)

Gissel Escudero

25 de enero de 2012

La canción del águila (12-13)

De nuevo estaba soñando con el águila, pero era un lugar distinto. Nela galopaba siguiendo la estela que el ave iba dejando en el aire como las barcas en un lago, llevando a Kaylon hacia una región que él jamás había visto con anterioridad. Se dirigían hacia el este; el chico lo supo porque el cielo se aclaraba hacia ese lado, diferenciándose del resto de la negra bóveda tachonada de estrellas. El amanecer era inminente. La gran bola de fuego estaba a punto de asomar por encima de... ¿qué? El paisaje no tenía contornos definidos, pero cuando miró hacia atrás, Kaylon observó que allí no había nada en absoluto. El mundo simplemente desaparecía en una niebla gris que se arremolinaba en pequeñas espirales entrelazadas.

No había otro sitio a donde ir excepto adelante, hacia lo desconocido.

El muchacho despertó sabiendo al fin lo que tenía que hacer. Se vistió en silencio, colocó a Eles sobre su hombro y se dirigió a la cocina sin hacer ruido. A nadie le importaría que se llevara algunos víveres; en la estación veraniega la comida sobraba e incluso llegaba a echarse a perder.

Unos pasos ligeros detrás de él lo sobresaltaron, pero no era Fael sino Delora. La mujer avanzó hacia Kaylon, lo abrazó y luego le dio un beso en la frente. No era exactamente una despedida y el chico sabía que Delora no lo echaría de menos; sólo le estaba dando las gracias por esfumarse antes de que su hijo se metiera en más problemas. Kaylon, no obstante, sintió por un momento el amor familiar que se le había negado en su ciudad natal, y por primera vez lamentó no haber podido acceder a esa vida.

El muchacho se apartó de Delora y vio que ella tenía algo en la mano para él. Era una bolsita de tela llena de monedas, parte del dinero que Kaylon había dejado en la cama de la mujer. Ambos se entendieron sin decir palabra; luego el chico abandonó la cocina y marchó hacia las caballerizas. Nela estaba donde la había dejado, así como la bolsa de viaje. Ató la misma a la silla de montar y puso a Eles en el arnés, tratando de mantener a raya la marea de nostalgia que pretendía ahogarlo bajo sus olas.

Salió del establo a la oscuridad que reinaba afuera y condujo a Nela al trote hacia una loma que se alzaba próxima a la casa. Una vez que llegó a la cumbre, contempló el enorme territorio que lo rodeaba. Nuevamente lo embargó una sensación de pérdida: esas tierras eran parte de su alma, y hasta le habrían pertenecido en circunstancias más afortunadas. Se había convertido en un exiliado por partida doble.

Finalmente sus ojos se posaron sobre la construcción de piedra.

El lobo joven se retira ahora, Fael, pero tarde o temprano vendrá alguien a quitarte el mando. No seré yo, sin embargo. De todas maneras, creo que tú tampoco puedes volver atrás. Entre los dos llevamos la situación más allá del límite, ¿no es cierto? Es una pena. Nuestras semejanzas nos enfrentaron, pero aun así pudimos haber sido amigos.

Después de esta corta reflexión, Kaylon se alejó de aquella propiedad que ya no era su hogar.

Faltaba media hora para la salida del sol.

*****

Orantos había recorrido a pie la larga distancia que separaba su casa de la granja de caballos, pero cerca del final incluso tuvo fuerzas para correr. Tenía la impresión de que era demasiado tarde. A Kaylon le había pasado algo malo, lo sabía; su tardanza no podía ser casual. Cada vez estaba más seguro de que se había equivocado al permitir que el chico fuera solo a la granja.

Le dolía el costado pero siguió corriendo... y se detuvo de repente al ver la silueta del muchacho aproximarse desde el extremo opuesto del sendero, montado en su yegua.

Kaylon también se detuvo. La luz del amanecer le daba de frente, de modo que Orantos pudo apreciar los resultados de la paliza que su amigo había recibido. El muchacho parecía tres o cuatro años mayor a causa de su mirada sombría y su espalda encorvada por el cansancio.

El chico alzó una mano. Detrás de él, la rapaz estiró las alas dándole a Kaylon una apariencia sobrenatural, pero como a una de ellas le faltaba una parte, la imagen también provocaba melancolía. Orantos respondió al saludo del muchacho sintiendo un nudo en la garganta. Kaylon bajó la mano e hizo andar a Nela, mas no por el camino sino desviándose hacia el norte para mantener la separación entre él y el inventor. Al poco rato, la vaga forma del chico se perdió en el dorado astro naciente. Enceguecido por la luz, Orantos cerró los ojos.

