11 de diciembre de 2011

Dos son compañía, cinco son multitud (5/6)

Lorena se encontraba en brazos de Patricia cuando los padres de la niña entraron a la casa. Habían visto la ambulancia, así que los rostros de ambas sólo confirmaron lo que la presencia del vehículo ya daba a entender: algo terrible había sucedido.

—¡Lorena! —exclamó el hombre—. ¿Estás bien?

La niña asintió a pesar de sus ojos hundidos y su extrema palidez. Patricia intentó hablar, pero las palabras se atascaron en su garganta.

Una ambulancia; Lorena y la niñera a salvo. Eso sólo dejaba una posibilidad...

—Sebastián —articuló Eliana llevándose una mano al pecho. Luego salió disparada hacia el cuarto del bebé, pero fue interceptada por un enfermero.

—Espere señora. Es mejor que no entre todav...

La mujer pegó un alarido y apartó al enfermero de su camino como si fuera una silueta de cartón. Del mismo modo se deshizo del paramédico y su asistente, y así llegó, seguida de cerca por su marido, hasta la cuna de su hijo. Segundos después, el grito de la mujer se escuchó por todo el vecindario.

Entre las plumas del almohadón destrozado yacía Sebastián: cianótico, con la boca abierta y los ojos casi desorbitados. Muerto por asfixia. A su alrededor las sábanas mostraban unos desgarrones inconfundibles, y aunque las marcas no hubiesen sido tan reveladoras, había más evidencias en el rostro del bebé.

La cara de Sebastián estaba cubierta de pelos. Pelos de gato.

—¡Ahí estás! —dijo alguien en otra parte de la casa—. ¡Te tengo!

Todos, excepto Eliana, corrieron a la cocina. Allí un segundo enfermero había capturado a Serafín, quien se debatía entre sus manos cual serpiente.

—¡Por el amor de Dios, denle un calmante!

El paramédico, acostumbrado a actuar con rapidez, extrajo una jeringa y se la inyectó al gato a la primera oportunidad. Debió ser una dosis muy alta, porque el animal se rindió de inmediato y sus ojos adquirieron un brillo acuoso; pero aún respiraba, y el enfermero lo depositó sobre la mesa a falta de una mejor idea.

Los presentes se miraron sin saber qué hacer. Era evidente que alguien debía tomar una decisión, o por lo menos decir algo, lo que fuera; sin embargo, una estúpida parálisis había dominado la situación.

Fue en ese instante que Eliana entró a la cocina, y lo primero que vio fue al gato. Serafín reconoció sus pasos y giró débilmente la cabeza, implorando ayuda; en su expresión se leía la certeza de que su dueña lo sacaría del aprieto.

No hubo ayuda. Tampoco piedad. Eliana chilló de una manera completamente inhumana y se arrojó sobre el gato con las manos extendidas, curvando los dedos como garras. Apresando al animal por el cuello lo estranguló hasta romperle las vértebras, y no contenta con eso lo tiró al suelo y saltó sobre él hasta convertirlo en una pulpa sanguinolenta.

El padre de Lorena retrocedió, incapaz de creer lo que estaba pasando: aquélla no podía ser su esposa. Patricia soltó a Lorena y fue al baño a vomitar, mientras el paramédico, una vez recuperado de la impresión, cargaba otra jeringa con el mismo calmante que había empleado en Serafín.

Hicieron falta los cuatro hombres de bata blanca para separar a Eliana del gato. Simplemente no quería dejar de pisotearlo.

El padre de Lorena tomó a su hija en brazos y se dejó caer en el sofá de la sala. Alrededor de ambos el mundo entero parecía moverse en cámara lenta...

(Continuará...)

Gissel Escudero

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