10 de diciembre de 2011

Dos son compañía, cinco son multitud (4/6)

Sebastián empezó a llorar a las cuatro de la tarde. Se tomó un descanso a las cinco y media para comer, pero después de eso siguió llorando a intervalos hasta que apareció la niñera.

—Tal vez deberíamos suspender la salida —le dijo Eliana a su esposo. Mientras se ajustaba la corbata, él contestó:

—Sabes que el niño no tiene nada.

—Sí, pero...

—Escucha —dijo el hombre con el tono duro que había desarrollado en el correr de las últimas semanas—: hace más de un mes que no salimos de la casa. Ya hice las reservaciones y no pienso cancelarlas.

Eliana asintió con la cabeza y se colocó sus pendientes.

Patricia, la niñera, contempló la escena como si se tratara de un partido de tenis, esperando acaso que el diálogo terminara en una discusión. Lorena, por otro lado, no demostró el más mínimo interés; las peleas entre su padre y Eliana ya eran cosa de todos los días, así como el llanto interminable del bebé y los nervios permanentes de Serafín.

—Pórtate bien —le dijo el hombre a su hija—. Volveremos a las once, más o menos.

—Que se diviertan —respondió la niña con indiferencia, y tras besar a su padre volvió a concentrarse en el juego. Vagamente escuchó las recomendaciones que Eliana le dio a Patricia, aunque en el fondo envidiaba a la pareja: a ella también le habría gustado escapar por un rato de Sebastián y sus berridos.

Oh, bueno, al menos su estrategia de poner la mente en blanco funcionaba bastante bien; al cabo de un rato, el llanto del bebé se convertía en un mero ruido de fondo.

Patricia encendió el televisor y trató de mirar su programa favorito mientras balanceaba la cuna con el pie. No resultó. Sebastián continuó chillando, y por el color de su rostro ya daba la impresión de que iba a explotar. La niñera hizo todo lo posible por callarlo: lo cogió en brazos, le ofreció comida, hasta le cantó una canción. Nada sirvió.

—¿Es que este crío no se cansa? —preguntó la muchacha—. ¡Dios, si parece que estuviera ensayando para un concierto de heavy metal!

Lorena se encogió de hombros. Sí, el bebé estaba más molesto que de costumbre; por algo Serafín había abandonado su sitio junto a la estufa. El gato debía hallarse ahora en la cama del matrimonio, disfrutando de cierta paz... aunque no demasiada, porque la voz del niño era capaz de taladrar las paredes.

Patricia se dirigió a la niña.

—¿Qué hace tu madre para calmarlo?

—Es mi madrastra —apuntó Lorena automáticamente—. Pero no hace nada. Quiero decir, todo lo que hace es inútil.

—¿Y cómo lo aguantan?

Lorena se encogió de hombros otra vez.

La niñera resopló, pero luego, mirando hacia uno y otro lado como si temiera la presencia de cámaras ocultas, le preguntó a Lorena:

—¿Estaría muy mal si lo encierro en su dormitorio un rato?

—No lo creo. Es lo que hace mi papá cuando ya no lo soporta. Pero fíjate que Serafín no quede adentro; él odia a Sebastián.

—No me sorprende. Los gatos tienen buen oído...

Así, Patricia cargó al vociferante niño hasta su cuarto. Sebastián no dejó de llorar durante todo el proceso, y su llanto sólo se apagó ligeramente cuando hubo una puerta de por medio entre él y las chicas.

—Uf, así está mejor —suspiró Patricia—. Con tanto escándalo no podía ni pensar.

Serafín volvió a la sala con cara de pocos amigos y comenzó a pasearse de un lado a otro cual tigre enjaulado. Patricia no se fijó mucho en él, pero Lorena llegó a notar que su expresión era verdaderamente tétrica. La niña lo había visto así en otras ocasiones: cuando acechaba a un pájaro desde las sombras, con las orejas dobladas hacia atrás y su rabo azotando el aire a modo de látigo; después de eso, ¡zas!, ocurría la matanza. No era un espectáculo agradable...

A Lorena le dio un poco de miedo y se alejó de la estufa: no quería enfrentarse al animal si acaso éste resolvía echarse ahí.

A eso de las diez empezó una fuerte tormenta eléctrica y veinte minutos más tarde sonó el teléfono. Era para Patricia. La joven escuchó al principio con aire casual, pero luego frunció el ceño y su mirada se llenó de preocupación.

—¿Qué sucede? —le preguntó Lorena al final de la conversación.

—Mis padres tuvieron un accidente cuando volvían a casa en el auto. Mi madre está bien, pero mi padre se dio un fuerte golpe en la cabeza.

—¡Oh!

Patricia dio algunas vueltas por la habitación, indecisa. Por último sus ojos se posaron de nuevo en la niña.

—¿Crees que podrías cuidar a tu hermano un rato? Dice mi madre que mi padre no está grave, pero me gustaría ir a verlo.