—Cuídate, Kay —murmuró el hombre—. Y a donde sea que vayas, buena suerte. Voy a extrañarte, amigo mío.

Cuando el inventor abrió los ojos, el sol ya no besaba el horizonte y tanto el chico como sus compañeros de aventura habían desaparecido.

(Continuará...)

Gissel Escudero

24 de enero de 2012

La canción del águila (11)

Eran cerca de las doce cuando el chico despertó. El establo se hallaba en completo silencio; todos los animales dormían. Los peones de la granja no habían pasado por ahí, o tal vez ninguno había descubierto al muchacho. Éste abrió los ojos sin recordar al principio dónde estaba ni qué le había sucedido. Lo único que sabía por el momento era que le dolía todo, incluso partes de su anatomía que en general pasaban desapercibidas. La cabeza le palpitaba rítmicamente, enviando insoportables ondas de presión a su frente y sienes. Kaylon gimió. ¿Cómo podía sentirse tan mal y aún continuar con vida?

Su memoria empezó a enviarle imágenes sueltas, todas ellas desagradables: la cara de Fael enseñándole los dientes, el puño del hombre precipitándose hacia su rostro, Eles en el suelo, indefenso...

—Eles...

Pensar en el ave le dio fuerzas para moverse, aunque cada contracción de sus músculos era una tortura. Consiguió ponerse de rodillas, no obstante, y luego escudriñó el establo en busca de la rapaz.

El águila no aparecía por ningún lado. Kaylon temió lo peor.

—¡Eles! ¡Eles! —gritó el chico con voz estrangulada. Al no obtener respuesta, se levantó. Una oleada de mareo lo recorrió por entero, obligándolo a concentrarse a fin de no caer. En su lucha por permanecer consciente, se inclinó para vomitar. El mareo pasó.

Su visión se aclaró un poco... tal que pudo ver la sangre que regaba el piso. Parte de la misma se había secado en grandes salpicaduras de contorno irregular.

—No...

Kaylon cerró los ojos. De pronto lo único que quería era irse de allí y tenderse en un lugar tranquilo y seguro, por lo menos hasta que el dolor pasara. Quizás entonces lograría reunir el valor suficiente como para volver al establo y recuperar el cadáver de Eles.

Algo se desplazó cerca del chico, una sombra. Era el águila. El animal se expuso a la mortecina luz de la lámpara que Fael había encendido más temprano; cojeaba bastante y mostraba en el pecho un feo rasguño, pero por lo demás parecía encontrarse en buenas condiciones. Tenía...

Tenía las garras y el pico teñidos de rojo.

El muchacho se colapsó junto a Eles y lo examinó. En respuesta a sus atenciones, el ave lo observó como si estuviera asegurándose de que él tampoco había sufrido un daño irreparable.

—Oh, Eles, ¿qué pasó? —murmuró el chico—. ¿Qué le hiciste a Fael?

Puesto que el animal no podía responder a eso, Kaylon lo abrazó dejando que un intenso alivio lo inundara.

—¿Kaylon? ¿Kaylon? —lo llamó Delora desde la puerta. El chico consideró no delatar su presencia, pero la mujer se oía tan angustiada que Kaylon hizo el esfuerzo de hablar.

—Aquí estoy.

Delora corrió hacia él y se agachó a su lado. El muchacho, perplejo ante la repentina aparición de la mujer, dejó que ésta lo revisara con la precisión de un médico experimentado. Después de verificar que no requería ayuda inmediata, Delora sostuvo el maltratado rostro del chico en sus manos callosas y lo obligó a mirarla de frente.

—¿Estás muy lastimado? ¿Qué te duele?

—Eh... creo... creo que saldré adelante —logró articular el muchacho. No era tanto el dolor sino la sorpresa lo que le impedía describir su estado. ¿A qué venía todo eso? Ella nunca lo había tratado así.

Delora le rodeó la cintura y lo hizo ponerse de pie.

—Vamos a la cocina —dijo.

—No puedo dejar a Eles —protestó el chico—. Él también está herido.

Frunciendo el ceño, la mujer contempló al águila y luego hizo un gesto afirmativo.

—Tráelo —dijo al fin, aunque renuente.

