11 de diciembre de 2011

Dos son compañía, cinco son multitud (6/6)

Eliana volvió del hospital una semana más tarde, pero no permaneció mucho tiempo en la casa. Sus crisis depresivas se hicieron más y más frecuentes, y por fin su marido, temiendo que esto afectara a Lorena, envió a la mujer a una institución para enfermos mentales. Él y la niña vieron cómo se la llevaban, y por la expresión en la cara del hombre, Lorena concluyó que su padre no tenía muchas esperanzas de que Eliana se recuperara.

La niña abrazó a su padre, quien se agachó para devolverle el abrazo. Ella cerró los ojos... y recordó.

Antes de entrar a la habitación supo que el sonido provenía de la cuna. Sujetando la vela con ambas manos, caminó hacia allí y se preparó para lo inesperado. Y lo que presenció fue en verdad inesperado...

Serafín se había echado sobre el bebé, y éste tenía sus bracitos alrededor del gato como si fuera un muñeco de peluche. Ambos dormían apaciblemente; Serafín se había pegado al niño en busca de calor, y al bebé debía reconfortarlo el ronroneo del animal, parecido quizás al murmullo del útero materno.

Lorena estrujó la vela hasta deshacerla. Se quemó las manos con la cera derretida, mas no le importó; una furia irracional se había apoderado de ella, haciendo que todo su campo visual se tornara rojo. Incluso llegó a rechinar los dientes, y con tal fuerza que más tarde le dolería la mandíbula.

Sus ojos fueron del gato al bebé, del bebé al gato y de vuelta al bebé, hasta que un pensamiento le dio forma a lo que sentía en esos momentos: sus enemigos se habían aliado en contra de ella para excluirla. Eran dos contra una. No; en realidad eran tres contra una, si contaba a Eliana, y quizás hasta cuatro contra una si metía a su padre en la ecuación, porque él también la había apartado de sí últimamente.

De repente el odio se materializó en acción: con una mano sujetó a Serafín por la piel del cogote y con la otra lo agarró por la espalda. No tuvo que levantarlo demasiado, apenas unos centímetros; luego lo apretó sobre la cara de Sebastián, inclinándose sobre la cuna para vencer con su propio peso los intentos del animal por zafarse.

La lucha duró cinco minutos. El bebé agitó los brazos inútilmente; el gato arañó las sábanas y el almohadón con tal de escapar. Lorena no aflojó la presión. Poco a poco los movimientos de Sebastián se hicieron más débiles, más lentos, y por último se detuvieron. Aun así, la niña retuvo al gato hasta estar segura de que el niño había muerto.

Cuando ella lo soltó, Serafín huyó de la habitación en un parpadeo. Presa de una rara indiferencia, Lorena se preguntó si el animal habría entendido lo que acababa de pasar... y entonces la conciencia del asesinato la golpeó como un bloque de hielo en el corazón.

Había matado a su hermano. A su propia sangre.

Emitiendo unos sollozos entrecortados que casi le impedían respirar, Lorena se arrastró a un rincón y permaneció ahí, con la cabeza sobre las rodillas flexionadas, hasta que Patricia regresó del hospital.

De nuevo en el presente, la niña ocultó el rostro en el hombro de su padre, pero se volvió un instante para ver partir a Eliana.

Sin proponérselo, una sonrisa fugaz asomó a sus labios. Ahora que la angustia había pasado, ahora que la memoria del crimen ya no era tan intensa, comenzaba a apreciar las ventajas de su acto: sin Eliana, sin el bebé y sin el gato volvían a ser ellos dos solamente, uno para el otro. Padre e hija, felices por siempre.

La niña tomó al hombre de la mano y suavemente, como un lazarillo, lo condujo al interior de la casa.

Gissel Escudero

2 comentarios:

  1. Fantástico el capítulo final. Esperaba algo de Eliana o del gato, pero esa reacción de la niña me ha sorprendido. (DE PABLO)

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  2. ¡Me alegra que te haya gustado! Soy una caja de sorpresas, ¿eh?

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