—No sé...

A Lorena no le hacía gracia la idea de quedarse sola con el llorón de su hermano y Serafín. Y menos con una tormenta así de intensa: no podría salir en caso de que pasara... algo. Cualquier cosa.

—Regresaría en menos de una hora —insistió Patricia—. Cuarenta minutos, si me doy prisa. Por favor...

Aquí Lorena entendió que la niñera estaba realmente angustiada, y por un momento se puso en su lugar.

—Está bien —dijo al fin, aunque un poco a regañadientes.

—Gracias.

Patricia le dio un beso, descolgó su abrigo y se marchó en su pequeño auto amarillo, dejando a la niña con una fea sensación en el estómago. Disimuladamente le echó una ojeada a Serafín; éste le devolvió la mirada sin pestañear, clavando en ella sus ojos de un verde casi fosforescente.

Procurando no dar señales de aprensión, Lorena ocupó el hueco dejado por Patricia en el sofá. La película no le interesaba un pimiento, pero la ayudaba a distraerse de la tormenta, el llanto de Sebastián y la presencia asfixiante del gato. Después de dos o tres segmentos empezó a tranquilizarse... y de pronto un rayo descargó sus diez mil voltios sobre la casa.

El efecto se hizo sentir en toda la vivienda: el televisor arrojó una lluvia de chispas antes de que se cortara la electricidad, y por las ventanas se coló un intenso resplandor azulado; a continuación el trueno hizo vibrar las paredes de tal manera que varios cuadros se torcieron.

Al acabar el trueno hubo un segundo de silencio. Lorena llegó a advertir que tenía los pelos de punta, pero luego fueron los chillidos de Sebastián, redoblados en potencia, los que ocuparon su mente aturdida.

—¡Oh, cállate! ¡Cállate!

Sumida en la oscuridad, la niña empezó a temblar. ¿Dónde estaba Serafín? Se lo imaginó a pocos pasos de ella, agazapado, preparándose para atacarla como si fuera un gorrión, y tuvo que morderse la lengua para no gritar. Con las manos extendidas marchó a la cocina: allí se guardaban las velas.

El llanto de Sebastián era de lo más irritante, pensó Lorena mientras avanzaba a tientas por el corredor. ¿Cómo podía chillar así y no quedarse afónico? Y puestos en ello, ¿qué esperaba conseguir con sus chillidos? Seguro terminaría como Eliana: de pastilla en pastilla por el resto de su vida.

La niña entró a la cocina y encendió la vela más grande que pudo encontrar. Al sentir en sus dedos el calor de la llama se dio cuenta de que estaba helada, o más bien de que la casa estaba helada. Era una noche muy fría.

De vuelta en la sala, donde planeaba quedarse hasta que Patricia volviera del hospital, su pie izquierdo pisó un objeto firme y algo resbaloso. Un espantoso bufido le indicó que se trataba del gato, quien le mordió la pierna antes de salir corriendo; Lorena se llevó un susto tan grande que soltó la vela y cayó sentada, entrechocando los dientes por el impacto.

—¡Mierda! —exclamó. Era la primera vez que usaba una palabrota de adultos, una por la que su padre le habría dado una cachetada, pero le hizo mucho bien. En ese momento parecía un buen conjuro contra la adversidad.

Lorena recuperó la vela, regresó a la cocina y gastó un segundo fósforo para encenderla. Recién entonces tomó conciencia del dolor en su pierna; por ello, en lugar de dirigirse a la sala, entró al baño y se bajó el calcetín.

Genial. Ahora tenía un segundo juego de orificios idéntico a las cicatrices del tobillo derecho. Condenado gato...

La pequeña lavó su herida, le aplicó unos toques de iodo y se puso una vendita adhesiva. Perfecto. Ya podía ir a la sala y tenderse en el sofá, aunque esta vez con la mirada fija en el suelo para no tropezar con nada.

Se detuvo a pocos metros de su objetivo. Toda su confianza se desvaneció de repente, sustituida por un extraño escalofrío. Algo había cambiado. No era la tormenta, que proseguía sin descanso, ni la oscuridad, porque las luces continuaban apagadas.

Era el silencio dentro de la casa. El niño había dejado de llorar.

Lorena giró sobre sus talones y descubrió lo siguiente: la puerta del cuarto de Sebastián estaba abierta. Quizás Patricia no la había cerrado del todo, o la había cerrado mal y el trueno completó la tarea. De cualquier forma, el resultado era el mismo.

La niña avanzó como en un trance. Sebastián no producía ruido alguno, pero desde la habitación surgía un poderoso ronroneo...

(Continuará...)

Gissel Escudero

2 comentarios:

  1. te ha quedado un corte perfecto. Nos dejas con la intriga.

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  2. Ya viene el final, ya viene el final. ¡Agárrate del asiento!

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