El muchacho levantó al ave del piso con dificultad. Al ver que era demasiada carga para él, la mujer le echó una mano; resultaba evidente, sin embargo, que desconfiaba del águila. Ya en la cocina, Delora le lavó la cara al chico y preparó una infusión calmante que Kaylon aceptó de buena gana. Aún había angustia en la expresión de la mujer, pero su trato era más profesional que afectuoso. El muchacho seguía sin comprender nada.

Una de las puertas de la cocina se abrió y Fael entró a la habitación. El chico se quedó sin aliento al verlo, no por miedo sino por su aspecto: tenía las mejillas y los brazos llenos de vendas, por debajo de las cuales asomaban profundos arañazos.

Delora se puso en guardia al instante, interponiéndose entre su hijo y el muchacho.

—Tranquila, madre —dijo Fael—. Sólo vine a buscar agua.

—Vuelve a tu dormitorio —replicó la mujer con severidad—. O vete al pueblo. Tienes mucho que hacer ahí.

Ignorando a su madre, el hombre tomó una jarra y procedió a llenarla hasta arriba. Por un momento sus ojos se cruzaron con los del chico y éste vio que Fael planeaba matarlo. No ese día, ni al siguiente; esperaría a que estuviera desprevenido y entonces caería sobre él como un gato salvaje. Probablemente ya lo habría hecho si no hubiera atacado a Eles primero, pero esta vez sería un asesinato a sangre fría y no un torpe acto de venganza impulsado por la borrachera.

Delora se llevó una mano al corazón al captar el significado de este mensaje sin palabras. Se había puesto blanca como la sal.

La mirada de Fael descendió hasta Eles, erguido sobre una silla, y el hombre se estremeció. El pánico que se reflejó en su cara duró muy poco, sin embargo; casi de inmediato fue sustituido por una extensión de la muda amenaza que le había dirigido a Kaylon.

—Desaparece —dijo la madre de Fael al borde de las lágrimas. El aludido se retiró llevándose la jarra.

Delora se volvió hacia Kaylon.

—Tú... necesitas dormir. Ve a recostarte, hablaremos por la mañana.

El chico no respondió pero siguió las indicaciones de la mujer. Llevó a Eles a su cuarto... y tras pensarlo un momento, cerró la puerta con llave. Por las dudas. No creía que Fael intentara deshacerse de él tan pronto y mucho menos en la casa, mas no le apetecía despertarse en medio de la noche con las manos del hombre alrededor de su cuello.

El muchacho se acomodó lo mejor que pudo en la cama. La infusión estaba haciendo efecto; tal vez conseguiría pegar el ojo una hora o dos. Había dejado a Eles en la ventana, desde donde se podía admirar la luna creciente. El pálido resplandor del satélite le daba un toque de plata al plumaje del ave, resaltando su brillantez de un modo fantasmal. Verlo en esa pose le recordó a Kaylon las estatuas que había visto en los libros de Orantos, aquellas que supuestamente protegían los templos y monumentos de los malos espíritus. Se le ocurrió que de algún modo el ave lo había salvado de la muerte ese día... y entonces se preguntó cómo habría sobrevivido Eles a los golpes de Fael, y de dónde habría obtenido la fortaleza para contraatacar.

La rapaz lo miró desde la ventana con misteriosa expresión. Sus pupilas parecían la entrada a un universo de secretos, pero antes de que Kaylon tuviera tiempo de interpretar lo que veía, el ave le dio la espalda. Nuevamente era tan sólo un águila con media ala de menos, y no muy joven.

Kaylon se tapó con las sábanas. Ahora entendía por qué Delora había ido a buscarlo al establo: en algún momento se había topado con su hijo y deducido por sus heridas que algo grave había pasado entre ellos dos. Debía haberse llevado un susto tremendo...

Pasó un buen rato en el que Kaylon no logró rendirse al sueño, pero finalmente su cuerpo accedió a permitirse un descanso. Aun así, el muchacho se durmió con la convicción de que sería una noche muy larga...

(Continuará...)

Gissel Escudero

23 de enero de 2012

La canción del águila (10)

Kaylon permaneció dos días en casa del inventor, tiempo que aprovechó para reflexionar. El segundo día, Orantos bajó al pueblo con el fin de hacer algunas preguntas; cuando regresó, el chico lo estaba esperando en la puerta, sentado junto a Eles en uno de los escalones.

—¿Y bien? —preguntó el muchacho.

El inventor resopló como si no supiera por dónde empezar. La golpiza del día de la carrera había tenido tiempo de establecerse en su cara, y la misma lucía ahora una compleja gama de matices rojizos, violáceos y amarillentos. El chico lo miró expectante.

—Bueno —respondió Orantos—, para que te tranquilices te diré que no falleció nadie, aunque el jinete que viste en el suelo todavía no está fuera de peligro. El pobre se dio un buen golpe en la cabeza y encima se fracturó una pierna en dos sitios. No fue el único hueso roto en el pueblo, por cierto.

—¿Qué hay de Fael?

—Está como loco, naturalmente. Después de que tú y yo nos fuimos, siguió pataleando hasta que Tolga no tuvo más remedio que pedir que lo encerraran. Creo que todavía está tras las rejas, donde permanecerá en caso de que el jinete muera. Como sea, la sentencia de Tolga continúa vigente, y como Fael no tiene derecho a reclamar el segundo premio, deberá pagar todo de su bolsillo... si es que le queda algo. Al parecer gastó una gran parte de su dinero para conseguir el caballo, y luego apostó el resto por sí mismo.

Orantos sonrió y dijo:

—Debería aprovechar la ocasión. Con lo desesperado que ha de estar, podría comprarle ese bello alazán a un precio muy conveniente.

A Kaylon no le hizo gracia el comentario y Orantos se arrepintió de haber bromeado al respecto. Recobrando la seriedad, se sentó junto al chico y le preguntó:

—¿Qué piensas hacer, Kay?

Era la misma interrogante que el muchacho se había estado planteando desde la mañana. Pero no había muchas alternativas, ¿verdad?

—¿Dices que Fael continúa encerrado?

El inventor asintió.

—Entonces será mejor que siga la recomendación de Xantus y me mantenga alejado de la granja por una semana o dos —resolvió el chico—. Hasta que la cosa se enfríe, por lo menos. Aprovecharé la ausencia de Fael para ir a buscar mis cosas.

Orantos se mostró de acuerdo.

—Trae todo y ponte cómodo —le dijo al chico—. Sabes que puedes quedarte aquí cuanto quieras. Creo que lograré hacerte espacio en el observatorio... debajo del telescopio, quizá.

Ambos rieron un poco. No les resultó fácil, pero valió la pena.

—Seguramente me aplastará en sueños alguno de tus inventos —sentenció el muchacho, y entró a la casa a buscar algo antes de sacar a Nela del corral.

No planeaba llevar a Eles hasta la granja, pero cuando éste lo vio con la yegua, se acercó al muchacho con una expresión muy rara en los ojos, como si tuviera un mal presentimiento.

—Es mejor que te quedes aquí, amigo —le dijo Kaylon—. Yo volveré enseguida.

El ave, sin embargo, emitió un chillido apremiante y estiró las alas, cortándole el paso. El chico frunció el entrecejo.

—¿Qué te pasa, Eles? —preguntó al tiempo que se inclinaba para acariciar al águila.

A manera de respuesta, Eles le picoteó el pantalón y apoyó una garra sobre su bota. No quería dejarlo marchar, o en caso contrario deseaba acompañarlo.

—Está bien, te dejaré venir conmigo —dijo Kaylon finalmente. Eles pareció al punto aliviado. El chico, sin embargo, se sintió más preocupado que antes, pero aun así puso al ave en el arnés.

Llegaron a la granja al atardecer. Se cruzaron con muy pocas personas; los trabajadores debían estar en el pueblo, ayudando a atender a los heridos, o tal vez en el campo, cosechando fruta madura o forraje para los animales estabulados. De cualquier forma, a Kaylon le pareció excelente. No tenía ganas de charlar con nadie y mucho menos de dar explicaciones. Además, aunque la culpa fuera de Fael y sus amigos, había sido el chillido del águila lo que asustara a los caballos en la carrera, y no todos debían conocer la versión correcta de los hechos.

La granja se hallaba tan despoblada que nadie vio al chico aproximarse por el camino hacia el establo... excepto la persona que lo había estado esperando desde que saliera de la cárcel al mediodía. Dicha persona arrojó a un lado la botella vacía que sostenía en la mano y se deslizó hacia la puerta por donde había entrado el muchacho. Pensaba atraparlo cuando saliera, pero entonces notó que el chico llevaba al águila consigo.

El águila...

Cuando Kaylon se dirigió solo desde el establo a la cocina, Fael titubeó en su escondite y luego decidió que primero iría en pos del ave que había causado su ruina.

Ignorante de la amenaza que se cernía sobre él y su amigo emplumado, el muchacho se internó en la casa y reunió sus escasos objetos personales en una bolsa de viaje. No le importaban demasiado, pero entre ellos se contaban los guantes que usaba para cargar a Eles y la brújula que le había regalado Orantos.

Kaylon se echó la bolsa al hombro y suspiró, un tanto deprimido. Aún le quedaba algo por hacer. Lo había decidido allá en lo de Orantos.

Cerciorándose de que no hubiera un alma por los alrededores, Kaylon entró al dormitorio vacío de Delora y dejó sobre su cama un paquete y una nota. El paquete contenía la suma completa del premio por la carrera; la nota le decía a la mujer que pagara con ese oro las cuentas de su hijo sin aclararle a éste su procedencia. A Delora le extrañaría la petición del chico, pero Kaylon tenía buenas razones para obrar así. La primera era ayudar a Fael a liquidar sus obligaciones, a fin de que todo volviera a la normalidad lo antes posible. El muchacho no había descartado aún la idea de continuar en la granja, y de esa forma estaría dando un pequeño paso en favor de la paz. En segundo lugar, no quería conservar un premio ganado a costa de tantos destrozos.

La tercera razón era un poco más complicada: se sentía en parte responsable por lo ocurrido en el pueblo. Fael se había comportado mal, pero Kaylon era lo bastante perspicaz para entender que su propio orgullo le embotaba en ocasiones el sentido común y la lógica. Él podía haber anticipado la jugada de Fael y tomado las precauciones correspondientes. También hubiera podido salirse de la carrera improvisando una excusa, aunque luego lo tildaran de gallina; ningún apodo, merecido o no, era peor que llevar en su conciencia el sufrimiento de decenas de personas y la muerte de al menos tres caballos.

No permaneció más de cinco minutos dentro de la casa, pero cuando salió de la misma el sol ya se había ocultado. Sintiéndose un poco mejor ahora que emprendía el regreso, el muchacho fue a buscar a Eles y Nela a las caballerizas.

Se quedó paralizado ante la escena que lo aguardaba. La rapaz estaba en el suelo, hecha un bulto desordenado de plumas entre los restos de paja, y Fael estaba a menos de dos pasos del animal, aferrando un palo. Se le había desatado el cabello, que se derramaba en despeinados mechones sobre su cara. Aun así, Kaylon pudo notar la furia que irradiaban sus facciones, acentuada por el hecho de que el hombre estaba ebrio. Un vaho alcohólico lo rodeaba y su olor llegó hasta el muchacho, quien no podía dejar de mirar a Fael y al águila alternadamente. El ave se agitó profiriendo un débil gemido.

—Eles —quiso gritar el chico, pero el nombre le salió más bien como un graznido. La bolsa se desprendió de sus manos sin que él se diera cuenta.

Fael se tambaleó hacia el muchacho, saboreando la expresión consternada de Kaylon al ver al águila en semejante estado. No había soltado el palo.

—Tu estúpido pajarraco está en las últimas, enano —le dijo al chico—. Te dejaré verlo morir antes de darte el castigo que te corresponde.

En su borrachera, el hombre había olvidado todo: su dignidad, el papel que había desempeñado en el desastre de la carrera y el hecho de que él tenía veintinueve años y su odiado enemigo era tan sólo un muchacho huérfano de menos de trece. Kaylon vio todo esto en su rostro pero no sintió miedo por sí mismo; estaba demasiado pendiente de Eles, quien trataba de levantarse desde su lastimera posición tal como lo había hecho allá en el claro, con la flecha clavada en el ala. Fael se dio cuenta de ello y retrocedió para darle al águila un puntapié. Por suerte para Eles, el hombre había perdido la coordinación de sus movimientos y el impacto de la bota no resultó tan fuerte como su dueño pretendía.

El ataque al ave arrancó al chico de su parálisis. Tomando impulso, corrió hacia Fael y le dio un empujón. El hombre cayó despatarrado sobre unas herraduras y el arma que blandía resbaló de sus dedos, perdiéndose de vista. Kaylon se agachó sobre Eles con la intención de tomarlo en brazos, subir a lomos de Nela y salir pitando. No logró su cometido. Fael no estaba tan borracho, y la caída sólo lo aturdió. Se puso de pie casi enseguida, y aferrando a Kaylon por el chaleco para darlo vuelta, le propinó un eficiente puñetazo en la mandíbula. El chico salió despedido y aterrizó un par de metros más allá. Un fardo de heno se derramó sobre él como una lluvia seca y polvorienta. Luchando contra la nube blanca que de repente quería apoderarse de su conciencia, el muchacho apartó el heno y se enderezó, pasándose el dorso de la mano por la boca. Al mirar su diestra a través de un enjambre de puntos brillantes, pudo apreciar que estaba manchada de sangre. Kaylon se las arregló para esbozar una sonrisa irónica.

—Orantos tenía razón —dijo—. Tarde o temprano íbamos a llegar a esto.

Nunca supo si Fael lo oyó o si acaso comprendió sus palabras, porque se lanzó contra él igual que un toro. Kaylon se hizo a un lado, rápido como era, y tomó la pala que descansaba contra una de las vigas. Fael volvió a embestir pero el chico lo detuvo pegándole con la herramienta en las costillas. El hombre, falto de aliento, no gritó, sino que se desplomó hacia un lado emitiendo un curioso bufido de sorpresa.

Fue la última maniobra exitosa de Kaylon. Ebrio o no, el hombre pesaba tres veces más que él y era mucho más fuerte. En el momento que el muchacho volvía a acercarse a Eles, Fael le dio una patada en la pierna que lo hizo trastabillar. Lo siguiente que supo el chico fue que los golpes parecían llegar a él desde todas partes, y que cada uno era un estallido de dolor en su cuerpo. Después de un lapso indeterminado, las manos de Fael aflojaron su presa y Kaylon se derrumbó como una tienda a la que de pronto le hubieran quitado el armazón.

La nube blanca se impuso sobre sus sentidos, pero Kaylon tuvo tiempo de ver, antes de desvanecerse, a Fael caminando hacia el águila que aún yacía sin poder incorporarse.

(Continuará...)

Gissel Escudero

22 de enero de 2012

La canción del águila (9B)

El chillido de Eles opacó el bullicio como una marejada que barre la playa, arrastrando todo a su paso. Los espectadores se llevaron las manos a los oídos y una bandada de palomas se desvió de su recorrido; destruida su formación, las aves rozaron a las personas, quienes gritaron al sentir las uñas en el cuero cabelludo. Muchos cayeron al suelo y fueron pisoteados por sus vecinos sin que éstos se percataran de ello.

Detrás de Kaylon, los caballos intentaron frenar su avance pero iban demasiado aprisa y en grupo. Cuatro rodaron por el suelo y los demás tropezaron con ellos o se hicieron a un lado, destrozando las barreras como si fueran de cartón. Más espectadores fueron arrollados cuando los que estaban sobre las vallas se apartaron de los desbocados animales.

El caos resultante fue tan grande que Kaylon no percibió que ya había cruzado la meta, ni se dio cuenta de que la banda blanca le rodeaba el pecho y se enredaba en las patas de Nela. El chico hizo que su yegua se detuviera lo antes posible y miró hacia atrás, desconcertado. El alazán de Fael, que había logrado escapar de la confusión, cruzó la línea de llegada resoplando y echando espuma por la boca, con su jinete colgando de la silla igual que un muñeco de trapo. El caballo hizo un alto y Fael se desplomó sobre la arena, donde al fin pudo enderezarse mientras se frotaba una pierna.

Kaylon oyó un inconfundible sonido de puñetazos, hacia el que giró la cabeza tan bruscamente que le dio un tirón en el cuello. A un lado de la valla había unos hombres peleando; Orantos y Silay eran dos de ellos, y por encima de los hombres revoloteaban algunas plumas de color castaño-dorado.

—¡Eles! —gritó el muchacho.

Kaylon desmontó y se dirigió corriendo al sitio de la trifulca, pero ésta acabó antes de que él llegara. Orantos tenía al águila en brazos y los encargados de la carrera mantenían a Silay y a otro amigo de Fael lejos del inventor. El muchacho se colocó junto a Orantos, jadeando.

—¿Qué pasó?

—Esos dos trataron de quitarme a Eles —respondió el inventor—. Pienso que querían distraerte para que perdieras. Tal vez planeaban arrojarlo a la pista —agregó, y por la expresión de los dos hombres, pareció que Orantos había dado en el clavo.

Kaylon sostuvo al águila y la revisó por todos lados. Había quedado pelada en algunos sitios, pero por lo demás estaba bien. No podía decirse lo mismo de Orantos, cuyo aspecto era lamentable: le habían partido el labio inferior, tenía un ojo morado y sus ropas estaban sucias y desgarradas. El chico nunca lo había visto tan desaliñado... y furioso. Cabía decir en su defensa, no obstante, que sus robustos oponentes no habían salido mejor parados; Orantos manejaba una gran cantidad de herramientas pesadas en el transcurso de un solo día, y sus brazos flacos eran engañosamente fuertes.

Tras haberse asegurado de que la situación estaba bajo control por ese lado, el chico regresó a la pista seguido por el inventor. Encontró a Nela descansando en un rincón, con el cuerpo aún mojado por el esfuerzo. Era el único de los presentes en calma, quizá porque ya se había acostumbrado a los gritos de Eles o porque su agotamiento no le permitía reaccionar ante el pandemónium reinante. Kaylon buscó a Fael y lo vio junto a la valla, tirándose de los pelos. Tenía los ojos desorbitados y miraba hacia la pista sin poder asimilar lo que estaba ocurriendo.

Había cinco caballos desparramados en la arena: uno muerto, dos conmocionados y dos con las patas rotas. Uno de éstos gemía de tal modo que daba pena escucharlo; debía estar padeciendo un dolor tremendo. Pero eso no era lo peor. También había varias personas inconscientes y un sinnúmero de heridos, algunos de gravedad. Uno de los jinetes estaba tendido a pocos metros de su caballo. Los hombres que lo asistían se miraban entre sí de manera alarmante, y la postura del jinete era tan poco natural que el chico temió que ya no fuera a levantarse. La pista y los alrededores parecían el escenario de una estampida de bueyes.

—Menudo lío... —dijo Orantos, expresando en palabras lo que Kaylon sentía en ese instante, aunque al chico le pareció que "menudo lío" no era suficiente para describir la magnitud de los daños.

Fael volvió en sí y lo primero que hizo fue fijarse en el muchacho y su águila con rabia desmesurada.

—Tú... ¡esto es tu culpa! —le gritó a Kaylon—. ¡Le voy a retorcer el cogote a ese pajarraco!

Kaylon retrocedió abrazando a Eles, pero su espalda dio contra la barrera. Afortunadamente, el inventor y uno de los encargados sujetaron a Fael, impidiéndole ejecutar su amenaza. El hombre se debatió como una anguila.

Acto seguido, Tolga se aproximó al grupo dando voces a diestra y siniestra.

—¡Que alguien vaya a buscar al médico de Montaña Parda! ¿Qué digo? ¡Traigan también a sus ayudantes! ¡Ustedes dos, saquen a ese caballo de ahí, por todos los cielos! ¿Acaso quieren que atropelle a alguien más?

El sombrero de colores que traía el juez no lo hacía parecer ridículo ni disminuía el alcance de su autoridad, y cada uno de los aludidos se apresuró a seguir sus instrucciones.

—¿Qué está pasando aquí? —tronó el hombre cuando llegó a la altura de Kaylon y Fael. Este último se liberó de las manos que lo apresaban y señaló al chico.

—¡Lo sabía! —exclamó—. ¡Sabía que ese bastardo causaría problemas! ¡Todo es culpa de su asqueroso pajarraco!

—¡Eso no es verdad! —replicó el muchacho—. ¡Eles no habría chillado si Boren y Silay lo hubieran dejado en paz!

—¿De que estás hablando? —le preguntó el juez. Orantos le explicó lo sucedido lo más objetivamente que pudo, sin levantar la voz ni dar un tono acusador a sus palabras. Mientras tanto, los dos amigos de Fael fueron arrastrados hasta allí y varios testigos corroboraron la historia del inventor.

El juez tiró su sombrero al piso, limpió sus gafas y volvió a ponérselas. Ya no era un anciano retirado sino el honorable Casperes Tolga, representante de la Ley, e infundía un respeto sobrecogedor. Tolga encaró a Fael del mismo modo que se había dirigido a cientos de criminales durante sus años de servicio.

—Debes pensar que soy miope, muchacho, pero no en vano uso estas gafas. Aunque no estuve ahí cuando tus colegas atacaron al ave, sí vi a un tercer amigo tuyo dispararle a la yegua del chico con un tirachinas, desde un árbol.

Kaylon parpadeó, asombrado, y fue a revisar a Nela. En su cuello descubrió una zona inflamada con una pequeña herida en el centro: una pedrada, efectivamente. Con razón la yegua se había encabritado al inicio de la carrera.

—Y no sólo eso, Cas —dijo un hombre que acababa de unirse a ellos—. Cuando iban por la recta sur, Fael empujó al chico y casi lo tiró de la silla.

Kaylon reconoció a este sujeto como uno de los supervisores, los cuales habían sido apostados por el juez en lugares estratégicos de la pista.

—Esto es ridículo —resopló Fael, desviando la mirada. Se había puesto rojo hasta el nacimiento del cabello, en parte por haber sido desenmascarado y en parte a causa del remordimiento, pues no debía haber sido su intención llegar tan lejos. Aun así resultaba claro que intentaría zafarse de la culpa a como diera lugar.

—Lo ridículo es que pretendas salirte con la tuya —dijo Tolga—, sobre todo después de la advertencia que te hice ayer acerca de no cometer estupideces. ¿Acaso piensas escudarte en tu popularidad? ¿Crees que por ello haremos la vista gorda? Mírame a la cara cuando te hablo, Fael.

Con notoria dificultad, el aludido se enfrentó a los duros ojos grises del otro hombre.

—Tú y tus amigos pagarán los daños —sentenció Casperes Tolga, empleando la entonación que había perfeccionado en incontables juicios—. Repararán además lo que haya que reparar, y se disculparán con los dueños de los caballos muertos y las familias de los heridos.

Fael hirvió de cólera ante esto y gritó:

—¡No puede obligarme!

—Te equivocas, muchacho. Tal vez ya no sea juez, pero sí soy responsable de la carrera que tú arruinaste. Y no te recomiendo que lleves este asunto al consejo del pueblo. Ellos no serán tan benevolentes... ni por asomo. Yo sólo quiero enseñarte el valor de la humildad; ellos preferirán lincharte.

Silay y Boren aceptaron su castigo en silencio y con la cabeza baja. Fael, por el contrario, miró hacia uno y otro lado buscando una escapatoria.

—Ve con Xantus —le dijo Tolga al chico—. Él tiene algo para ti.

El juez no aclaró que se trataba del premio, pero todos lo dieron por sentado. Esto último fue la gota que derramó el vaso. De repente Kaylon se sintió más agobiado que nunca; sus escaramuzas con el hijo de Delora, la tensión de la carrera, la catástrofe en que ésta se había convertido, incluso el irónico resultado: en lugar de ganar por tres o cuatro cuerpos lo había hecho por más de diez, gracias a Fael... todas estas cosas cayeron como una bolsa de ladrillos sobre el ánimo del chico. Se dio cuenta de que hasta ese día había vivido en una trinchera, y la idea se le antojó tan absurda que no pudo menos que echarse a reír. Eles cayó de sus manos y Orantos lo puso en el arnés mientras Kaylon seguía riendo, doblado sobre su estómago y con lágrimas en los ojos. Era una risa histérica, carente de humor, y aquellos que lo rodeaban la interpretaron correctamente... excepto Fael, quien pensó que el muchacho se estaba divirtiendo a su costa.

—¡Desgraciado bastardo! —chilló, y volvió a lanzarse sobre Kaylon. Esta vez hicieron falta cinco hombres para contenerlo. Orantos sujetó al muchacho por los brazos y lo alejó de la pista, deteniéndose sólo para tomar las riendas de la yegua.

Kaylon se restregó las mejillas húmedas. La risa no le había sentado nada bien; le dolía la cabeza y lo único que quería hacer era tirarse en una cama y dormir doce horas de corrido.

El chico se puso el arnés que contenía al águila. Orantos le echó una mano, meditando también acerca de los beneficios de una larga siesta. Detrás de ellos, Fael continuaba armando escándalo, y por todos lados se oían los quejidos de las personas lastimadas. El jinete que había despertado la preocupación de Kaylon estaba ahora sobre una camilla. El muchacho se percató entonces de la ausencia del amigo de Fael, el que se había inscripto el mismo día que él. ¿Se habría enterado de los planes de sabotaje y decidido no competir? ¿O lo habría asustado la reacción de Fael al saber que Kaylon participaría? Probablemente ambas cosas.

Xantus alcanzó al muchacho y le entregó una pesada bolsa repleta de monedas de oro. El amigo de Tolga debía haber ganado mucho dinero con las apuestas, pero no se veía feliz. Kaylon lo entendió a la perfección, pues él tampoco estaba satisfecho por su victoria.

El hombre se secó los labios con un pañuelo. Había envejecido quince años en quince minutos, y cada vez que miraba hacia la pista parecía a punto de llorar.

—Por las verrugas de un sapo, ¡qué barbaridad! Escucha, niño, guarda tu premio y no te acerques a ese chiflado por un buen tiempo —le dijo al chico, señalando a Fael—. ¿Tienes algún sitio donde quedarte?

—En mi casa —intervino Orantos.

—Perfecto. Váyanse ahora mismo. Rayos, y pensar que Casperes y yo tendremos que quedarnos a solucionar este embrollo...

Xantus se marchó, mascullando para sí, y Kaylon y Orantos desaparecieron en la dirección contraria.

(Continuará...)

Gissel Escudero